“Más ratito”

(Filosofía esquelense de la Conch’ Supico)

La Escuela filosófica esquelense “Conch Supico”, a través de su Profesor de Lengua y Literatura, Johnn Chuletae Queipon, contribuye a la historia filosófica mundial con el concepto que puso en jaque a las tradiciones físico matemáticas tradicionales de occidente, oriente y fideos al dente.
El académico Johnn Chuletae Queipon bucea, investiga y populariza nuevamente un concepto de Tiempo absolutamente regional que, centrándose en la subjetividad de cada individuo, estos mismos establecen arbitrariamente los tramos o lineas temporales de acuerdo a los parámetros espacio/tiempo que se le cante el forro de las pelotas:

“Más ratito”

Es un honor para los Conch Supico, presentar el tradicional termino esquelense mediante un didáctico ejemplo que sirva de guía para los demás habitantes del mundo que quieran ser mucho más mejor:

A llama por teléfono a B

A: Hola, recién saco torta fritas de la cocina.
B: Yo quiero, guardame una docena.
A: dale ¿te las llevo o la venís a buscar?
B: voy a buscarlas.
A: cuando?
B: “mas ratito”

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Columpio parca”

(Leyenda patagónica)

En la Plaza del Barrio Estación, en Esquel, la sobriedad es ley. Los arboles custodian el paso del sol, de las horas y los amores clandestinos. Pocos juegos la habitan. Un sube y baja desteñido, una hamaca que chilla y chilla al compás del viento y el típico tobogán de hierro y madera.
Pero la Plaza tiene su misterio, tiene su historia. Al lado del viejo y gordo maitén, casi escondido detrás de las retamas, se encuentra el Columpio Gris (como lo llaman los vecinos).
Es el único objeto lúdico que los niños por respeto no utilizan. Todos honran el viejo juego que es a la vez sabio como las golondrinas y las cerezas. En cada ocasión que algún abuelito o alguien aquejado por enfermedad terminal monta el Columpio es que se aproximan las horas finales de la vida.
Muchos afirman que el Columpio es un delegado de la mismísima Muerte en Esquel. La semana pasada el Viejo y querido linyera del barrio se despertó temprano. Dormía siempre debajo del banco largo de la Plaza. Dio tres tímidas vueltas a la Plaza y caminó suave, pero firme, hacia el Columpio. Se sentó en la madera roída por los años y tomó las cadenas oxidadas que con hidalguía aun sostienen el misterio.
El Viejito comenzó a hamacarse lento, cerrando los ojos ante la caricia del viento en la frente al ir y en la nuca al volver. Cada vez más alto hasta que su figura bañada de antiguas ropas se confundió con las sombras de las nubes y los vuelos de las bandurrias primaverales. Al día siguiente el Columpio ya no estaba.
El Linyera tampoco. Mi primo, que vive en el barrio Buenos Aires, me llamó recién para decirme que sucedió algo extraño en el baldío de su barrio, al lado de su casa, un viejo con harapos está trabajando solo para instalar un antiguo Columpio en ese predio.
Según parece, la muerte tiene mil caras…y mil juegos.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El viaje de Amil”

(Leyenda Patagónica dedicada a Humberto Prane)

