“La Lechusueñera”

(Leyenda patagónica)

Las garras amargas del escepticismo tiene su frontera en un punto de nuestro Pueblo. Nadie ha dudado jamás de la existencia de La Lechusueñera. Los galeses se arrogan el mito. Los Mapuches dicen que sobrevuela su cosmovisión incluso antes de la llegada de los blancos a esta tierra.
Los ornitologos afirman que vive en la pared oriental de la buitrera. Los miembros del colegio de abogados de la ciudad ubican su nido en la araucaria más alta del cementerio. En cambio, el sindicato de canillitas jura tener fotos del nido que se encuentra en el tanque de agua en el techo de la fiambreria La Morocha. Eso si, todos coinciden en la importancia onírica de la exótica ave.
Todas las noches, La Lechusueñera, vuela por sobre los techos de Esquel olfateando las chimeneas ya que por estos orificios suelen evacuarse, por su propio peso especifico, los sueños de las mujeres cuyas historias hablan de los hombres que no pudieron conquistar por las miserables fronteras sociales o por la migración de aquellos a lejanos países.
También, por el orificio de las chimeneas, fluyen tristes sueños de los hombres que han enviudado sin haberles dicho en vida a sus esposas lo tanto que la amaban. En las noches heladas, pero principalmente las de luna llena, la Lechusueñera huele las chimeneas absorbiendo estos mapas oníricos de los corazones que salpican lagrimas. Luego, en vuelo silencioso, viaja hasta una vertiente que nace en lado bravo del cerro Nahuelpán.
Una vez en el lugar, el ave sacude sus plumas de nieve y escarcha, para que los sueños y las penas caigan en el frío manantial. Esta agua, al parecer, tiene la propiedad mística de articular las historias que otrora no se habían cruzado a pesar de la poca población de Esquel. Con su pico de granito y cuarzo, la Lechusueñera deja caer en la vertiente ramitas de retama y frutos de calafate.
Entonces, espera, mientras el movimiento de los sueños se acomodan en loco juego debajo del agua. Una vez que los casales oníricos han trabado lazos, la Lechusueñera bebe del manantial cristalino y emprende vuelo nuevamente. Desanda el vuelo emprendido en busca de aquellos sueños y, chimenea tras chimenea, va depositando gotitas de rocío por los agujeros según los designios del agua y el conglomerado de amor estructurado bajo las ordenes del Nahuelpan.
Acabo de escribir esto, pidiendo disculpas al lector ya que recién llego a casa, medio beodo, luego de una noche con amigos cansado de fatigar botellas, charlas de fútbol, polleras y revoluciones con cuchillos de plástico y pistolas con chasquibum. Y en la soledad de las esquelenses calles madrugadoras vi una señora mayor caminando en camisón de la mano de un hombre entrado en edad, vestido en pijama y pantuflas, que la miraba enamorado mientras la besaba bajo el neón de la Volta y Avear.
Al principio pensé en lo ridículo de la situación, pero al sentir en mi nuca el vuelo rasante de un ave que jamás había visto que volaba en dirección a la Buitrera. Entonces lo supe y sobrevino una ternura profunda.
La Lechusueñera regresaba a su nido luego de una jornada laboral de amor cumplida.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Los Mrundris”

(Leyenda patagónica)

Según la tradición oral, los arroyos patagonicos de alta montaña están habitados por unos seres escurridizos, pero no por ellos menos importantes. Los Mrundris.
Los bisabuelos y puesteros viejos que realizan la veranada, suelen llevar a los nietos a los hilos de agua que descienden de las altas montañas, para que conozcan a los guardianes del ciclo del agua y de la vida.
Los ancianos invitan a los pequeños a esconderse cerca de un arroyito espumoso y blanco (supuestamente por el caudal y la velocidad en bajada del agua), detrás de alguna lenga o de una retama. Les aconsejan no hacer ruido y concentrarse, respirando despacito, en la parte blanca en la superficie del lecho.
El hijo de un amigo mio, me contó que Don Lautaro, puestero de un campo cerca de la Villarino, lo llevó a incursionar en esa travesía y dijo con una sonrisa suave dibujada en su rostro, que conoció a los Mrundris.
Son seres pequeñitos, me dijo, que se visten con unas túnicas blancas y cuando arrancan su misión desde la punta de una montaña, lo hacen jugando, alborotados, empujándose unos a otros hasta que llegan a las cercanías de los poblados y se cubren completamente de esas túnicas blancas para pasar por espuma y a dispersarse por los campos y los jardines vertiendo las gotas de agua que beberán plantas y animales.
En las planicies, una vez concluida su labor, los Mrundris esperan el calor del sol para utilizar sus túnicas blancas y elevarse hacia los cielos, unirse en grupo formando lo que conocemos como nubes y esperar la descarga en forma de lluvia o nieve sobre las montañas, otra vez, para comenzar el ciclo hermoso, vital, del cual estos pequeños seres son los guardianes.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El ocaso de los bebederos de las plazas”

