“La sabiduría del Choique”

– Leyenda patagónica –

En una esquina del tiempo me encontré mirando mi propia nuca. Recorridos del ser que se despliegan en varias direcciones, en varios planos, hoy me tope con la espalda que antes estaba detrás de mi.
Imaginé un teje y maneje propias de las normativas del Sutra del Loto, pero no lo acepté. Juzgo inadmisible una rueda de karmas que ya cumplieron los giros del destino. No es posible, murmuré, aun quedan muchos arcos por vencer, libros que esperan ser galopados, melancolías que llegaran rigurosamente, sonrisas que derribaran el tedio de las lejanas siestas norteñas.
Quedan muchas ellas por desvestir y beber. Todavía no!… grité, parado sobre el lomo de un choique que corría velozmente por la agitada serenidad de la meseta patagonica.
Era, según la intuición que talla en la percepción ligera de esa corrida, un animal mitológico que suele rescatar de las penumbras, de los charcos sin afluentes de la vida de los poetas que han perdido la brújula de sus musas. Llegamos hasta la orilla de un río de palabras, de sensaciones y de recuerdos. El choike se agachó a beber. Yo también. El reflejo de mi rostro cansado en la superficie de las aguas de la memoria y el porvenir se vio brevemente interrumpida. Una bella cara. Una Mujer. Ella, precisamente.
El Sutra del Loto se desató y los karmas se disolvieron junto a las estructuras leguleyas del destino. El choike ya corría feliz esquivando neneos tras su labor. Pensando en Ella, las palabras brotaron como el manantial en las arenas ancestrales.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Las gradas del gimnasio municipal de Esquel”

– Leyenda patagónica –

Hace poco tiempo advertí, con sorpresa, que en el Gimnasio Municipal de Esquel han sucedido algunas transformaciones. Todas ellas han mejorado el lugar, arquitectonicamente hablando. Lamentablemente, no han consultado si podían o no arrebatar las historias que se parieron bajo las sombras de las Gradas.
El lugar es ahora un sitio amable para las prácticas deportivas, culturales y sociales, pero una ausencia material me dejó notablemente triste. Acérquese, colega, le voy a contar algunas cositas sobre este Gimnasio, sobre este corazón.
En los años mozos de secundaria el Gimnasio Municipal poseía una cancha, como la de ahora, pero un tanto más austera. Voy a obviar en esta oportunidad una detallada descripción edilicia para detenerme en la materia prima de este entripado que aquí desembucho, para detenerme en un sector particular.
Las Gradas. Mientras en la cancha se debatían intercolegiales furiosos de Volley, Baquet, Fútbol y otros deportes, las Gradas sostenían hinchadas jolgoriosas que victoriaban a sus respectivos colegios con cantos que van desde el afamado “Olé, olé olé, olé, olé olá…” o el tan repudiado por las autoridades del Colegio Salesiano “Normal, compadre la shell de tu madre…”. Pero todos los esquelenses guardamos un secreto y que venga alguien a desmentirlo.
Todos, pero todos, sabíamos que debajo de las Gradas de madera y metal, allí donde las fuertes luces del techo no penetraban sucedían hechos que no quedaron documentados en la historia oficial del Gimnasio Municipal. Allí pululaban aquellos que no se sentían atraídos por las destrezas deportivas ni las infulas de protagonismo, aunque también los que eramos deportistas solíamos asistir con cierta asiduidad a aquel distrito.
Algunos atorrantes que andaban por ahí abajo se dedicaban a churrasquear bolsos y pertenencias de los desprevenidos; bajaban los pantalones de joggins de distraídos muchachos que dejaban al descubierto sus partes frente a un público que no reparaba en señaladas y carcajadas. Obviamente, no faltaban las parejitas que encontraban allí un hueco donde las reglas y las garras de las autoridades académicas y familiares no llegaban.
He aquí lo importante, compadre.
Una noche de Intercolegial, luego de una goleada propinada contra la Politécnica en el primer tiempo, fuimos a estirar los músculos. De repente, entre tablón y tablón de las Gradas, apareció Ella. Era la chica más bella que jamás había visto en Esquel. Curiosamente, leía un libro de Lewis Carrol acomodada entre la maraña de fierros donde había colocado su mochila de escuela a modo de respaldo.
Dejé a los muchachos sin decir nada e ingresé al mundo debajo del Mundo. Me acerqué con timidez. Me vio. Sonrió suavemente. Me senté a su lado y conversamos. Los gritos de las hinchadas y las puteadas de los jugadores parecían haber quedado en stand by. Contó que estaba obligada por los padres y, obviamente por la escuela, a asistir a las clases de gimnasia y a los intercolegiales. odiaba el deporte y los gritos del lugar, pero había encontrado debajo de las Gradas un oasis para satisfacer sus deseos de soledad y fantasía. Me enamoré de inmediato. Pronunció su nombre. Lía. Era alumna del Salesiano, dijo.
De repente el silbato del arbitro y el grito del entrenador nos convocaron al regreso a la cancha. La besé en la mejilla diciéndole que me esperase unos minutos hasta el final del partido. Sonrió. Sonó la chicharra que indicaba el final de la partida. Normal 7 Politécnica 2.
Sin saludar a mis compañeros de equipo rajé hacia las profundidades de las Gradas, pero no la encontré. Pregunté a los mismos sabandijas de siempre que andaban por ahí, pero todos juraban jamás haber visto una chica en aquellos lares. Incluso, describí a los alumnos del Salesiano sobre Lía y la respuesta fue idéntica. No existía ninguna Lía en el Salesiano.
Todos por aquí aún recordamos decenas de historias sobre el mundo debajo de las Gradas del Gimnasio. Ladrones de alta alcurnia. Seres mitológicos que se alimentan con los papelitos con cuento de los chicles Bazooka, fantasmas de jugadores de intercolegiales antiguos que desean regresar a convertir el gol que no concretaron en vida, pero nadie, absolutamente nadie menciona a Lía.
Hay noches en las cuales sueño que aquel encuentro con Lía fue lo más real que me pasó en la vida y que esta vigilia es sólo un mundo sombra de otro mundo. Tal vez sea así.
Quizás nuestra vida esté por debajo de unas Gradas gigantes que pertenecen a un Gimnasio Municipal del Universo y su Intendente, Dios, sólo juega historias picarescas en los entretiempos.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Neneos, movilidad y vigilia”

