“Más ratito”

(Filosofía esquelense de la Conch’ Supico)

La Escuela filosófica esquelense “Conch Supico”, a través de su Profesor de Lengua y Literatura, Johnn Chuletae Queipon, contribuye a la historia filosófica mundial con el concepto que puso en jaque a las tradiciones físico matemáticas tradicionales de occidente, oriente y fideos al dente.
El académico Johnn Chuletae Queipon bucea, investiga y populariza nuevamente un concepto de Tiempo absolutamente regional que, centrándose en la subjetividad de cada individuo, estos mismos establecen arbitrariamente los tramos o lineas temporales de acuerdo a los parámetros espacio/tiempo que se le cante el forro de las pelotas:

“Más ratito”

Es un honor para los Conch Supico, presentar el tradicional termino esquelense mediante un didáctico ejemplo que sirva de guía para los demás habitantes del mundo que quieran ser mucho más mejor:

A llama por teléfono a B

A: Hola, recién saco torta fritas de la cocina.
B: Yo quiero, guardame una docena.
A: dale ¿te las llevo o la venís a buscar?
B: voy a buscarlas.
A: cuando?
B: “mas ratito”

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Columpio parca”

(Leyenda patagónica)

En la Plaza del Barrio Estación, en Esquel, la sobriedad es ley. Los arboles custodian el paso del sol, de las horas y los amores clandestinos. Pocos juegos la habitan. Un sube y baja desteñido, una hamaca que chilla y chilla al compás del viento y el típico tobogán de hierro y madera.
Pero la Plaza tiene su misterio, tiene su historia. Al lado del viejo y gordo maitén, casi escondido detrás de las retamas, se encuentra el Columpio Gris (como lo llaman los vecinos).
Es el único objeto lúdico que los niños por respeto no utilizan. Todos honran el viejo juego que es a la vez sabio como las golondrinas y las cerezas. En cada ocasión que algún abuelito o alguien aquejado por enfermedad terminal monta el Columpio es que se aproximan las horas finales de la vida.
Muchos afirman que el Columpio es un delegado de la mismísima Muerte en Esquel. La semana pasada el Viejo y querido linyera del barrio se despertó temprano. Dormía siempre debajo del banco largo de la Plaza. Dio tres tímidas vueltas a la Plaza y caminó suave, pero firme, hacia el Columpio. Se sentó en la madera roída por los años y tomó las cadenas oxidadas que con hidalguía aun sostienen el misterio.
El Viejito comenzó a hamacarse lento, cerrando los ojos ante la caricia del viento en la frente al ir y en la nuca al volver. Cada vez más alto hasta que su figura bañada de antiguas ropas se confundió con las sombras de las nubes y los vuelos de las bandurrias primaverales. Al día siguiente el Columpio ya no estaba.
El Linyera tampoco. Mi primo, que vive en el barrio Buenos Aires, me llamó recién para decirme que sucedió algo extraño en el baldío de su barrio, al lado de su casa, un viejo con harapos está trabajando solo para instalar un antiguo Columpio en ese predio.
Según parece, la muerte tiene mil caras…y mil juegos.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El viaje de Amil”

(Leyenda Patagónica dedicada a Humberto Prane)