(Leyenda patagónica)

Junto a un grupo de amigos del barrio: el Chuleta Sosa, el Gringo Camerún, el Zurdo Guevara y el Chicato Casimiro, acostumbrados a enlazar silencios y chistes fáciles en la puerta del almacén de la esquina del barrio, fuimos asistidos abrubtamente y al mismo tiempo, por una cruel revelación, mientras bebíamos una botella de cerveza.
Según Jorge Torres, la revelación consistió más en la consecuencia de la ingesta de media docena de tubos de Quilmes y tres botellas de Resero tinto acompañado sólo de medio salamín y un cuarto de pan felipe, que de la prodiga manifestación de alguna deidad pasajera.
Todos, nosotros (menos Jorge Torres, obviamente), identificamos en una de las migas de pan que cayó al suelo y fue llevada a vuelo ligero en el pico de un gorrión, unas palabras inquietantes:

“Nos han garcado los viejos bebederos de las plazas”

Ante semejante mensaje providencial, todos decidimos salir a realizar inmediatamente un pormenorizado relevamiento de bebederos en las plazas de Esquel, no sin evidenciar cierto andar zigzagueante de los exploradores en cuestión; que según los vecinos, se asemejaba a una patota de rufianes arreando pollos hacia el gallinero.
Al anochecer, luego de recorrer e investigar cinco plazas y once plazoletas, el resultado fue aterrador. Los antiguos bebederos habían sido birlados por el tiempo, por alguna insensible ordenanza municipal o bien por algún mercader de nuevos bebederos de lata, aprovechando el sueño de los vecinos en las noches frías de invierno.
Sólo un bebedero sobrevivió. Por suerte llegamos a tiempo. Está ubicado en una plaza a la cual no delataremos, por miedo a avispar perejiles.
El mismo se encuentra atrás de un banco de madera, oculto por una vieja retama.
Al acercarnos, a paso lento, mitad por la intriga y mitad por la borrachera, nos percatamos de algo maravilloso, el gorrión aquel que nos churrasqueó la miga de pan para luego revelarnos el misterio de los bebederos, estaba, precisamente, en el borde del ultimo bebedero de Esquel.
El valiente gorrión dejó caer suavemente el pedacito de miga sobre el seco y oscurecido mármol, momento en el cual una gota, pequeña, casi sin fuerzas, huía agónica del grifo que fenecía, también.
En el instante que el agua y el pan se besaron, otra vez sucedió un hecho fantástico, observamos una nueva y borrosa frase en esa húmeda migaja:

“Apurensen, che otarios, fabriquen bebederos para humedecer las felices gargantas de las plazas”

Hoy, tras arduos meses de negociaciones con autoridades municipales, aquel viejo grupo de amigos de la esquina del almacén del barrio, sin haber abandonado el gusto por los tubos y el tinto, pero si con un objetivo altruista en nuestros corazones, hemos logrado constituir una cooperativa de trabajo, especializada en construir bebederos de mármol para las plazas de Esquel.
Gracias al esfuerzo mancomunado, también exportamos a localidades vecinas y, antes de ayer, una carta del gobierno de Londres nos mandó un encargo de doscientos bebederos para satisfacer la melancólica demanda de las plazas con neblinas del viejo mundo.
Sumándose a las miles de plazas que han recobrado la humedad necesaria para alegrar el garguero de los niños futboleros, las niñas campeonas del elástico y las aves migratorias que ven en los viejos bebederos, el oasis vital de sus cíclicos viajes eternos, creemos estar en el horizonte de nuestras vidas.
Siempre hay que estar atento a las señales del universo. Ese, justamente, es el lema de nuestra Cooperativa: “Bebederos, al Pan Pan”.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Cabezas dispersas de Esquel”

