“La calle de los besos perdidos”


Lamentablemente, o no, quienes vivimos en Esquel no estamos autorizados a develar el nombre de la calle por razones de protección del patrimonio mágico de nuestro pueblo.
Se trata de una cuadra, sólo una cuadra entre las treinta que componen la calle citada que es de las más antiguas de por aquí. En ese tramo suceden los acontecimientos.
Quienes caminan esos cien metros por la vereda en sentido ascendente respecto de la numeración y aprovechan a besar ahí a sus novias, sellan para siempre su amor. En cambio, quienes bajan por la vereda e compañía de sus prometidas son abofeteados y abandonados sin explicación.
Loa enamorados que transitan por las veredas, uno por cada una, arrojándose besos paloma en señal de ternura, mantienen una relación estable, pero sin tanto compromiso, incluso algunos de ellos ocupan posiciones jerárquicas en el club swinger de la ciudad.
Algunos osados, tal vez valientes o quizás descuidados, cruzan esta cuadra por la mitad de la misma, es así que no sólo gambetean autos, sino que están destinados a andar siempre de trampas y en riesgo de ser abandonados por sus esposas.
Cabe destacar que los milagros operados en esta sección de las calles de Esquel suelen modificar e incluso invertir sus propiedades mágicas cuando la región se ve sacuduida por temblores hijos de fallas de las capas tectónicas, por ende no hay un registro formal que permita identificar fehacientemente en que dirección hay que transitar para obtener resultados amatorios deseados.
Antes de ayer, el investigador científico Dimitrio Eggman (El galenso como se lo conoce), osó desafiar la leyenda de la Calle de los besos perdidos y munido de su escepticismo prepotente se dedicó a ir y venir, atravesar la calle una y otra vez por mitad de cuadra e incluso caminar ambas veredas hacia atrás durante toda un día para desmontar el mito pueblerino.
El galenso Dimitrio está internado en el hospital a salvo, con lesiones graves producto de una golpiza propinada por una horda de mujeres de diversas edades reclamando su amor en algunos casos y enmendándole infidelidades varias en otros.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La araucaria que no quería tener techo”

(Leyenda patagónica)

Por estas horas, muchos nos levantamos tristes por no tenerla más entre nosotros, pero contentos de saber que una vez más ganó la fuerza de la naturaleza.
Según dicen, es propicio para guardar la buena apariencia ante los vecinos y mucho más antes los turistas, no inmiscuirse ni divulgar cuestiones de pueblo que no se condicen con las reglas de la normalidad, más bien, opinan algunos, la reserva frente a acontecimientos sin explicación aparente es de ciudadanos responsables, pero saben que, me cansé y he decidido contar brevemente algo que todos sabíamos, pero callábamos por miedo al que dirán.
La naturaleza en nuestros alrededores y en Esquel, principalmente, nos ha dado cátedra respecto a que ella manda su destino y que intentar frenar su libertad puede ocasionar reacciones memorables. Tal el caso de la Araucaria de la avenida Alvear que finalmente decidió volar y migrar hacia parajes menos hostiles. Algunos dicen que se mudó a Trevelin, otros a Cerro Centinela y, por ejemplo, Cacho Huenellán, cartero de Cushamen asegura que la Araucaria llegó antes de ayer a instalarse en el patio detrás de su casa e incluso asegura que le habló pidiéndole agua por la sed ocasionada por el viaje.
Que Esquel es mágico es algo que no se discute, y en la ordenanza 01/01, es decir la primera desde su fundación, el código normativo de nuestra ciudad establecía lo siguiente:

“…y ojo al piojo con hacerse los gallitos y andar encerrando arboles entre cuatro paredes, ya que saben bien ustedes, ciudadanos che bolós de Esquel que los árboles son libres en nuestra ciudad y no debe interrumpirse su libre tránsito en el ejido municipal, so pena de otorgarle al árbol enclaustrado la visa, más pasaje y costas hacia el paraje que juzgue más amable a sus realizaciones arboriles…”

