«Viejo, qué mierda sabrás vos de montañas»

En el interior del galponcito, ahí donde las herramientas descansan para tomar fuerzas en la sombra fría de las chapas y las maderas, se calienta un poquito las manos del abuelo Roque al son de la danza de una lengua tímida de fuego que habla desde el fondo de una estufa de hierro improvisada con un viejo termotanque. Con la ñata contra el vidrio de su cocina, Panchito apura su taza de cascarilla y media torta frita recalentada, es que los golpes enojados con los clavos y el gruñido del serrucho hambriento que no deja de roer la madera, no cesa en el galponcito del abuelo Roque.
Son las 9 de la mañana en Esquel, suena en ese principado sin reino de la barriada, los mensajes al poblador, Panchito sostiene un viejo asiento de plástico, mientras su abuelo le da los últimos atados al alambre para fijar el lugar donde manejará el pequeño conductor. Antes de probar la super maquina, el nieto le pide a su abuelo que le cuente la historia de la montaña donde esquiaba cuando era joven. Roque, entre el humo del pucho armado que se le filtra entre los bigotes canosos, teñidos de tabaco de almacén, se le trepa a las pestañas, frunce un poco los párpados y mira por la ventana que da al cordón Esquel, pita fuerte el cigarro, contiene el humo en sus pulmones cual viejo expreso patagónico, y recuerda en voz alta:

«Eramos unos borregos culo inquieto, durante años todas las montañas que nos rodean eran nuestro patio, antes que llegara el alambrado angurriento, y un día en una de esas trepadas pa aquel lau, con un par de galensos amigos que habían podido ver unas fotos de unos lugares montañosos con nieve, la gente se calzaba unas tablas en las patas y bajaban la montaña chiflando de la velocidad. Con los galensos y otros atorrantes de otros barrios, que jugábamos al fútbol o compartíamos escuela, empezamos a subir esa montaña que se llama La Hoya hace ya mucho tiempo, y con mucho abrigo y unas tablas y precarios trineos armados, comenzamos buscar caminos de los guanacos y hacer senderos hasta los bordes del cordón y desde allí nos largábamos una, tal vez dos veces por días y los más fuerzudos lograban hacer tres bajadas. 
Poco a poco aquel plato hondo en el cordón empezó a tener más vecinos del pueblo que subían, libremente, si, libremente y se divertían y empezaban a llevar cosas como palos, maderas, cables, fierros y poco a poco y con con mucho esfuerzo, se armaron algunos primeros y precarios medios de elevación; y ya las familias de Esquel subían en invierno a refugiarse en refugios improvisados a disfrutar de eso que se llamaba esquí, también culo patín con cámaras, bolsas, mientras la pendejeada reía, bajaba y subía incesantemente, mientras un cacho de carne al asador o una chocolatada pegaba su llamado a la hora del almuerzo y la merienda. En algunas de las cabezas más pujantes empezaron a soñar que ese sería, no sólo la montaña que los cobijó durante generaciones, sino también, un nuevo centro de deportes para el pueblo y, al mismo tiempo, un lugar para la llegada de turistas que no sólo conocerían nuestra zona, dormirían en nuestras residencias, comerían en nuestros restaurantes, comprarían en nuestros almacenes y kioskos, y el pueblo se desarrollaría con la montaña que es del pueblo y que tanto, pero tanto nos había dado y nos daría. 
Si, Panchito querido, nosotros descubrimos y empezamos aquel sueño que hoy es La Hoya, con el anhelo que todo Esquel gozara de su tierra y su agua, libremente»

Terminaron la historia y salieron con el trineo nuevo a la calle, buscaron una cuadra inclinada con nieve y hielo, mientras otros pendejos del barrio se sumaban, alborotados, a la fila que crecía detrás de Don Roque, se acomodaron calculando la pendiente y los posibles futuros porrazos. Los vecinos y vecinas, algunos con mate en mano, salían a las veredas a ver al abuelo y a los chicos listos para convertirse en la felicidad y la libertad encarnada en la sonrisa de los pequeños y pequeñas, cuando de repente, doblando la esquina, unas trafics impecables, llenas de personas con equipos de abrigos importados, esquías fluos en el techo, seguidos por camionetas importadas y lenguas extrañas, como las miradas que los parabrisas separaban, pasan a toda velocidad, no sólo poniendo en peligro a los niños y a Don Roque, también pasan sin frenar por unos charcos de barro que salpican brutalmente a la comunidad del trineo en el barrio, siguen a toda prisa y el conductor de una de las camionetas llena de marcas y sponsors irreconocibles, algunos, abre el vidrio de su ventana y le grita:

“Viejo de mierda, salgan de la calle que llegamos tarde a La Hoya, vagos de mierda, vayan a laburar ustedes que no saben nada de esquiar, montañas y trabajo”

Algunos vecinos le retrucan con puteadas de todos los colores, Don Roque sostiene el llanto que se traduce en los ojos brillosos que reflejan el sol, que seguramente, como la montaña, lloran hoy con él. Abraza a Panchito y llama a los otros peques del barrio para que se acerquen, observa como la caravana de hojalata moderna se aleja por el camino que sube a La Hoya y piensa, con bronca, pero piensa en voz silenciosa que se hace rumor en el frío y savia sabiduría en la historia de esos niños y niñas del barrio:

“Algún día la Montaña volverá a ser nuestra, de ustedes, como ella misma lo quiere, también”

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel) 
www.calaveralma.com.ar

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