“Calle pena, barquito coraje”

– Dedicado a mi Abuelo, por regalarme los libros y la risa –

En Esquel, en el Barrio Estación, cerca del tanque de agua de la Cooperativa, existe una calle. Mejor dicho, un pasaje sin nombre. Su extensión oscila entre los cien y los doscientos metros dependiendo de la temperatura ambiente.
El Pasaje tiene una inclinación, una pendiente que desemboca en una gran avenida. A los pies de los cordones constantemente circulan dos hilos de agua. Uno por cada cordón. El agua aparentemente es salada y no se debe a ninguna perdida ni desagote.
Las breves corrientes son en realidad, las lagrimas de los hijos y nietos que no alcanzaron a conocer o a despedir a sus padres y abuelos fallecidos.
En las tardes de sol o de lluvia, los niños de Esquel tienen permiso para subir solos hasta el barrio Estación, caminar hacia arriba el pasaje sin nombre. Una vez arriba, escriben una carta para el abuelo o padre que no tuvieron la gracia de conocer. Les cuentan los nombres de los compañeritos de escuela, las travesuras en los baldíos de sus respectivos barrios, los goles convertidos el fin de semana pasado y los primeros amores que nacen ya.
Con la misma construyen improvisados y simpáticos barquitos de papel y los depositan en los hilos de agua salada al borde de ambos cordones.
Los barquitos navegan hasta desembocar en la gran Avenida, cerca del tanque, y se pierden en alocado descenso sobre la superficie del río de lagrimas que pretenden hablar a los seres queridos que ya no están.
Gracias a esta calle, los niños de Esquel no lloran en vano.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Roberto Müller”


Primera parte de la charla con Roberto Müller en la biblioteca personal de su casa sobre la historia de su vida, su llegada a la Patagonia y anécdotas como así también la creación de la tradicional Casa de Esquel.
Realizada junto a Andrés Campos para www.calaveralma.com.ar – Noticias de Esquel – Página Oficial y Radio Nacional Esquel.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Los biocubilimbicos”

– Leyenda patagónica –

Según una leyenda muy difundida entre los canillitas y vendedores de diarios de la patagonia, los biocubilimbicos son una especie de fantasmitas que habitan nuestro planeta, tienen forma de humanos, están siempre desnudos, son grises, viven patas para arriba suspendidos a la altura de de la cabeza de las personas que caminan en las veredas, también se dice que siempre tienen los ojos cerrados ya que constantemente sueñan con un planeta donde existen unos seres parecidos a los biocubilimbicos, que están siempre vestidos, son de colores diversos, viven patas para arriba suspendidos a la altura de de la cabeza de los biocubilimbicos, que caminan en las veredas, también se dice que siempre tienen los ojos abiertos ya que constantemente sueñan con un planeta donde existen unos seres parecidos a los biocubilimbicos.
Los canillitas y vendedores de diarios de la patagonia viven en eterna duda ya que no saben si ellos y sus clientes son personas o los mismísimos biocubilimbicos.

* Basado en un dibujo del maestro Troche

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Casa de Esquel”

– Dedicado a Roberto Müller y su histórico local –

Te vas yendo, nomás, amarilla nostalgia, como se van las páginas de esos libros que nos observaban tímidos desde tus adentros, si hasta las heladas parecen más frías en esa céntrica vereda.
En un remolino de recuerdo e identidades se enredan los mates con los cueros, los lazos trenzados enlazan aromas de dulces y chocolates con sabor a patagonia, las lanas bravías cruzando la labor de artesanas que abrigaron a nuestros abuelos y cobijarán nuestros recuerdos, y los vidrios que siempre ejercieron el oficio de las pupilas culturales de un rincón del mundo tratando de contarle al de afuera y al de adentro esas cosas nuestras.
Te vas yendo, nomás, si me habré detenido miles de veces ante vos, como llamado por un silbido silencioso que me convidaba a ir y venir una y otra vez entre la vereda y la galería como aquel chiquilín de bachín que, hasta me animo a jurar que sus objetos a la venta (por así decirlo) se movían con vida propia cual Toy Story criollo cuando uno descuidaba la vista.
Aunque suene a tristeza, sólo será añoranza, en el futuro cuando les diga a mis nietos al pasar cerca de la esquina de 25 y Ameghino “No hay como negocio aquel, querida Casa de Esquel”.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Raimundo Armando Cartagenas y el Cyranito esquelense”