(Leyenda patagónica)

En los arrabales de Esquel, aunque sin precisar la ubicación, se constituye un bar pequeño. Austero, con una discreta asistencia diaria.
Los recolectores de basura dicen, mientras revolean las bolsas en las fauces de los camiones, que el señor que atiende el lugar es el mismísimo Dios. Su principal característica, cuentan los juristas y bibliotecarios se centra en sus parroquianos, llamados por los ciudadanos “Cabezas Dispersas”.
Algunos afirman que los Cabezas Dispersas constituyen una secta. Otros, arriesgan se trata de seres provenientes de la octava luna de Saturno. Más cercanos o parientes, aseguran sin duda que sólo se trata de un grupo de vagos charlatanes de mierda. Aunque no existen registros fotográficos ni documentos serios al respecto, es vox populi que los Cabezas Dispersas se juntan en el Bar esperando la hora 23:16 de la noche, conocida como la “Hora Diente de León”. En ese preciso instante, las cabezas de los hombres del bar mutan en panaderos, vestidos de copiosas semillas de achicorias dispuestas a evacuar. Cada una de esas semillas o, como lo denominábamos en la niñez, panaderos, corresponde a un nuevo pensamiento.
Los hay livianos, con peso especifico y algunos de certera insignificancia. La tarea de los Cabezas Dispersas es llegar a un trance mediante la pronunciación del mantra regional

“Chuuuuucha, Bolò”

Una vez sumidos en ese éxtasis místico, las Cabezas Dispersas o, en este caso, las Cabezas de Diente de León explotan en una nevada semillera blanca. Estas se colan por las ventanas, la puerta y las ranuras del viejo bar para exiliarse del mismo en busca de receptores en la ciudad. Si bien los Biólogos aseguran que estos paracaídas descienden en la tierra para dar origen a nuevas plantas de achicoria y su nuevo ciclo de vida, los esquiladores mas viejos están en contra de esta hipótesis. Sostienen que los pequeños paracaídas blancos surcan los cielos a una altura baja para enredarse en los cabellos de los transeúntes, en los pelos de la nariz o en las pestañas postizas de viejas que hacen compras. Cada una de estas semillas contienen en su núcleo la historia futura, el horizonte del pasado y los extremos del presente. Borges lo llamó El Aleph. Turistas del país, porteños recién llegados, y extranjeros, ayunos de mística vital suelen sospechar que los ciudadanos de Esquel custodian cada uno una semilla, un paracaídas o alguna de estas semillas entre sus cabellos y poseen el don de los sabios, pero no se jactan de ello. La leyenda de los Cabezas Dispersas es eso simplemente para los no entendidos o los que no quieren entender. Pero para quienes el fruto de las achicorias es el universo mismo, no transamos ni vendemos información acerca del bar ni de sus clientes.
Si encuentra un panadero aun con su cabeza a punto nieve, por favor, no se haga el distraído, se trata de clientes del bar que por enfermedad o edad no llegaron al bar. Tome el panadero con sumo cuidado, sóplelo y permita que los paracaídas (pensamientos) vuelen en busca de nuevos caminantes. Los esquelenses se lo agradeceremos infinitamente.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Origen del estornudo”

– Leyenda Patagónica –

A recent picture of a man sneezing as the hay fever season approaches. Thousands of sufferers around the country will once again be faced with high pollen counts and will be taking medication to treat the symptoms. * 04/02/03 The sounds heralding spring this year are more likely to be sneezing, coughing and nose-blowing, rather than the traditional cuckoos and bleating lambs. The warning comes from the Woodland Trust, which says that in response to global warming, many flowers including trees and grasses, are flowering earlier and for longer. The result is that pollen, which triggers hay fever, is released for longer periods. The latest findings are from the world s largest phenological recording survey. Phenology is the study of the timing of natural seasonal events. 14/11/2003: Admissions to hospital caused by serious allergic disorders have dramatically increased in the last decade, research revealed, Friday 14 November 2003. A study of hospital stays in England caused by four serious allergic conditions more than tripled in the space of 10 years.


