“El viento patagónico”


Como una tos universal, esa patota de aires prepotentes me pasó a llevar silbando heavy metals con el filo de las hojas de los arboles de mi barrio, y en mi descuido somnoliento me arrebató dos recuerdos de desengaños, un viejo amor del que no recuerdo sus besos y un no quiero ser tu novia en la vereda del cine Coliseo. Pero el mismo viento musculoso, sin pedir permiso, dejó enredado en el maitén de mi jardín, un par de historias de amor con final feliz que le devuelven al viento patagónico su razón de ser.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La navidad de Pirincho y el dios capitalismo”


Corta un pedazo de pan medio duro con las manos y le chanta dulce de leche como para el campeonato, mientras los palitos de yerba juegan a la mancha en la superficie del mate como escapando del chorro caliente de la pava.
Pirincho, niño trucha sucia de pantalón viejo y zapatos tres números más que su calzado, conversa sin hablar con el sol que despierta esta navidad apoyado ambos en el vidrio enclenque de la mansión de chapa, cartón y maderas.
Anoche comió con su familia un pollo con pan casero y jugo de sobre, un manjar sólo permitido para esta fecha tan especial.
Pirincho sale a trabajar, no tiene jefe ni patrón, hoy también tiene sacarle la mugre a los vidrios de los autos que separan la pobreza de una mano con celular y otra al volante con el culo en un asiento impecable.
Pirincho bebe agua de una canilla oxidada inclinando su cabeza, mientras ve señoras bien con tacos altos como sus miserias y cruces enredadas en alhajas que hacen más ruido sus panzas llenas de los mejores manjares, de los más exquisitos champagne, subiendo a duras penas las escaleras de la iglesia con sus cruces a la vista de las otras señoras bien, van a lavar sus culpas borrachas de sidra y postres caros.
Pirincho no les guarda rencor, sino lástima, cree que tanto maquillaje en la piel les ha embadurnado hasta el pensamiento y ha cegado sus corazones.
Esta noche, las señoras bien comerán las abundantes sobras de los banquetes cristianos, mientras unos señores en la televisión hablan cosas de señoras bien para que estén bien las señoras bien.
Esta noche, Pirincho llevará con suerte unos fideos y una lata de tomates para meterle los huesos del pollo de la navidad y cocinar un alto guiso a su familia.
El niño Jesús hace rato que no aparece a repartir la cosa, más o menos decentemente y nosotros, aún con la panza llena y medios con fiaca, seguimos pensando que el capitalismo es el dios que algún día derramará justicia e igualdad.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La educación de las sombras”


Y a pesar de la ceguera, las Sombritas nos educaron.
Anoche, en mi Pueblo, se cortó la luz por un tiempo más o menos prolongado.
No voy a desglosar el rosario de puteadas, tropezones con sillas y cabezazos dignos de un Hernán Crespo en el área chica que le acerté a un par de infames macetas colgantes; ese es un tema para otro tomo de estas giladas mañaneras.
Sólo quería escribir, compadre, tal vez reflexionar, sobre lo que sucedió tras la bajada de párpados general que tuvieron las calles y casas de Esquel, ayer.
Una vez sumergidos en la ceguera, los pasos se hicieron de algodón, el silencio nos abrazó como un cósmico puff cariñoso y despacito despacito, al son de la danza de los fueguitos en velas enanas, la Vía Láctea encontró a mi familia de la mano, panza arriba, besando las estrellas.
También, jugamos a las carreras de satélites, perseguimos un Choike por el infinito tras la huella de la Cruz del Sur e inventamos monstruos y fantasmitas entre las siluetas de los pinos y los techos.
Siempre de la mano.
Anoche, en mi Pueblo, se cortó la luz por un tiempo más o menos prolongado.
Y a pesar de la ceguera, las Sombritas nos educaron.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Mis ganas de escribir andan en pantuflas”