– Leyenda Patagónica –

En Esquel, en los primeros años de la explosión de Internet y los correos electrónicos, existió un hombre con un oficio. Cartero.
Raimundo Armando Cartagenas era su nombre.
Advirtió con una futura melancolía que la carta manuscrita iba a ceder frente al avance impúdico del correo electrónico.
Pasaban los días y el bolso que albergaba las cartas cada vez pesaba menos. Las computadoras y las conexiones a Internet se incrementaron llamativamente. Cartagenas apeló a una incomoda, peso necesaria decisión si es que quería mantener el trabajo que había heredado de su abuelo a su padre y de éste a sus manos.
Cada mañana al salir del trabajo, escondía en el interior del bolso de los sobres a repartir a su hijo, Matias Anibal Cartagenas, a quien había adiestrado en el uso y técnicas de las artes, especialmente la pintura y las letras.
El niño, mientas caminaban por las calles de Esquel aprovechaba la penumbra que lo albergaba para abrir los sobres, leía las cartas y las adornaba con dibujos memorables. Además, sin perder el sentido original del texto del destinatario, el niño apelaba a su creatividad Shackespereana para meter bisturí en el asunto.
Así, de este modo, cartas de novios abandonados que se arrastraban espantosamente para pedir disculpas a su amada, llegaban a ésta (luego del trabajo de Matias), convertidas en obras literarias que producían en la despechada el retorno a su novio en llantos de emoción y amor.
También metía la mano en cartas de solicitudes laborales que, al ser recibidas por los patrones o dueños de comercios y estancias, estos en realidad recibían pinturas de paisajes cordilleranos realizados a lápiz negro y pedidos de laburos que rozaban las complejidades universales de la imaginación Borgeana. Los jefes sucumbían inmediatamente no solo llamando al desempleado, sino, en muchas ocasiones, nombrándolo subgerente o subdirector inmediatamente.
Así pasaron los años, el E-mail siguió progresando vertiginosamente y la correspondencia en el resto del mundo se desinfló prácticamente hasta desaparecer en algunos casos.
Pero en Esquel y alrededores, aunque utilizamos asiduamente el correo electrónico, aun somos devotos de la carta manuscrita. Esa que lleva el aroma de la tinta y el papel.
No hemos perdido el gesto de sorpresa al recibir un sobre, leer el remitente, cortar uno de los extremos del sobre y extraer el contenido esperando ser favorecidos con las destrezas de Matias Anibal Cartagenas.
Raimundo Armando Cartagenas se jubiló. Vive en una casa del Barrio Don Bosco. Según cuentan rechazó ofertas laborales de Bill Gates y Steve Jobs para mejorar la calidad artística de los correos electrónicos y mensajes de textos, pero Don Cartagenas se resistió estoicamente.
Cartagenas juniors, sigue hoy en día con el oficio de su padre e imparte clases en la cátedra de “Mejoramiento sustancial de la correspondencia” en la universidad Conches Upico.
Algunos aseguran que en realidad esta es una leyenda, un mito urbano, pero seguramente lo dicen de puro envidiosos por no haber sido beneficiados con alguna de las obras de los Cartagenas.
Si usted es un escéptico, ya es hora que tenga fe en estas palabras. Y si no me cree, le juro que esto que está leyendo es en un principio una invitación para un te bingo organizado por las Amas de casa divorciadas del Club Independiente. Realmente no se que en que se transformará al llegar a su mano. Qué estará usted leyendo, el original de mi puño y letra o la obra maestra de Cartagenas.
Por las dudas no tire este texto a la papelera de reciclaje. Guárdelo, estimado lector. Sus nietos e historiadores se lo agradecerán.
Aparentemente, Matias Anibal Cartagenas ha trasladado su labor al mundo de Internet, también.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Poco ruido y muchas nueces”