Sucedió en el valle de Lagmun, al sur de los sueños, allí donde el viento amaina su galope, persiste al paso del tiempo la aldea de los Sehcupam.
Las eras han cobijado ese pueblo sin esmerilar sus costumbres, la pesca de ilusiones en el lago de Los Misterios, la cosecha de melancolías fruto del árbol de los Recuerdos y la producción del licor de la dicha hecho a base de canciones de luciérnagas.
Una noche tranquila, mientras las lechuzas enseñaban filosofía en las copas de los árboles, la pequeña Amil, hija de las nobles hechiceras de Lagmun, guiada por las estrellas peregrinas que emigran todos los años a depositar los deseos de los hombres y mujeres que no olvidan el amor, en los anillos de Saturno, decidió que era la oportunidad para volar en su fiel libélula para recorrer las páginas del cosmos, leer sus secretos, estudiar los mensajes ocultos en el corazón de los cometas y mantener el brillo de la oscuridad infinita que embellece la luz de los planetas.
Los primeros días, los Sehcupam lloraron el viaje de Amil, pero tal lo presagiaba la leyenda escrita en la corteza del primer ciprés, la soledad que su vacío había dejado en las palabras y los anhelos de los aldeanos, corrió su velo para dar lugar a la revelación que salpicó, nuevamente, de sentido, felicidad e imaginación la vida del valle de Lagmun.
Esa noche, el lado visible de la luna volteó para iluminar su lomo, aquella siempre oscura espalda del satélite, para mostrar a los Sehcupam el sentido de su existencia.
Desde el cráter más grande, brotó un arroyo cristalino de las lágrimas que no fueron en vano cayendo en cascada de brincos y saltos, mientras el cosmos le hacía cosquillas en sus burbujas, transformándose en sonrisas de grosellas y llao llaos hasta depositar, en forma de nieve, sus gotas en las montañas contiguas al valle de Lagmun.
Los Sehcupam supieron, entonces, que el lago de Los Misterios tendría cardúmenes de secretos para pescar, riego para los arboles de los recuerdos y néctar para las canciones del licor de las luciérnagas, por los siglos de los siglos, gracias al viaje de Amil.

Calaverita Mateos​ (Esquel)
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“El beso de la Duquesa y el Sacerdote”

– Leyenda patagonica –

Si bien, los esquelenses somos respetuosos con las supercherías científicas y no nos andamos mofando de esas leyendas acerca de un tal Big Bang como nacimiento del universo y de su expansión, tampoco nos creemos la teoría de los Reyes Magos.
Pero cuesta hacerle entender a los turistas y vendedores de telas persas el verdadero origen del Universo y su mantenimiento.
No merece llamarse esquelense aquel que no conoce a Lialia, Duquesa de la Patagonia y Onirepep, Sacerdote orador de los distritos oníricos de los seres humanos.
Ella, tallada por las horas infinitas de las rocas arquitectas de los Altares, diariamente teje historias de ternura con los pétalos de las mutisias que cantan al viento.
El, dibujado por el pincel de la sutileza del felino que soñó Swedenborg, rasguña todas las noches el cielo oscuro para que los mortales no olvidemos la poesía de las estrellas.
Ambos, la Duquesa y el Sacerdote, cuando el Tiempo de arenas y agujas no había comenzado a girar ni caer, se besaron sin el permiso de las reglas metafísicas más conservadores e inventaron el Universo.
Tienen la fatigosa, pero honrosa tarea de custodiar la expansión del cosmos con su dinámica vitalidad.
Si usted no es fanático de las ciencias y sus fantasías, lo invito a acercarse cualquier tarde de sol a las confluencias de las calles San Martin y Volta, obviamente en Esquel, y arrimarse a hasta una de las esquinas donde habita orgulloso un colosal sauce. Tómese el tiempo de los bichos bolitas y siéntese a los pies del majestuoso árbol. agarre dos hojas, una seca y otras verde. cierre los ojos y frote sus parpados con ambas hojas.
Luego, paulatinamente levante los parpados y observe con los ojos entreabiertos el pico más alto del Cerro Veintiuno.
Exactamente a las 18:42 de la tarde, bañados por el sol, verá con sorpresa y emoción como la bella Duquesa Lialia y el Sacerdote Onirepep se funden en un beso tan perfecto, dulce y hermoso que el Universo recuerda su nacimiento y en virtud de ese amor se expande diez años luz mas por los confines de los confines.
Discúlpeme que interrumpa abruptamente este relato, son las 18 horas y me estoy yendo rápidamente a tomar mates abajo del Sauce y esperar las 18:42.
Me gustan los besos que nos dan sentido a nosotros y al Universo.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El secreto cartón del misterioso telebingo sagrado”

(Leyenda patagónica de los Chasumá)

– Dedicado al Turquito Bestene quien mantiene, estoicamente, el noble oficio de vendedor ambulante en las calles de Esquel sin perder su sonrisa –