En la localidad de José de San Martín (Chubut), a unos 100 Km de ese pueblo, existe una pequeña comunidad llamada Storn.
Los Stornudos, practican una vida muy ligada a la tierra y a las costumbres sintomáticas de los cuerpos. Desde temprana edad, los niños Stornudos son educados en la importancia de la acción de Stornudar (termino apropiado y tergiversado por la cultura occidental), como fenómeno de evolución espiritual en simetría con los lineamientos de las energías vitales del universo.
Los Maestros Ancianos de la comunidad Storn, sostienen que el stornudo es la evacuación natural de la mismísima alma de los pensamientos, tristezas, desengaños, que no encuentran respuesta en el interior de nuestros parámetros lógicos.
Esta expulsión de las inquietudes no resueltas son liberadas para que desarrollen una peregrinación solitaria por la estepa patagonica en busca de las respuestas que satisfagan su sed de autoconocimiento.
Una vez que el Stornudo, montado en ese viento que exhala nuestro cuerpo, encuentra su razón de ser, detiene su andar y cae en la tierra para luego convertirse en una planta de neneo. Y es a estos vegetales, en el entrevero de sus hojas espinosas, donde los iniciados Stornudos van a buscar las respuestas trascendentales de la Vida.
Esta noble leyenda o quizás una verdad no comprensible para nosotros, tiene un enemigo hostil y macabro:

“La secta del “Pañuelo”

Comandado por el nuevo Comandante “Oscar Elite de Papel”, que tienen como objetivo principal ocultar la verdadera función del Stornudo y crear la idea que hay que reprimir los Stornudos o, en el peor de los casos, obstruir mediante el uso de pañuelo de tela o papel el paso de las almas de nuestras penas, tristezas y desengaños a la libertad del autoconocimiento.
Por tal motivo, este lunes nos juntamos en el centro de José de San Martin a Stornudar hacia los cuatro puntos cardinales, con absoluta libertad, creando un mandala “Achis”, tan sólido y vigoroso que haga eco en todos los rincones del mundo y que no pueda ser reprimido por pañuelo alguno.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Patagonia”


Llora tierrita con piedra, río e infinito, lloran las espinas de tus neneos la angustia de la identidad que rasguña los bordes de la historia aferrándose al mapa que otros trazaron.
Llora tierrita con montaña, meseta y volcán, lloran tus coirones el grito desesperado de los sin voz por los oídos sin ojos para leer aquella tradición.
Llora tierrita con guanacos, choiques y manques, lloran rostros de lienzo con surcos arado por las estrellas sembrado peumas.
Llora, llora, llora hoy, tierrita de mi alma, tierrita de mi carne, lloran ellos que son nosotros llorando su llanto que es el llanto de la tierra toda, y desde ese manantial de pena brotará la savia con sabia de los que no están, pero están en los que están y estarán, estándonos siendo ser.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La Casa que fue máquina del tiempo”

(Dedicada a Don Bonifacio Moreno y su mágico comercio)

