“Elogio a la Nada”

(Dedicado a Ernesto Capart, luego de una charla hace años)

Año 2004, veinte horas cincuenta y siete minutos. Salimos caminando con Ernesto Capart desde Radio Nacional.
El saltó desde el cordón de la vereda hasta la plazoleta de un solo envión, yo, más tímido, crucé hasta la plazoleta, pero haciendo vueltas carneros. Ni lerdos ni perezosos desplegamos dos playeras, una mesita baja con el termo, el mate, torta frita con dulce de esperanza y una vitrola a go go con un sólo vinilo. Franz Liszt.
Nos acostamos, panza arriba, cada uno en su respectiva reposera cubiertos con dos colchas de lana de bigote de piche.
Pasaron vecinos a saludarnos. Algunos cuchicheaban acerca de la frontera entre la locura y la cordura que nos asistía.
Pero todos sabemos que la cordura después se hace nata, luego ricota y las tartas así son mucho mas locas y ricas.
Mientras veíamos las estrellas, contábamos las fugaces y jugábamos al tetris con los asteroides y las pelusas del pupo,
un policía, un locólogo y un científico se acercaron y nos preguntaron qué estábamos haciendo. Respondimos a coro junto con un murciélago que pasaba volando rumbo a Colan Conhué:

“Nada, simplemente nada”.

El Policía sonrió y dijo que no estábamos rompiendo ninguna regla. El Locologo dijo que eramos una linda dupla para analizar de cerca. El científico dijo que justo estaba estudiando la propagación de las grosellas en el vacío, en la nada, así que asintió con alegría.
A los veinte minutos, los tres estaban con sus respectivas colchas y reposeras mirando las estrellas a nuestro lado haciendo nada.
Hoy, luego de una década, todas las noches que no llueve ni nieva, las plazoletas de Esquel se visten de sillas playeras, vitrolas, mates y familias que se dedican a hacer nada durante unas horas.
Hay felicidad en los rostros de los esquelenses.
Se habían olvidado que, de tanto en tanto, hacer nada es saludable para el marulo, el corazón y fomenta la imaginación con palta, ajo y limón.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Ríe penita, ríe”


Cumpleaños a orillas del arroyo Esquel.
De repente, Azul, la niña cumpleañera advierte que Laureano, uno de sus compañeros de escuela, está sentado en la costa con un globo en la mano, contemplando el paso del agua, en silencio.
Ella se acerca, también con un globo en mano y pregunta:

– Azul: ¿Estás bien, Laureano?
– Laureano: Si, muy bien.
– Azul: ¿Qué buscas en el agua?
– Laureano: Una lágrima que perdí hace mucho tiempo.
– Azul: ¿Donde?
– Laureano: en la nieve, en la punta de aquella montaña.

Silencio de unos minutos y la conversación regresa:

– Azul: Cuando la encuentres ¿volvés a jugar con nosotros?
– Laureano: Si. Quiero mostrársela a todos los chicos.
– Azul: ¿Para que?
– Laureano: así los chicos le enseñan a esa penita a reír, también.
– Azul: que lindo.
– Laureano: no quiero olvidar mis penas nunca mas en el olvido.
– Azul: te quiero.

Justo, en ese instante, Laureano dirige la atención hacia el curso del agua, sumerge levemente un dedo en la corriente y al levantarlo mira la yema del dedo indice y sonríe, mientras
toma con la otra mano la mano de Azul y le dice:

– yo también te quiero, volvamos a jugar con los chicos –

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Celulópolis versus los Rústicos”

(La falacia del mercado y el progreso)