El curso de la historia de las culturas que emanan de los cinco continentes tienen sus divergencias, pero también sus puntos de encuentro, uno de ellos es la religión y en ella la relación de estas cosmovisiones místicas con la entidad o entidades más representativas, entiéndase dios o dioses. Los Teólogos y filósofos, como los religiosos, obviamente, han perseguido infatigablemente la verdad sobre este dios o causa primera del universo, infructuosamente.
Aquí nos detenemos un momento y prescindiendo de la tiranía uniformadora de las creencias del viejo mundo, vamos a acercarnos, no sé si a tomarle los pelos de la barba a dios, pero si, al menos, pegarle en el travesaño de las conjeturas acerca de la verdad mística universal y como línea de partida vamos a tomar el libro “Dios está en todos lados, pero atiende en Esquel” del Escritor Manuel Peralta, basado en las investigaciones realizadas en el pueblo de Esquel luego de una revelación mística vivida mientras jugaba un telebingo chubutense extraordinario:

“…Aquella noche, pasadas las veintiuna horas, me dispuse a jugar como cada domingo un cartón de telebingo, nada fuera de lo normal, salvo el hecho de haber comprado por primera vez el cartón al conocido Turquito Bestene en la calle 25 de Mayo y 9 de Julio. Promediando la segunda ronda, con apenas dos números marcados, uno en cada extremo superior del cartón, escucho un número, el tercero para marcar y era en la línea de abajo, curiosamente formando un triángulo con los apenas dos pobres aciertos anteriores, pero fue ahí donde un calor extraño me envolvió, los ojos se me fueron para atrás y sintiendo un coro celestial a lo lejos, como de la pantalla de la televisión apareció la silueta de un hombre con un gorro color oro que poco a poco fue constituyéndose en el rostro del vendedor de telebingos, Turquito Bestene que algo me manifestó…”

Este tramo del libro abre una puerta interesante para los amantes de lo paranormal o de los acontecimientos místicos ya que, por un lado se introduce un nuevo elemento mundano en lo religioso que es un cartón de telebingo y otro es que los milagros no sólo son potestad de los santos. Pero bien, continuemos unos párrafos más adelante del libro de Manuel Peralta:

“…Cómo una voz hija de un eco providencial, el Turquito Bestene me habló en ese trance y me digo – Hola, Tato, has sido bendecido con el milagro de la santa trinidad de los Chasumá, secta mística de Esquel que custodia el secreto divino del universo que yace en la combinación de tres números sagrados ubicados geográficamente en un plano horizontal y cuya conformación triangular oficia de llave para ingresar al santo grial o fuente de la sabiduría…”

Si bien se trata de un libro, varios testimonios dan fe que a partir de aquel supuesto telebingo contado por su autor, Manuel Tato Peralta no volvió a ser el mismo:

* “Me asusté ya que al entrar a casa lo vi con el telebingo en la mano, arrodillado, como orando frente al televisor, pero no había ganado ni si quiera una misera línea”
(Maria Huenu, para Revista Caras)

* “Si, Tato era otro, luego de aquella anécdota que nos contó, cada vez que jugábamos al truco en los asados el exigía cuatro cartas en lugar de tres, aparentemente el número tres algo extraño le provocaba”
(Aramis Loly Ventura, para Diario Página 12)

* “Juro por dios y por Artemio Bock que el mismo día y a la misma hora yo lo vi al Turquito Bestene vendiendo telebingos en el centro de Esquel y al mismo tiempo su cara brotando de la garita de la virgen del Barrio Ceferino.
(Cecilia Bagnato, en una de las cenas invitadas al programa de Mirtha Legrand).