– Leyenda patagonica –

Registros históricos oficiales han fenecido en los estómagos de bibliotecas regionales, y la música con fritura que nos llega de las tradiciones orales, han optado por callar ciertas verdades.
Una de ellas, El Neneo. Su función en la Patagonia.
Comprender la importancia del Neneo no exige, en este caso, abocarse a las tradiciones académicas biologicistas ni tampoco a la efectiva rigurosidad de la metodología científica. Sino, en este caso, hablaríamos del Neneo sólo como un vegetal que ayuda a evitar la erosión del suelo estepario patagonico.
Para sumergirse en la comprensión del espinoso vegetal, juzgo necesario, optar por caminos alternativos.

Brindo aquí algunas técnicas básicas:

* Elegir un lugar en la estepa patagonica. Ubicarse estrategicamente y a una distancia prudencial de algún grupo de Neneos.
* anotar en una libreta, por medio del uso de GPS o coordenadas latitud longitud, la ubicación de los Neneos cada treinta minutos.
* La sorpresa, el entusiasmo, no deben entorpecer la observación y mucho menos interferir en el cotidiano desenvolvimiento de la vida Neneolistica.

Los resultados obtenidos por quien escribe están inscritos en la investigación de un frondoso grupo de Neneos que habita en la cresta del cordón montañoso que bordea el flanco derecho de la ciudad de Esquel.
A lo largo del trabajo y observación he logrado establecer jerarquías notables entre los Neneos, que varían en tamaño, color y cantidad de espinas.
Lo más sorprendente que descubrí es que el Neneo es uno de los pocos (tal vez el único) vegetal terrestre con capacidad de movilidad y traslado sobre la superficie territorial.
Ahora bien, otro de los puntos sobresalientes y me animo a destacar como central, es que los grupos de Neneos que van desplazándose, lo hacen en función de ordenes ilegibles a nuestros sentidos.
Pero si, he logrado establecer fehacientemente que, estos grupos se asocian, se movilizan y rodean sitios en aparente o concreto peligro. Focos de fuegos, instalación de proyectos forestales, mineros; en definitiva, reaccionan ante nuevos asentamientos humanos.
Los Neneos montan guardias diurnas y nocturnas.
Analizan, debaten, confrontan visiones y delegan la facultad de ejecución de decisiones en el Neneo más antiguo.
El trabajo realizado no es un compendio estático e individual, sino la apelación y convide a respetar a uno de los vegetales más adaptados y distribuidos por toda la Patagonia.
Otro modo de acercarse al conocimiento y sabiduría ancestral Neneoril, consiste en trasladar, con permiso de la Tierra, Neneos a los jardines de nuestros hogares y ubicarlos en sitios convenientes.
Su reproducción controlada permitirá no solo la transformación paradigmatica de la belleza en nuestros patios y jardines, sino la custodia mística de nuestros ambientes familiares y ciudadanos por medio de la interacción inteligente y sensible con estos soldados con los cuales la naturaleza dotó a la Patagonia.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Dedos y engranajes”

– Leyenda patagónica –

Todos los domingos en la mañana, Don Atilio Dotoievski, se sienta en una vieja silla deshilachada en el jardín del geriátrico.
En soledad, extiende sus arrugadas manos hacia el Este.