Sucedió en el valle de Lagmun, al sur de los sueños, allí donde el viento amaina su galope, persiste al paso del tiempo la aldea de los Sehcupam.
Las eras han cobijado ese pueblo sin esmerilar sus costumbres, la pesca de ilusiones en el lago de Los Misterios, la cosecha de melancolías fruto del árbol de los Recuerdos y la producción del licor de la dicha hecho a base de canciones de luciérnagas.
Una noche tranquila, mientras las lechuzas enseñaban filosofía en las copas de los árboles, la pequeña Amil, hija de las nobles hechiceras de Lagmun, guiada por las estrellas peregrinas que emigran todos los años a depositar los deseos de los hombres y mujeres que no olvidan el amor, en los anillos de Saturno, decidió que era la oportunidad para volar en su fiel libélula para recorrer las páginas del cosmos, leer sus secretos, estudiar los mensajes ocultos en el corazón de los cometas y mantener el brillo de la oscuridad infinita que embellece la luz de los planetas.
Los primeros días, los Sehcupam lloraron el viaje de Amil, pero tal lo presagiaba la leyenda escrita en la corteza del primer ciprés, la soledad que su vacío había dejado en las palabras y los anhelos de los aldeanos, corrió su velo para dar lugar a la revelación que salpicó, nuevamente, de sentido, felicidad e imaginación la vida del valle de Lagmun.
Esa noche, el lado visible de la luna volteó para iluminar su lomo, aquella siempre oscura espalda del satélite, para mostrar a los Sehcupam el sentido de su existencia.
Desde el cráter más grande, brotó un arroyo cristalino de las lágrimas que no fueron en vano cayendo en cascada de brincos y saltos, mientras el cosmos le hacía cosquillas en sus burbujas, transformándose en sonrisas de grosellas y llao llaos hasta depositar, en forma de nieve, sus gotas en las montañas contiguas al valle de Lagmun.
Los Sehcupam supieron, entonces, que el lago de Los Misterios tendría cardúmenes de secretos para pescar, riego para los arboles de los recuerdos y néctar para las canciones del licor de las luciérnagas, por los siglos de los siglos, gracias al viaje de Amil.

Calaverita Mateos​ (Esquel)
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“El beso de la Duquesa y el Sacerdote”

– Leyenda patagonica –

Si bien, los esquelenses somos respetuosos con las supercherías científicas y no nos andamos mofando de esas leyendas acerca de un tal Big Bang como nacimiento del universo y de su expansión, tampoco nos creemos la teoría de los Reyes Magos.
Pero cuesta hacerle entender a los turistas y vendedores de telas persas el verdadero origen del Universo y su mantenimiento.
No merece llamarse esquelense aquel que no conoce a Lialia, Duquesa de la Patagonia y Onirepep, Sacerdote orador de los distritos oníricos de los seres humanos.
Ella, tallada por las horas infinitas de las rocas arquitectas de los Altares, diariamente teje historias de ternura con los pétalos de las mutisias que cantan al viento.
El, dibujado por el pincel de la sutileza del felino que soñó Swedenborg, rasguña todas las noches el cielo oscuro para que los mortales no olvidemos la poesía de las estrellas.
Ambos, la Duquesa y el Sacerdote, cuando el Tiempo de arenas y agujas no había comenzado a girar ni caer, se besaron sin el permiso de las reglas metafísicas más conservadores e inventaron el Universo.
Tienen la fatigosa, pero honrosa tarea de custodiar la expansión del cosmos con su dinámica vitalidad.
Si usted no es fanático de las ciencias y sus fantasías, lo invito a acercarse cualquier tarde de sol a las confluencias de las calles San Martin y Volta, obviamente en Esquel, y arrimarse a hasta una de las esquinas donde habita orgulloso un colosal sauce. Tómese el tiempo de los bichos bolitas y siéntese a los pies del majestuoso árbol. agarre dos hojas, una seca y otras verde. cierre los ojos y frote sus parpados con ambas hojas.
Luego, paulatinamente levante los parpados y observe con los ojos entreabiertos el pico más alto del Cerro Veintiuno.
Exactamente a las 18:42 de la tarde, bañados por el sol, verá con sorpresa y emoción como la bella Duquesa Lialia y el Sacerdote Onirepep se funden en un beso tan perfecto, dulce y hermoso que el Universo recuerda su nacimiento y en virtud de ese amor se expande diez años luz mas por los confines de los confines.
Discúlpeme que interrumpa abruptamente este relato, son las 18 horas y me estoy yendo rápidamente a tomar mates abajo del Sauce y esperar las 18:42.
Me gustan los besos que nos dan sentido a nosotros y al Universo.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Roberto Müller”


Primera parte de la charla con Roberto Müller en la biblioteca personal de su casa sobre la historia de su vida, su llegada a la Patagonia y anécdotas como así también la creación de la tradicional Casa de Esquel.
Realizada junto a Andrés Campos para www.calaveralma.com.ar – Noticias de Esquel – Página Oficial y Radio Nacional Esquel.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Casa de Esquel”