No hace falta agregar nada más. Desde que nos habíamos enterado que habían decidido criar en cautiverio hace ya varios años una araucaria, sabíamos que tarde o temprano sus carceleros iban a sufrir el peso de la ley sobre sus cabezas, o mejor dicho sobre sus techos.
Sin más, ya estamos anoticiados desde hace unos días que la Araucaria de la Alvear se fue, no está más, ya había amenazando hace una década aproximadamente que se iba a tomar el palo de Esquel cuando nos mostró que podía romper el techo y asomando el cogote de corteza chamuyaba a los peatones y conductores acerca de su pronto raje de esa cárcel de ladrillo que no la dejaba explayarse a sus anchas. Pero el día llegó y la Araucaria huyó de entre los ladrillos y las chapas para buscar mejor vida. La extrañaremos, eso si, como así también los turistas que antes de doblar hacia la estación del Trochita giraban su cabeza a la derecha y expresaban su asombro por la existencia de un árbol encerrado entre cuatro paredes.
No hay moraleja en este relato ni pretende aleccionar a nadie, pero en Esquel hay una ordenanza y una identidad en donde prima la elección de los arboles por sobre nuestras decisiones humanas y el caso de la Araucaria de la Avenida Alvear no hace más que corroborar que nuestros arboles no sólo tienen vida, sino que si le prestamos atención y amorosa mirada, percibiremos su lento, pero libre andar por nuestro pueblo.

Calaverita Mateos (Esquel)
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«Don Estanislao Surcovich»

(Leyenda patagónica)
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Hijo de inmigrantes polacos que huyeron de la guerra. Estanislao Surcovich pasó toda su vida en Esquel y la región. No fue a la escuela, pero no me animo (animamos) a esbozar siquiera el termino analfabeto.
Trabajó como peón rural golondrina, carnicero, albañil y otros oficios que la memoria de los viejos alberga. Carece de documento alguno, hecho que dificulta el preciso establecimiento de su edad, aunque oscila entre los noventa y noventa y nueve años, aunque los ancianos de la ciudad no les tiembla el pulso de los labios para decir que sus años ya han pasado los ciento diez.
Callado, suave en sus movimientos, parte por su edad y también para no dañar la brisa patagonica. Estanislao Surcovich vive en un pequeño cuarto al fondo del galpón de acopio de lana. Los parroquianos, estancieros y vecinos le arriman alimentos y alguna botella de vino para que intente olvidar el olvido que no lo olvida a el.
Las señoras mas pacatas de Esquel ni se le arrimaban, por miedo, cierto asco, pero básicamente por la impresión que les causaba su rostro arado por el tiempo. Cierta vez, la presidenta de la Sociedad Rural, tal vez lavando culpas propias o tributando beneficencia a su dios, le ofreció al viejo pagarle una cirugía estética para borrar las marcadas arrugas de su rostro. Ese fue el día en que Don Estanislao contó el origen cartográfico que adornan su rostro.
Contó el Viejo que a fines del siglo XIX, cuando era un niño, en una estancia grande de la meseta profunda conoció a una jovencita inglesa, hija de unos terratenientes foráneos cuya característica principal de estos era su absoluto ayuno de amabilidad para con los trabajadores del campo, hecho que erosionaba notablemente la amistad entre aquella y Estanislao.
Dicha amistad corrió el velo a un enorme amor entre los dos niños. Una tarde de noviembre, sentados en una roca en una loma a los pies del Rio Chubut se juraron amor eterno con los neneos y un choike de testigo. El sello de aquel juramento fue rubricado con un beso suave como el agua del aljibe. Beso que los condenó ya que el padre de la niña que casualmente pasaba por allí observó el pecado, la ofensa a la estirpe.
La familia regresó a Londres o al menos eso le dijeron al pequeño Estanislao, quien le pidió a la cocinera de la estancia que iba a la escuela, le escribiera una carta a la niña donde le dijera que el iba a surcar todos los caminos del mundo, los continentes que lo habitan y las islas que respiran océanos hasta llegar a darle la mano nuevamente y vivir juntos el tiempo que les reste el reloj de los relojes.
La Señora, que escuchaba atentamente, lo supo cabalmente. Toda la historia de su vida que el inconsciente guardaba celosamente afloró en el reflejo de cada una de las arrugas de Don Estanislao. Vio ella en cada uno de los cauces del rostro viejo los caminos por Asia, las praderas de Norteamérica, los misteriosos montes africanos y las capitales de todo el mundo. No eran arrugas, eran los caminos del verdadero amor. Amor que quedó allí, en una loma y en un juramento de niños.
En un beso suave como el agua del aljibe, la Señora dejó deslizar una lagrima por su mejilla que desembocó en la ultima arruga de Estanislao. En el ultimo surco de amor. Se reconocieron. Un abrazo fue el ultimo suspiro de sus corazones.
La policía encontró los dos cuerpos juntos, abrazados, como cuidándose el uno al otro. El parte policial describe muertes a causa de paro cardíaco por vejez.
En Esquel sabemos que no existió muerte alguna, sino el comienzo del amor jurado.