Apareció como la innovación en las comunicaciones humanas permitiendo que las personas estén relativamente en contacto a distancia a través de llamadas telefónicas o mensajes de textos. Al principio, como toda novedad, este instrumento tecnológico sólo era usado para hablar o mensajear cuando realmente lo requería una necesidad, pero con el transcurso del tiempo, el mercado y las empresas de telefonía celular diseñaron y agregaron al aparato nuevas y cada vez más sofisticadas aplicaciones, Internet, cámaras, etc que permitían realizar acciones que eran privativas de otros elementos tecnológicos.
Poco a poco la humanidad, o mejor dicho gran parte de ella, fue encontrando en estos objetos una extensión de su cuerpo, de sus placeres y hasta de sus obligaciones, a saber pagaban las cuentas y realizaban trámites desde el mismo móvil, hacían reuniones y jugaban en familia o con amigos sin moverse desde sus casas, simplemente conectados por cámaras virtuales de alto nivel, incluso una amplia mayoría de trabajos se permitían ser realizados desde las mismas casas y las vacaciones virtuales eran destino de miles de millones de personas que podían, a través de la aplicación holograma, visitar cualquier rincón del mundo a un módico y aparente accesible precio, incluso se conocían casos de personas que se habían operado sus miembros superiores en sus extremidades para suplantar la mano por celulares.
El paso más revolucionario y a la vez más cuestionado por la sublevación de los “Rústicos” fue cuando se consiguió que los celulares trasladaran en su memoria, valga la redundancia, la memoria de sus propietarios junto a una aplicación que les facilitaba el desplazamiento por las calles sin la necesidad de estar en poder de las personas. De repente, las ciudades eran un desierto de tracción a sangre y en su lugar la más variada gama de celulares móviles ocupaban las relaciones interpersonales.
Pronto todo cambió drásticamente y sin que el hombre pudiera poner un freno al supuesto progreso que ya había fagocitado el desarrollo humano propiamente dicho, es decir, los hombres y mujeres habían perdido la capacidad y el ejercicio del pensamiento, la memoria, los sentimientos y eran sólo autómatas destinados a las fábricas de celulares y al cuidado y atención de estos objetos que eran quienes ahora tenían el control de las ciudades, salvo una pequeña célula revolucionaria que se mantenía en el underground prescindiendo de las nuevas tecnologías como el uso destinado por la masa y sólo para contrarrestar el apocalipsis digital que sembró de frialdad e inhumanidad el planeta.
El papel con su olor característico trabajado con el fino carbón o la lengua de una pluma con tinta empezaban en los suburbios a reinventar los signos, a establecer la mágica conexión entre el pensamiento, los sentimientos y los símbolos como mediación entre los planos existenciales entre los humanos. Resucitaron y florecieron las palabras y con ellas la posibilidad de nombrar las cosas y sus movimientos, desde la grieta del olvido los signos brotaron como manantial y desde ese caudal nació otra vez el amor y el amor dio aun más fuerzas a los “Rústicos” que sin prisa ni pausa empezaron a poblar los arrabales con nuevas escuelas donde la educación se convirtió en la herramienta de verdadera comunicación, entendiendo que la imperfección es la condición humana por excelencia, que el error no es fracaso, es paso hacia atrás para volver a comenzar y que la memoria y el amor son los dones naturales, por no decir mágicos que nunca mas deben ser dejados en manos del mercado ni el progreso.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“De tal palo, tal astilla”

(Dedicado al árbol que aun espera ser obra de arte)

Ni lagrimas nacen de mis arrugas de tiempo y desierto, se han secado mis recuerdos, se han marchitado mis esperanzas.
Por mis venas huecas circula el fantasma de una savia que fue sabia testigo He sido testigo de los bisabuelos y de sus bisnietos y en la retina de de la historia de este pueblo.
Mi piel fue el lienzo de poemas de amor, el nido que cobijó las bandurrias en sus peregrinajes circulares y mi sombra corajuda fue techo sombra de los changarines que otrora puchereaban un laburo y que huelo hoy a pasado que vuelve.
De madera soy, así lo fueron mis antepasados. Los políticos serrucharon mis anhelos de trascender en la memoria de los artistas que quisieron eternizarme en la memoria del pueblo.
Siento que me estoy yendo, me estoy secando, sólo te pido caminante de mi Esquel que si alguna vez pasas a mi lado, te detengas en silencio, escuches mis últimos alientos, me abraces y me recuerdes como tuyo, como mio, ya que de tal palo, tal astilla.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Persiana apocalipsis”


Una pestaña de sol se abrió paso entre los labios de la persiana de mi cuarto, sus fuerzas le alcanzaron para descansar sobre la mesa de luz, iluminando con una delgada franja un libro de Issak Asimov abierto en la página que anoche había dejado de leer. Entre ojos, medio dormido, alcancé a leer el renglón alcanzado por el sol…

“…Y la luz del sol era lo más preciado entre los seres que habían sobrevivido al apocalipsis…”

Desde mi almohada giré la mirada hacia la persiana, rogué con cierta angustia fingida y real que sólo sea el sol y no la tarea de los neutrones comenzando su faena de vida.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La dignidá cebada”


Llegó al puesto lejano, infinito, el hijo del patrón, arrogante, con la música ensordeciendo el silencio del campo que murmura existencia, montado en su camioneta 4×4 séxtuple tracción arando huella, salpicando barro contra las paredes del rancho construido con ladrillos amasados a mano y esperanza.
Bajó el hijo del patrón, prepotente, arrojando el envoltorio de un chocolate importado en el precario jardín de Don Sebastián.
Entró el hijo del patrón, sin permiso, altanero, a la rústica casita de adobe y madera vieja, tirando en el suelo un cajón con algunos paquetes de yerba, fideos baratos, vino berreta y harina para yugar un mes.