Qué picaro fue Don Bonifacio con su almacén de ramos generales Casa Moreno de Alvear y Ameghino, como nos hizo creer que sólo era un local comercial.
Chillaban las bisagras como reclamando una visita al huesólogo de las puertas y ahí nomas de sumergirse en la tienda los aromas entraban a juguetear cambiándose de fragancias, mezclándose los olores, sólo para confundir la napia de los turistas esporádicos y de los asiduos, también.
Los limones y las cebollas se codeaban como vecinos chismosos que sabían serían elegidos para viajar hasta la cocina de algún hogar de la ciudad, ni que hablar de las latas de tomates y demás conservas que se hacían las guapas cada vez, como todos los días, que Don Bonifacio las franaleaba para que no perdieran su coqueta prestancia en las góndolas que, geométricamente, representaban sin que muchos lo supieran los cuadros oníricos de los clientes representados en compartimientos estanteriles hijos de una labor de alquimia y paciencia.
La típica vuelta caminando en el interior de negocio no estaba librada al azar, sino que respondía a una ruta imaginaria trazada por el pillo propietario para ejercer la fuerza centrípeta o centrífuga, de acuerdo a la dirección del andar, que a su vez movían los engranajes de un reloj invisible disimulado en una antigua radio que camuflaba los mensajes provenientes de otros tiempos en supuestas voces de trabajadores de Radio Nacional Esquel. En definitiva, aquel reloj había logrado detener el tiempo o volverlo hacia atrás en la historia, según la voluntad y capricho del anfitrión del local.
Para que contar si ya nadie cree en estas cosas, pero en fin, ahora el negocio ya no está así que no cometo ningún pecado. Los sacos, camisas, camisetas y hasta las alpargatas Pampero no eran simples indumentarias, ni mucho menos, sino trajes espaciales creados por Don Moreno para que cada uno de los clientes se llevaran consigo además de una prenda, un viaje al centro de las ilusiones de los amores perdidos, los sentires anhelados y las querencias por venir.
Y para los ilusos y practicantes de dogmas científicos, es bueno que sepan que esa balanza antigua, de prepotente parada sobre el mostrador no era sino el timón de una nave espacial escondida dentro de un aparente local comercial y cuyas velocidades eran modificadas por la palanca de cambio que se encontraba perfectamente ubicada detrás de la oreja de Don Bonifacio Moreno y que todos creyeron se trataba de una lapicera para anotar los número y cuentas de saldo, debe y haber, pero casi nadie se percató que la libretita era el mapa de la hoja de ruta de una cartografía mágica que nos permitía a los esquelenses y a los turistas poder viajar cada tanto en el tiempo y en la historia de los tuyos, los míos, los nuestros.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Árbol que saluda en la avenida Yrigoyen”

(Leyenda patagonica)