* Del libro “Sur Realismo – almacén de mambos generales” de Mauro Calaverita Mateos

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Barrio Ceferino, galaxia Bolita”

(Leyenda patagónica)
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Áspera es la piel del planeta en esta esquina del mundo, en este rincón del barrio Ceferino en Esquel, donde la Patagonia sigue inventando soledades compartidas.
Calle de ripio, esperanzas de humus, dos niños juegan a las bolitas en la frontera difusa entre las calle y la vereda, bajo la sombra del cartel del kiosko “El Gauchito”, mientras los trabajadores caminan a enredarse en rutinas y el kioskero ordena la fila de rodesias en el mostrador.
En un pasaje guacho del barrio Ceferino dos niños se baten a duelo a las bolitas y en cada movimiento, en cada golpe, se advierte la estrategia de la galaxia. El sol, la luna, los satélites y los cometas han decidido responder a la voluntad de estos dos dioses que no saben que lo son y a medida que en el Ceferino van, vienen y colisionan los pequeños planetas de vidrio, en el universo, una galaxia, nuestra galaxia, imita los mismos patrones de movimiento.
Mientras el barrio Ceferino de Esquel se obstine en vivir, los dioses protegerán nuestra galaxia simulando ser dos niños jugando a la bolita bajo el cartel de kiosko “El Gauchito”.

* Dedicado a Ramón De La Fuente que sigue jugando a engañarnos que no es uno de los dioses, camuflándose detrás de ese juego de bolita llamado Arte.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Una esquina que cotiza en Bolsa”

(Gracias, Bolsa de Ski, Esquel)
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Quien conoce la Patagonia sabe que aquí el viento no es sólo viento, sino también el lenguaje de la memoria salvaje que indomable corcovea en rulos de aire embrujados para no ser domesticado por el progreso que se empeña en borrar con el codo de sus supuestos avances las historias que escriben las manos de los pueblos.
Así lo viví esta tarde en Esquel, cuando llegando a la esquina de Rivadavia y 25 de Mayo el mismo viento me murmuró su tristeza de madera y ladrillo, de baldosa y cordón de vereda. Poco a poco, lentamente, como un rompecabezas al cual sus piezas se le van jubilando hasta desvanecerse en la ochava, las piel de la Bolsa de Ski es una crisálida que deshoja su pasado para renacer en cuadras cercanas de Esquel.
Mientras tanto, los comercios siguen facturando al ritmo del “clinc caja”, los autos tosen petróleo por sus caños de escape y el tendido eléctrico enreda mis pestañas para atosigar mi vista que busca cielo para respirar; pero el viento patagónico es sabio en las tardes y escribe con tinta de tierra y hojas secas en las páginas de la bocacalle más emblemática de nuestro lugar los nombres de los miles de pasos que “andaron” la vereda de la Bolsa observando esa tabla de esquí deseada, aquellos primeros skateboards que prenunciaban el futuro en la visión loca y adelantada del Flaco Bourbón. Cuántas cañas, tanzas, cucharitas y moscas parecían jugar con maniquíes que nos observaban cancheros desde la pecera vestidos con buzos de colores que alegraban el centro, y cuántos padres, hijos y nietos saben que hicieron roncha en presumiendo en la esquina alguna pasadita de un amor anhelado.
Los comercios buscan como objetivo su lógica ganancia, sobre todo en las grandes ciudades, por suerte en Esquel algunos negocios además se abrazan a sus vecinos y dejan surco de afecto y amor en las páginas de su identidad.
Quienes conocen la Patagonia saben muy bien que el viento no es sólo viento, sino también el lenguaje de la memoria salvaje que indomable corcovea en rulos de aire embrujados para no ser domesticado por el progreso que se empeña en borrar con el codo de sus supuestos avances las historias que escriben las manos de los pueblos. Esta tarde el viento lleva la piel de la Bolsa de Ski volando hacia la Rivadavia 731, frente a la española, donde me pareció cruzarme de reojo un montón de rulos despeinados y una barba chiflada que sonreía como diciendo, gracias hijos, gracias mujer, sigan amando a Esquel como yo lo hice.

