¿Tiene pan duro o tiene corazón duro?


La Señora se arregla el cabello, prepara un exquisito té en hebras importado, despliega las noticias en su nuevo Iphone con cubierta dorada y lee “Levantaron restricciones a la importación de autos importados y Champagne”. Al mismo tiempo, en un rancho que se sostiene por milagro, el Niño más chico de ocho hermanos se viste con la misma ropa que viene usando hace una semana y los zapatos con más agujeros que la noche oscura en el cielo.
La Señora sale de su casa, coloca la alarma, sube a su auto BMW, prende la calefacción, mientras hace marcha atrás de su garaje, enciende la radio y una voz que ingresa diariamente a los hogares del pueblo dice “Nuevamente se suspende la obra del aeropuerto”. El Niño que aún no ha desayunado, salta de charco en charco, embarrándose los zapatos, embarrándose la vida, bajando de la barriada popular hacia la ciudad”.
La Señora ingresa al banco privado al ritmo de los tacos aguja, sus lentes oscuros llegan a la caja; el cajero le sonríe como reza el capital, mejor a quien más tiene, y le dice “Buenas nuevas, Señora, subas en las Lebacs, Leliq y acciones Wall Street”. El Niño, haciendo malabares con la lengua para quitarse los mocos de frío que invaden los labios, para no sacarse las manos del bolsillo agujereado ya que el frío no perdona, camina por las calles que acceden al centro entre la gente tramite, entre la gente mercado, que no lo ve, o no lo quiere ver.
La Señora egresa del banco con una duda existencial, si la playa en la cual dejará descansar su cuerpo embardunado de crema cara será en el caribe o en Europa, y mira de reojo la portada del gran diario argentino “Argentina nuevamente se endeuda con organismos internacionales”. El Niño, siendo la media mañana, decide encarar hacia el barrio más paquete para ver si puede ligar algo de pan para yugar el día, para acompañar el guiso que su madre cocinará con las bandejas de deshechos de huesos de gallina que tan bondadosamente pone en oferta el supermercado que, por su historia, prefiere permanecer anónima.
La Señora ya está en su casa, bajando las compras en bolsas biodegradables, desenvuelve el aluminio que cubre el lomo al champignon que calentará en el microondas para esperar al Señor al mediodía que logró, sin embarrarse los zapatos, exportar sin restricciones, granos, ovejas, vacas e insensibilidad; y ve en la televisión a un señor funcionario que dice “Estamos invirtiendo en embellecer el centro”. El Niño, se asusta por la cantidad de perros de raza que le ladran detrás de la reja, toca el timbre de la puerta de la casa de tres pisos que ocupa casi toda la cuadra.
La Señora abre un poquito la puerta de su casa construida con madera importada de Suiza, y ve por la ranura al Niño con barro en sus zapatos, con la piel azotada por el frío y los ojos rojos de aguantar tanta lagrima adentro, tanto hambre, y conversan:

– Señora: ¿Qué necesitas? Estoy ocupada.
– Niño: ¿Quiere que le corte el pasto?
– Señora: No gracias, es césped sintético.
– Niño: ¿Tiene un poco de pan duro que le sobre?
– Señora: No, corazón, estamos a dieta en esta casa.

La Señora saluda al Niño, cierra la puerta y se asoma por la larga y pesada cortina de uno de los livings para ver que el niño no le robe ni le rompa nada de su jardín. El Niño emprende su camino hacia casas mas prometedoras y observa que el niño levanta una flor media caída de uno de los canteros y la deja bien acomodada, hace unos pasos y mira en el tacho de basura, extrae un pedazo de hamburguesa de la noche anterior y la envuelve en un papel de diario que dice “Estamos mal, pero este es el camino”.
Seguramente, las academias universitarias, en un futuro no muy lejano, hablarán de un tiempo extraño en donde en la Argentina había menos pan duro, pero mucho corazón duro.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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