Lo conocemos todo, claramente, aunque obviemos su historia cruelmente. La municipalidad como los vecinos de Esquel han hecho caso omiso de resistir al olvido, ni un solo cartel señala, nombra ni cuenta el motivo por el cual ese Pino, mordiendo el cordón de la plazoleta que asciende la Avenida Yrigoyen para enlazar la ruta a la vecina localidad de Trevelin, se inclina en reverencia al paso de los automóviles que transitan ayunos de mística.
Recién ahora, luego de años, comprendo aquella extraña costumbre de Tito, mi Abuelo, cada vez que pasábamos temprano por ese lugar para ir a pescar al lago Rosario. Por más escarchado que el aire tempranero quisiera amainarlo al doblar con la camioneta por la plazoleta de la intersección, él solía abrir la ventanilla cuando pasaba al lado del árbol encorvado de la plazoleta, bajaba el volumen de la radio, se sacaba el sombrero como en señal de respeto y, cerrando por un segundo sus párpados e inclinando levemente la cabeza, manifestaba un saludo hacia el pino, dejando en ocasiones alguna verba tal como “Buen día vecino, brava la fresca esta mañana”, para cerrar la ventanilla, mirarme, tomar mi mano mientras manejaba por esa larga lengua de cemento custodiada por los álamos granaderos.
Ayer, al pasar con mi hija como tantas veces por ese mismo trayecto, sobrevino a mi memoria cierta vez que Tito me contó la historia de aquel árbol que nos saluda sin ser saludado. Contaba mi Abuelo, que en la primera mitad del siglo pasado, un tal Cipriano Cheuquehuala, vivía en una humilde casita a metros de donde hoy se encuentra la plazoleta que une los caminos. Se dedicaba a hornear ladrillos de barro y pasto seco para vender a trabajadores rurales y pobladores cercanos con los cuales construían sus ranchos fortachones.
Según Tito, Don Cheuquehuala, cuando era joven, se enamoró de una mujer llamada Erminda Merilafquen, oriunda de Cushamen. Los que la conocieron decían que era tan bella que hasta los teros y bandurrias que la veían se resistían a realizar sus tradicionales migraciones anuales. Juntos trabajaban en el humilde horno de ladrillo de sol a sol, no sólo para la venta, sino también para agrandar la casa de ambos ya que un año, la pancita de Erminda redondeaba la llegada de una nueva vida y había que construir una habitación mas antes de la llegada de la nieve.
Cipriano y Erminda vivían como cualquier vecino cumpliendo esa arquitectura del amor que nace de los proyectos entre dos compañeros que se abrazan en almas que se aquerencian a la tierra.
A mediados de un otoño amarillo, Erminda, embarazada de siete meses, decidió hacer su último viaje a visitar a su familia en Cushamen antes de parir. Pasaron los días, una semana tal vez y Erminda no regresaba a Esquel. No había noticias de ella. Cipriano viajó a Cuchamen, pero lamentablemente sus suegros y familiares de la señora Merilafquen dijeron que jamás había llegado a Cuchamen. Nunca más se supo del paradero de su esposa.
Como el ocaso que opera en silencio, Don Cipriano descendió a las turbulentas aguas de la locura ante la ausencia de su amor, ante la deseperación de la ausencia que rasguñaba sus horas y la angustia de aquel ser que venía al mundo a cobijarse entre los ladrillos caseros de barro y pasto.
Decía mi Abuelo que todos los días, junto al sol, Don Cheuquehuala se paraba en la calle de tierra donde hoy camina la gran avenida, en silencio miraba tods los autos que pasaban y se inclinaba mirando al interior de los coches para ver si allí podía encontrar a su amada Merilafquen. Todos los días, todas las semanas y meses, años, hasta una mañana de diciembre fue encontrado ya sin vida recostado en el mismo lugar donde esperaba.
Mi Abuelo y muchos esquelenses, afirman que ese mismo día y lugar un brote, una pequeña planta desgarró la tierra y amaneció hacia el sol. Es el pino que hoy conocemos al borde de la avenida, que aún se inclina hurgando adentro de los autos que pasan para ver si adentro de alguno de ellos, alguna vez, encuentra a Erminda y su descendencia. También, se sabe que atrás del gran árbol que reverencia el paso de la gente, dio a luz la leyenda, un pequeño árbol que también se inclina hacia el mismo lugar. Es el hijo de Erminda que aun no sabe hablar, que quiere decirle a su padre que siempre estuvo buscándolo, también. Seguramente, en alguna helada mañana de la modernidad desierta de leyendas, el pino grande será tocado por una rama del más chico, un bracito que lo alcanzará para que, finalmente, se encuentren enraizados hacia la eternidad.
Tal vez, usted, lector racionalista, no crea en estas historias, no lo culpo ni juzgo, es una opción de vida. Por mi parte, lo saludo atentamente, son las siete de la mañana y debo ir hasta la plazoleta como todas las mañana que puedo y tengo tiempo, quizás hoy el árbol grande se dio vuelta a abrazar a su hijo.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La ventana que llora una gota de sonrisa”

(Leyenda patagónica)

Las paredes hablan y las ventanas nos susurran imágenes que dicen más que lo que las palabras quieren decir.
La arquitectura no es un mero conjunto de cálculos, proyecciones y conceptos artísticos plasmados en una obra, sino también la construcción de la identidad de los pueblos por sus habitantes. Así lo refleja esta breve historia que escuché contar a un albañil en la parada del colectivo del barrio Badén, en Esquel.
De profesión Albañil, Don Américo Catrimán trabajó desde muy jovencito en la construcción, principalmente de la mano de un conocido Maestro Mayor de Obras, Juntos levantaron edificios de instituciones, hogares, monumentos de la localidad siempre con una fuerte impronta artística y moderna, tal vez con la intención que las fauces del tiempo no fagocitaran la historia escrita en los muros de Esquel, pero una obra particular es la que Don Catrimán siempre recuerda como si fuera el primer día. La casa y sobre todo la ventana de la esquina de Avenida Ameghino y Alberdi.
En las décadas que ya cayeron del almanaque, en el siglo XX, se encontraban Américo el Constructor dirigiendo y colocando los primeros materiales encargados para realizar el diseño del proyecto de aquella vieja, pero tan actual casa cuando una mañana de otoño el Maetro Mayor de Obras se acercó a Catrimán y le dijo en voz muy baja que algo misterioso sucedía con los planos, básicamente con un sector del mismo. Contó que había rediseñado decenas de veces la pared que daba a la calle Alberdi para que la ventana grande y rectangular encargada por los dueños quedara correctamente, pero que todos los días al reabrir los planos para continuar misteriosamente esos cálculos estaban cambiados y expresaban una forma no convencional para una ventana y sobre todo para una casa de un pueblo patagónico tradicional. Don Américo recordando historias orales de sus ancestros le contó al Maestro Constructor que para los antiguos pobladores de estas tierras, las constelaciones son el reflejo, el trazo de la historia de las comunidades que escriben sus memorias en las obras creadas con amor por las manos del hombre y que éstas manifestaciones son tan misteriosas como diversas en sus traducciones edilicias. Recuerdo las palabras de mi abuelo, dijo Américo al respecto:

“…el adobe trabajado a mano es como la escritura de las estrellas y las lunas que nos quieren hablar del futuro que a veces está mudo de memoria y el presente sordo de amor, por eso querido nieto, cada vez que tus manos levanten un rancho, una obra, deja que tu intuición sea la que mande, el universo quiere enseñarte cosas más allá de las fronteras de los sentidos…”

No hizo falta más explicación para dar cierre a la discusión y finalizar la obra según lo planeado, salvo la ventana sobre la cual tuvieron que dar unos vericuetos explicativos a sus dueños a la hora de convencer a los propietarios del cambio en aquella pared, en esa ventana:

– Constructor: Señora, esa ventana mira hacia los inicios del nacimiento de nuestro Esquel y esa lágrima que desciende suave es la melancolía de un pasado que se desvanece, pero que refleja al mismo tiempo el porvenir de una nueva ciudad.
– Catrimán: Nunca deje, querida señora, tanto usted como sus hijos de observar el paso del tiempo a través de ese ojo cristalino, seguramente encontrará en el respuestas a preguntas que vendrán.

Ambos argumentos sellaron la obra y la casa culminó en tiempo y forma. Pasaron años y en aquella esquina familias vieron nacer, desarrollarse, emigrar y volver a muchas generaciones. Alegrías de vida bañaron desde sus veredas cada ladrillo, como así también el viaje eterno de alguno de sus habitantes a temprana edad. Todo grabado en sus cimientos, todo trazado en las constelaciones, todo reflejado en sus enormes vidrios.
Aquella pérdida había hecho que no sólo sus habitantes, sino los chicos y chicas, muchos de nuestra ciudad perdieran un lugar para las travesuras, para las correrías, para esa mirada clara y cómplice que entre locuras y locuras regalaba una sonrisa, una carcajada de juventud que nos salva para siempre.
La casa a pesar de estar siempre intacta, fue destiñiéndose en su aura que empapaba la avenida, fue enrejando la tristeza en una memoria sin faro, hasta que una tarde primavera, Lula estaba tomando unos mates, mirando a través de aquel cristal con pena que justo en el instante que recibe un llamado a su celular. Se trataba de un escritor de Esquel, bastante insolvente por cierto, que le pedía un favor. Si era posible obtener unas fotografías de esa ventana en particular para poder realizar un texto al respecto. Lula accedió de manera inmediata ya que se encontraba frente a la misma. Previo a enviar las fotos por whatsapp, al levantar la mirada y observar por la ventana, comenzó a sentir que estaba realizando una tontería, algo que sonrojaría a cualquiera ¿A quien le puede interesar una ventana y todavía mas, que se puede escribir sobre algo tan simple? Y comenzó a reír, primero suavemente y luego a carcajadas casi volcando el mate, cuando de pronto entre risa y risa sobrevino el sonido de las risas de la niñez, correteando con su hermano al perro grande que custodiaba el lugar desde atrás de las rejas guardianas, le pareció sentir a muchas chicas y chicos jugando, cantando, preparando fiestas, pero sobre todo riendo al compás del director de orquestas de la alegría, su hermano.
La casa hoy ha recuperado el verde y el color. Lula y el escritor de poca monta no han hablado jamás del tema luego de aquella conversación telefónica. Ambos no conocen la historia del Maestro Mayor de Obras ni Don Américo Catrimán. No sabemos si el escritor finalmente trabajó sus líneas sobre la ventana, aunque si conocemos de buena fuente que a partir de aquella tarde de primavera Lula supo, sin saber que las constelaciones escriben las historias de los pueblos sobre sus muros y las reflejan a través de sus cristales, que la ventana no llora más de tristeza, llora sonrisas de juventud.
Las paredes hablan y las ventanas nos susurran imágenes que dicen más que lo que las palabras quieren decir.

