“Desierto de palabras”

(La comunicación incomunicada)

En una lejana cercana aldea llamada sin ningún nombre, cierto día llegaron unos seres que se alimentaban del lenguaje, devorando los litros de tintas que inundaban los libros, fagocitando las palabras que galopaban a lomo de la oralidad.
Los aldeanos, primero perdieron la memoria, luego la poesía que los nombraba en colores, los nacía en olores, los vivía en sabores, los moría en diversas diversidades que los amanecía en el alba de las identidades que su identidad; pero un día los voraces se quedaron sin tinta, sin papel y sin las voces de los aldeanos y se vieron obligados a comerse sus propias lenguas y por ende sus recuerdos que al mismo tiempo eran su pasado y su ser presente existencia.
Al cabo de un tiempo no había aldeanos ni intrusos, sólo masas amorfas que deambulaban de aquí para allá cumpliendo apenas siquiera las funciones vitales. Murió la palabra, falleció la memoria, el olvido se olvidó de olvidar a los olvidados y la niebla cegó hasta las causas que movían la razón de la existencia de los adversarios, siendo todo tan monolíticamente igual que hasta los iguales dejaron de ser siendo.
Siento el viento del desierto que borra la fertilidad del habla, tal vez somos una sombra de una lejana aldea llamada sin ningún nombre que sin nombrarnos nos nombra.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Luisa y la ventana mágica”


En la joroba de la montaña está su hogar, confundiéndose con la vegetación que lame las nubes en busca de rocío.
En la cocina con aroma a pan casero con manteca y café con leche hay una ventana con el vidrio quebrado que da al bosque, lugar donde Luisa desayuna todos los días mirando como la vida florece adentro suyo, pero sin despegar su vista de ese rasguño que atraviesa el cristal de arriba hacia abajo con una atención budista. Sus padres se preparan para la rutina cotidiana, mientras Luisa y la ventana dialogan en silencio.
Por la huella modesta de tierra llegamos hasta la casa de mis amigos con mi familia por primera vez. Bajamos del auto con las facturas y torta fritas que iban a acomodarse entre mate y mate. Nos abren la puerta de la entrada, pasan mi mujer e hijos en primer lugar y cuando doy mi primer paso dentro de la casa inmediatamente me llama la atención una ventana en la cocina y un gato parado junto al vidrio del lado de afuera, pero al volver a centrar la vista, el gato no está. Continuamos la charla, mientras nos acomodamos.
Durante toda aquella tarde, por lo menos en tres o cuatro ocasiones me pareció ver nuevamente al gato en la ventana de la cocina, pero no me animaba a comentar nada por vergüenza a ser tratado de loco. Las chicas dieron vuelta el living y repasaron los juguetes una y otra vez, en tanto salimos a caminar un rato y visitar el taller artístico contiguo a la casa.
La noche extendió su primera sabana suave anunciando la hora del regreso a Esquel. Saludos, agradecimientos, ganas de volver. Cuando íbamos saliendo no me aguanté mas y les conté que durante toda la jornada me llamó la atención en la ventana con el vidrio quebrado de la cocina la visión de un gato que desaparecía cuando le fijaba la vista, pensando que llegarían los obvios chistes de ocasión, pero la respuesta de los padres me descolocó, dijeron que Luisa también ve en esa ventana un gato, siempre.
Los amantes de la lógica y la razón levantarán, ante este texto, las banderas de la ilusión óptica. Los más poéticos dirán que los locos y los niños dicen la verdad.

(Dedicado a Luisa, Belit y Jose Badiola​, por la foto del lugar exacto que dio origen a este texto y por esa verdadera “ilusión” compartida con Luisa que llega hasta este día hecha palabras)

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Muerte querida”


Muerte querida, cántame tus tonadas desde la orilla del olvidado río de la poesía, allí donde no alcanzan a aferrarse las barrancas las solitarias tristezas que la corriente agota en el horizonte.
Muerte querida, no me frunzas el ceño de tu rostro, tengo algunos porotos más para apostar en esta chiflada partida de truco.
Muerte querida, siéntate con nosotros al alba, tomaremos mate con yerba de ayeres y anímate a sentir antes de llevarnos, sólo por una vez, Muerte querida, como el sol nos acaricia la comisura de los ojos, mientras la escarcha de los tiempos va deshojando gota a gota los pétalos de la existencia.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Anatomía dominguística de un viejo choto”


