“Los Colgaus Club Social”


Anoche, aprovechando la cercanía de las nubes que bajaban a beber calor de las chimeneas, pude atrapar algunas de ellas. Les di de beber, comer y calor de hogar.
Hoy me levanté y las saqué a pasear por la ciudad. Las llevé a las oficinas de mis amigos, al mercado y al contador que me tenia que entregar una rendición de cuentas atrasadas.
Varios de ellos, sorprendidos, me dijeron que ahora entendían la razón de mi “colgadez”, así que se tomaron el día libre. Les regalé una nube a cada uno y salimos a flotar por los aires sobre la ciudad de Esquel en busca de más colgados.
Si sos uno de esos románticos, locos de mierda, incurables chiflados calaveras que le cantan a la luna, aun cuando hay sol, mira para arriba hoy, tal vez nos veas y si andamos con el talonario de adscripción, hasta te podemos hacer socio del Club de los Colgaus.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Cielo lloró humanidad”


Anoche, en el cuarto piso de la madrugada, comenzó el cielo a estornudar lagrimas enojadas.
Empecinadas, las gotas kamikazes fenecían contra el vidrio, obligando a divorciarme de la sabana, levantarme y observar por la ventana.
Una desganada luz de neón del alumbrado público abría la posibilidad de ver la lluvia.
La sorpresa, no sin algo de miedo, me asistió.
No se trataban de gotas de agua, eran pequeños seres humanos del tamaño de las mismas. Sus miradas también denotaban cierto aire de sorpresa, pero no miedo.
Las gotitas humanas se estrolaban contra la calle, los techos de las casas y los autos. Vi algunos rostros conocidos. Puedo jurar que Chesterton y Leonardo Da Vinci fueron a parar a un charco, y dos o tres parientes de frente contra una bolsa de basura.
Anoche, en el cuarto piso de la madrugada, comenzó el cielo a estornudar lagrimas enojadas.
Cada tanto, el Tiempo y el Espacio son los dados con los que juega Dios. Precisamente, bajo esa oscuridad atravesada por el filo del neón urbano, tuve la oportunidad de asistir a una lluvia histórica.
Anoche, en el cuarto piso de la madrugada, el cielo lloró historia. Lloró humanidad.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Humo de estrella”


En el patio trasero de mis soledades, se erige la montaña de melancolías más alta del barrio de los poetas que tejen sombras y en las noches de licor sin labios cercanos, una estrella guacha de galaxias se posa sobre la pipa con memoria y, mientras fumo su luz tenue de cosmos lejanos, no le llego a los talones, pero al menos puedo oler el aroma del verso que dio vida al cauce de la existencia.

Dibujo de Troche.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Mis yo yos”


Hoy voy a salir a pasear conmigo.
Tal vez le de cuerda a mi azotea para que relojee desde arriba por donde ando arrastrando las alpargatas.
Aunque a veces desconfío de mi mismo. El muy guacho de Yo suele hacerme zancadillas o no avisarme si viene un pozo pasos mas adelante.
En fin, como todos los días, salgo a la cancha conmigo mismo tirando paredes hasta convertir en el arco contrario o hago de referí corrupto y me cobro “orsai” en mi propia área

Calaverita Mateos (Esquel)
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“En la nariz de la punta”


En la punta de mi nariz anida una Mentira. Tiene alas, ojos grandes y una tela de araña anaranjada enredada en sus verbos y sustantivos.
Los días lunes, miércoles, viernes y feriados, remonta vuelo. Nada océanos de nubes en busca de una Verdad.
Las obreras de una colmena japonesa la iniciaron en la aventura. Según dicen, esta Verdad habita en cada mejilla de los niños que toman cacao y se embarran las zapatillas.

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“Salva Bandoneón”


Por cada latido del corazón de una libélula, dos notas de un triste bandoneón lejano bajan en forma de lágrima por sus mejillas.
Ella llora los besos de miel con los cuales su amante, ayer, pintaba de poesías y pan dulce las casas del barrio que la mira con compasión. Pocos comprenden su dolor. Sólo un Viejo. Un marinero, músico jubilado y viudo la salva de vez en cuando.
Es el más anciano del Pueblo que cuida su jardín y un pequeño estanque con flores y juncos. Ambos no se conocen y, tal vez, jamás supieron el uno del otro. Pero los domingos en las mañanas, el mima su añejo bandoneón al lado del estanque. Cantan los zorzales, los gorriones. Vuelan y danzan mariposas y libélulas.
Las notas se escurren por la ventana de la cocina de Ella y las esperanzas vuelven a parpadear.
Por cada latido del corazón de una libélula, dos notas de un triste bandoneón lejano bajan en forma de lágrima por sus mejillas.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Lucrecia, la burbuja extraviada”