Los rayos del sol se escurren por entre los dedos y besan los surcos de su rostro, de su barba.
Cada una de las yemas de sus dedos representa un planeta del sistema solar más el Sol y un cometa que divaga rumbos en el universo y jamás hemos visto.
Una vez, Don Atilio le dijo murmurando a su hija, ya fallecida, que mientras el movía los dedos, movía también, estrategicamente, los planetas y el Sol para confundir al gran cometa que, según los antiguos, en alguna noche de la historia colapsará contra nuestro planeta.
Los vecinos que pasan por la puerta del geriátrico se hacen los otarios. Lo saludan amablemente, pero ruegan que sus dedos nunca dejen de jugar.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El humo cósmico del Loco Mario”

– Leyenda patagónica –

En las tardes de verano, cuando el sol se calza el pijama, los abuelos y abuelas en los barrios Ceferino y Estación de Esquel, suelen juntarse con sus nietos y caminar hasta las esquinas menos concurridas. Se sientan orientados hacia el oeste, observando el ocaso.
Cuando las primeras pálidas estrellas asoman el cogote a los lejos de lo lejos, cuentan a sus nietos que cierta vez, cuando Esquel mantenía el misterio de los pueblos, existía un hombre. El Loco Mario, le decían los chicos que se burlaban de el, como así también las señoras de tapado de piel por fuera y por dentro que cerraban las persianas a su paso.
Todas las tardes, en silencio, en la hora que establece la frontera entre el día y la noche, El Loco Mario caminaba las veredas de la calle principal del Pueblo en dirección del Cerro La Cruz. Trepaba con la agilidad de un gato rengo las rocas y se sentaba en una de ellas a fumar un cigarro grande, desprolijo, sucio. Sólo miraba – como si esa acción no fuera por si misma la vida – y fumaba.
El humo espeso danzaba en derredor del Loco Mario, lo abrazaba suavemente y ascendía en dispersos movimientos hasta confundirse con el cielo de luz breve. Cuando el cigarro moría, causalmente o tal vez casualmente, la noche cobraba su señoría y se erguía dueña de sus súbditos.
Entre el humo y la noche, todas las tardes, el Loco Mario desaparecía para retomar el día posterior su peregrinación circular y rutinaria.
El progreso, la adrenalina de estos tiempos conspiran contra las leyendas y los mitos, como así también contra la observación y la magia. Pero estos abuelos y abuelas del Barrio Ceferino y Estación aun mantienen una secreta tradición; enseñarles a sus nietos a observar las rocas del Cerro La Cruz con prudencia zen.
Los niños más poetas y osados logran distinguir de tanto en tanto, entre las piedras, la silueta de un hombre que se confunde con el color del suelo, la noche y un humo casi impenetrable.
La tradición oral de esta leyenda en Esquel, sólo reservada para los poetas y alquimistas guarda en su interior el secreto que, en rigor de verdad, día tras día, tarde tras tarde, ocaso tras ocaso, El Loco Mario era el Duende encargado de la difícil tarea de crear con el humo de su cigarro la noche cósmica.
Cuando la magia vuelva a ser el lenguaje de las calles y los vecinos, todas las tardes volveremos a ver al Loco Mario caminando hacia el Cerro La cruz para reiniciar su labor universal.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Calle pena, barquito coraje”

