“Rancho místico de adobe en Cajón de Ginebra Chico”

(Leyenda patagónica)

Tosió el motor de la camioneta Ford F100 su última lagrima de nafta justo al costado del cartel que convidaba el nombre Cajón de Ginebra Chico.
En 1930, la ruta era un largo río de ripio que tendía entre la nariz y la espalda del horizonte.
La sed ya era quien conducía la angustia y el hambre una soga al cuello, obligando al Doctor Armando Klimberg a buscar algo para comer y tomar en un esqueleto de rancho levantado a unos doscientos metros del camino. Una protuberancia perfecta y armónica que brotaba de la tierra en paja, bosta y barro, seguramente construida por nómadas comunidades originarias.
La proverbial ausencia de comida y agua, sumada a la debilidad física del Doctor, sumada a un corazón fatigado por insolentes operaciones realizadas en la urbe que, para ese momento, sólo era sombra de palomares de concreto. Los días de sol rasgaron la garganta y la piel, mientras la noche patagónica fagocitó hasta el último escalón de la esperanza de sobrevivir.
Finalmente, en el cuarto día, cuando el pensamiento y los corrales que estructuraban las décadas de ciencia habían dejado de manotazos de razón y lógica en un océano de nada y todo, las alucinaciones entraron a tallar firmes en las pupilas del Doctor Armando.
Sentado en suelo, con la espalda sobre la pared más heroica del rancho, entre el toldo de los parpados que eran vencidos por el peso de un cielo cercano, logró observar en el filo de una tímida lomada una simétrica formación de guanacos observándolo, mientras unos diez, tal vez quince o veinte choiques danzaban en circulo a unos pasos de sus pasos ya sin pasos. De entre el polvo levantado emergió una silueta de sombra y misterio que acercándose al Doctor, recobraba el ser de un anciano Mapuche con un rostro agrietado por el viento y la sabiduría.
El viejito, mientras los guanacos observaban y los choiques danzaban entre el sol y la cabeza de los neneos, se acercó hasta el Doctor Armando Klimberg, extendiendo su mano de barro sosteniendo un trozo de seca greda con una precaria forma de un ladrillo. Sin mover los labios, le dijo en perfecto silencio que colocara el pedazo de tierra y agua donde el su alma lograría equilibrar el ser que fue con aquella entidad que regresaba del futuro para serlo siendo en el presente desplegado hacia el infinito.
Entonces, su corazón abandonó el galopar y su respiración se confundió con el sonido mudo de la meseta, y justo al colocar el ladrillo de adobe en el espacio vacío de la pared gris greda por donde el horizonte se colaba junto al sol, pudo soportar la muerte o, mejor aún, el universo en sus manifestaciones pasado y futuro jugó a acomodar sus piezas como en un gigante rompecabezas sin referencias cardinales posibles o deseables.
Ser de seres parió sabiduría.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La ausencia de las cuncunas en la Patagonia”

(Leyenda patagónica)

Ayer a la tarde, a orillas del Río Corinto, escuché un breve dialogo entre una perca sabia y vieja, con voz barrosa y un piche joven, medio mugriento:

Piche: Oiga, Doña Perca, ¿puedo hacerle una pregunta?
Perca: Si, mijo. Diga, nomás.
Piche: Mi padre, Don Peludo, dice que hace años existían muchísimas mas cuncunas en la Patagonia.
Perca: Es verdad.
Piche: ¿Por?
Perca: Cada quince años, las Cuncunas migran a la tierra donde tejen las Poesías sin nombre los Duendes del Llao Llao.
Piche: Falta mucho para que vuelvan?
Perca: Cuando los Llao Llao lloren sequía de poesía en la memoria de los hombres. Tal vez las cuncunas ya están emprendiendo el regreso.

Ayer a la tarde, a orillas del Río Corinto, supe en mi soledad, que nunca dejaré de escribir.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El faro de la misteriosa ciudad subterránea de Esquel”

(Leyenda patagónica)
– Dedicado a mi amigo Lito Rogelio Calfunao por reparar en estas pequeñas grandes señales de nuestro Pueblo –

Es moneda corriente para muchos de los habitantes de nuestra ciudad poner cara de giles al pasar por la esquina de avenida Ameghino y calle Libertad, o simplemente, distraer la atención de quienes caminan a nuestro lado o en el asiento de acompañante mientas manejamos con temas relacionados a las paradojas de la calle Libertad que pasa por la cárcel o el barrio del regimiento que oficia como country o barrio privado en el medio de nuestro pueblo. Pero en algún momento tenemos que tener la dignidad cívica y el valor ciudadano de afrontar los temas centrales, como por ejemplo la utilidad del supuesto semáforo guacho de Esquel, precisamente erguido en la esquina de la intersección de las mencionadas arterias citadas anteriormente.
Usted, perspicaz lector se preguntará sobre la utilización del término “supuesto” en relación al objeto con las características de semáforo, pues bien, es que no hay registro alguno en los estamentos estatales municipales ni provinciales sobre la creación ni mucho menos la necesidad o utilidad de un semáforo en esa zona, mucho menos un centro de control de tránsito inteligente al cual esté conectado y que responda al mismo con claras señales de ordenamiento vehicular.
Por suerte, Esquel cuenta con Historiadores de fuste que no han declinado su hambre de investigación y tras años de hurgar en nuestras tradiciones orales, como así también de pasar días y noches enteras con la oreja pegada al caño de hierro de este objeto con el afán de encontrar una señal que ligue al supuesto semáforo con su génesis. Sin descontar el tiempo transcurrido observando el parpadear, aparentemente azaroso de ese amarillo melancolía, que emana de la cavidad de esa metálica pupila.
Nos referimos al valiente Profesor de Historia, Silvio Cesar Musacchio, quien juntó sus memorias, entrevistas y trabajos de campo en el libro que se titula “Semáforo, las pelotas, boló…nos quieren hablar seres intraterrenos”. Cabe mencionar antes de continuar que este libro intentó ser comprado en sus derechos por Favio Zerpa quien sólo veía un negocio y no un interés cultural en sus páginas.
A modo de ejemplo transcribiremos algunos pasajes de “Semáforo, las pelotas, boló…nos quieren hablar seres intraterrenos”:

– Entrevista a la Doctora Estefania Lewis, vecina de discha esquina:
“…Paso todos los días, hace años por ese lugar, a veces más de tres o cuatro veces y siempre me pareció escuchar un chiflido que provenía de algunas casas de alrededor, pero me tomé el trabajo de bajarme y escuchar atentamente. Es un silbido que demanda nuestra atención, entre humano y de piche, proviene de las entrañas mismas de la tierra y surgen de la cabeza de ese semáforo, si se me permite la expresión…”

– Testimonio del Músico metalero, Rogelio Alonso:
“…Iba para la cancha de fútbol “Al Toque” y llevaba un sándwich de milanesa para comer al finalizar el partido, por la avenida, justo antes de doblar por Libertad, me agacho treinta segundos a atarme los cordones y dejo el morfi a mi lado en el suelo, cuando quiero levantarme el sándwich no estaba en su lugar, comencé a mirar hacia todos lados y la imagen me traumatiza hasta el día de hoy. El sándwich iba ingresando hacia el interior del semáforo como agarrado por pequeñas manitos parecidas a las nuestras, pero como si se tratara de gnomos de cuentos mapuches, y eso no es lo peor, sino que una vez fuera de la vista mi cena escuché claramente risas socarronas desde el subsuelo de la esquina y casi que podría asegurar unos cánticos que, entre caracajadas, arengaban la escasez de mayonesa entre los dos panes…”

– Testimonio del emblemático Periodista Hernan Ariel Mercère:
“…Mucho se habla en esta zona y bastante sabemos de la fama que rodea a la leyenda del Trauco, es así que aquella noche que regresaba caminando del baile de Palanka y vi esa billetera abultada con billetes verdes saliendo de su interior, dije para mis adentros, ni en pedo me agacho a levantarla…”

No vamos a detenernos en las decenas de voces de nuestros vecinos que siguen asegurando escuchar voces, ruidos de engranajes que se ponen en marcha durante la noche ni que decir de aquellos que aseguran haber visto seres espeluznantes cruzar la avenida, trepar el poste de hierro y sumergirse por el ojo amarillo hasta desaparecer, sabiendo que autoridades policiales descartaron categóricamente se tratara del Periodista deportivo Carlos Chavo Ortiz haciendo travesuras en sus ratos libres.
Asumirnos como una ciudad que se sube al tren del progreso turístico no nos debe obligar a exiliar de nuestra identidad cultural tallada, principalmente, por los pueblos originarios. Quizás las autoridades de obras públicas y tránsito de todos los gobiernos municipales que han pasado tengan un pacto secreto con estos habitantes que viven debajo de nuestra ciudad y hagan vista gorda a la existencia de este supuesto semáforo y ni que hablar de animarse siquiera a erradicarlo de dicha esquina. Pero eso si, quienes aun creemos en las energías de la naturaleza que se manifiestan de misteriosas maneras y tal vez abrevando en leyendas originarias que navegan la oralidad ancestral hasta estos días y sólo hay que tomarse el tiempo de oírlas, preferimos creer que en realidad ese poste con el parpadeo eterno y amarillo no es más que un faro, similar al de las costas marinas, conectado en sus raíces a una misteriosa ciudad subterránea en Esquel donde habitan seres mitológicos que han sido desplazados por el progreso y la escéptica ciencia hacia el olvido de las napas terrestres y en esos guiños amarillos debemos intentar buscar la clave, el secreto de unos códigos pertenecientes a una lengua aparentemente en extinción que quiere decirnos algo, quizás tan sabio que ni siquiera la educación occidental posea las herramientas para comprenderlo, pero que si permitimos descansar nuestro pensar y darle libertad, como la calle en cuestión nos insta, a nuestras creencias y romper estructuras preconcebidas, volveremos a comunicarnos con los seres que otrora habitaban el suelo patagónico en armonía con los pueblos que lo habitaban y, seguramente, rescataremos el sándwich de milanesa de Lito Rogelio Calfunao.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La ventana que llora una gota de sonrisa”

(Leyenda patagónica)