Me sopla la nuca el aliento de la resaca de un Cabernet y las finas hierbas.
La almohada respira un perfume que ya no está y la cama tiene varias leguas entre mis huesos y el borde.
Cepillada de dientes de colmillos gastados de hincar cuellos ajenos.
Expulsión de legañas que juntan sedimentos de amores perdidos en sueños de noches de Princesas caprichosas.
Pantuflas con poco esmero en despegar del suelo al caminar.
Una radio difónica dispara tangos de arrabales lejanos. El mate me convida amargos de buena alcurnia.
Lustro anzuelos y cañas que la tarde y los ríos me agradecerán, no así los peces.
Mala manera de empezar un domingo si queres crear fama de Brad Pit en peluquerías de señoras que leen revistas de chimentos, por no llorrar.
Pero es así en mi barrio.
Nos juntamos en las esquinas a firmar el acta fundacional del Club de Los Viejos Chotos Argentina Vida Club.
Pero no piense, Señor Escribano, que renegamos de estas tareas, sino más bien le digo, mientras me acomodo las bolas debajo del pijama, que es una identidad muy bien definida y que a veces, en algún desliz, se nos cae un poema que justifica la Anatomía Dominguistica de un Viejo Choto.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Descalzo de realidades”


A veces, la Realidad con mayúscula tiene la dureza y acartonamiento de un zapato de cuero rígido y viejo, por eso de vez en cuando descalzo mis dudas e inquietudes para salir a caminar con los pies sobre las nubes, en busca de realidades múltiples con minúscula.

* Dibujo del Maestro Marcos Severi

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Cuéntame un cuento gorrión”


Aún tengo atragantado en el pescuezo de mis bostezos el sabor del ring ring verdugo del despertador; ese mal parido artefacto del diablo que, sin moral, ni ética, volvió a sacarme sin permiso las sábanas de las pestañas de un solo manotazo.
Mientras tomo el ante último verdolaga, me espera el jardín de casa con una helada pulenta que me mira y se para de guantes, como preguntando prepotente:
“Che, otario, cómo andás de la cadera pa gambetear dos o tres resfalones pulenta pulenta?”
No hay trueque con la modorra, las pantuflas se escondieron debajo del sillón y el sofá me da dos palmadas en la espalda.
Si, señor. Basta de mariconadas, hay que salir al mundo a ponerle el pecho a las obligaciones ciudadanas.
Ya me duelen en las caries los trámites, se me retoban los callos plantales de sólo pensar en las colas bancarias y ese mormón actor que guardo en el bolsillo callejero, ya empezó a asomar sus manos y anda el sinvergüenza desparramando saludos falsos por el filo de los cordones de las calles.
Pasa a mi lado ese empresario ayuno de escrúpulos, con un hilo de sangre en esa comisura que parece sonreírle al señor que le sonríe desde la ventana verde desierto del billete de dólar, y no tengo a mano las gafas de Luca que nos defienden de los que asco nos dan.
Qué lo parió, chaval, qué duro está el cemento esta mañana, ni un culo a lo Fellini se atrevió a rodar por las veredas de mi ciudad para regalarme un suspiro de esperanza.
De repente, desde arriba, como un proyectil vestido de plumas un gorrión corajudo se precipita delante de mi. Me obliga a detener la marcha, y de un saltimbanqui caza con el pico un pedacito de galletita que estaba en el suelo. Sube agitando sus alas entre la apatía ciudadana, hasta el filo de un techo, entre la chapa y la madera. Asoman tres piquitos de pichones, luego unos ojitos que aun no despertaron, se empujan, pian, pian y su madre les da de comer migajas a cada uno, equitativamente.
Un señor que habla con un celular caminando me choca y enojado me dice que avance, y qué carajo hacía parado en el medio de la vereda del centro de la ciudad mirando para arriba.
Todavía sigo pensando si fui yo o el gorrión a través de mi voz que le contestó:
“Volviendo a aprender a leer la Vida”.

“Mi primitiva resistencia”


Me gusta primerear al sol y ganarme una butaca en la platea especial de este teatro imaginario, para esperar el concierto gratarola de las aves homenajeando al rocío.
El agua que fue canas en la cabeza de una montaña es, en el rumor del fuego y el acero, espectro de vapor con melancolía, pero también alboroto de calor precipitándose en la boca de un viejo mate de madera rasgado por las rondas que han tallado su ser y su espíritu.
La orgía suave y verde que ostentan el agua y la yerba paren el ritual que aquellas voces lejanas, compañeras, invisibles, me conversan desde la garganta de una radio enclenque que aun se anima a cargarse al lomo un par de pilas para yugar su ardua tarea etérea.
Como un asceta, en este rincón de la Patagonia, confieso mis primitivos placeres cotidianos, mientras la tímida luz del día se cuela entre las telarañas del arbusto y las aves despegan a ganarse el pan de cada día y yo, que pretendo escribir alguna vez un texto de resistencia con la dignidad de un escritor, sólo puedo conformarme con tomar otro mate, mirar por la ventana y sonreír agradecimiento al horizonte que todavía me abraza a la distancia.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Al filo del olvido”