– Leyenda Patagónica –

En el lago Rosario, provincia de Chubut, existe una pequeña isla. Los lugareños sostienen que en el interior de la misma habita un árbol, precisamente un nogal.
Algunos pescadores embarcados suelen llegar hasta sus orillas para dejar ofrendas, ya que las tradiciones orales le adjudican al árbol la propiedad de la fertilidad, del nacimiento y la vida.
Cuenta un cronista ingles que cierto día llegó al poblado un científico canadiense. Su labor alrededor del mundo era desnudar la mentira oculta detrás de los mitos del origen de la vida en distintas culturas, por ejemplo la del repollo en Hungría, la de la cigüeña en Tanzania y la del zapallo en Estados Unidos.
Pero en el lago Rosario culminó su blasfemo oficio.
Una noche de noviembre, en luna llena, desembarcó en la isla, solo, justo cuando un lugareño huía en un bote viejo luego de dejar unas verduras, una damajuana de vino y una foto de una mujer, aparentemente su esposa.
Llegó con un hacha y diversos objetos tecnológicos para documentar el fraude.
Una vez frente al Nogal, antes de bajar la planta, decidió tomar y degustar una nuez. Pero al partirla al medio, su vida ya no seria la misma.
Según el cronista, el científico encontró en el interior de la nuez dos seres pequeñísimos entregados al frenesí del amor.
Esa noche, en el Pueblo hubo fiesta. Un poblador recibió la noticia del embarazo de su amada.
En la actualidad, el científico viaja al rededor del mundo, cual juglar, contando historias de cigüeñas, repollos y zapallos, a públicos desprevenidos y escasos, mientras cada noche de luna llena, levanta su copa de licor de nuez por cada una de las nuevas viditas que ingresan en este universo.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Borges olvidó el Aleph en la Española”

– Leyenda patagónica – (Dedicado a René Galindez)

No es mi intención ahondar sobre el Aleph de Borges ni explicarlo tampoco ya que es bastante conocido entre los que gustan de las ciencias y la literatura el cuento del escritor argentino sobre un punto ubicado en un lugar estratégico del sótano de una cosa que, al ser mirado desde una determinada posición, uno puede ver el pasado, presente y futuro de todas las cosas vivas y aquellas que no, los pensamientos de todos los seres que habitaron, habitan y habitarán, es decir el Aleph contiene al universo mismo.
Lo curioso aquí es un dato nuevo que arroja mística al mito de Borges y nos lleva a pensar que el Aleph no sólo fue un maravilloso cuento, sino la verdad misma y el mismo estaría en nuestro pueblo, más precisamente en el club de la Española.
Así lo expresa un párrafo en la primera edición el libro del Licenciado en filosofía, Ricardo Tomas Cismondi “El whisky es de flojos, yo banco al fernet”, que en el capítulo once llamado “No me jodan, el viernes morfo lo que cocina el Gordo Silva”, dice lo siguiente:

“…lo juro por el cura, Ricardo Carbonell, esa tarde yo llegaba a la Española más temprano que lo de costumbre, estaba cerrado, pero me sorprendió ver que desde una de las ventanas de la cancha de tenis salía con mucho esfuerzo un viejito vestido formalmente que se parecía a Jorge Luis Borges, y cuando quise acercarme a corroborarlo el anciano tanteando a ciegas la manija de un auto negro, vidrios oscuros, al cual se subió en el asiento trasero y salió rápidamente por la calle Mitre hasta la Ameghino y desde ahí en dirección a la salida de Esquel…”
Tanto en las peñas folclóricas como en las clases de Biología de la escuela Normal, Daniel Martinez y Andrés Osvaldo Maya, respectivamente, comentaban la leyenda que Borges había estado en Esquel, más precisamente en la Española. Algunos le adjudicaban al Viejito Ortiz el conocimiento de aquella misteriosa visita a Esquel a la cual le agregó (según se conocen rumores), un condimento más picante diciendo que Borges vino a esconder el verdadero Aleph a la Patagonia y que se encontraría dentro del trinquete Hipólito Galán de la Española y que sólo podía ser visto si uno marcaba una reja (tanto particular de este deporte) y lo observaba desde un punto determinado de la cancha. Es mas, en un partido de truco que jugaban en bufet del club, Mauricio Molina, Facundo Demian Gómez, Felix Baliente y Caviglia Guille, se deslizó una anécdota grabada por el Periodista, Andrés Campos, que podría certificar la sapiencia del viejto Ortiz quien aparentemente habría trasladado ese conocimiento a su hijo, Omar Ortiz. Fue en un partido entre Alejandro Arjona, Jorge Enrique Saadi, Pilo Jenkins y Jonás Merino donde este último pegó un paletazo muy fuerte que dio en la pared derecha, luego en el frontón, piso y casi en la reja escuchándose un grito del árbitro, Omar Ortiz:

“…uy, boló!!…casi hacés mierda el Aleph…”

Cosa que pasó desapercibida en aquel momento, pero que quedó sobrevolando las mentes inquietas como un hecho que deambulaba entre la fantasía y la realidad.
Pero hace unos días ocurrió lo que alguna vez debía ocurrir. Dos jugadores confesaron haber visto el Aleph en la mismísima pelotita de pelota a paleta en un campeonato oficial del club. Una foto tomada por los hermanos Ryan y Axel Lloyd da cuenta de ello.
El juez del encuentro era Ricardo de Oro, los equipos que se enfrentaban estaban conformados por los contrincantes Randal Nicolas Williams / René Galindez versus Gustavo Gustavo Fernando Mateos / Calaverita Mateos.
Promediando el encuentro de los pelotaris, desplegando su juego zen, René pega un paletazo con módica fuerza, pero eficaz dirección, dando la famosa calesita que va desde la pared derecha, pegando arriba de la franja de chapa naranja hacia la reja que divide el trinquete de los espectadores. Calaverita realizó un esfuerzo titánico para alcanzar a detener la reja (el tanto), pero fue en vano ya que en el trayecto lo pasó a llevar a a René estrolándose ambos contra el suelo cerca del frontón, pero al mirar desde el suelo hacia el sitio donde está el público quedaron inmóviles y con los rostros desencajados sin quitar la vista de la reja ni levantarse del suelo y desoyendo los gritos de los jugadores, arbitro y espectadores ansiosos para continuar el desafío que nunca concluyó, ya que tanto René como Calaverita fueron lentamente hasta la reja, como hipnotizados, tomaron la pelotita que había quedado curiosamente atrapada entre dos fierritos de la reja, la quitaron de ahí y se trasladaron cual zombies (sin quitarle la mirada a la pelotita), entre puteadas generalizadas, hacia afuera de la cancha hasta sentarse ambos frente a frente a la esfera de goma con cara de haber visto al mismísimo dios. Se quedaron así hasta la medianoche sin esgrimir palabra alguna hasta que Pablo Garayo dijo llamen a una ambulancia, Tato Jenkins recordó la historia de Omar Ortiz y la relacionó con este difícil momento y Roberto Daniel Colinecul selló aquella noche misteriosa con una frase que es la que quedó en la historia oficial del club y del pueblo, pero que quizás oculte un hecho que develaría la incógnita de la visita de Borges y la existencia empírica del Aleph. Dijo el Dodtor Colinecul:

“Dejenló a esos loco e mierda si le patinan los discos de freno a los concha su pico”

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Pol Macarne”

(El famoso Beatle es patagónico y nació en Esquel)

Tras años de investigación y luego de sortear espionaje de los servicios secretos londinenses y norteamericanos, la antigua agrupación B.I.T.L.E.S. conformada por los ex músicos y actuales agentes secretos, Nacho Tascon, Roberto Raúl Campos, Rudy Murua y Rei Sciorra, logró filtrar importante documentación más fotografía custodiada fuertemente durante décadas por parte de los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra a través del cual los mismos dan cuenta fehacientemente del verdadero origen del famoso cuarteto de Liverpool. Entre varios, estos son algunos de los documentos que comenzamos a hacer públicos:

* Documento desclasificado N°1:

“…Y fue un chileno el Sordo Juan C Chupete Sandoval que una noche viendo el partido de fútbol entre river y boca le preguntaron de donde eran esos cuatro atorrantes que hacían ruido (música) en el boliche La Barraca, a lo cual el Sordo creía que le preguntaban sobre los contrincantes y contestó: son de Libel, po. y los parroquianos creyeron escuchar Liverpool…”

De este modo la leyenda comenzaba a nacer en la creencia popular que estos melenudos provenían de la ciudad de Inglaterra.

