“Conecticut no es para mi”


Desde las esquina donde se juntan las calles que olvidaron a las esquinas y sus faroles, vienen en fila pareja, como mormones de mañana de domingos, los paladines del buen vecindario a desparramar a discreción dos decenas de teléfonos modernos, novedosos, pero que curiosamente no tienen marca. Tampoco elegancia.
Tienen estos teléfonos unos carteles escritos en letra del alfabeto griego:

“En este mundo tan hostil, hay que hablar mucho y estar más conectados con tu prójimo”

Pido gancho y me agacho detrás de un tacho, mientras me sacudo la caspa de mis buenos modales, manoteo la tranquera de este barrio que huele a oficina de rentas recién inaugurada. No me quedo.
Me voy hacia otras ochavas más prometedoras, donde la soledad y el aislamiento voluntario no son vistos como hijos del pecado, sino mas bien, medicina vital del alma.
Ya hablé demasiado. Hasta luego.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Celulópolis versus los Rústicos”

(La falacia del mercado y el progreso)

Apareció como la innovación en las comunicaciones humanas permitiendo que las personas estén relativamente en contacto a distancia a través de llamadas telefónicas o mensajes de textos. Al principio, como toda novedad, este instrumento tecnológico sólo era usado para hablar o mensajear cuando realmente lo requería una necesidad, pero con el transcurso del tiempo, el mercado y las empresas de telefonía celular diseñaron y agregaron al aparato nuevas y cada vez más sofisticadas aplicaciones, Internet, cámaras, etc que permitían realizar acciones que eran privativas de otros elementos tecnológicos.
Poco a poco la humanidad, o mejor dicho gran parte de ella, fue encontrando en estos objetos una extensión de su cuerpo, de sus placeres y hasta de sus obligaciones, a saber pagaban las cuentas y realizaban trámites desde el mismo móvil, hacían reuniones y jugaban en familia o con amigos sin moverse desde sus casas, simplemente conectados por cámaras virtuales de alto nivel, incluso una amplia mayoría de trabajos se permitían ser realizados desde las mismas casas y las vacaciones virtuales eran destino de miles de millones de personas que podían, a través de la aplicación holograma, visitar cualquier rincón del mundo a un módico y aparente accesible precio, incluso se conocían casos de personas que se habían operado sus miembros superiores en sus extremidades para suplantar la mano por celulares.
El paso más revolucionario y a la vez más cuestionado por la sublevación de los “Rústicos” fue cuando se consiguió que los celulares trasladaran en su memoria, valga la redundancia, la memoria de sus propietarios junto a una aplicación que les facilitaba el desplazamiento por las calles sin la necesidad de estar en poder de las personas. De repente, las ciudades eran un desierto de tracción a sangre y en su lugar la más variada gama de celulares móviles ocupaban las relaciones interpersonales.
Pronto todo cambió drásticamente y sin que el hombre pudiera poner un freno al supuesto progreso que ya había fagocitado el desarrollo humano propiamente dicho, es decir, los hombres y mujeres habían perdido la capacidad y el ejercicio del pensamiento, la memoria, los sentimientos y eran sólo autómatas destinados a las fábricas de celulares y al cuidado y atención de estos objetos que eran quienes ahora tenían el control de las ciudades, salvo una pequeña célula revolucionaria que se mantenía en el underground prescindiendo de las nuevas tecnologías como el uso destinado por la masa y sólo para contrarrestar el apocalipsis digital que sembró de frialdad e inhumanidad el planeta.
El papel con su olor característico trabajado con el fino carbón o la lengua de una pluma con tinta empezaban en los suburbios a reinventar los signos, a establecer la mágica conexión entre el pensamiento, los sentimientos y los símbolos como mediación entre los planos existenciales entre los humanos. Resucitaron y florecieron las palabras y con ellas la posibilidad de nombrar las cosas y sus movimientos, desde la grieta del olvido los signos brotaron como manantial y desde ese caudal nació otra vez el amor y el amor dio aun más fuerzas a los “Rústicos” que sin prisa ni pausa empezaron a poblar los arrabales con nuevas escuelas donde la educación se convirtió en la herramienta de verdadera comunicación, entendiendo que la imperfección es la condición humana por excelencia, que el error no es fracaso, es paso hacia atrás para volver a comenzar y que la memoria y el amor son los dones naturales, por no decir mágicos que nunca mas deben ser dejados en manos del mercado ni el progreso.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“De tal palo, tal astilla”

(Dedicado al árbol que aun espera ser obra de arte)