– Tómese un mate, m’hijo –

Dijo Don Sebastián al hijo del patrón, mientras un viejo mate galleta bebe el agua caliente de una pava abollada en todo su cuerpo por los golpes de viajes a la veranada, pintada color carbón en capas de inviernos aguantando bravías lenguas de fuego de leños camperos en la mitad de los montes donde pastorea la hacienda.

– No, gracias, está sucia esa pava, puede contener enfermedades al agua –

Respondió el hijo del patrón como si sus palabras fuesen la ciencia ascética que olvidó a la humanidad hace tiempo.

– Beba, hombre, beba uno solo, nomá, que de lo único que se puede contagiá es de dignidá –

Bebió el hijo del patrón, desconfiado, con un poco de cara de asco sin ocultar, pero a los pocos segundos en el segundo sorbo del mate sus ojos miraron los ojos de Don Sebastián y en esas pupilas se reflejó la pava negra y más atrás las siluetas de pobladores antiguos siendo golpeados, desalojados de una tapera parecida a la que se encontraban, en el fondo de los ojos de Don Sebastián, el puestero, también se veía gritos de niños separados de sus padres y se oían rojos sangre de golpes en las espaldas de paisanos y paisanas.
Vió el hijo del patrón, la historia no silenciada en los libros de sus escuelas privadas ni en los manuales oficiales de las escuelas públicas.
Pasaron algunos años ya desde aquella cebadura en el rancho. Hoy, en un día nublado que lagrimea en los filos de las lomas lejanas, los ladrillos de barro, bosta y pasto seco ventilan verdades y memorias.
Don Sebastián ceba para su soledad un mate lavado en el mismo viejo mate galleta, pero con una pava casi nueva, mientras mira por la ventana con vidrios chicatos de eternidad, al mismo tiempo, pero a muchas leguas, el hijo del patrón está solo, sentado bajo un toldo de lona estirado entre una lenga añeja y una roca fortachona, lo acompaña un perro flaco faldero, unos viejos libros marxistas y un fueguito que calienta aquella vieja pava cubierta de hollín que Don Sebastián le regaló esa tarde de sabiduría ancestral.
El hijo del patrón no volvió más a la civilización, anda desalambrando campos de los patrones que obtuvieron tierras despojando viejos pobladores.
Un puestero, un niño hijo del derroche y la explotación, una anciana pava de mate y los ojos de la dignidá tatuaron la tierra agrietada de injusticias de la Patagonia en los huesos del futuro de un joven guerrero.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Soldado heroico de alambrecito de sidra”


Cuando todos se fueron a dormir luego de una cascada de bebidas y un alud de manjares salados y postres, recuerdos repetidos una y otra vez en cada fin de año y ese círculo vicioso de saludos cargados de una hipocresía que les permiten soportar la realidad con un poco más de liviandad; la mesa simulaba una intervención de Marta Minujin sobre el caos en el universo.
De repente, uno de los morriones descartados en la mesa, de la nada comenzó a moverse, contorsionarse, como si una mano invisible lo trabara, así fue tomando forma hasta convertirse en una silueta humana flaca, pero firme, cual soldado con armadura de los cuentos de castillos y dragones.
El Soldado de alambre recorrió caminando la mesa entre cascaras de manís, pedazos de turrón masticados a media y servilletas engrudo de guiso de todas los alimentos que tuvo que limpiar en la jeta de los comensales. Llegó hasta otro morrión de Champagne que habían dejado con forma de choique y lo montó, comenzando a recorrer toda la mesa en busca de más alambrecitos e incitándolos a cobrar forma. De ese modo, la superficie de la tabla, entre platos y copas se llenó de Soldados, choiques, dragones de alambres que se congregaron en el centro bajo la batuta del primer Soldado quien emitió un discurso improvisado a los animales y guerreros de metal:

“Es nuestro deber mantener la mística de este ritual pagano en donde los humanos despiden un tiempo pasado, deseando un porvenir próspero, sólo nosotros conocemos los hilos secretos del tiempo y la vida, es por eso que les pido que, aunque la ceguera de magia e ignorancia de los humanos sobre nuestra existencia no los humille ni frustre, sino todo lo contrario, cada año a fin de año, volveremos a armarnos ante cada sueño de resaca a ellos los mantenga hipnotizado ya que nuestro deber es proteger y promover la magia del metal y la uva que beben los mortales y los dioses”