* Documento desclasificado N°2:

“…En la misma noche, luego del partido y de la zapada musical, los cuatro aprendices de músicos se sentaron en una de las mesas del boliche a cenar, todos pidieron una picada de queso, pero Nacho pidió carne. Luego en la cena todos pidieron fideos con salsa, pero Nacho pidió más carne. Para el postre sus amigos pidieron helado, pero Nacho volvió a pedir más carne. Ante la sorpresa del Sordo Sandoval, por tanto pedido de mas carne dijo ante los parroquianos que esté lo único que hace es pedir “ma carne, po”, que al ser oído por los habitúes del boliche creyeron escuchar el nombre del señor como Macarne Pol, o mejor dicho Pol Macarne…”

Luego de algunos meses, el apodado Pol macarne abandonó la ronda del boliche con sus cuatro amigos músicos conocida en Esquel como los B.I.T.L.E.S. (Bolós Intelectuales Temerosos del Laburo de Esquel Somos), comenzó con la fabricación de latitas para pesca cuya venta lo llevó a exportar a Londres donde era furor entre los pescadores del Támesis. Pol Macarne vio la beta económica y se mudó a Gran Bretaña donde colocó la fabrica de latitas para pesca “Chu, Vieja” convirtiéndolo en el millonario más famoso del viejo continente hasta que un día en una ronda de negocios alguien le sustrajo un viejo casette TDK con temas de los B.I.T.L.E.S. y plagiando el nombre del compositor esquelense como Paul MacCartney, éste reclutó tres músicos de los antros londinenses y comenzaron una carrera musical como los Beatles que los llevó a la gloria mundial.

* Documento desclasificado N°3:

“…El casette de los BITLES se titulaba (Sargento Pedro en la lona de jeta y culo van) y algunos de sus temas fueron:
1) Che llovió, uh.
2) Es tarde ey.
3) Jarra de day, Nain.
4) A Leti vi.

Defendiendo la identidad de la Patagonia y sobre todo a su amado pueblo de Esquel, Nacho Tascon,conocido en nuestro pueblo como Pol Macarne decidió regresar a Esquel y reclutar a los fabulosos cuatro y conformar nuevamente los B.I.T.L.E.S. que mediante un operativo épico birlaron las embajadas imperiales y recuperaron la documentación que certifica que los Beatles en realidad fueron los BITLES y que Paul MacCarteney en realidad se llamó Pol Macarne y desde ahora en mas, Esquel será conocida como la capital de la banda más popular de la historia de la humanidad y como si esto no fuera poco todos sabemos que una imagen vale más que mil palabras, dejando de esta manera y a su disposición el documento fotográfico más impresionante de los últimos 100 años, la evidencia concreta de que el rostro de Pol Macarne fue plagiado por un pirata inglés en sus años mozos.

* Según algunos pobladores de la Patagonia hay una leyenda que cuenta que un señor de flequillos vestido de Guardapesca anda controlando a los pescadores furtivos, mientras navega sigiloso las aguas de los ríos y lagos de la patagonia en un misterioso submarino amarillo.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La plaza de los recuerdos”

(Leyenda patagónica)