* Gracias Momi Pugh por sacarnos la foto

Calaverita Mateos (Esquel)
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«El reloj de la esquina de la Bolsa de Ski» (Leyenda patagónica)

– Dedicada al Flaco Bourbon –
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Si bien, los ingenieros civiles, los físicos, matemáticos e inspectores de tránsito no lo aseguran, tampoco lo desmienten. Lo cierto es que todos, o al menos la mayoría de los esquelenses sabemos que existe. Incluso somos asiduos usuarios del mismo.
Se trata, si me permiten contarles, de un reloj discreto.
Tallado en madera de alerce milenario, agujas de oro para las horas, plata para los minutos y agujas de cobre que rigen los segundos. Aparentemente sin dueño ni constructor conocido, este engranaje del tiempo se encuentra ubicado en uno de los bordes de la ventana de la esquina de la Bolsa de Ski. Debajo de una baldosa floja que ningún gobierno municipal ha osado arreglar para que este instrumento ancestral siga cumpliendo su amorosa función social.
Además, el querido Flaco Bourbon, era uno de sus custodios y quien lustraba todas las mañanas, antes de abrir la Bolsa, para que los adolescentes supieran el lugar exacto donde se ubicaba la herramienta que buscaban.
Este reloj tenia (tiene) una peculiar característica. Cuando una pareja de adolescentes se besaban por primera vez y sentían el vigor del universo corriendo en sus venas, la pareja en cuestión asistía hasta la esquina de 25 de Mayo y Rivadavia. Disimulados entre una barra de amigos que oficiaban de campana y distracción sentados en el borde de la ventana, la pareja levantaba la baldosa floja, introducía un dedo y detenía el galope de las agujas produciendo una marca de fuego pequeña en ese preciso instante en la planicie donde giran y giran las flechas del tiempo.
De este modo, ese beso primero, quedaba registrado en el misterioso reloj con las iniciales de ambos, perpetuando el Amor hacia el pasado, futuro y cobijando el presente. Luego, el reloj encaraba nuevamente su rustica y eficiente labor en la espera de nuevos aventureros del primer beso. Del primer Amor.
Los historiadores aseguran que hay tantas marcas de fuego como parejas se formaron en Esquel. Otros historiadores menos académicos, aseguran que algunos sinvergüenzas realizaron varias detenciones del tiempo en aquella famosa intersección con la excusa de llevar dos e incluso más novias en una sola tarde.
Hay veces que en la esquina de la Bolsa de Ski, en Esquel, uno puede ver algunos ancianos y ancianas solitarias que se detienen en la esquina por un momento, cierran los ojos y se esfuerzan por escuchar en medio de ruido de bocinas y motores un ruido que les devuelva el sentido de la vida.
Esos viejitos paran en esa esquina para escuchar el Tic Tac del engranaje que les recuerda el primer beso. Que les recuerda el primer Amor. El Tic Tac que nos recuerda que aun, estamos vivos.

