“Asombroso”

– Teoría sombría –

Las sombras no sobran, pero si asombran.
Las sombras no zozobran, pero asombran.
Las sombras a veces usan sombreros y nos asombran.
Las sombras, aveces, son sombrías y nos asombran.
Las hijas de las sombras son las sombrillas que asombran.
Sobre las sombras sobran pensamientos y narraciones, pero esto los asombrará.
La sombras no ensombrecen ni son sobrenaturales.
Las sombras guardan cual sobre cerrado el misterio de nuestro inconsciente, de nuestro pasado, nuestros miedos, miserias y dolores y secretos más íntimos.
Quien pierde o confunde su sombra con la sombra de otro, y sobre eso no se asombra, sobran motivos para pensar que hasta la mismísima sombra se asombra de la oscuridad de su asombrador, y huye despavorida para buscar protección en sombras más responsables de sus propias sombras.
¿Asombroso, no?

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Tomando mates con la Muerte”


Domingo a la mañana, me despiertan los golpes en la puerta, pensé que eran los feligreses en su invasión evangelizadora de todos los domingos, pero por suerte no era tan grave, sino que era la Muerte que me había venido a buscar el día domingo para charlar y tomar unos mates.
Me dijo que estaba cansada, necesitaba hablar con alguien que no la discrimine por la labor que el universo le había encomendado. Claro que entendí su angustia, poco gratificante el trabajo de andar arriando paisanos para el jonca.
Le dije que no todo el mundo le tenía miedo o bronca, algunos respeto, otros devoción y, algunos como yo, preferían andar ejerciendo el arte para disimular su existencia. Se comió un par de torta fritas y compartimos medio termo de mate. Se fue más aliviada, antes de salir de casa bromee y le agradecía por no haberme llevado en esta visita. Sonrió, me guiñó el ojo y caminando dobló la esquina junto con una bandada de tordos que le revoloteaban alrededor.
Me acosté nuevamente, me dormí y soñé. En el sueño un grupo de feligreses llamaba a la puerta de mi casa con una biblia en la mano para hablarme de las bondades de la vida y lo diabólico de la muerte. Disentí con los soldados de dios y les dije que anoche había dormido con la Vida y habíamos hecho el amor y que esta mañana la Muerte se había tomado unos mates conmigo, pues no tenía conflicto con ninguna de las dos ni ellas entre si.
Los trajeados y polleras de largo infinito cerraron sus biblias, caminaron asustados hacia atrás y apuraron el paso como si hubieran topado con el mismísimo satán. Yo, me puse a regar las plantas, escuchar a Mozart y mirar los arboles y las montañas que estaban más hermosas que nunca.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“A la plaza de mi barrio le duele la muela”


El dolor era espeso y agudo. Intuía que venía de muy, pero muy adentro. Até la muela que mastica los recuerdos al picaporte del inconsciente y esperé la llegada de Doña Sorpresa.
Al cabo de unos minutos, que aquí en este Pueblo duran ochenta segundos y dos peras en almíbar, alguien abrió la puerta con fuerza. Era la bandita de amigos de la plaza del barrio que en nuestra niñez estaba bajo el reinado de los niños, las aves, las flores y las mariposas solteras.
La muela saltó por el aire y detrás de ella una cola de cometa brillante, llena de chispas, pero en el extremo apareció una burbuja gris. En su interior lloraba una nena muy pequeña, Seis años tal vez. Su pena tenía el aroma de la cercanía. Recordé. Se trataba de la niña que leía poemas en el tobogán de la plaza y que nadie escuchaba. Todos se burlaban.
Tomé la muela, sostuve su extremo. Por favor, leé para mi una vez mas, le dije a la niña. Ella tomó un viejo cuaderno Laprida, lo abrió al medio y dijo:

“Las Plazas vuelan sostenidas por el canto de los colibríes. Las Plazas ríen, lloran y regresan como un dolor de muela para recordarnos, cuando adultos, que si las olvidamos las peras y las mariposas perderán el aroma de la niñez, ese aroma con sabor a magia que nos permite estar recordando, por ejemplo, el columpio de la Vida”.