Queda para la posteridad el análisis exhaustivo de las pruebas a corroborar sobre los dichos vertidos por Tato Peralta en el libro “Dios está en todos lados, pero atiende en Esquel”, aunque humildemente lo convido a sacudirse el polvo de sus creencias tradicionales y deje abierta la ventana de las dudas existenciales y permítase, de ahora en mas, cada vez que lo vea vendiendo o le compre algún telebingo al Turquito Bestene, observe con atención que cruza la calle sin ver, prácticamente, como si supiera exactamente la trayectoria y velocidad de los coches, también mire como su caminar cuerpo hacia adelante desafía la ley de la gravedad del eje corporal y, además, las suelas de sus zapatillas apenas rozan el suelo, atreviéndome a decir que cuando nadie lo ve, claramente hay una separación entre sus calzados y la superficie de las veredas, es decir que levita al andar.
Por último, no hago público este conocimiento en desmedro de las religiones oficiales y sus milagros en venta, sólo que lo conmino a darle libertad a su sensibilidad y tal vez, sólo tal vez, podamos ver que a veces las deidades pueden caminar a nuestro lado, quizás sin saberlo somos miembro de la secta de los Chasumá e incluso Dios mismo puede cantar Bingo! por el privilegio de elegir a Esquel como paraíso de la humanidad.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Las gradas del gimnasio municipal de Esquel”

– Leyenda patagónica –

Hace poco tiempo advertí, con sorpresa, que en el Gimnasio Municipal de Esquel han sucedido algunas transformaciones. Todas ellas han mejorado el lugar, arquitectonicamente hablando. Lamentablemente, no han consultado si podían o no arrebatar las historias que se parieron bajo las sombras de las Gradas.
El lugar es ahora un sitio amable para las prácticas deportivas, culturales y sociales, pero una ausencia material me dejó notablemente triste. Acérquese, colega, le voy a contar algunas cositas sobre este Gimnasio, sobre este corazón.
En los años mozos de secundaria el Gimnasio Municipal poseía una cancha, como la de ahora, pero un tanto más austera. Voy a obviar en esta oportunidad una detallada descripción edilicia para detenerme en la materia prima de este entripado que aquí desembucho, para detenerme en un sector particular.
Las Gradas. Mientras en la cancha se debatían intercolegiales furiosos de Volley, Baquet, Fútbol y otros deportes, las Gradas sostenían hinchadas jolgoriosas que victoriaban a sus respectivos colegios con cantos que van desde el afamado “Olé, olé olé, olé, olé olá…” o el tan repudiado por las autoridades del Colegio Salesiano “Normal, compadre la shell de tu madre…”. Pero todos los esquelenses guardamos un secreto y que venga alguien a desmentirlo.
Todos, pero todos, sabíamos que debajo de las Gradas de madera y metal, allí donde las fuertes luces del techo no penetraban sucedían hechos que no quedaron documentados en la historia oficial del Gimnasio Municipal. Allí pululaban aquellos que no se sentían atraídos por las destrezas deportivas ni las infulas de protagonismo, aunque también los que eramos deportistas solíamos asistir con cierta asiduidad a aquel distrito.
Algunos atorrantes que andaban por ahí abajo se dedicaban a churrasquear bolsos y pertenencias de los desprevenidos; bajaban los pantalones de joggins de distraídos muchachos que dejaban al descubierto sus partes frente a un público que no reparaba en señaladas y carcajadas. Obviamente, no faltaban las parejitas que encontraban allí un hueco donde las reglas y las garras de las autoridades académicas y familiares no llegaban.
He aquí lo importante, compadre.
Una noche de Intercolegial, luego de una goleada propinada contra la Politécnica en el primer tiempo, fuimos a estirar los músculos. De repente, entre tablón y tablón de las Gradas, apareció Ella. Era la chica más bella que jamás había visto en Esquel. Curiosamente, leía un libro de Lewis Carrol acomodada entre la maraña de fierros donde había colocado su mochila de escuela a modo de respaldo.
Dejé a los muchachos sin decir nada e ingresé al mundo debajo del Mundo. Me acerqué con timidez. Me vio. Sonrió suavemente. Me senté a su lado y conversamos. Los gritos de las hinchadas y las puteadas de los jugadores parecían haber quedado en stand by. Contó que estaba obligada por los padres y, obviamente por la escuela, a asistir a las clases de gimnasia y a los intercolegiales. odiaba el deporte y los gritos del lugar, pero había encontrado debajo de las Gradas un oasis para satisfacer sus deseos de soledad y fantasía. Me enamoré de inmediato. Pronunció su nombre. Lía. Era alumna del Salesiano, dijo.
De repente el silbato del arbitro y el grito del entrenador nos convocaron al regreso a la cancha. La besé en la mejilla diciéndole que me esperase unos minutos hasta el final del partido. Sonrió. Sonó la chicharra que indicaba el final de la partida. Normal 7 Politécnica 2.
Sin saludar a mis compañeros de equipo rajé hacia las profundidades de las Gradas, pero no la encontré. Pregunté a los mismos sabandijas de siempre que andaban por ahí, pero todos juraban jamás haber visto una chica en aquellos lares. Incluso, describí a los alumnos del Salesiano sobre Lía y la respuesta fue idéntica. No existía ninguna Lía en el Salesiano.
Todos por aquí aún recordamos decenas de historias sobre el mundo debajo de las Gradas del Gimnasio. Ladrones de alta alcurnia. Seres mitológicos que se alimentan con los papelitos con cuento de los chicles Bazooka, fantasmas de jugadores de intercolegiales antiguos que desean regresar a convertir el gol que no concretaron en vida, pero nadie, absolutamente nadie menciona a Lía.
Hay noches en las cuales sueño que aquel encuentro con Lía fue lo más real que me pasó en la vida y que esta vigilia es sólo un mundo sombra de otro mundo. Tal vez sea así.
Quizás nuestra vida esté por debajo de unas Gradas gigantes que pertenecen a un Gimnasio Municipal del Universo y su Intendente, Dios, sólo juega historias picarescas en los entretiempos.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Roberto Müller”