– Fin –

– Dedicada a la memoria de Lulo Paredes y con cariño y afecto Lucia Paredes, Juliana Paredes y familia.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El misterio de la Virgen Guituda de Esquel”

(Leyenda patagónica)

En principio, me iba a sumar a la inmensa mayoría de vecinos de Esquel que olímpicamente disimulan, no sólo su presencia, sino el oneroso misterio que la rodea desde hace ya tiempo, pero hay temas que no podemos obviar por el resto de los tiempos como si nada sucediera.
Me refiero puntualmente a la estatua de la Virgen María que se encuentra dentro de la terminal de nuestra ciudad.
Cabe destacar la iniciativa y compromiso del Obispo Luterano Pluscuamperfecto, Agustin Gigli para invitarme a realizar un análisis de la efigie cristiana.
Pai Gigli, azorado por pesadillas nocturnas en la cuales la imagen de la Virgen de la Terminal irrumpía en sus sueños de manera imprevista dos o tres noches por semana siempre amenazando con la misma voz:

“Os hablo a ustedes, pecadores vagonetas
Dejais de tironear de mi mantita
Agarreis una pala o useis la croqueta
Si quereis de verdad ver guita”

Hace un año la gerente de la terminal Andrea Rowlands, encomendó al famoso Antropólogo y fabricante de caramelos Media Hora Marcelo Fosbery la difícil de tarea de coordinar un equipo de investigación integrado por el Arquelogo nacido en Fofocahuel Fede Ovidi, el Paleontologo proveniente de Gan Gan, Bruno Mendez y la Pediatra especialista en espuma de Fernét, Ruby Lopez. Ellos debían dilucidar el misterioso suceso paranormal que rodea al edificio donde ingresan y egresan los pasajeros de colectivos a Esquel.
¿Quiénes o qué ingresan los billetes a la envase de vidrio que cubre herméticamente a la “Virgen Guituda” y de qué modo ya que no existe ninguna ranura que posibilite dicha transacción pecuniaria?
La labor de este equipo de investigación tuvo solamente media noche de trabajo ya que promediando las dos de la madrugada, con toda la sofisticada infraestructura informática y audiovisual instalada para capturar el momento exacto, la luz en la terminal se cortó quedando todo a oscuras y la supuesta voz de la Virgen Guituda que decía con voz gutural:

“Ilusos sois mi querida manga de atorrantes
Queriendo adivinar el secreto del kiosquito de mamita
Porque no vais y filmáis los bancos privados
Que sin despeinarse la levantan en palita”

Rotunda negativa a seguir investigando y despavorida huida del novel equipo que se negó a continuar investigando aduciendo en la carta de renuncia firmada por la Psicóloga anarquista Gabina Ghiano que decía:

“…Dichas personas se ven imposibilitadas de proseguir con esta tarea de riesgo ya que se encuentran, científicamente hablando, bajo el síndrome del Julepe…”

Lamentablemente hasta la fecha no tenemos ninguna hipótesis concreta que revele el misterio de la Guituda, sólo leyendas, habladurías que no hacen más que alimentar el mito. Aunque a modo de acercamiento a una posibilidad podemos referirnos al libro “El Ómnibus no es un colectivo extraterrestre” del Historiador Marxista, Alejandro Sbil que en uno de sus párrafos referidos a la misteriosa Virgen Guituda dice:

“…Nadie jamás pudo observar a alguien introducir o retirar el dinero de la pecera divina, sin embargo los billetes y las monedas van cambiando día tras día, a veces con sumas importantes y en otras simples limosnas. Me atrevo a decir que nos encontramos ante la presencia de la cajera providencial que atiende el banco cristiano religioso de los cielos y que tiene su sucursal en la tierra precisamente en nuestro pueblo, puntualmente en la terminal de ómnibus de Esquel…”

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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