No es que me mano las lavo ni le bulto al escapo, pero a este licuado de ideas le han pijoteado dos cucharadas de viento a favor. Me peino la imaginación con raya al medio para equilibrar la balanza entre las locuras con olor a hierba y las lógicas compadronas y egoístas, pero ni siquiera así le mangueo a mis manos media docena de palabras que puedan decir algo que valga la pena.
Listo, me cansé de empujar mi espalda que anda adelante de mis ordenes y prefiero abrazarme a la almohada que no me cobra sus mimos de seda y a mis ganas de escribir que andan bostezando por los márgenes de esta página aburrida les pongo pantuflas y las mando a dormir la siesta, quizás regresen con mas animo para devolverme al menos un cuarto de renglón decente.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Mate”


Pichón que une la tierra, el aire, el fuego y el agua
pancita rellena de verdor
planeta enano con el núcleo caliente
ñandú con cuerpo de madera y cogote de metal
besador de bocas en las rondas
compañero de soledades pulentas
pelota de musgo rara y querible
testigo del oficio de los bohemios
chapuzon para buches de pobres y ricos
récord guiness de los objetos convidados
pedacito de naturaleza en medio del quilombo
enano que despabila madrugadas
ser amargo que nos da calor
ser dulce que mima la garganta
albergue del pasto y el agua sabia
musa eterna de Don Larralde
estomago donde la hierba se hace sabor
pichón que une la tierra, el aire, el fuego y el agua.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Nubes malitas”


Esas nubes mocosas de dióxido de carbono se amontonan engreídas sobre los techos de las alegrías de estas tierras, esas alegrías que nos pintaban de colores inventados por los tambores, los ríos de deshielo y el canto de los dragones que huían de las páginas de los libros para anidar en la imaginación de la gran aldea.
Son tan pesarosas sus garuas de clavos enmohecidos que mantienen gachas y tristonias las cabezas de los aldeanos, que una y otra vez se miran la punta de los zapatos en busca de la moneda fatal que los evacue del yugo diario de no ver más allá de la esquina pobre de estos sueños desvanecidos.
Pero las nubes no son eternas en este puchero seco y entre el tumulto desierto de almas en desconcierto, una nariz apuntará al cielo sin temor, olerá la fragancia del sol en la primavera de las almas en revolución y en la esquina de ese barrio se sembrará la primera semilla que germinará en el subsuelo de nuestras verdades para germinar esperanza y alfalfa y trigo para el engorde de un nuevo amanecer en la aldea de aldeas que recordará levantar nuevamente su frente al cielo, sin temor.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Desierto de palabras”

(La comunicación incomunicada)

En una lejana cercana aldea llamada sin ningún nombre, cierto día llegaron unos seres que se alimentaban del lenguaje, devorando los litros de tintas que inundaban los libros, fagocitando las palabras que galopaban a lomo de la oralidad.
Los aldeanos, primero perdieron la memoria, luego la poesía que los nombraba en colores, los nacía en olores, los vivía en sabores, los moría en diversas diversidades que los amanecía en el alba de las identidades que su identidad; pero un día los voraces se quedaron sin tinta, sin papel y sin las voces de los aldeanos y se vieron obligados a comerse sus propias lenguas y por ende sus recuerdos que al mismo tiempo eran su pasado y su ser presente existencia.
Al cabo de un tiempo no había aldeanos ni intrusos, sólo masas amorfas que deambulaban de aquí para allá cumpliendo apenas siquiera las funciones vitales. Murió la palabra, falleció la memoria, el olvido se olvidó de olvidar a los olvidados y la niebla cegó hasta las causas que movían la razón de la existencia de los adversarios, siendo todo tan monolíticamente igual que hasta los iguales dejaron de ser siendo.
Siento el viento del desierto que borra la fertilidad del habla, tal vez somos una sombra de una lejana aldea llamada sin ningún nombre que sin nombrarnos nos nombra.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Luisa y la ventana mágica”