Primera parte de la charla con Roberto Müller en la biblioteca personal de su casa sobre la historia de su vida, su llegada a la Patagonia y anécdotas como así también la creación de la tradicional Casa de Esquel.
Realizada junto a Andrés Campos para www.calaveralma.com.ar – Noticias de Esquel – Página Oficial y Radio Nacional Esquel.

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“Casa de Esquel”

– Dedicado a Roberto Müller y su histórico local –

Te vas yendo, nomás, amarilla nostalgia, como se van las páginas de esos libros que nos observaban tímidos desde tus adentros, si hasta las heladas parecen más frías en esa céntrica vereda.
En un remolino de recuerdo e identidades se enredan los mates con los cueros, los lazos trenzados enlazan aromas de dulces y chocolates con sabor a patagonia, las lanas bravías cruzando la labor de artesanas que abrigaron a nuestros abuelos y cobijarán nuestros recuerdos, y los vidrios que siempre ejercieron el oficio de las pupilas culturales de un rincón del mundo tratando de contarle al de afuera y al de adentro esas cosas nuestras.
Te vas yendo, nomás, si me habré detenido miles de veces ante vos, como llamado por un silbido silencioso que me convidaba a ir y venir una y otra vez entre la vereda y la galería como aquel chiquilín de bachín que, hasta me animo a jurar que sus objetos a la venta (por así decirlo) se movían con vida propia cual Toy Story criollo cuando uno descuidaba la vista.
Aunque suene a tristeza, sólo será añoranza, en el futuro cuando les diga a mis nietos al pasar cerca de la esquina de 25 y Ameghino “No hay como negocio aquel, querida Casa de Esquel”.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Borges olvidó el Aleph en la Española”

– Leyenda patagónica – (Dedicado a René Galindez)