– Dedicado a Lucia Paredes & Familia –

Las paredes hablan y las ventanas nos susurran imágenes que dicen más que lo que las palabras quieren decir.
La arquitectura no es un mero conjunto de cálculos, proyecciones y conceptos artísticos plasmados en una obra, sino también la construcción de la identidad de los pueblos por sus habitantes. Así lo refleja esta breve historia que escuché contar a un albañil en la parada del colectivo del barrio Badén, en Esquel.
De profesión Albañil, Don Américo Catrimán trabajó desde muy jovencito en la construcción, principalmente de la mano del Maestro mayor de Obras, Walter Armando Cristiani. Juntos levantaron edificios de instituciones, hogares, monumentos de la localidad siempre con una fuerte impronta artística y moderna, tal vez con la intención que las fauces del tiempo no fagocitaran la historia escrita en los muros de Esquel, pero una obra particular es la que Don Catrimán siempre recuerda como si fuera el primer día. La casa y sobre todo la ventana de la esquina de Avenida Ameghino y Alberdi.
En las décadas que ya cayeron del almanaque, en el siglo XX, se encontraban Américo y Cristiani dirigiendo y colocando los primeros materiales encargados para realizar el diseño del proyecto de aquella vieja, pero tan actual casa cuando una mañana de otoño el Walter se acercó a Catrimán y le dijo en voz muy baja que algo misterioso sucedía con los planos, básicamente con un sector del mismo. Contó que había rediseñado decenas de veces la pared que daba a la calle Alberdi para que la ventana grande y rectangular encargada por los dueños quedara correctamente, pero que todos los días al reabrir los planos para continuar misteriosamente esos cálculos estaban cambiados y expresaban una forma no convencional para una ventana y sobre todo para una casa de un pueblo patagónico tradicional. Don Américo recordando historias orales de sus ancestros le contó a Cristiani que para los antiguos pobladores de estas tierras, las constelaciones son el reflejo, el trazo de la historia de las comunidades que escriben sus memorias en las obras creadas con amor por las manos del hombre y que éstas manifestaciones son tan misteriosas como diversas en sus traducciones edilicias. Recuerdo las palabras de mi abuelo, dijo Américo al respecto:

“…el adobe trabajado a mano es como la escritura de las estrellas y las lunas que nos quieren hablar del futuro que a veces está mudo de memoria y el presente sordo de amor, por eso querido nieto, cada vez que tus manos levanten un rancho, una obra, deja que tu intuición sea la que mande, el universo quiere enseñarte cosas más allá de las fronteras de los sentidos…”

No hizo falta más explicación para dar cierre a la discusión y finalizar la obra según lo planeado, salvo la ventana sobre la cual tuvieron que dar unos vericuetos explicativos a sus dueños a la hora de convencer a los propietarios del cambio en aquella pared, en esa ventana:

– Cristiani: Señora, esa ventana mira hacia los inicios del nacimiento de nuestro Esquel y esa lágrima que desciende suave es la melancolía de un pasado que se desvanece, pero que refleja al mismo tiempo el porvenir de una nueva ciudad.
– Catrimán: Nunca deje, querida señora, tanto usted como sus hijos de observar el paso del tiempo a través de ese ojo cristalino, seguramente encontrará en el respuestas a preguntas que vendrán.

Ambos argumentos sellaron la obra y la casa culminó en tiempo y forma. Pasaron años y en aquella esquina familias vieron nacer, desarrollarse, emigrar y volver a muchas generaciones. Alegrías de vida bañaron desde sus veredas cada ladrillo, como así también el viaje eterno de alguno de sus habitantes a temprana edad. Todo grabado en sus cimientos, todo trazado en las constelaciones, todo reflejado en sus enormes vidrios.
Aquella pérdida había hecho que no sólo sus habitantes, sino los chicos y chicas, muchos de nuestra ciudad perdieran un lugar para las travesuras, para las correrías, para esa mirada clara y cómplice que entre locuras y locuras regalaba una sonrisa, una carcajada de juventud que nos salva para siempre.
La casa a pesar de estar siempre intacta, fue destiñiéndose en su aura que empapaba la avenida, fue enrejando la tristeza en una memoria sin faro, hasta que una tarde primavera, Lula estaba tomando unos mates, mirando a través de aquel cristal con pena que justo en el instante que recibe un llamado a su celular. Se trataba de un escritor de Esquel, bastante insolvente por cierto, que le pedía un favor. Si era posible obtener unas fotografías de esa ventana en particular para poder realizar un texto al respecto. Lula accedió de manera inmediata ya que se encontraba frente a la misma. Previo a enviar las fotos por whatsapp, al levantar la mirada y observar por la ventana, comenzó a sentir que estaba realizando una tontería, algo que sonrojaría a cualquiera ¿A quien le puede interesar una ventana y todavía mas, que se puede escribir sobre algo tan simple? Y comenzó a reír, primero suavemente y luego a carcajadas casi volcando el mate, cuando de pronto entre risa y risa sobrevino el sonido de las carcajas de la niñez, correteando con su hermano al perro grande que custodiaba el lugar desde atrás de las rejas guardianas, le pareció sentir a muchas chicas y chicos jugando, cantando, preparando fiestas, pero sobre todo riendo al compás del director de orquestas de la alegría, su hermano.
La casa hoy ha recuperado el verde y el color. Lula y el escritor de poca monta no han hablado jamás del tema luego de aquella conversación telefónica. Ambos no conocen la historia de Walter Augusto Cristiani ni Don Américo Catrimán. No sabemos si el escritor finalmente trabajó sus líneas sobre la ventana, aunque si conocemos de buena fuente que a partir de aquella tarde de primavera Lula supo, sin saber que las constelaciones escriben las historias de los pueblos sobre sus muros y las reflejan a través de sus cristales, que la ventana no llora más de tristeza, llora sonrisas de juventud.
Las paredes hablan y las ventanas nos susurran imágenes que dicen más que lo que las palabras quieren decir.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Cultrumcheros, calamares anfibios de la Patagonia”