Aunque los arquitectos, urbanistas, ingenieros y odontòlogos marxistas no han logrado confirmar su empírica existencia, todos en Esquel sabemos que existe o al menos un abuelo, algún tío de amigo nos contó de su existencia.
En el Barrio Ceferino de Esquel existe una plaza diminuta. Unos hablan de de cuatro metros cuadrados, sin embargo algunos tuertos dicen que no mide más de metro y medio. Lo significativo de este espacio recreativo es que cuenta con un solo juego y su emplazamiento varía de acuerdo a la luz del sol, la migración de las bandurrias y el precio del arroz integral. Motivos los nombrados que dificultan una tranquila búsqueda.
Los vecinos más viejos del Ceferino dicen que el columpio es modesto. Construido con madera de alerce y en lugar de cadenas posee hilos fuertes trenzados hechos de fibra de achicoria.
Los libros de historia ningunean la plaza y su columpio, pero quienes defienden el valor ético de la tradición oral, afirman que este juego recreativo aparece siempre frente a los ojos de quienes han olvidado un recuerdo.
El parroquiano olvidadizo suele sentarse en el columpio hamacándose suavemente para ser ayudado enseguida por un viento prudente de la patagonia, que lo empuja hasta una altura tal en concordancia con las latitudes y longitudes ocultas produciendo el ingreso a una dimensión paralela en la cual, una sonriente mara patagonica, recibe a los forasteros del otro plano existencial.
La liebre con lentes y sombrero elegante da la bienvenida a los ludicos buscadores de recuerdos perdidos. Mediante una parla propia de las maras patagonicas conduce al recién llegado hasta una biblioteca diminuta ubicada en el interior de una grosella. Ésta contiene en sus entrañas los recuerdos de todos los humanos ordenados por orden alfabético de atrás para adelante.
Una vez que el forastero dimensional, una vez que recupera su recuerdo, debe dejar una colaboración voluntaria afuera de la grosella, en una cajita. Generalmente, las donaciones son frambuesas, frutillas o caramelos de miel.
De regreso al columpio, el individuo emprenderá el trabajo inverso para volver a la dimensión correspondiente.
Si bien, los abogados, escribanos, profesores de geografías peronistas niegan la existencia de tal plaza y su columpio, un quinielero llamado Don Oscar Curuñanco, dice que este juego existe realmente. Se encuentra ubicado en la ochava de la retina de nuestros ojos y quienes aun no tienen vergüenza de reír y llorar cuando sobreviene un recuerdo, con sólo mover la pupila hacia esa esquina de nuestros ojos, produce la inmediata aparición de la plaza, y en el centro de la misma, el columpio de madera de alerce.

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“Rancho místico de adobe en Cajón de Ginebra Chico”

(Leyenda patagónica)

Tosió el motor de la camioneta Ford F100 su última lagrima de nafta justo al costado del cartel que convidaba el nombre Cajón de Ginebra Chico.
En 1930, la ruta era un largo río de ripio que tendía entre la nariz y la espalda del horizonte.
La sed ya era quien conducía la angustia y el hambre una soga al cuello, obligando al Doctor Armando Klimberg a buscar algo para comer y tomar en un esqueleto de rancho levantado a unos doscientos metros del camino. Una protuberancia perfecta y armónica que brotaba de la tierra en paja, bosta y barro, seguramente construida por nómadas comunidades originarias.
La proverbial ausencia de comida y agua, sumada a la debilidad física del Doctor, sumada a un corazón fatigado por insolentes operaciones realizadas en la urbe que, para ese momento, sólo era sombra de palomares de concreto. Los días de sol rasgaron la garganta y la piel, mientras la noche patagónica fagocitó hasta el último escalón de la esperanza de sobrevivir.
Finalmente, en el cuarto día, cuando el pensamiento y los corrales que estructuraban las décadas de ciencia habían dejado de manotazos de razón y lógica en un océano de nada y todo, las alucinaciones entraron a tallar firmes en las pupilas del Doctor Armando.
Sentado en suelo, con la espalda sobre la pared más heroica del rancho, entre el toldo de los parpados que eran vencidos por el peso de un cielo cercano, logró observar en el filo de una tímida lomada una simétrica formación de guanacos observándolo, mientras unos diez, tal vez quince o veinte choiques danzaban en circulo a unos pasos de sus pasos ya sin pasos. De entre el polvo levantado emergió una silueta de sombra y misterio que acercándose al Doctor, recobraba el ser de un anciano Mapuche con un rostro agrietado por el viento y la sabiduría.
El viejito, mientras los guanacos observaban y los choiques danzaban entre el sol y la cabeza de los neneos, se acercó hasta el Doctor Armando Klimberg, extendiendo su mano de barro sosteniendo un trozo de seca greda con una precaria forma de un ladrillo. Sin mover los labios, le dijo en perfecto silencio que colocara el pedazo de tierra y agua donde el su alma lograría equilibrar el ser que fue con aquella entidad que regresaba del futuro para serlo siendo en el presente desplegado hacia el infinito.
Entonces, su corazón abandonó el galopar y su respiración se confundió con el sonido mudo de la meseta, y justo al colocar el ladrillo de adobe en el espacio vacío de la pared gris greda por donde el horizonte se colaba junto al sol, pudo soportar la muerte o, mejor aún, el universo en sus manifestaciones pasado y futuro jugó a acomodar sus piezas como en un gigante rompecabezas sin referencias cardinales posibles o deseables.
Ser de seres parió sabiduría.

Calaverita Mateos (Esquel)
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