Al mediodía la primera mujer que se despertó, con dolor de cabeza y mucha sed, barrió un poco el piso, juntó las sillas desparramadas y observó la mesa llena, en su centro, de soldados, animales y seres místicos hechos de metal, con el alambrecito (morrión) de las sidras y los champagnes, sonrió tratando de imaginar quienes lo habían creado entre borracheras y morfis en la madrugada, pero optó por juntarlos con el repasador y arrojarlos a la basura para proseguir la limpieza mundana y la mística, también.
Otro año más que ignoramos la magia y nos gana el exceso de razón.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La Navidad del Jesucristo sin marketing”


Mírelo usted, nomá, ahí anda el Jesucristo sin marketing cosechando las resacas de los sueños sin descorchar. Anduvo toda la nochebuena envuelto en estropajos limpiando fondos de botellas abandonadas en las veredas como abandonadas sus esperanzas de pan dulce y garrapiñada.
Encontró su pino de navidad en la plaza y lo meó por necesidad y tal vez por bronca, muchas cajas debajo de las ramas, ayunas de regalos, como piel gastada ya descartada que cubrió los obsequios de la serpiente liberal que envenena de capitalismo el antiguo ritual del nacimiento del hijo de dios.
A la medianoche, este Jesucristo de baldío y ochava, levantó su cartón de resero tinto cortado con los dientes hacia las estrellas en la misma dirección que sus ojos vidriosos y su barba adornada por algunos fideos del guiso que se clavó con los apóstoles olvidados por las políticas sociales, recordados por las políticas económicas. En su voz cascada por las colillas de cigarros callejeros y los fríos que muelen a palo cada invierno su garguero se escuchó el murmullo de un brindis, como queriendo salir sin salir de un entripado de broncas y abrazos, mientras su discípulo más fiel, un perro con sarna y tuerto, lo escucha y atesora las sagradas palabras que serán la sangre del nuevo testamento del siglo XXI:

“…Perdónalos, Señor, si saben lo que hacen, por eso estamos en las calles alimentando la pobreza de sus números sin almas; y perdónanos, Señor, cuando entremos a sus reinos a buscar el pan y el vino que nos pertenece a los humildes y nos arrebataron sin cesar al calor de los diez mandamientos de la historia, tu historia oficial, repartiremos tu cuerpo y sangre entre los desposeídos y la Biblia será verbo, paz y justicia entre los mortales y pecadores…”

Calaeverita Mateos (Esquel)
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“La saludable conspiración de los Leos”


Cuando leo, Leo por motivos diversos. Leo diariamente un porcentaje que está guiado por la labor periodística que así lo exige y Leo Di Caprio.
En el baño, Leo las etiquetas de los shampoos, dentífricos, cremas, ahí mismo también Leo las revistas cholulas y sus surrealistas personajes que provocan mi inmediata opinión respecto de sus vidas y pensamientos mientras “fabrico próceres” en el Traful y Leo Dan.
Leo periódicos en papel y online. Leo blogs y webs y Leo Sbaraglia. Leo algunos diarios de atrás para adelante y Leo Nor Manso. Leo menos novelas que antes, Leo poesías, ensayos, historia, por sobre todas las cosas Leo narraciones, cuentos breves y Leo Messi.
Leo a Borges y Leo Poldo Marechal. Leo sobre ciencia y Leo Nardo Da vinci. Leo libros y los dejo por la mitad, Leo libros por placer y por curiosidad, Leo varios libros al mismo tiempo y Leo Nor Benedetto.
En fin, confieso que tengo una barra brava de amigos lectores con los cuales salimos de noche a arengar a los muchachos y muchachas por los barrios al grito y cámorrero de cancha:

“oLEO, oLEO, oLEO, oLEO, oLEO LEA, es un sentimiento, no puedo parar, oLEO, oLEO, oLEO, oLE oLEA!!!”

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El viento patagónico”


Como una tos universal, esa patota de aires prepotentes me pasó a llevar silbando heavy metals con el filo de las hojas de los arboles de mi barrio, y en mi descuido somnoliento me arrebató dos recuerdos de desengaños, un viejo amor del que no recuerdo sus besos y un no quiero ser tu novia en la vereda del cine Coliseo. Pero el mismo viento musculoso, sin pedir permiso, dejó enredado en el maitén de mi jardín, un par de historias de amor con final feliz que le devuelven al viento patagónico su razón de ser.

Calaverita Mateos (Esquel)
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