(Leyenda patagónica)

Sin especificar la calle ni altura de la misma ni el nombre de la calle, es evidente que las descripciones amateur que adelantaré arrojarán unas pistas convincentes del domicilio en Esquel donde aún se encuentran dos especímenes de cultrumcheros vivos.
La primera vez que supe de la existencia de estos animales patagónicos fue de niño, hace mucho tiempo, en 1985, andaba un mediodía en bicicleta por un tradicional barrio de la ciudad cuando dos turistas me paran en la calle para que les saque una foto con una antigua y típica casa de fondo. Al encuadrar a la pareja parada feliz en la vereda, dese el otro lado de la calle, por el ojo mecánico de la cámara fotográfica me pareció ver que uno de los dos arboles se inclinó sutilmente como mirando a los retratados por mi, me sobresalté y miré por fuera de la cámara y vi, casi imperceptiblemente, como el árbol en cuestión regresaba a su postura erguida anterior. No me salieron palabras, ni siquiera un de nada ante el agradecimiento de los turistas que ya iban a media cuadra de distancia cuando desde una ranura de la ventana de la casa de los arboles, entre cortina y cortina, me chista haciendo un ademán con la mano invitándome a pasar. Caminé con unos pasos tímidos y alertas entre los dos gigantes e ingresé a la casa donde una viejita, sonriendo tiernamente, me arrimó una silla para sentarme, me convidó un mate y me reveló un secreto milenario.
No se tratan de arboles, aunque para los biólogos, especialistas en flora los llaman a simple vista, coníferas u otros términos científicos. Se trata de los últimos Cultrumcheos vivos de los que se tienen noticia entre los originarios de la Patagonia. Los Cultrumcheos fueron una especie de calamares gigantes y anfibios que habitan el planeta, tanto en tierra como en el agua, desde hace millones de años, casi como naciendo con el agua misma. Estos seres poseen un tronco flaco y largo salpicado de muchos pequeños y cortitos tentáculos más una cabeza tupida cubierta de filamentos verdes con puntas en los cuales cada uno de ellos posee una gota compuesta por una sustancia natural que el mismo Cultrumchero elabora en su organismo. Dichas gotas al caer sobre la tierra provocan en la misma fertilidad por mil años, pero si cae en la piel de los mamíferos, inmediatamente ejerce una sensación de estado risueño, ternura y una conexión eterna con el entorno.
Cuentan tradiciones orales de los originarios nómadas que en cada cambio de estación estos pueblos realizaban fiestas en las montañas junto con los Cultrumcheros que sacudían sus cabezas festivas salpicando de gotas a todos los hombres y mujeres que bailaban a carcajadas limpias alrededor de una gran fogata, mientras entre risa y risa, besaban el suelo, bebían agua y agradecían al cosmos los frutos de la tierra, el agua de los ríos y la risa que purificaba los espíritus nobles de este rincón del mundo.
Lamentablemente, con la legada de los europeos, más la sangrienta conquista del desierto, no sólo diezmaron pueblos originarios en la Patagonia, sino que se dedicaron a extinguir, casi por completo, a los Cultrumcheros, ya que estos brutos adjudicaban a los calamares anfibios de la Patagonia propiedades diabólicas que sumergían a los seres humanos en la lujuria, el ocio, el pecado y los alejaba del progreso, según la mirada colonizadora.
Luego de la charla con la anciana sobrevino inmediatamente la imagen de los dos turistas a los cuales les saqué la foto y como mientras se iban, escuchaba sus carcajadas a la vez que tomados de la mano danzaban entre risa y risa alrededor de los arboles y plantas de esa cuadra como si se tratara de ritual de agradecimiento a la tierra, a la vida. Supe que el árbol, perdón, el Cultrumchero si se había inclinado sobre la pareja y seguramente alguna de sus gotas había regado sus cuerpos.
Ya en la vereda despidiéndome de la anciana, juramos un pacto secreto del cual varios esquelenses conocen y fortalecen. Una vez a la semana pasamos por esta casa de Esquel y, asegurándonos que nadie nos ve, danzamos junto los Cultrumcheros en clara señal de gratitud a la risa y a la tierra, rogando día a día que alguna vez tendremos descendencia de Cultrumcheros esparcidos por la ciudad, la región, hasta volver a poblar de estos míticos seres la Patagonia devolviéndole a esta esquina del universo una cósmica risa que fue desterrada violentamente por los conquistadores.
Y así fue, amigo mio, que aquel mediodía no fue un mediodía común y corriente, sino una apertura en el conocimiento y un nuevo compromiso vital con la historia y la cultura olvidada. Todo esto lo intentaba pensar razonablemente, pero una cascada de carcajadas y amor sobrevenían en mi repentinamente bajo la mirada seria y asustada de algunos transeúntes a quien no les podía contar que el guacho de uno de los Cultrumcheros acababa de salpicarme con una gota de su magia, una gota de savia mística de esos dos últimos calamares anfibios que habitan en Esquel.
Atrévase, vecino, arrímese a los Cultrumcheros junto a su familia y amigos con respeto y deje que una de esas lagrimas lo riegue de risas, de amor y dance sin temor ni prejuicio, la Mapu reirá con usted en mutuo agradecimiento.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La canilla invisible del último mojón de Esquel”

(Leyenda patagónica)