– Dedicado a Roberto Müller y su histórico local –

Te vas yendo, nomás, amarilla nostalgia, como se van las páginas de esos libros que nos observaban tímidos desde tus adentros, si hasta las heladas parecen más frías en esa céntrica vereda.
En un remolino de recuerdo e identidades se enredan los mates con los cueros, los lazos trenzados enlazan aromas de dulces y chocolates con sabor a patagonia, las lanas bravías cruzando la labor de artesanas que abrigaron a nuestros abuelos y cobijarán nuestros recuerdos, y los vidrios que siempre ejercieron el oficio de las pupilas culturales de un rincón del mundo tratando de contarle al de afuera y al de adentro esas cosas nuestras.
Te vas yendo, nomás, si me habré detenido miles de veces ante vos, como llamado por un silbido silencioso que me convidaba a ir y venir una y otra vez entre la vereda y la galería como aquel chiquilín de bachín que, hasta me animo a jurar que sus objetos a la venta (por así decirlo) se movían con vida propia cual Toy Story criollo cuando uno descuidaba la vista.
Aunque suene a tristeza, sólo será añoranza, en el futuro cuando les diga a mis nietos al pasar cerca de la esquina de 25 y Ameghino “No hay como negocio aquel, querida Casa de Esquel”.

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“Borges olvidó el Aleph en la Española”

– Leyenda patagónica – (Dedicado a René Galindez)

No es mi intención ahondar sobre el Aleph de Borges ni explicarlo tampoco ya que es bastante conocido entre los que gustan de las ciencias y la literatura el cuento del escritor argentino sobre un punto ubicado en un lugar estratégico del sótano de una cosa que, al ser mirado desde una determinada posición, uno puede ver el pasado, presente y futuro de todas las cosas vivas y aquellas que no, los pensamientos de todos los seres que habitaron, habitan y habitarán, es decir el Aleph contiene al universo mismo.
Lo curioso aquí es un dato nuevo que arroja mística al mito de Borges y nos lleva a pensar que el Aleph no sólo fue un maravilloso cuento, sino la verdad misma y el mismo estaría en nuestro pueblo, más precisamente en el club de la Española.
Así lo expresa un párrafo en la primera edición el libro del Licenciado en filosofía, Ricardo Tomas Cismondi “El whisky es de flojos, yo banco al fernet”, que en el capítulo once llamado “No me jodan, el viernes morfo lo que cocina el Gordo Silva”, dice lo siguiente:

“…lo juro por el cura, Ricardo Carbonell, esa tarde yo llegaba a la Española más temprano que lo de costumbre, estaba cerrado, pero me sorprendió ver que desde una de las ventanas de la cancha de tenis salía con mucho esfuerzo un viejito vestido formalmente que se parecía a Jorge Luis Borges, y cuando quise acercarme a corroborarlo el anciano tanteando a ciegas la manija de un auto negro, vidrios oscuros, al cual se subió en el asiento trasero y salió rápidamente por la calle Mitre hasta la Ameghino y desde ahí en dirección a la salida de Esquel…”
Tanto en las peñas folclóricas como en las clases de Biología de la escuela Normal, Daniel Martinez y Andrés Osvaldo Maya, respectivamente, comentaban la leyenda que Borges había estado en Esquel, más precisamente en la Española. Algunos le adjudicaban al Viejito Ortiz el conocimiento de aquella misteriosa visita a Esquel a la cual le agregó (según se conocen rumores), un condimento más picante diciendo que Borges vino a esconder el verdadero Aleph a la Patagonia y que se encontraría dentro del trinquete Hipólito Galán de la Española y que sólo podía ser visto si uno marcaba una reja (tanto particular de este deporte) y lo observaba desde un punto determinado de la cancha. Es mas, en un partido de truco que jugaban en bufet del club, Mauricio Molina, Facundo Demian Gómez, Felix Baliente y Caviglia Guille, se deslizó una anécdota grabada por el Periodista, Andrés Campos, que podría certificar la sapiencia del viejto Ortiz quien aparentemente habría trasladado ese conocimiento a su hijo, Omar Ortiz. Fue en un partido entre Alejandro Arjona, Jorge Enrique Saadi, Pilo Jenkins y Jonás Merino donde este último pegó un paletazo muy fuerte que dio en la pared derecha, luego en el frontón, piso y casi en la reja escuchándose un grito del árbitro, Omar Ortiz:

“…uy, boló!!…casi hacés mierda el Aleph…”

Cosa que pasó desapercibida en aquel momento, pero que quedó sobrevolando las mentes inquietas como un hecho que deambulaba entre la fantasía y la realidad.
Pero hace unos días ocurrió lo que alguna vez debía ocurrir. Dos jugadores confesaron haber visto el Aleph en la mismísima pelotita de pelota a paleta en un campeonato oficial del club. Una foto tomada por los hermanos Ryan y Axel Lloyd da cuenta de ello.
El juez del encuentro era Ricardo de Oro, los equipos que se enfrentaban estaban conformados por los contrincantes Randal Nicolas Williams / René Galindez versus Gustavo Gustavo Fernando Mateos / Calaverita Mateos.
Promediando el encuentro de los pelotaris, desplegando su juego zen, René pega un paletazo con módica fuerza, pero eficaz dirección, dando la famosa calesita que va desde la pared derecha, pegando arriba de la franja de chapa naranja hacia la reja que divide el trinquete de los espectadores. Calaverita realizó un esfuerzo titánico para alcanzar a detener la reja (el tanto), pero fue en vano ya que en el trayecto lo pasó a llevar a a René estrolándose ambos contra el suelo cerca del frontón, pero al mirar desde el suelo hacia el sitio donde está el público quedaron inmóviles y con los rostros desencajados sin quitar la vista de la reja ni levantarse del suelo y desoyendo los gritos de los jugadores, arbitro y espectadores ansiosos para continuar el desafío que nunca concluyó, ya que tanto René como Calaverita fueron lentamente hasta la reja, como hipnotizados, tomaron la pelotita que había quedado curiosamente atrapada entre dos fierritos de la reja, la quitaron de ahí y se trasladaron cual zombies (sin quitarle la mirada a la pelotita), entre puteadas generalizadas, hacia afuera de la cancha hasta sentarse ambos frente a frente a la esfera de goma con cara de haber visto al mismísimo dios. Se quedaron así hasta la medianoche sin esgrimir palabra alguna hasta que Pablo Garayo dijo llamen a una ambulancia, Tato Jenkins recordó la historia de Omar Ortiz y la relacionó con este difícil momento y Roberto Daniel Colinecul selló aquella noche misteriosa con una frase que es la que quedó en la historia oficial del club y del pueblo, pero que quizás oculte un hecho que develaría la incógnita de la visita de Borges y la existencia empírica del Aleph. Dijo el Dodtor Colinecul:

“Dejenló a esos loco e mierda si le patinan los discos de freno a los concha su pico”

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La calle de los besos perdidos”


Lamentablemente, o no, quienes vivimos en Esquel no estamos autorizados a develar el nombre de la calle por razones de protección del patrimonio mágico de nuestro pueblo.
Se trata de una cuadra, sólo una cuadra entre las treinta que componen la calle citada que es de las más antiguas de por aquí. En ese tramo suceden los acontecimientos.
Quienes caminan esos cien metros por la vereda en sentido ascendente respecto de la numeración y aprovechan a besar ahí a sus novias, sellan para siempre su amor. En cambio, quienes bajan por la vereda e compañía de sus prometidas son abofeteados y abandonados sin explicación.
Loa enamorados que transitan por las veredas, uno por cada una, arrojándose besos paloma en señal de ternura, mantienen una relación estable, pero sin tanto compromiso, incluso algunos de ellos ocupan posiciones jerárquicas en el club swinger de la ciudad.
Algunos osados, tal vez valientes o quizás descuidados, cruzan esta cuadra por la mitad de la misma, es así que no sólo gambetean autos, sino que están destinados a andar siempre de trampas y en riesgo de ser abandonados por sus esposas.
Cabe destacar que los milagros operados en esta sección de las calles de Esquel suelen modificar e incluso invertir sus propiedades mágicas cuando la región se ve sacuduida por temblores hijos de fallas de las capas tectónicas, por ende no hay un registro formal que permita identificar fehacientemente en que dirección hay que transitar para obtener resultados amatorios deseados.
Antes de ayer, el investigador científico Dimitrio Eggman (El galenso como se lo conoce), osó desafiar la leyenda de la Calle de los besos perdidos y munido de su escepticismo prepotente se dedicó a ir y venir, atravesar la calle una y otra vez por mitad de cuadra e incluso caminar ambas veredas hacia atrás durante toda un día para desmontar el mito pueblerino.
El galenso Dimitrio está internado en el hospital a salvo, con lesiones graves producto de una golpiza propinada por una horda de mujeres de diversas edades reclamando su amor en algunos casos y enmendándole infidelidades varias en otros.