Ni lagrimas nacen de mis arrugas de tiempo y desierto, se han secado mis recuerdos, se han marchitado mis esperanzas.
Por mis venas huecas circula el fantasma de una savia que fue sabia testigo He sido testigo de los bisabuelos y de sus bisnietos y en la retina de de la historia de este pueblo.
Mi piel fue el lienzo de poemas de amor, el nido que cobijó las bandurrias en sus peregrinajes circulares y mi sombra corajuda fue techo sombra de los changarines que otrora puchereaban un laburo y que huelo hoy a pasado que vuelve.
De madera soy, así lo fueron mis antepasados. Los políticos serrucharon mis anhelos de trascender en la memoria de los artistas que quisieron eternizarme en la memoria del pueblo.
Siento que me estoy yendo, me estoy secando, sólo te pido caminante de mi Esquel que si alguna vez pasas a mi lado, te detengas en silencio, escuches mis últimos alientos, me abraces y me recuerdes como tuyo, como mio, ya que de tal palo, tal astilla.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Persiana apocalipsis”


Una pestaña de sol se abrió paso entre los labios de la persiana de mi cuarto, sus fuerzas le alcanzaron para descansar sobre la mesa de luz, iluminando con una delgada franja un libro de Issak Asimov abierto en la página que anoche había dejado de leer. Entre ojos, medio dormido, alcancé a leer el renglón alcanzado por el sol…

“…Y la luz del sol era lo más preciado entre los seres que habían sobrevivido al apocalipsis…”

Desde mi almohada giré la mirada hacia la persiana, rogué con cierta angustia fingida y real que sólo sea el sol y no la tarea de los neutrones comenzando su faena de vida.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Soldado heroico de alambrecito de sidra”


Cuando todos se fueron a dormir luego de una cascada de bebidas y un alud de manjares salados y postres, recuerdos repetidos una y otra vez en cada fin de año y ese círculo vicioso de saludos cargados de una hipocresía que les permiten soportar la realidad con un poco más de liviandad; la mesa simulaba una intervención de Marta Minujin sobre el caos en el universo.
De repente, uno de los morriones descartados en la mesa, de la nada comenzó a moverse, contorsionarse, como si una mano invisible lo trabara, así fue tomando forma hasta convertirse en una silueta humana flaca, pero firme, cual soldado con armadura de los cuentos de castillos y dragones.
El Soldado de alambre recorrió caminando la mesa entre cascaras de manís, pedazos de turrón masticados a media y servilletas engrudo de guiso de todas los alimentos que tuvo que limpiar en la jeta de los comensales. Llegó hasta otro morrión de Champagne que habían dejado con forma de choique y lo montó, comenzando a recorrer toda la mesa en busca de más alambrecitos e incitándolos a cobrar forma. De ese modo, la superficie de la tabla, entre platos y copas se llenó de Soldados, choiques, dragones de alambres que se congregaron en el centro bajo la batuta del primer Soldado quien emitió un discurso improvisado a los animales y guerreros de metal:

“Es nuestro deber mantener la mística de este ritual pagano en donde los humanos despiden un tiempo pasado, deseando un porvenir próspero, sólo nosotros conocemos los hilos secretos del tiempo y la vida, es por eso que les pido que, aunque la ceguera de magia e ignorancia de los humanos sobre nuestra existencia no los humille ni frustre, sino todo lo contrario, cada año a fin de año, volveremos a armarnos ante cada sueño de resaca a ellos los mantenga hipnotizado ya que nuestro deber es proteger y promover la magia del metal y la uva que beben los mortales y los dioses”

Al mediodía la primera mujer que se despertó, con dolor de cabeza y mucha sed, barrió un poco el piso, juntó las sillas desparramadas y observó la mesa llena, en su centro, de soldados, animales y seres místicos hechos de metal, con el alambrecito (morrión) de las sidras y los champagnes, sonrió tratando de imaginar quienes lo habían creado entre borracheras y morfis en la madrugada, pero optó por juntarlos con el repasador y arrojarlos a la basura para proseguir la limpieza mundana y la mística, también.
Otro año más que ignoramos la magia y nos gana el exceso de razón.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Mis ganas de escribir andan en pantuflas”


No es que me mano las lavo ni le bulto al escapo, pero a este licuado de ideas le han pijoteado dos cucharadas de viento a favor. Me peino la imaginación con raya al medio para equilibrar la balanza entre las locuras con olor a hierba y las lógicas compadronas y egoístas, pero ni siquiera así le mangueo a mis manos media docena de palabras que puedan decir algo que valga la pena.
Listo, me cansé de empujar mi espalda que anda adelante de mis ordenes y prefiero abrazarme a la almohada que no me cobra sus mimos de seda y a mis ganas de escribir que andan bostezando por los márgenes de esta página aburrida les pongo pantuflas y las mando a dormir la siesta, quizás regresen con mas animo para devolverme al menos un cuarto de renglón decente.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Mate”


Pichón que une la tierra, el aire, el fuego y el agua
pancita rellena de verdor
planeta enano con el núcleo caliente
ñandú con cuerpo de madera y cogote de metal
besador de bocas en las rondas
compañero de soledades pulentas
pelota de musgo rara y querible
testigo del oficio de los bohemios
chapuzon para buches de pobres y ricos
récord guiness de los objetos convidados
pedacito de naturaleza en medio del quilombo
enano que despabila madrugadas
ser amargo que nos da calor
ser dulce que mima la garganta
albergue del pasto y el agua sabia
musa eterna de Don Larralde
estomago donde la hierba se hace sabor
pichón que une la tierra, el aire, el fuego y el agua.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Nubes malitas”