No es de vecino racional otorgarle facultades extraordinarias a la arquitectura de una ciudad, menos aun si ésta sostiene aun rasgos coloridos de un pueblo, pero de vez en cuando es menester hacerns cargo que en cada centímetro de cemento, cada ladrillo de hogar y cada madera de cerco tiene tatuado en sus átomos la historia o historias de quienes han plasmado sus vidas en los huesos de esos objetos.
No deslindaremos culpas a los trabajadores del INTA Esquel ni a los vecinos de esa cuadra de la calle Chacabuco por su indiferencia hacia ese anciano y enano monumento, sabemos que la lógica y la racionalidad han erosionado el ejercicio de la superstición restándole lugar a la imaginación y la magia en pos de los edificios altos con ascensores, cámaras vigilantes.
Quiero invitar, como lo compartió René Galindez conmigo, a que se arrimen al mojón de la Chacabuco, en frente del edificio del INTA Esquel y, disimuladamente (si son vergonzosos) o simplemente acercarse hasta el mojón, agacharse o arrodillarse como lo hacíamos en los añorados años de la infancia luego de un picadito en el potrero del barrio o para calmar la sed luego de jugar a las escondidas o a la mancha. El resultado será sorprendente y emocionante.
Aunque la canilla visiblemente ya no asoma el cogote del viejo monolito, absténgase de ese detalle y coloque su oído al lado del sitio donde habitaba el antiguo grifo, cierre los ojos e inmediatamente comenzará a oír como el murmullo de un arroyo, sepa usted que estará en presencia del fluir del agua de los recuerdos, líquido elemental de nuestro Esquel que a pesar del avance de las inmobiliarias hambrientas y de las calles pavimentando la rusticidad de la vida de antaño, brota invisible cargada de anécdotas color sepia, chimentos de casamientos, engaños y desengaños.
Recuerdo que la primera vez que coloque mi oreja a la altura de la canilla que no está, envalentonado por mi escepticismo militante, mientras René me miraba con actitud canchera desde la esquina como quien tiene la varita mágica atada al botín sacachispa, empecé a escuchar primero el delicado fluir del agua fría de nuestras montañas, posteriormente la voz de mi Abuelo que llegaba a la casa de mis padres con una pila de revistas semanales nuevas, me parecía ver la Muy Interesante, una Paturuzú y una Condorito. Debo admitir que las piernas me flaquearon de la emocíon, pero René cabeceó sin hablar como incitándome a volver a cerrar los ojos y seguir bebiendo recuerdos de la canilla invisible del último mojón de Esquel y ahí fue cuando escuché su voz, bien de niña, sexto grado ella en aquel momento y yo en séptimo, poniendo un papel de alfajor en mi mano que en su corazón decía “me gustás ¿queres ser mi novio?” y por fin comprendí.
El ultimo mojón de Esquel en la calle Chacabuco de Esquel protege una invisible canilla de las restauraciones de la Cooperativa 16 de Octubre, es que quizás los directivos y empleados de la empresa no han reparado en el valor incalculable que circula desde las napas de los recuerdos que han sedimentado bajo la tierra recogiendo de cada hogar, de cada institución, baldío y esquina de nuestra ciudad uno o más momentos de la vida de sus habitantes para que el agua sabia de las montañas las cumule en su romántico cauce y las deposite en la canilla invisible así aquellos que aún creen en la esperanza y el amor, puedan beber del néctar de la memoria que nos rejuvenece.
A esta altura serán dos o tres a lo sumo los lectores que siguen este relato, espero eso sí, que hagan el mínimo esfuerzo de comprobar por si mismos de que maravillosa manera operan los milagros en esta esquina de mi pueblo. En algunos días y horarios me podrán encontrar a mi sentado en la vereda de enfrente, en uno de los bordes del INTA Esquel, esperando a la nena de sexto grado de la Escuela Normal, ahora con algunas décadas encima, arrodillándose al borde del mojón esperando aquella respuesta que no pude darle, por timidez, en los años de secundaria, y gritarle desde la otra esquina “Si, quiero ser tu novio”.

* Dedicado a René Galindez, que con su sensibilidad artística me llamó la atención sobre este verdadero mojón en Esquel, tal vez el más viejo y último en pie.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El penal del Rengo Quintomán”

(Leyenda patagónica)

Si bien cada pueblo atesora sus propias historias, la que esboza Colan Conhué entre sus habitantes es, claramente, una de las que más ha influido en los ambientes del fútbol y de los claustros universitarios abocados a la física y demás ciencias duras.
Quien nos convoca en estas líneas es el Rengo Quintoman, nacido y criado en Colán Conhué, con tan sólo 26 años sustenta su vida con variopintos trabajos zonales tales como Alambrador, Domador, Puestero y Esquilador, pero no son estas las actividades que lo destacan, sino el fútbol.
La primera vez que oí su nombre fue hace dos diez años aproximadamente, cuando el Gordo Toledo, viajante vendedor de curitas y barritas de azufre. En un asado de fin de año, entre amigos, en la sobremesa y medio beodo contó:

“…Lo juro por mi vieja, boludo, yo entraba por la calle principal del pueblo como de costumbre y a cien metros veo, como casi en todos los lugares que recorro, unos tres o cuatro chicos jugando a la pelota en la calle. Uno atajaba entre dos maitenes y los otros dos probaban al arquero. De repente, ya cerca de los pichones, me dispongo a tocarles bocina anunciando mi proximidad con el vehículo cuando advierto que uno de los nenes estaba descalzo, de espalda al arquero y a unos metros de la pelota, entonces veo que da unos pasos rápidos hasta la redonda y le sacude un viandazo con efecto en dirección a la esquina. Si bien la pelota me pasa cerca de la camioneta y debido al efecto notable dobla en la ochava, esto no es lo destable, sino lo milagroso es que la pelota aparece por la otra esquina, como si hubiera dado la vuelta a la manzana, y llega a hasta donde estaban los pibes donde uno de ellos cabecea el misterioso centro y la manda contra uno de los maitenes y de éste hacia el interior del imaginario arco.
Detuve mi camioneta. Bajé. Miré a los chicos con algo de sorpresa y miedo y le pregunté al chico descalzo ¿qué fue eso? Y el dibujando firuletes en la tierra de la calle con el dedo gordo me contesta, un centro a la cabeza y gol de Tito…”

El asado siguió su rumbo normal, pero esa historia quedó revoloteando en mi azotea.
Tal es así que, algunos años más tarde en virtud de un viaje para filmar una road movie documental sobre poblaciones de la Patagonia profunda, la historia, aquel centro tirado a la cabeza alrededor de la manzana del pueblo volvió a mi como un silbato de referí sonando en el oído a las cuatro de la mañana.
Decidí destinar una tarde de mi trabajo a buscar al niño descalzo para ver si realmente existía y de paso sumarlo a mi documental.
Tenía sólo tres horas destinadas a Colán Conhué dentro del tiempo destinado al documental, así que aproveché cada segundo. Casi como una búsqueda del tesoro decidí averiguar y preguntar en cada uno de los puntos clave. Municipalidad, parroquia, Almacenes y vecinos conocidos del lugar. Fue el Sacerdote de la pequeña iglesia frente a la plaza quien me dijo:

“…apúrese, vaya a la cancha del club Las Bandurrias, el club del pueblo, están jugando ya la final entre Colan Conhué contra Gan Gan y ahí va a poder ver al mejor jugador del mundo, el Rengo Quintoman, un milagro deportivo de la meseta patagónica. Acérquese rápido a la cancha, que dios lo acompañe, que dios lo acompañe, adiós…”.

Mientras el curita terminaba de hablar, arranqué el auto y salí rajando para Las Bandurrias.
Quedaba la cancha ubicada en las afueras del pueblo. Con mucha tierra salpicada por manchones de pasto como islas que resisten al viento seco de esos lugares, la cancha estaba rodeada de álamos grandes que miraban hacia el rectángulo, al igual que los doscientos o trescientos asistentes al partido más importante de la zona. La final entre Gan Gan y Colán Conhué.
Logré ubicar el auto cerca del alambrado, entre unas enfervorizadas damas, seguramente madre de algunos jugadores, que recitaban un rosario de herejías y blasfemias dedicada a las partes intimas de las madres, abuelas de los árbitros. Ellas me dijeron que estaban empatando 2 a 2 y que faltaban dos minutos para finalizar el emotivo encuentro
Cuando acomodo mi cámara, se escucha el silbato y una mano que indica el punto a pasos del arco.
Penal para Colán Conhué.
Entonces, como un coro góspel un tanto precario, entonado por la mayor parte del público el lugar se inunda de la más maravillosa música que jamás había escuchado:

“Olé olé olé olé olá, soy de Quintomán, es un sentimiento, no puedo parar, olé olé…”

Y de repente, como una película épica, desde el medio de la cancha emprende heroico camino quien no merecía presentación. Ante la mirada de alivio de sus compañeros y la de resignación de sus adversarios, el Rengo Quintomán.
Descalzo.
Si, tal como la había descrito en el asado el Gordo Toledo, Quintomán estaba jugando descalzo. De unos 23 años aproximadamente, piel color greda fresca y un cabello negro como la pupila de las liebres y una modesta contextura, sus pasos firmes y calculados llegaron hasta la pelota, mientras el arquero de Colán Conhué disimulaba una lágrima de miedo que bajó por su mejilla hasta escabullirse entre la comisura del labio inferior mordido por el maxilar superior.
El Rengo acomoda la pelota en el punto penal. Silencio estampa en la cancha. Silencio estampa en la meseta. Retrocede seis pasos. Mira al arbitro y éste pita el silbato sabiendo que es la última jugada del encuentro. Quintomán hace unos pasitos cortos en el mismo lugar como calentando motores y sale disparado en esos seis pasos como un choike en celo hasta llegar a la pelota y es ahí cuando a tres dedos le mete un zapataso al balón que el cuero casi se descose.
Pero algo me produce una sensación de frustración ajena. La pelota pasa a unos tres metros del palo derecho y se pierde en vuelo al viento por detrás de unos álamos. Esto no fue lo más sorprendente, sino que en el estadio nadie dejó de mirar hacia el área de Gan Gan, incluso los jugadores seguían atento la mirada del arquero que miraba, como un loco que ve abejas en el aire hacia todos lados y a Quintomán fija su vista en los tres palos. Ante esa parálisis del tiempo y espacio quiero preguntarle a las señoras a mi lado qué sucedía y me instan amablemente a callarme recordándome también a mi madre, mi abuela y las mismas zonas geográficas del cuerpo de las progenitoras del arbitro.
Justo ahí, suena mi celular. Mi jefe que me grita mandándome de manera urgente a trasladarme a la cordillera ya que había un gran accidente que cubrir y debía hacerlo sin chistar ni perder tiempo ya que tenía, des allí, unas tres horas de viaje. Me subí al auto y me alejé de la cancha mirando por el espejo retrovisor y cabeceando hacia atrás tratando de entender ese cuadro misterioso, inerte, que seguía sin inmutarse luego de la pateada de aquel penal por el Rengo Quintomán.