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“La araucaria que no quería tener techo”

(Leyenda patagónica)

Por estas horas, muchos nos levantamos tristes por no tenerla más entre nosotros, pero contentos de saber que una vez más ganó la fuerza de la naturaleza.
Según dicen, es propicio para guardar la buena apariencia ante los vecinos y mucho más antes los turistas, no inmiscuirse ni divulgar cuestiones de pueblo que no se condicen con las reglas de la normalidad, más bien, opinan algunos, la reserva frente a acontecimientos sin explicación aparente es de ciudadanos responsables, pero saben que, me cansé y he decidido contar brevemente algo que todos sabíamos, pero callábamos por miedo al que dirán.
La naturaleza en nuestros alrededores y en Esquel, principalmente, nos ha dado cátedra respecto a que ella manda su destino y que intentar frenar su libertad puede ocasionar reacciones memorables. Tal el caso de la Araucaria de la avenida Alvear que finalmente decidió volar y migrar hacia parajes menos hostiles. Algunos dicen que se mudó a Trevelin, otros a Cerro Centinela y, por ejemplo, Cacho Huenellán, cartero de Cushamen asegura que la Araucaria llegó antes de ayer a instalarse en el patio detrás de su casa e incluso asegura que le habló pidiéndole agua por la sed ocasionada por el viaje.
Que Esquel es mágico es algo que no se discute, y en la ordenanza 01/01, es decir la primera desde su fundación, el código normativo de nuestra ciudad establecía lo siguiente:

“…y ojo al piojo con hacerse los gallitos y andar encerrando arboles entre cuatro paredes, ya que saben bien ustedes, ciudadanos che bolós de Esquel que los árboles son libres en nuestra ciudad y no debe interrumpirse su libre tránsito en el ejido municipal, so pena de otorgarle al árbol enclaustrado la visa, más pasaje y costas hacia el paraje que juzgue más amable a sus realizaciones arboriles…”

No hace falta agregar nada más. Desde que nos habíamos enterado que habían decidido criar en cautiverio hace ya varios años una araucaria, sabíamos que tarde o temprano sus carceleros iban a sufrir el peso de la ley sobre sus cabezas, o mejor dicho sobre sus techos.
Sin más, ya estamos anoticiados desde hace unos días que la Araucaria de la Alvear se fue, no está más, ya había amenazando hace una década aproximadamente que se iba a tomar el palo de Esquel cuando nos mostró que podía romper el techo y asomando el cogote de corteza chamuyaba a los peatones y conductores acerca de su pronto raje de esa cárcel de ladrillo que no la dejaba explayarse a sus anchas. Pero el día llegó y la Araucaria huyó de entre los ladrillos y las chapas para buscar mejor vida. La extrañaremos, eso si, como así también los turistas que antes de doblar hacia la estación del Trochita giraban su cabeza a la derecha y expresaban su asombro por la existencia de un árbol encerrado entre cuatro paredes.
No hay moraleja en este relato ni pretende aleccionar a nadie, pero en Esquel hay una ordenanza y una identidad en donde prima la elección de los arboles por sobre nuestras decisiones humanas y el caso de la Araucaria de la Avenida Alvear no hace más que corroborar que nuestros arboles no sólo tienen vida, sino que si le prestamos atención y amorosa mirada, percibiremos su lento, pero libre andar por nuestro pueblo.