– Dedicado a mi Abuelo, por regalarme los libros y la risa –

En Esquel, en el Barrio Estación, cerca del tanque de agua de la Cooperativa, existe una calle. Mejor dicho, un pasaje sin nombre. Su extensión oscila entre los cien y los doscientos metros dependiendo de la temperatura ambiente.
El Pasaje tiene una inclinación, una pendiente que desemboca en una gran avenida. A los pies de los cordones constantemente circulan dos hilos de agua. Uno por cada cordón. El agua aparentemente es salada y no se debe a ninguna perdida ni desagote.
Las breves corrientes son en realidad, las lagrimas de los hijos y nietos que no alcanzaron a conocer o a despedir a sus padres y abuelos fallecidos.
En las tardes de sol o de lluvia, los niños de Esquel tienen permiso para subir solos hasta el barrio Estación, caminar hacia arriba el pasaje sin nombre. Una vez arriba, escriben una carta para el abuelo o padre que no tuvieron la gracia de conocer. Les cuentan los nombres de los compañeritos de escuela, las travesuras en los baldíos de sus respectivos barrios, los goles convertidos el fin de semana pasado y los primeros amores que nacen ya.
Con la misma construyen improvisados y simpáticos barquitos de papel y los depositan en los hilos de agua salada al borde de ambos cordones.
Los barquitos navegan hasta desembocar en la gran Avenida, cerca del tanque, y se pierden en alocado descenso sobre la superficie del río de lagrimas que pretenden hablar a los seres queridos que ya no están.
Gracias a esta calle, los niños de Esquel no lloran en vano.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Roberto Müller”


Primera parte de la charla con Roberto Müller en la biblioteca personal de su casa sobre la historia de su vida, su llegada a la Patagonia y anécdotas como así también la creación de la tradicional Casa de Esquel.
Realizada junto a Andrés Campos para www.calaveralma.com.ar – Noticias de Esquel – Página Oficial y Radio Nacional Esquel.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Los biocubilimbicos”

– Leyenda patagónica –

Según una leyenda muy difundida entre los canillitas y vendedores de diarios de la patagonia, los biocubilimbicos son una especie de fantasmitas que habitan nuestro planeta, tienen forma de humanos, están siempre desnudos, son grises, viven patas para arriba suspendidos a la altura de de la cabeza de las personas que caminan en las veredas, también se dice que siempre tienen los ojos cerrados ya que constantemente sueñan con un planeta donde existen unos seres parecidos a los biocubilimbicos, que están siempre vestidos, son de colores diversos, viven patas para arriba suspendidos a la altura de de la cabeza de los biocubilimbicos, que caminan en las veredas, también se dice que siempre tienen los ojos abiertos ya que constantemente sueñan con un planeta donde existen unos seres parecidos a los biocubilimbicos.
Los canillitas y vendedores de diarios de la patagonia viven en eterna duda ya que no saben si ellos y sus clientes son personas o los mismísimos biocubilimbicos.

* Basado en un dibujo del maestro Troche

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Casa de Esquel”

– Dedicado a Roberto Müller y su histórico local –

Te vas yendo, nomás, amarilla nostalgia, como se van las páginas de esos libros que nos observaban tímidos desde tus adentros, si hasta las heladas parecen más frías en esa céntrica vereda.
En un remolino de recuerdo e identidades se enredan los mates con los cueros, los lazos trenzados enlazan aromas de dulces y chocolates con sabor a patagonia, las lanas bravías cruzando la labor de artesanas que abrigaron a nuestros abuelos y cobijarán nuestros recuerdos, y los vidrios que siempre ejercieron el oficio de las pupilas culturales de un rincón del mundo tratando de contarle al de afuera y al de adentro esas cosas nuestras.
Te vas yendo, nomás, si me habré detenido miles de veces ante vos, como llamado por un silbido silencioso que me convidaba a ir y venir una y otra vez entre la vereda y la galería como aquel chiquilín de bachín que, hasta me animo a jurar que sus objetos a la venta (por así decirlo) se movían con vida propia cual Toy Story criollo cuando uno descuidaba la vista.
Aunque suene a tristeza, sólo será añoranza, en el futuro cuando les diga a mis nietos al pasar cerca de la esquina de 25 y Ameghino “No hay como negocio aquel, querida Casa de Esquel”.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Raimundo Armando Cartagenas y el Cyranito esquelense”