En la joroba de la montaña está su hogar, confundiéndose con la vegetación que lame las nubes en busca de rocío.
En la cocina con aroma a pan casero con manteca y café con leche hay una ventana con el vidrio quebrado que da al bosque, lugar donde Luisa desayuna todos los días mirando como la vida florece adentro suyo, pero sin despegar su vista de ese rasguño que atraviesa el cristal de arriba hacia abajo con una atención budista. Sus padres se preparan para la rutina cotidiana, mientras Luisa y la ventana dialogan en silencio.
Por la huella modesta de tierra llegamos hasta la casa de mis amigos con mi familia por primera vez. Bajamos del auto con las facturas y torta fritas que iban a acomodarse entre mate y mate. Nos abren la puerta de la entrada, pasan mi mujer e hijos en primer lugar y cuando doy mi primer paso dentro de la casa inmediatamente me llama la atención una ventana en la cocina y un gato parado junto al vidrio del lado de afuera, pero al volver a centrar la vista, el gato no está. Continuamos la charla, mientras nos acomodamos.
Durante toda aquella tarde, por lo menos en tres o cuatro ocasiones me pareció ver nuevamente al gato en la ventana de la cocina, pero no me animaba a comentar nada por vergüenza a ser tratado de loco. Las chicas dieron vuelta el living y repasaron los juguetes una y otra vez, en tanto salimos a caminar un rato y visitar el taller artístico contiguo a la casa.
La noche extendió su primera sabana suave anunciando la hora del regreso a Esquel. Saludos, agradecimientos, ganas de volver. Cuando íbamos saliendo no me aguanté mas y les conté que durante toda la jornada me llamó la atención en la ventana con el vidrio quebrado de la cocina la visión de un gato que desaparecía cuando le fijaba la vista, pensando que llegarían los obvios chistes de ocasión, pero la respuesta de los padres me descolocó, dijeron que Luisa también ve en esa ventana un gato, siempre.
Los amantes de la lógica y la razón levantarán, ante este texto, las banderas de la ilusión óptica. Los más poéticos dirán que los locos y los niños dicen la verdad.

(Dedicado a Luisa, Belit y Jose Badiola​, por la foto del lugar exacto que dio origen a este texto y por esa verdadera “ilusión” compartida con Luisa que llega hasta este día hecha palabras)

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Muerte querida”


Muerte querida, cántame tus tonadas desde la orilla del olvidado río de la poesía, allí donde no alcanzan a aferrarse las barrancas las solitarias tristezas que la corriente agota en el horizonte.
Muerte querida, no me frunzas el ceño de tu rostro, tengo algunos porotos más para apostar en esta chiflada partida de truco.
Muerte querida, siéntate con nosotros al alba, tomaremos mate con yerba de ayeres y anímate a sentir antes de llevarnos, sólo por una vez, Muerte querida, como el sol nos acaricia la comisura de los ojos, mientras la escarcha de los tiempos va deshojando gota a gota los pétalos de la existencia.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Anatomía dominguística de un viejo choto”


Me sopla la nuca el aliento de la resaca de un Cabernet y las finas hierbas.
La almohada respira un perfume que ya no está y la cama tiene varias leguas entre mis huesos y el borde.
Cepillada de dientes de colmillos gastados de hincar cuellos ajenos.
Expulsión de legañas que juntan sedimentos de amores perdidos en sueños de noches de Princesas caprichosas.
Pantuflas con poco esmero en despegar del suelo al caminar.
Una radio difónica dispara tangos de arrabales lejanos. El mate me convida amargos de buena alcurnia.
Lustro anzuelos y cañas que la tarde y los ríos me agradecerán, no así los peces.
Mala manera de empezar un domingo si queres crear fama de Brad Pit en peluquerías de señoras que leen revistas de chimentos, por no llorrar.
Pero es así en mi barrio.
Nos juntamos en las esquinas a firmar el acta fundacional del Club de Los Viejos Chotos Argentina Vida Club.
Pero no piense, Señor Escribano, que renegamos de estas tareas, sino más bien le digo, mientras me acomodo las bolas debajo del pijama, que es una identidad muy bien definida y que a veces, en algún desliz, se nos cae un poema que justifica la Anatomía Dominguistica de un Viejo Choto.

Calaverita Mateos (Esquel)
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