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“Don Estanislao Surcovich”

(Leyenda patagónica)
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Hijo de inmigrantes polacos que huyeron de la guerra. Estanislao Surcovich pasó toda su vida en Esquel y la región. No fue a la escuela, pero no me animo (animamos) a esbozar siquiera el termino analfabeto.
Trabajó como peón rural golondrina, carnicero, albañil y otros oficios que la memoria de los viejos alberga. Carece de documento alguno, hecho que dificulta el preciso establecimiento de su edad, aunque oscila entre los noventa y noventa y nueve años, aunque los ancianos de la ciudad no les tiembla el pulso de los labios para decir que sus años ya han pasado los ciento diez.
Callado, suave en sus movimientos, parte por su edad y también para no dañar la brisa patagonica. Estanislao Surcovich vive en un pequeño cuarto al fondo del galpón de acopio de lana. Los parroquianos, estancieros y vecinos le arriman alimentos y alguna botella de vino para que intente olvidar el olvido que no lo olvida a el.
Las señoras mas pacatas de Esquel ni se le arrimaban, por miedo, cierto asco, pero básicamente por la impresión que les causaba su rostro arado por el tiempo. Cierta vez, la presidenta de la Sociedad Rural, tal vez lavando culpas propias o tributando beneficencia a su dios, le ofreció al viejo pagarle una cirugía estética para borrar las marcadas arrugas de su rostro. Ese fue el día en que Don Estanislao contó el origen cartográfico que adornan su rostro.
Contó el Viejo que a fines del siglo XIX, cuando era un niño, en una estancia grande de la meseta profunda conoció a una jovencita inglesa, hija de unos terratenientes foráneos cuya característica principal de estos era su absoluto ayuno de amabilidad para con los trabajadores del campo, hecho que erosionaba notablemente la amistad entre aquella y Estanislao.
Dicha amistad corrió el velo a un enorme amor entre los dos niños. Una tarde de noviembre, sentados en una roca en una loma a los pies del Rio Chubut se juraron amor eterno con los neneos y un choike de testigo. El sello de aquel juramento fue rubricado con un beso suave como el agua del aljibe. Beso que los condenó ya que el padre de la niña que casualmente pasaba por allí observó el pecado, la ofensa a la estirpe.
La familia regresó a Londres o al menos eso le dijeron al pequeño Estanislao, quien le pidió a la cocinera de la estancia que iba a la escuela, le escribiera una carta a la niña donde le dijera que el iba a surcar todos los caminos del mundo, los continentes que lo habitan y las islas que respiran océanos hasta llegar a darle la mano nuevamente y vivir juntos el tiempo que les reste el reloj de los relojes.
La Señora, que escuchaba atentamente, lo supo cabalmente. Toda la historia de su vida que el inconsciente guardaba celosamente afloró en el reflejo de cada una de las arrugas de Don Estanislao. Vio ella en cada uno de los cauces del rostro viejo los caminos por Asia, las praderas de Norteamérica, los misteriosos montes africanos y las capitales de todo el mundo. No eran arrugas, eran los caminos del verdadero amor. Amor que quedó allí, en una loma y en un juramento de niños.
En un beso suave como el agua del aljibe, la Señora dejó deslizar una lagrima por su mejilla que desembocó en la ultima arruga de Estanislao. En el ultimo surco de amor. Se reconocieron. Un abrazo fue el ultimo suspiro de sus corazones.
La policía encontró los dos cuerpos juntos, abrazados, como cuidándose el uno al otro. El parte policial describe muertes a causa de paro cardíaco por vejez.
En Esquel sabemos que no existió muerte alguna, sino el comienzo del amor jurado.

* Del libro “Sur Realismo – almacén de mambos generales” de Mauro Calaverita Mateos

Calaverita Mateos (Esquel)
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