– Leyenda Patagónica –

En Esquel, en los primeros años de la explosión de Internet y los correos electrónicos, existió un hombre con un oficio. Cartero.
Raimundo Armando Cartagenas era su nombre.
Advirtió con una futura melancolía que la carta manuscrita iba a ceder frente al avance impúdico del correo electrónico.
Pasaban los días y el bolso que albergaba las cartas cada vez pesaba menos. Las computadoras y las conexiones a Internet se incrementaron llamativamente. Cartagenas apeló a una incomoda, peso necesaria decisión si es que quería mantener el trabajo que había heredado de su abuelo a su padre y de éste a sus manos.
Cada mañana al salir del trabajo, escondía en el interior del bolso de los sobres a repartir a su hijo, Matias Anibal Cartagenas, a quien había adiestrado en el uso y técnicas de las artes, especialmente la pintura y las letras.
El niño, mientas caminaban por las calles de Esquel aprovechaba la penumbra que lo albergaba para abrir los sobres, leía las cartas y las adornaba con dibujos memorables. Además, sin perder el sentido original del texto del destinatario, el niño apelaba a su creatividad Shackespereana para meter bisturí en el asunto.
Así, de este modo, cartas de novios abandonados que se arrastraban espantosamente para pedir disculpas a su amada, llegaban a ésta (luego del trabajo de Matias), convertidas en obras literarias que producían en la despechada el retorno a su novio en llantos de emoción y amor.
También metía la mano en cartas de solicitudes laborales que, al ser recibidas por los patrones o dueños de comercios y estancias, estos en realidad recibían pinturas de paisajes cordilleranos realizados a lápiz negro y pedidos de laburos que rozaban las complejidades universales de la imaginación Borgeana. Los jefes sucumbían inmediatamente no solo llamando al desempleado, sino, en muchas ocasiones, nombrándolo subgerente o subdirector inmediatamente.
Así pasaron los años, el E-mail siguió progresando vertiginosamente y la correspondencia en el resto del mundo se desinfló prácticamente hasta desaparecer en algunos casos.
Pero en Esquel y alrededores, aunque utilizamos asiduamente el correo electrónico, aun somos devotos de la carta manuscrita. Esa que lleva el aroma de la tinta y el papel.
No hemos perdido el gesto de sorpresa al recibir un sobre, leer el remitente, cortar uno de los extremos del sobre y extraer el contenido esperando ser favorecidos con las destrezas de Matias Anibal Cartagenas.
Raimundo Armando Cartagenas se jubiló. Vive en una casa del Barrio Don Bosco. Según cuentan rechazó ofertas laborales de Bill Gates y Steve Jobs para mejorar la calidad artística de los correos electrónicos y mensajes de textos, pero Don Cartagenas se resistió estoicamente.
Cartagenas juniors, sigue hoy en día con el oficio de su padre e imparte clases en la cátedra de “Mejoramiento sustancial de la correspondencia” en la universidad Conches Upico.
Algunos aseguran que en realidad esta es una leyenda, un mito urbano, pero seguramente lo dicen de puro envidiosos por no haber sido beneficiados con alguna de las obras de los Cartagenas.
Si usted es un escéptico, ya es hora que tenga fe en estas palabras. Y si no me cree, le juro que esto que está leyendo es en un principio una invitación para un te bingo organizado por las Amas de casa divorciadas del Club Independiente. Realmente no se que en que se transformará al llegar a su mano. Qué estará usted leyendo, el original de mi puño y letra o la obra maestra de Cartagenas.
Por las dudas no tire este texto a la papelera de reciclaje. Guárdelo, estimado lector. Sus nietos e historiadores se lo agradecerán.
Aparentemente, Matias Anibal Cartagenas ha trasladado su labor al mundo de Internet, también.

Calaverita Mateos (Esquel)
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