“La memoria del agua”


Lo escuché en el rumor del silencio. Me habló a través de los cientos de pinceles secos que brotaban, señalando el azulejo del cosmos, desde aquel sauce, gris, dormido en el bostezo de un invierno sin memoria.
Árbol obligado a no olvidar de beber, aun cuando los verdes varios duermen en agonizante espera la primavera.
Desde la cima de la montaña hacia el valle monta el agua inquieta al prolijo cauce. Saluda el sol el cachetazo del viento a los algodones peregrinos, copos tan efímeros como estas palabras que migran los cielos trasladando en sus alforjas desbordantes de humedades, el ciclo vital.
En la orilla de nuestros sueños, nos sueñan las cuatro estaciones, que imitan un guión escrito en la vertiente de todas las vertientes que vierte en el vientre de las sangres y las sabias, la memoria del agua.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Domingo extraño”


Tengo una mañana con legañas en el bolsillo trasero del pantalón, y un domingo con dentadura postiza mordiéndole el pescuezo a la resaca.
Los murciélagos del barrio, entonan una opera con los violines de los fantasmas de los grillos que murieron sin saber que murieron. Saben que no saben que saben.
Las veredas, aunque se esfuercen, no son rectas ya. Pero me animo a imaginar una puerta, un picaporte, un viejo piso, una sola silla y la vieja mesa de madera en la que Charles Bukowski escribió su último verso antes de marcharse para siempre, en una borrachera de letras y angustias.

– Fin –

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“Equilibrio”


Mañana de sol, escarcha como sombrero de cristal sobre el pasto. Zorzales, chingolos y gorriones anarquistas aletean la llegada del rocío. Gota a gota besan y beben la tradición de las flores a través del néctar los colibríes.
Como el círculo del Buda, la cucharita da vueltas y vueltas en la taza de cacao, mientras el remolino en el centro no cesa. Parece haber un orden entre el adentro y el afuera que no logro descifrar, así que no quiero moverme demasiado para no interrumpir ese equilibrio.
La escarcha cede ante el sol. Casi no pienso, Equilibrio entre el afuera y el adentro.

– Fin –

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“El ejercicio de Edelmiro Ibañez”


Sin respirar durante dos minutos y veinte segundos, Edelmiro Ibañez realiza su último ejercicio.
Cierra los parpados suavemente. Se piensa, el mismo, como el engranaje detrás de las pupilas que descansan en la cavidad de sus ojos. Luego, imagina mover esa maquinaria biológica en el sentido contrario al utilizado normalmente para ver.
Entonces, las cosas, los objetos (inertes y vitales), comienzan a ser capturadas en imágenes no ortodoxas. Por vez primera, las representación del mundo circundante es percibida en su génesis prescindiendo, en principio, de su efecto. Para decirlo mejor, en la forma que se constituye en la actualidad, en el instante.
Cuando el universo cercano adquiere formas no descritas por las tradiciones orales y escritas, Edelmiro Ibañez levanta los parpados dejando que las energías primarias que habitan detrás de las sombras de los átomos y las moléculas, empapen el cauce de la mirada cayendo en caudales de nuevas informaciones. Datos que ni siquiera las ciencias aun han esbozado.
Los engranajes que son motor de las pupilas se detienen. Edelmiro es piedra y es un rosal en el jardín del vecino. Es el helado en la boca de un niño y también la garra del águila sujetando al roedor. Edelmiro es el emperador Inca sintiendo el sol en su rostro y además es la tinta de Shakespeare derramada en el primer boceto de Hamlet.
Mientras las energías originarias se estabilizan, las formas retornan a su estado actual en la forma que los mortales la percibimos, pero algo no ha regresado con todas ellas. Edelmiro Ibañez no ya está haciendo su ejercicio. Edelmiro ya no está.
Mientras veo por la ventana de mi cuarto, hoy, veo un chimango volando sobre los techos y en su pico transporta una de las pirámides de Egipto de su vértice cima. Entonces arriesgo una conjetura.
Edelmiro es ya, el engranaje detrás de mis pupilas. Detrás de todas las pupilas que osaron leer estos trazos.

– Fin –

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“Tiziano, el bicho bolita matemático”


Tiziano es un bicho bolita enamorado de las matemáticas. Usa lentes grandes y escucha a Mozart todo el día.
Cuando se encierra en si mismo, haciéndose una pequeña pelota, aspira a ser un circulo perfecto rodando por el cordón de una vereda que el ocaso del tiempo no recuerda.
En cambio, cuando Tiziano se despereza y extiende, multiplica todas sus patitas por cada una de las piedritas grises del fondo del jardín del viejo Antonio.
La Aritmética y la Geometría no serían nada sin Tiziano, el bicho bolita Matemático.

– Fin –

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“La rectitud del aburrimiento”


Me aburrí de las las calles que siempre son derechas, de la rectitud de los edificios, de los que se vanaglorian de haber mantenido siempre la misma linea de conducta, mejor esta noche me voy a a hacer rodar la llanta herrumbrada de la vieja bicicleta Aurorita de mi niñez alrededor del anillo de Saturno.
¿Me acompañás?

– Fin –

* Basado en un dibujo de Troche

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“Un sueño”


Hay dos luciérnagas vestidas con nubes y azúcar en cada una de las pupilas de un Tigre imaginado por un niño budista, que duerme en el costado transparente del sueño de un sueño que ya murió.
Ninguna de las dos luciérnagas sospecha que las pienso y, al escribir sobre ellas, el Tigre despierta y en ese volver a palpitar vigilia, la Cruz del Sur señala un punto en el cosmos.
Es el ojo de una estrella que, entre parpadeo y parpadeo, imagina las rayas del Tigre iluminadas por las luciérnagas que vuelan desde la boca del niño budista hasta descansar en una hoja seca que desciende por el hilo de agua turbia al costado de un cordón de vereda en Trevelin.

– Fin –

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“Amanecer dominical”


Amanece el domingo bajo el rocío musical de las aves que parecieran cantar desde el pasado, mientras los sueños son ya una memoria tuerta, gris, con pereza de afrontar el presente que ya agita sus alas en vuelo hacia el mañana que será cosecha de instantes, de aves cantando rocíos, de sueños que volverán a amanecer en venideros silenciosos y tímidos domingos.

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“Buen día, Yo”


Hoy es un buen día para sacarse el sombrero por ese otro yo que se atreve a decir lo que quienes andamos por la vereda no nos animamos, pero que sin embargo coincidimos casi plenamente ante sus dichos; y de paso agradecer la sacada de sombrero de ese otro yo que anda por la calle quien no se atreve a poner la trucha de la cotidianidad y que, prácticamente, coincide con todo lo que decimos.
Que tal, Yo, lo saludo a usted y a Mi, que tengan un lindo día, se lo merecen.

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“Cementerio de platos voladores”


Las tapitas de gaseosas envases de vidrio, son viejos platos voladores que caducaron su vida útil en un planea lejano. Sus tripulantes, jubilados choferes interestelares cuyo carnet de conducir cósmico no les fue renovado en sus galaxias de origen y lo hacen aquí, en la Tierra, habitan en el interior de las burbujas de gas y suelen llorar cuando los humanos destapamos las gaseosas y arrojamos las tapitas lejos, dejándolos con la tristeza del destierro y la imposibilidad de seguir haciendo lo que les gusta, manejar diminutos platos voladores.

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