No es mi intención ahondar sobre el Aleph de Borges ni explicarlo tampoco ya que es bastante conocido entre los que gustan de las ciencias y la literatura el cuento del escritor argentino sobre un punto ubicado en un lugar estratégico del sótano de una cosa que, al ser mirado desde una determinada posición, uno puede ver el pasado, presente y futuro de todas las cosas vivas y aquellas que no, los pensamientos de todos los seres que habitaron, habitan y habitarán, es decir el Aleph contiene al universo mismo.
Lo curioso aquí es un dato nuevo que arroja mística al mito de Borges y nos lleva a pensar que el Aleph no sólo fue un maravilloso cuento, sino la verdad misma y el mismo estaría en nuestro pueblo, más precisamente en el club de la Española.
Así lo expresa un párrafo en la primera edición el libro del Licenciado en filosofía, Ricardo Tomas Cismondi “El whisky es de flojos, yo banco al fernet”, que en el capítulo once llamado “No me jodan, el viernes morfo lo que cocina el Gordo Silva”, dice lo siguiente:

“…lo juro por el cura, Ricardo Carbonell, esa tarde yo llegaba a la Española más temprano que lo de costumbre, estaba cerrado, pero me sorprendió ver que desde una de las ventanas de la cancha de tenis salía con mucho esfuerzo un viejito vestido formalmente que se parecía a Jorge Luis Borges, y cuando quise acercarme a corroborarlo el anciano tanteando a ciegas la manija de un auto negro, vidrios oscuros, al cual se subió en el asiento trasero y salió rápidamente por la calle Mitre hasta la Ameghino y desde ahí en dirección a la salida de Esquel…”
Tanto en las peñas folclóricas como en las clases de Biología de la escuela Normal, Daniel Martinez y Andrés Osvaldo Maya, respectivamente, comentaban la leyenda que Borges había estado en Esquel, más precisamente en la Española. Algunos le adjudicaban al Viejito Ortiz el conocimiento de aquella misteriosa visita a Esquel a la cual le agregó (según se conocen rumores), un condimento más picante diciendo que Borges vino a esconder el verdadero Aleph a la Patagonia y que se encontraría dentro del trinquete Hipólito Galán de la Española y que sólo podía ser visto si uno marcaba una reja (tanto particular de este deporte) y lo observaba desde un punto determinado de la cancha. Es mas, en un partido de truco que jugaban en bufet del club, Mauricio Molina, Facundo Demian Gómez, Felix Baliente y Caviglia Guille, se deslizó una anécdota grabada por el Periodista, Andrés Campos, que podría certificar la sapiencia del viejto Ortiz quien aparentemente habría trasladado ese conocimiento a su hijo, Omar Ortiz. Fue en un partido entre Alejandro Arjona, Jorge Enrique Saadi, Pilo Jenkins y Jonás Merino donde este último pegó un paletazo muy fuerte que dio en la pared derecha, luego en el frontón, piso y casi en la reja escuchándose un grito del árbitro, Omar Ortiz:

“…uy, boló!!…casi hacés mierda el Aleph…”

Cosa que pasó desapercibida en aquel momento, pero que quedó sobrevolando las mentes inquietas como un hecho que deambulaba entre la fantasía y la realidad.
Pero hace unos días ocurrió lo que alguna vez debía ocurrir. Dos jugadores confesaron haber visto el Aleph en la mismísima pelotita de pelota a paleta en un campeonato oficial del club. Una foto tomada por los hermanos Ryan y Axel Lloyd da cuenta de ello.
El juez del encuentro era Ricardo de Oro, los equipos que se enfrentaban estaban conformados por los contrincantes Randal Nicolas Williams / René Galindez versus Gustavo Gustavo Fernando Mateos / Calaverita Mateos.
Promediando el encuentro de los pelotaris, desplegando su juego zen, René pega un paletazo con módica fuerza, pero eficaz dirección, dando la famosa calesita que va desde la pared derecha, pegando arriba de la franja de chapa naranja hacia la reja que divide el trinquete de los espectadores. Calaverita realizó un esfuerzo titánico para alcanzar a detener la reja (el tanto), pero fue en vano ya que en el trayecto lo pasó a llevar a a René estrolándose ambos contra el suelo cerca del frontón, pero al mirar desde el suelo hacia el sitio donde está el público quedaron inmóviles y con los rostros desencajados sin quitar la vista de la reja ni levantarse del suelo y desoyendo los gritos de los jugadores, arbitro y espectadores ansiosos para continuar el desafío que nunca concluyó, ya que tanto René como Calaverita fueron lentamente hasta la reja, como hipnotizados, tomaron la pelotita que había quedado curiosamente atrapada entre dos fierritos de la reja, la quitaron de ahí y se trasladaron cual zombies (sin quitarle la mirada a la pelotita), entre puteadas generalizadas, hacia afuera de la cancha hasta sentarse ambos frente a frente a la esfera de goma con cara de haber visto al mismísimo dios. Se quedaron así hasta la medianoche sin esgrimir palabra alguna hasta que Pablo Garayo dijo llamen a una ambulancia, Tato Jenkins recordó la historia de Omar Ortiz y la relacionó con este difícil momento y Roberto Daniel Colinecul selló aquella noche misteriosa con una frase que es la que quedó en la historia oficial del club y del pueblo, pero que quizás oculte un hecho que develaría la incógnita de la visita de Borges y la existencia empírica del Aleph. Dijo el Dodtor Colinecul:

“Dejenló a esos loco e mierda si le patinan los discos de freno a los concha su pico”

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Malambo que se fue de mambo” F.A.L.O.

(Leyenda Patagónica)

Según rezan las viejas historias esgrimidas por los Urólogos Comunistas de Chubut, la leyenda indica que dos paisanos oriundos de la zona cordillerana de la provincia, se cree que del pueblo de Esquel, conocidos como Marcos Alejo​ y Calaverita Mateos habían fundado el grupo de danzas folclóricas Folclore Argentino Ligeramente Originario (F.A.L.O.), nombre complejo a la hora de generar convocatoria para quienes desearan aprender a bailar danzas típicas de nuestra tradición, sobre todo por el eslogan con el cual promovían sus actividades:

“Confía en el F.A.L.O. siempre firme y apoyando”

Luego de ser rechazados por institutos de danzas privados, escuelas públicas de tradición folclórica e incluso del mismo pueblo que los vio crecer, Calaverita y Marcos decidieron vengarse y se reclutaron durante cinco años, día y noche, en el Bar el 99 donde diseñaron una danza basada en el zapateo hijo del malambo, estilo zigzagueante siguiendo una imaginaria cinta de Moebius a la vez que se revolea en modo de hélice de helicóptero por sobre la cabeza, un pañuelo tejido con bigotes de piche tuerto.
Aprovechando uno de los cumpleaños de Esquel, precisamente en el desfile de las colectividades sobre la avenida principal, ambos danzarines del malambo vanguardista del F.A.L.O. decidieron irrumpir ante la tropa militar que desfilaba en el frente y comenzaron a zapatear misteriosamente ante los ojos sorprendidos de funcionarios y público en general, a la vez que comenzaron a revolear sus pañuelos, con la mala suerte que justo un chiflete de viento que bajó desde la Buitrera y se coló por la avenida, envalentonó a los pañuelos que comenzaron a girar a una velocidad más rápida que lo previsto por los malambeadores del F.A.L.O. que en lugar de aflojar a la danza, continuaron la coreografía basada en Moebius, mientras los asistentes comenzaron a observar que los pies de Marcos y Calaverita comenzaban a despegarse del suelo primero, para empezar a sobrevolar la cabeza de los militares y familias que no podían creer lo que observaban. El viento vigoroso no mermó su soplido sobre los pañuelos, mientras los integrantes del F.A.L.O. se iban haciendo cada vez más chiquitos en dirección al cerro hasta desaparecer por detrás del Cerro 21 para no volver a verlos nunca mas por estos pagos.
Si bien no hay filmaciones de aquella extraña danza y misteriosa desaparición, se conserva una vieja foto blanco y negro donde se puede ver a los fundadores de la danza del malambo que se fue de mambo. Precisamente, en ese mismo emplazamiento, autoridades municipales descubrieron una placa con el nombre de Marcos Alejo y Calaverita Mateos que los recuerda como:

“Siempre te recordamos F.A.L.O. firme junto al pueblo”

Calaverita Mateos (Esquel)
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