(Dedicado a los Afiladores que aun existen)

El egoísmo de la modernidad ha optado por la sordera voluntaria ante el pedido de auxilio de los antiguos nobles oficios.
En vano, las viejas y pesadas tijeras de las abuelas tosen su oxido desde el fondo de un cajón polvoriento.
Algunos jubilados, osados soñadores, suelen sentarse al atardecer en los canteros de las veredas de sus casas. Con la palma de la mano abierta, besando la oreja, gesticulan los últimos esfuerzos para tratar de oír. Quieren escuchar, aunque sea a los lejos, el rumor de aquella melodía inconfundible que precedía a la aparición de la antigua bicicleta dando vuelta a la esquina.
Pero las manos arrugadas de Quique no se doblegan ante la injusticia. Sostienen tarde tras tarde, semana tras semana y año tras año, el cuchillo que su padre le regaló cuando era niño. Ese objeto que, pese a la inclemencia del tiempo, mantiene su estirpe de caballero en los bravos asados.
Sabe, Quique, que el día menos pensado por la esquina de su cuadra, escuchará primero la canción sin voz, luego el rechinar de unos viejos fierros sostenidos por unas fuertes y rodantes ruedas de bicicleta. Llegará hasta su lado una sombra de antaño afilador, quien tomará el cuchillo de Quique. Le sacará el último y más aguerrido filo en vida.
Cuando ese día llegue, Don Quique sabrá que con el cuchillo afilado, podrá cortar la textura dura del tiempo y montará en las alas de Cronos, quien lo llevará hasta su casita perdida en los fantasmas del recuerdo. Allí, le entregará a su padre el cuchillo reluciente para que corte su atadura con este mundo. El mismo mundo que lo olvidó en su otrora oficio de afilador.
Quique, por fin, no sostendrá un cuchillo en la esquina, sino la armónica de afilador de su padre. Y soplará la melodía que vencerá la garra del olvido de la modernidad.
Y de la esquina, nuevos afiladores volverán a bicicletear las calles con rumbos nobles.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El triciclo de la movilidad social”


Tiene los huesos herrumbrados y los manubrios como los cuernos toreando al tiempo que no le da tregua.
Mientras sus patas traseras se confunden entre los yuyos y el barro, la delantera que aun aferra su goma al piso, sostiene con delgados músculos de hierro los pedales que dejaron de ser la pequeña vuelta al mundo que ayudaba a avanzar.
Entre cajas vacías, maderas que serán fuego de algún asado, descansa ciego, con reuma de anhelos, sin que nadie se atreva a dejarlo en la vereda para que el camión de la basura se lo lleve. Tampoco los padres se animan a intentar una resurrección, temen que si vuelve a andar por el patio con sus hijos montados en su lomo, los vientos de una niñez que hace mucho tiempo dobló la esquina para siempre, regrese con la verdad de ayeres de barrio con arboledas, veredas de guardapolvo lleno de polvo, felices, libres y las tardes de chocolatada con pan y manteca para todo el piberío que hoy, poco a poco, vuelve a sentir que la panza empieza a chillar de hambre.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Mantra de chapa y palo”


Caen las gotas suicidas, como a morderle los sueños bajo techo a los cuerpos disfrazados de almohadas, sábanas y ronquidos.
No andan con permiso ni vergüenza y, si uno les presta atención, alguna se estrolan contra las ventanas y las paredes, dejando las burbujas de la rabia celestial.
Andan en patota furibunda esta manada de lagrimas paracaidistas sin paracaídas, como buscando levantarnos los parpados de un sopetón, pero ni ellas ni el cielo han comprendido que hace siglos, la ciencia y astucia del hombre, ha creado el techo de zinc y madera, no sólo con el fin útil de protegernos de las inclemencias y las envidias providenciales, sino que las cachetadas de la lluvia al sombrero de chapa y palo de nuestras casas son, si usted me permite este mágico razonamiento, el instrumento musical de un mantra cósmico que nos seduce y zambulle aun más en los distritos oníricos con placer extremo.

Calaverita Mateos (Esquel)
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