Calaverita Mateos (Esquel)
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«Recuerdos de Duggy Berwyn en Radio Nacional Esquel»


Hermoso recuerdo de la visita de Duggy Berwin al programa Ego Non Fui en Radio Nacional Esquel varios años atrás, entre el 2008 y el 2009, junto a otros pioneros del Club Andino Esquel. Por idea y gestión de la querida Mecha Gullino en su bloque semanal.
Están todos los links de aquella tarde:
Parte 2:
https://www.youtube.com/watch?v=fVEw8Ap8bbU
Parte 3:
https://www.youtube.com/watch?v=-mQXTC6KkCc
Parte 4:
https://www.youtube.com/watch?v=QuCQxJ4ze8M
Parte 5:
https://www.youtube.com/watch?v=RshqTnpkueo

* Gracias, Mechita del alma!!!

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Deportivo Saucelito y el señor de la casa del frente”

(Basado en un hecho verídico de la niñez)
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* para Duggy Berwyn.

Barrio Jorge Newbery casualmente hoy funciona una pequeña canchita de futbol 5 en el mismo lugar. Chacabuco, entre las calles Alberdi y Volta, baldío lleno de altos yuyos, sauces chicos y medianos, piedras, escombros y algunas chatarras que daban al galpón donde en la actualidad funciona la cancha del Molino. Años 80, mis primos vivían en la Alberdi a la vuelta del baldío y yo en la casa de mis viejos sobre la Chacabuco a media cuadra.
Obviamente, el baldío constituía territorio propicio para escondites, puntería a puto toscazo y pelotudeo entre los chicos del barrio. Cierto día, cansada la pendejada de jugar al fútbol en la calle Chacabuco con la interrupción de los autos y las puteadas de algunos vecinos decidimos juntarnos con mis primos más otros atorrantes del barrio e ir a proponerle al Señor Del Blanco (propietario del predio sin uso) hacernos cargo de la limpieza del baldío a cambio que nos deje jugar al “fulbito” en las tardes. La negociación fue rápida y excitosa.
Al día siguiente, de los 15 o 20 que solíamos andar fatigando el barrio con travesuras, sólo 7 o 10 pendejos quedamos comprometidos a arremangarnos y a pura pala, pico y carretilla, durante una semana aproximadamente logramos alisar bastante bien el piso del lugar (teniendo en cuenta nuestra corta edad), pelamos de yuyos y sauces todo el terreno, salvo un trozo a medio asomar del sauce más grande malogrador de varios tobillos de jugadores adversarios, que fue el que dio nombre a esa cancha y club barrial “El Saucelito”.
Curiosamente (o no tanto), concluida la ardua labor de limpieza del baldío de Del Blanco, regresó la muchachada del barrio nuevamente y esta vez acompañados de algunos pibes mas, jóvenes del barrio que antes no se arrimaban y también adultos que vieron atrás de aquel alambrado de antes una canchita interesante para jugar al fulbito. Justo, cuando ya dábamos comienzo al primer partido más o menos armado en el nuevo campo de juego, con arcos fabricados con ladrillos, mochilas del colegio y buzos apilados, irrumpe una camioneta al medio de la cancha que entra por el otro lado. Cagamos, dijimos, era el señor de la casa en frente donde por pifies y frustrados penales nuestras pelotas solían caerles en el techo, en el jardín e incluso llegaban hasta su patio. Era el fin de la hazaña barrial. La camioneta frenó en el medio de la cancha, se bajó este hombre mayor conocido por todos en el barrio como Duggy, serio, de pocas palabras, nos miró a todos los pendejos, abrió la compuerta de atrás de su camioneta, sacó una motosierra, la encendió y mirándonos a todos con gesto de capitán nos dijo (lo recuerdo perfectamente):

“Qué esperan, ayúdenme a bajar los postes che, una cancha sin arcos no es cancha”