Lucrecia era una Burbuja de jabón que no conocía cómo, cuándo ni donde nació. Tampoco sabía hacia donde viajaba ya que el viento y la brisa no comprendían el idioma de las burbujas.
Cierta tarde de Abril, Lucrecia flotaba distraída por los aires cuando de repente chocó con un cactus en la Quebrada de Humahuaca. Las gotitas cayeron al suelo y las bebió una langosta ciega que pudo seguir su peregrinación en paz, en cambio, el alma de Lucrecia se elevó hacia el cielo hasta besar una nube gorda y remolona que la cuidó entre sus brazos de algodón.
En las tardes de tormenta, las gotas de lluvia que se estrellan en los charcos de las calles solitarias forman tribus de burbujitas revoltosas que repiquetean una melodía que sube al cielo indicando al alma de Lucrecia el camino de regreso a casa.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Pedaleando con el corazón”

– Breve guión para teatro –

Escena 1:
Esquina de un barrio de cualquier lugar. Una bella chica ejecutiva y una triste Calaverita.

– Calaverita: “Que linda sos”
– Chica: “Gracias”
– Calaverita: “Sos lo más hermoso que vi en mi vida”
– Chica: “Igual que todos los hombres. Seguramente se lo decis a todas”
– Calaverita: “Te quiero hasta el cielo, ida y vuelta”
– Chica: “No nos conocemos, facticamente es imposible”
– Calaverita: “me enamorè de vos hasta el fin de los tiempos”
– Chica: “No me bicicletees, llego tarde al trabajo y el tránsito està obstruido”
– Calaverita: “¿Me dejas bicicletearte una vez más?”
– Chica: “Bue, dale, rápido”
– Calaverita: “Subite a esta vieja bicicleta aurorita de mi niñez”

Escena 2:
Ella se sienta atrás y toma la cintura de él. Calaverita pedalea suavemente y la bicicleta comienza a despegar del suelo, vuela por encima de los autos, del tráfico congestionado. Pasan por arriba de toda la ciudad para descender en la puerta de la oficina de la AFIP donde ella desempeña la labor de fiscal y contadora. Aterrizan. Ella se baja, plena de dicha y felicidad, sorprendida como una niña.

– Chica: “Es lo más hermoso que me pasó en la vida”
– Calaverita: “Me estás bicicleteando”
– Chica: “Te amo hasta el cielo, ida y vuelta”
– Calaverita: “Pero no nos conocemos”
– Chica: “¿Querés ser mi novio?”
– Calaverita: “Si”

Escena 3: Ambos se funden en un abrazo y beso cósmico, ante el aplauso de los abogados, contadores y clientes de la AFIP.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Dedos y engranajes”

– Leyenda patagónica –

Todos los domingos en la mañana, Don Atilio Dotoievski, se sienta en una vieja silla deshilachada en el jardín del geriátrico.
En soledad, extiende sus arrugadas manos hacia el Este.
Los rayos del sol se escurren por entre los dedos y besan los surcos de su rostro, de su barba.
Cada una de las yemas de sus dedos representa un planeta del sistema solar más el Sol y un cometa que divaga rumbos en el universo y jamás hemos visto.
Una vez, Don Atilio le dijo murmurando a su hija, ya fallecida, que mientras el movía los dedos, movía también, estrategicamente, los planetas y el Sol para confundir al gran cometa que, según los antiguos, en alguna noche de la historia colapsará contra nuestro planeta.
Los vecinos que pasan por la puerta del geriátrico se hacen los otarios. Lo saludan amablemente, pero ruegan que sus dedos nunca dejen de jugar.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Asombroso”

– Teoría sombría –

Las sombras no sobran, pero si asombran.
Las sombras no zozobran, pero asombran.
Las sombras a veces usan sombreros y nos asombran.
Las sombras, aveces, son sombrías y nos asombran.
Las hijas de las sombras son las sombrillas que asombran.
Sobre las sombras sobran pensamientos y narraciones, pero esto los asombrará.
La sombras no ensombrecen ni son sobrenaturales.
Las sombras guardan cual sobre cerrado el misterio de nuestro inconsciente, de nuestro pasado, nuestros miedos, miserias y dolores y secretos más íntimos.
Quien pierde o confunde su sombra con la sombra de otro, y sobre eso no se asombra, sobran motivos para pensar que hasta la mismísima sombra se asombra de la oscuridad de su asombrador, y huye despavorida para buscar protección en sombras más responsables de sus propias sombras.
¿Asombroso, no?

Calaverita Mateos (Esquel)
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