El dolor de la muela se fue. Comí una rica pera con miel en el banco mas viejo de la Plaza de mi barrio.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Palabras madrugadoras de un criollo lisérgico”


Cien Libélulas mastican con dientes de leche los primeros rayos del sol. En sus alas se inscriben las historias de cada uno de los seres animados e inanimados del planeta y, como dicen los Alerces viejos, nada de lo escrito en los muros del tiempo le pertenece al Tiempo y a sus agujas de tejer destinos.
Se van retirando, por la tranquera del día, las ultimas gotas de rocío con fragancias de ayeres tristes que se recuestan en las espaldas de pasados mañanas felices.
Y en las copas de los arboles de verde algodón, las aves que madrugan sin reloj cucú, entonan melodías de Mozart anunciando sin afiches ni carteles que la expansión del Universo y las caricias de Amor tienen un día más por delante.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Ser Milla”


Cierto día, mis ideas comenzaron a ramificarse, como en un simétrico caos de proyecciones.
Al poco tiempo había pasado de ser un modesto jardín habitado por prudentes plantas, a un bosque frondoso, con costumbres y raíces más diversas.
En ese bosque de ideas, fui voluntariamente colonizado por aves urbanas y otras exóticas, que trasladaron las semillas de mis efímeros pensamientos hacia otros parques, y otros pájaros llegaron a mi, depositando foráneas ecuaciones, extranjeras visiones, en el cauce donde la savia rueda.
Con el andar de las agujas, he aprendido a sacar mis percepciones cuando llueve, para abonar el terreno y orear los rincones lleno de astillas y maderas viejas.
En fin, así vamos pateando esta vida, en donde nuestros pensares son semillas de intercambio en esta infinita feria de bellas diversidades.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Almohada de mis no soy”


En el extremo de la sábana negra con pecas de estrellas del universo, allí donde no alcanza a mojar con sus penas las olas de los cumpleaños sin velita ni piñata, tengo una almohada hija de la alquimia de las noches y el silencio, una almohada hecha con la tela de las dudas y las plumas de las certezas.
Cuando estoy cansado de ser y sentir sentido común sentido, poso la mejilla del lado de las verdades mentirosas y me sumerjo en el sueño de los no somos, para dejar de ser un soy y vestirme con el pijama de los siendo somos. Me gusta, a veces, no ser un soy y si ser un somos sin soy.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Nublado con probabilidad de lagrimas”


El viejo feo con cara de musgo que vive al lado de mi casa, es tan malo que la semana pasada enjauló una nube pichona.
Tras las finas rejas, el pompón blanco lloraba garúa, añora cielos de Rumania y la prepotencia del kilimanjaro.
El viejo choto y malo se olvidó de sonreír. No quería ser sólo en la llanura de su tristeza.
Pobre nubecita.
Pero anoche, tras el galope de una tormenta por los techos de mi barrio, dos nubarrones africanos bajaron en mi cuadra y, sigilosamente, como el algodón, sin que se diera cuenta el viejo cara de musgo, abrieron la puerta de la jaula y le dieron libertad a la nube pichona.
El techo del mundo fue una fiesta, festival de truenos y relámpagos, mientras la manada de nubes emprendía su camino arduo hacia otros continentes.
Hoy, en la temprana mañana, el viejo tomaba mate mirando la jaula. la puerta abierta. Sus ojos estaban grises, como nublados, pero sonreía.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El árbol que todos conocemos sin conocer”


En las noches de mucho sol, cuando el día es muy lunático, sin pedirles permiso a las estrellas incautas suelo calzarme mi traje de astronauta, ese que me lo vendió un murciélago jubilado antes de irse de travesía a dar ochenta vueltas alrededor del farol de la esquina del barrio de los cuentos con final triste.
Entonces, voy hasta la plaza Patasparriba y me trepo al árbol de cerezas con crema y subiendo mucho, mucho, hasta llegar bien abajo, allí donde la luz no alcanza a chusmear las travesuras de la soledad y donde la oscuridad teje las trenzas de los misterios de la vida, y ahí me siento en la rama de chocolate, tranquilo, respiro profundo, mientras espero que la muerte pase montada en su cometa de ayeres y al pasar le agradezco un suspiro más, una noche soleada llenas de hadas y un día comiendo sandías con los pies en los charcos de un cielo de agua de deshielo de las lágrimas congeladas en las montañas de los que ya no están.
Me gusta agradecer las sombras de los días y la claridad de la noche, me hacen sentir tan vivo como la muerte misma.

* Ilustración de Severi.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Lluvia muere por nuestros sueños”


Soy hija de la tristeza de tus cielos, desde allí junto a incontables hermanas fuimos exiliadas hacia tu mundo, en caída libre, sin conocimiento alguno sobre nuestro futuro.
Algunas de mis hermanas se convirtieron en caleidoscopios de cristal plateando las cimas de las montañas que te cobijan, otras se confundieron en los ríos y se mestizaron en charcos de barro. En cambio, en mi caso, fenecí al chocar violentamente contra la chapa del techo de tu casa. Pero no fue en vano, ya que mi muerte y la de mis hermanas en ese metal durante la noche, creó el sonido, la armonía que hipnotizó tu sueño en mares de mantra y seda.
Yo, la gota de lluvia que anoche morí por tu descanso, ruego para que usted y los suyos honren estos gestos nobles de la naturaleza.

Calaverita Mateos (Esquel)
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