Resumiré la historia para no cansarlos. Cubrí, cumpliendo con mi deber, con la cobertura del accidente encargado por mi jefe desde su mugrosa oficina olor a pucho barato.
Llegué a mi casa un día después y al levantarme temprano, aunque no había podido dormir por esa duda que me seguía desde Colán Conhué, antes de lavarme la cara y desayunar, fui a la cocina, tomé la guía busqué el número de teléfono de la iglesia de Colán Conhué y marqué con notable ansiedad. Luego de la cuarta campana, se escucha la voz que recordaba con claridad. Era el curita del pueblo:

– Iglesia de Colán Conhué, ¿con quien tengo el gusto de hablar?
– Buen día Padre, disculpe que lo moleste tan temprano, soy aquel fotógrafo que estuvo hace unos días en su pueblo en busca del Rengo Quintomán.
– Ah, hijo, claro que me acuerdo, ¿cómo anda usted?
– Bien, aunque quedé con una intriga que me carcome el sueño y la vigilia, Padre
– Digame.
– Quisiera saber cómo terminó la final entre Colán Conhué y Gan Gan

Fue así que el sacerdote describió lo sucedido. Magia diría yo. Misterio, según otros.
Luego del vuelo de la pelota por el costado del palo derecho y detrás de los álamos, al no tocar el piso la esférica, se considera aun en juego, todos esperaron con nervios la aparición del balón y al cabo de unos veinte segundos, por detrás de otra fila de álamos apareció el balón girando frenéticamente cual ovni, con un efecto endemoniado, ingresando por los aires al territorio de la cancha dirigiéndose hacia el arco enemigo incrustándose en el angulo superior izquierdo.
Golazo del Rengo Quintomán, dijo el curita, Colán Conhué campeón de la zona y ascenso al provincial que tanto ansiaba el Pueblo de Colán Conhué.
Juro que no vi en persona el gol aquel. Juro que no soy creyente ni lo seré. Sólo se que conocí, por escasos minutos al Rengo Quintomán y, aunque los medios de comunicación se han olvidado de la mística del juego de la pelota en los lugares alejados de las fauces de los negocios y no registre ya los goles milagrosos que antaño eran moneda corriente, solamente una certeza tengo en mi haber.
Ahora comprendo a qué se refiere mi América Latina cuando piensa en mundo en una pelota y grita desde las gradas de un estadio universal y mágico un canto que reza, “El fútbol es el juego sagrado”.

Dedicado a Claudio Campos, compañero de fútbol en las inferiores del Club San Martín de Esquel y autor del libro “Pelota al Piso” por apostar al fútbol y el arte, como fenómenos populares y complementarios.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Scon sagrado de Trevelin”

(Leyenda patagónica)

Mientras tomo mate acompañado por un par de scons, quiero convidarles esta historia patagónica, sentado en mi casa de Esquel.
Cabe destacar, antes de continuar, que no existe documentación alguna sobre la existencia concreta del sujeto culinario en cuestión, sólo algunas tradiciones orales que aun pueden ser escuchadas entre los conocidos y amigos de ciertos Maestros panaderos.
En Trevelin, sus vecinos suelen contar entre dientes sobre algún cuñado, un amigo cierta ex novia que alguna vez mordieron el Scon sagrado; al parecer se trata de un scon particular, que aparece cada tanto como uno más de los clásicos productos gastronómicos de la región de amplio consumo entre los Galeses y descendientes de los mismos, pero que contiene propiedades ancestrales mágicas. No hay opiniones unánimes acerca de la materia prima de la cual está hecho el mencionado Scon ni que hechos motivan su repentina aparición en platos de casas de té, bolsas de pan de casas familiares y ciertos canastos de mimbres en las panaderías.
Quien muerde el Scon sagrado, inmediatamente sufre una transmutación mental (hay quienes aseguran que también física), por la cual pasa a ser inmediatamente un ciudadano de otro pueblo o ciudad de la región, como el ejemplo que escribió Enrique Evans en su libro de crónicas patagónicas “Abrojo en los cordones”, en el capítulo último llamado “El scon de mandinga”, donde en uno de los pasajes reza:

“…y de repente, mi suegra mordió el scon con la fuerza de un hipopótamo, entonces sin mediar tiempo mas, me miró a los ojos y me dijo – Muy rico, me llevo una bolsa para la familia en Gualjaina – siendo que mi suegra era nacida, criada en Trevelin y jamás había conocido Gualjaina y no poesía parentela alguna en dicha población de la meseta patagónica…”