Esas nubes mocosas de dióxido de carbono se amontonan engreídas sobre los techos de las alegrías de estas tierras, esas alegrías que nos pintaban de colores inventados por los tambores, los ríos de deshielo y el canto de los dragones que huían de las páginas de los libros para anidar en la imaginación de la gran aldea.
Son tan pesarosas sus garuas de clavos enmohecidos que mantienen gachas y tristonias las cabezas de los aldeanos, que una y otra vez se miran la punta de los zapatos en busca de la moneda fatal que los evacue del yugo diario de no ver más allá de la esquina pobre de estos sueños desvanecidos.
Pero las nubes no son eternas en este puchero seco y entre el tumulto desierto de almas en desconcierto, una nariz apuntará al cielo sin temor, olerá la fragancia del sol en la primavera de las almas en revolución y en la esquina de ese barrio se sembrará la primera semilla que germinará en el subsuelo de nuestras verdades para germinar esperanza y alfalfa y trigo para el engorde de un nuevo amanecer en la aldea de aldeas que recordará levantar nuevamente su frente al cielo, sin temor.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Desierto de palabras”

(La comunicación incomunicada)

En una lejana cercana aldea llamada sin ningún nombre, cierto día llegaron unos seres que se alimentaban del lenguaje, devorando los litros de tintas que inundaban los libros, fagocitando las palabras que galopaban a lomo de la oralidad.
Los aldeanos, primero perdieron la memoria, luego la poesía que los nombraba en colores, los nacía en olores, los vivía en sabores, los moría en diversas diversidades que los amanecía en el alba de las identidades que su identidad; pero un día los voraces se quedaron sin tinta, sin papel y sin las voces de los aldeanos y se vieron obligados a comerse sus propias lenguas y por ende sus recuerdos que al mismo tiempo eran su pasado y su ser presente existencia.
Al cabo de un tiempo no había aldeanos ni intrusos, sólo masas amorfas que deambulaban de aquí para allá cumpliendo apenas siquiera las funciones vitales. Murió la palabra, falleció la memoria, el olvido se olvidó de olvidar a los olvidados y la niebla cegó hasta las causas que movían la razón de la existencia de los adversarios, siendo todo tan monolíticamente igual que hasta los iguales dejaron de ser siendo.
Siento el viento del desierto que borra la fertilidad del habla, tal vez somos una sombra de una lejana aldea llamada sin ningún nombre que sin nombrarnos nos nombra.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Luisa y la ventana mágica”


En la joroba de la montaña está su hogar, confundiéndose con la vegetación que lame las nubes en busca de rocío.
En la cocina con aroma a pan casero con manteca y café con leche hay una ventana con el vidrio quebrado que da al bosque, lugar donde Luisa desayuna todos los días mirando como la vida florece adentro suyo, pero sin despegar su vista de ese rasguño que atraviesa el cristal de arriba hacia abajo con una atención budista. Sus padres se preparan para la rutina cotidiana, mientras Luisa y la ventana dialogan en silencio.
Por la huella modesta de tierra llegamos hasta la casa de mis amigos con mi familia por primera vez. Bajamos del auto con las facturas y torta fritas que iban a acomodarse entre mate y mate. Nos abren la puerta de la entrada, pasan mi mujer e hijos en primer lugar y cuando doy mi primer paso dentro de la casa inmediatamente me llama la atención una ventana en la cocina y un gato parado junto al vidrio del lado de afuera, pero al volver a centrar la vista, el gato no está. Continuamos la charla, mientras nos acomodamos.
Durante toda aquella tarde, por lo menos en tres o cuatro ocasiones me pareció ver nuevamente al gato en la ventana de la cocina, pero no me animaba a comentar nada por vergüenza a ser tratado de loco. Las chicas dieron vuelta el living y repasaron los juguetes una y otra vez, en tanto salimos a caminar un rato y visitar el taller artístico contiguo a la casa.
La noche extendió su primera sabana suave anunciando la hora del regreso a Esquel. Saludos, agradecimientos, ganas de volver. Cuando íbamos saliendo no me aguanté mas y les conté que durante toda la jornada me llamó la atención en la ventana con el vidrio quebrado de la cocina la visión de un gato que desaparecía cuando le fijaba la vista, pensando que llegarían los obvios chistes de ocasión, pero la respuesta de los padres me descolocó, dijeron que Luisa también ve en esa ventana un gato, siempre.
Los amantes de la lógica y la razón levantarán, ante este texto, las banderas de la ilusión óptica. Los más poéticos dirán que los locos y los niños dicen la verdad.

(Dedicado a Luisa, Belit y Jose Badiola​, por la foto del lugar exacto que dio origen a este texto y por esa verdadera “ilusión” compartida con Luisa que llega hasta este día hecha palabras)

Calaverita Mateos (Esquel)
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