Y nos obsequió postes de su campo engrasados, firmes, con las grampas que el mismo se encargó de armarnos, cavando los pozos a la par nuestra y en un par de horas el “Deportivo Saucelito” se había convertido en una canchita de barrio, pero de ligas mayores, gracias a la generosidad de un hombre que veía en los chicos la alegría del barrio.
Deportivo Saucelito fue durante años, hasta que mis primos, yo y otros chabones del barrio partimos a estudiar o trabajar hacia otras ciudades lejanas, un club barrial que concentraba no sólo a los chicos, padres y familias de alrededores, sino que llegó generar campeonatos que nuclearon a barriadas de todo Esquel donde no faltaban risas, golazos maradonianos, hinchadas memorables y alguna que otra trompada y pequeña guerra de toscazos (para que negarlo).
Había un baldío, los niños soñaron con un estadio de fútbol barrial, trabajaron incansablemente día y noche para verlo hecho realidad, pero fue la nobleza y amor por el deporte y el futuro de los niños en las manos trabajadoras y la mirada llena de surcos de años e historia de un hombre llamado Duggy Berwyn que dibujó con magia y generosidad la historia de los niños de un barrio que hoy, panzones y pelados, lloramos su partida debajo de un poste de arco de fierro que hoy es parte de una cancha profesional que corre perpendicularmente a la gloriosa canchita “Deportivo Saucelito” que llenó durante años de goles, risas y alegrías a un barrio de Esquel.

* Foto de Andrés Campos.

Calaverita Mateos (Esquel)
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«Bar La Última copa» (Leyenda patagónica)

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Se encuentra en la esquina de Alberdi y 9 de Julio. Está en conocimiento de todos, en la ciudad de Esquel, la existencia del bar La última Copa.
Quienes asisten de manera asidua no discuten las leyendas que circulan entorno del boliche, aunque los medios de comunicación de Esquel lo ignoran olímpicamente.
Entre los clásicos; grapa, caña, licores varios y algún que otro tinto asustado con un chorro de soda, se habla de un trago que es la especialidad de la casa y que, si usted se percata estimad lector, le da el nombre al local. O viceversa.
Se cuenta que este brebaje, cuyas materias primas aun se desconocen, cuando es bebido en una copa añeja convidada por el propio bolichero, es la última vez que se hace. Se produce ahí, la manifestación o alteración de algunos ordenes cognitivos.
Quien toma de la última copa permitirá que las nubes se conviertan en matorrales verdes y pomposos, cuyas hojas se desprenden de los cielos en lluvia lenta, silenciosa. Cada una de las hojas corresponde a las almas de los seres que no han logrado amar, verdaderamente, en la vida.
También, el líquido que habita en la última copa, sufre modificaciones sustanciales. en su interior el cielo se expresa magníficamente, y un cardumen de nubes blancas circulan en el sentido de las agujas del reloj. Dichas nubes albergan los sueños de los hombres y mujeres que lucharon por un mundo mejor, bañado por la justicia.
A veces, sobre todo en otoño, algunas hojas de la llovizna del matorral caen en la copa con nubes. la tristeza de quienes no conocieron el verdadero amor dialogan con los justicieros deseos. Se abrazan. el brebaje se vuelve efervescente. Sabroso y fuerte.
Algunos parroquianos, luego de haber bebido la última copa, egresan del boliche con una sonrisa que maquilla la otrora pena que salpicaba el rostro. Muchos, sino la mayoría, ese dia regalan una flor a la primera persona que encuentran en la calle y que, lamentablemente, ha olvidado el oficio de soñar.

Calaverita Mateos (Esquel)
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«Fuera Cazafantasmas – La casa de la Alberdi» (Leyenda Patagónica)

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El lugar para el acto y festejo de tal declaración se efectuará en calle Alberdi, entre Alvear y San Martin.
La medida en cuestión, aunque parezca algo autoritaria, responde a una necesidad urgente y que paso a explicar, estimado lector.
Bien sabemos los esquelenses, las bondades que ofrece la ciencia moderna y sus tentáculos racionalistas, como así también la enorme ayuda de la lógica y el pensamiento positivista para afrontar ciertos mitos que estancan la evolución del individuo y a comunidad en la que está inserto. Pero por favor, no nos quiten los Fantasmas de Esquel.
Quienes raspamos diariamente los bigotes de nuestras alpargatas por las calles de nuestra ciudad debemos, hoy, hacernos cargo de una verdad irrefutable, pero que nadie se atreve a decirlo en voz alta, por miedo a que la fuerza de la salubridad mental, algún cura beodo o los gendarmes de la veracidad impugnen nuestra identidad de Pueblo que resiste la globalización:

“En Esquel amamos a nuestros fantasmas y viven en la Casa de la Alberdi”

Tal vez colonizados por la industria cultural hollywoodense, que sólo ve a los fantasmas como seres siniestros que viven en trincheras antagónicas a los mortales o, peor aun, el daño cerebral ejercido en nuestra propia cultura con películas como “Mingo y Anibal contra los fantasmas”, nos hemos alejado de foros comunes que otrora compartíamos con espectros locales.
Es sabido que muchos directores de cine foráneos y algunos regionales, con sed de lucro y ausencia de arte, han intentado filmar cortos y largometrajes en la Casa de la Alberdi, debieron huir despavoridos al escuchar extraños sonidos en el predio, como por ejemplo algunos flatos voladores e imágenes extrañas como aquella que describió el escribano Ronaldo Messiesme Jorquevó, en su nota del Diario el Oeste de 1995:

“…Mientras regresaba de mi estudio, tarde, a la medianoche, la vi asomarse por la ventana. Eran dos tetas más grandes que las de la Coca Sarli…”

Debemos sincerarnos con nuestros Espectros locales. Jamás han cometido ningún exabrupto ni han asustado, intencionalmente, a nadie.
Los cachetazos racionalistas que nos han dado una y otra vez en la mejilla de nuestras nobles creencias, lograron que dejemos de prestarles atención, los hemos espantado (supuestamente tarea de ellos), de nuestros altillos, hemos fumigado con certezas científicas nuestros sótanos y chimeneas provocando la inexorable huida de los muchachos y muchachas translucidos hacia su último refugio. La Casa de la Alberdi.
Cabe destacar que la afamada Casa era una antigua carpintería. Pero por su aspecto tenebroso, que oficia de filtro para parejitas que van a revolcarse entre las matas y niños que andan con gomeras cazando pajaritos para la polenta, permite que dicho emplazamiento cubra las expectativas fantasmagóricas para un tranquilo pasar.
Contemos a los turistas que, entre otros, nuestros benévolos Espectros no pasan más que de un diariero gangoso que fue atropellado antes de vender su último periódico y aún se ve su bicicleta, en las noches de luna llena, dando vueltas alrededor de la Casa esgrimiendo el hermoso:

“Ñariooooooooo….Ñariooooooooo”.

O la Dama de Blanco, famosa panadera de tanga fácil, que feneció asfixiada al tropezar y caer de cabeza dentro de una bolsa de harina de cincuenta kilos.
Por lo tanto, el proyecto que presentaremos ante las autoridades pertinentes de Esquel, consiste en declarar:

“La Casa de la Alberdi, Casa Ilustre de la ciudad de Esquel y declaramos personas No Gratas a los Cazafantasmas”

Luego de varias conversaciones de ultratumba con los Fantasmas más sociales de dicho hogar, aceptaron por amplia mayoría realizar paseos turísticos por la Casa, siendo ellos mismos guías espectrales del predio, a cambio que no les birlen su último rinconcito.
Un espacio para que los antiguos mitos, las antiguas leyendas, sigan caminando de la mano de las mejores tradiciones orales de nuestro querido Pueblo.
Luego de presentar el proyecto, nos juntaremos en familia todos (mortales y expilchados), en la vereda, en la calle, frente a la futura Casa Ilustre de Esquel. Nos tomaremos de la mano, hecho que se complicará por la inmaterialidad de algunos de los asistentes, y brindaremos en paz, alegría, con el sentir de los esquelenses que ya no laten ni respiran, para que todos, pero todos los Espectros de buena ley, tengan su asilo, su refugio, donde pasar el resto de sus vidas (?).
Si estás de acuerdo con instituir

“La Casa de la Alberdi, Casa Ilustre de la ciudad de Esquel y declaramos personas No Gratas a los Cazafantasmas”

Entonces, por favor deja tu comentario y firma en este texto. Si sos un Fantasma y no podes agarrar la lapicera, por favor haz que se mueva nuestra pantalla en señal de conformidad.

Muchas gracias.

Calaverita Mateos (Esquel)
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