A partir de ese bocado, la suegra de Enrique se fue a vivir a Gualjaina donde, según afirman ciertos parroquianos, lleva una digna vida como Docente; aunque otros aseguran que ese capítulo del libro, en realidad, es un lava culpas de Enrique por haber mandado engañada a su suegra a Gualjaina sin pasaje de regreso y ocultando durante décadas ese dato a los trevelinenses.
Lo extraño de los prodigios operados por este Scon sagrado es que las modificaciones demográficas entre parajes, ciudades y pueblos, aparentemente no produce ningún desbarajuste en los documentos de los respectivos registros civiles, salvo en un caso conocido como el testimonio “Payalef”, donde se recuerda a Nahuel Payalef sentado con su familia tomando un café con leche en Trevelin, cuando de repente dejó deslizar sin motivo aparente la frase “Ah no hay nada más rico que un buen café con leche en mi querido Colán Conhué”. También se sabe de muchos piratas y fiesteros casados que, de vuelta a sus hogares con la camisa desprendida, rush en el cuello y perfume de mujer en la ropa, gritan ante su mujer el horror de haber ingerido el misterioso Scon.
No ingresaré en los laberintos de los dogmas científicos para negar esta leyenda patagónica del Scon sagrado de Trevelin, sólo advertir sobre la cercana posibilidad por la cual pueden rozar los paladares trevelinenses en caso de cruzarse, mordiscón mediante, con el mencionado bocado típico de la localidad de Trevelin. Tal vez la modernidad y las nuevas tecnologías imprudentemente ocasionan trastornos de identidad en los pobladores que pierden su contacto real con su tierra por andar mucho tiempo interneteando por las redes, pero sinceramente esta ultima aseveración no convence a alguien tan racional como yo.
Gracias por prestar atención a estas palabras, es hora de publicarlo, cambiar el agua del mate y comer otro scon más desde aquí, de mi querido pueblo de Fofocahuel.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Don Ulises Barbosa”

(Leyenda patagonica)

En la ruta que va de Trevelin hacia Aldea Escolar, a mitad de camino existe un desvío. Es una huella humilde secundada por pastos bajos y retamas elegantes.
Enseguida, uno se topa con una tranquera petisa, hecha de esperanzas de grillos y anhelos de bichos bolita. Cuando uno la abre, las liebres danzan una clásica zamba, mientras señalan el camino que desemboca en la casa Don Ulises Barbosa.
Al llegar al lugar, hay que sacarse los zapatos y sentarse a tomar un té de rosa mosqueta en una silla de juncos jubilados, junto a Don Ulises.
Según cuentan las viejas crónicas de los exploradores patagonicos, Barbosa podía sentarse en la tierra y respirar entre las nubes.
Yo mismo llegué hasta ese lugar, no puedo asegurar que vi a Don Ulises Barbosa tan grande como las leyendas lo describen. No vi ningún gigante en aquel paraje. Pero si puedo asegurar una cosa, en su barba posaba un cóndor que dormitaba y esa barba condensaba un rocío que sólo las nubes saben esbozar.
En la ruta que va de Trevelin hacia Aldea Escolar, a mitad de camino existe un desvío. Es una huella humilde secundada por pastos bajos y retamas elegantes.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Malambo que se fue de mambo” F.A.L.O.

(Leyenda Patagónica)

Según rezan las viejas historias esgrimidas por los Urólogos Comunistas de Chubut, la leyenda indica que dos paisanos oriundos de la zona cordillerana de la provincia, se cree que del pueblo de Esquel, conocidos como Marcos Alejo​ y Calaverita Mateos habían fundado el grupo de danzas folclóricas Folclore Argentino Ligeramente Originario (F.A.L.O.), nombre complejo a la hora de generar convocatoria para quienes desearan aprender a bailar danzas típicas de nuestra tradición, sobre todo por el eslogan con el cual promovían sus actividades:

“Confía en el F.A.L.O. siempre firme y apoyando”

Luego de ser rechazados por institutos de danzas privados, escuelas públicas de tradición folclórica e incluso del mismo pueblo que los vio crecer, Calaverita y Marcos decidieron vengarse y se reclutaron durante cinco años, día y noche, en el Bar el 99 donde diseñaron una danza basada en el zapateo hijo del malambo, estilo zigzagueante siguiendo una imaginaria cinta de Moebius a la vez que se revolea en modo de hélice de helicóptero por sobre la cabeza, un pañuelo tejido con bigotes de piche tuerto.
Aprovechando uno de los cumpleaños de Esquel, precisamente en el desfile de las colectividades sobre la avenida principal, ambos danzarines del malambo vanguardista del F.A.L.O. decidieron irrumpir ante la tropa militar que desfilaba en el frente y comenzaron a zapatear misteriosamente ante los ojos sorprendidos de funcionarios y público en general, a la vez que comenzaron a revolear sus pañuelos, con la mala suerte que justo un chiflete de viento que bajó desde la Buitrera y se coló por la avenida, envalentonó a los pañuelos que comenzaron a girar a una velocidad más rápida que lo previsto por los malambeadores del F.A.L.O. que en lugar de aflojar a la danza, continuaron la coreografía basada en Moebius, mientras los asistentes comenzaron a observar que los pies de Marcos y Calaverita comenzaban a despegarse del suelo primero, para empezar a sobrevolar la cabeza de los militares y familias que no podían creer lo que observaban. El viento vigoroso no mermó su soplido sobre los pañuelos, mientras los integrantes del F.A.L.O. se iban haciendo cada vez más chiquitos en dirección al cerro hasta desaparecer por detrás del Cerro 21 para no volver a verlos nunca mas por estos pagos.
Si bien no hay filmaciones de aquella extraña danza y misteriosa desaparición, se conserva una vieja foto blanco y negro donde se puede ver a los fundadores de la danza del malambo que se fue de mambo. Precisamente, en ese mismo emplazamiento, autoridades municipales descubrieron una placa con el nombre de Marcos Alejo y Calaverita Mateos que los recuerda como:

“Siempre te recordamos F.A.L.O. firme junto al pueblo”

Calaverita Mateos (Esquel)
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