“La canilla invisible del último mojón de Esquel”

(Leyenda patagónica)

No es de vecino racional otorgarle facultades extraordinarias a la arquitectura de una ciudad, menos aun si ésta sostiene aun rasgos coloridos de un pueblo, pero de vez en cuando es menester hacerns cargo que en cada centímetro de cemento, cada ladrillo de hogar y cada madera de cerco tiene tatuado en sus átomos la historia o historias de quienes han plasmado sus vidas en los huesos de esos objetos.
No deslindaremos culpas a los trabajadores del INTA Esquel ni a los vecinos de esa cuadra de la calle Chacabuco por su indiferencia hacia ese anciano y enano monumento, sabemos que la lógica y la racionalidad han erosionado el ejercicio de la superstición restándole lugar a la imaginación y la magia en pos de los edificios altos con ascensores, cámaras vigilantes.
Quiero invitar, como lo compartió René Galindez conmigo, a que se arrimen al mojón de la Chacabuco, en frente del edificio del INTA Esquel y, disimuladamente (si son vergonzosos) o simplemente acercarse hasta el mojón, agacharse o arrodillarse como lo hacíamos en los añorados años de la infancia luego de un picadito en el potrero del barrio o para calmar la sed luego de jugar a las escondidas o a la mancha. El resultado será sorprendente y emocionante.
Aunque la canilla visiblemente ya no asoma el cogote del viejo monolito, absténgase de ese detalle y coloque su oído al lado del sitio donde habitaba el antiguo grifo, cierre los ojos e inmediatamente comenzará a oír como el murmullo de un arroyo, sepa usted que estará en presencia del fluir del agua de los recuerdos, líquido elemental de nuestro Esquel que a pesar del avance de las inmobiliarias hambrientas y de las calles pavimentando la rusticidad de la vida de antaño, brota invisible cargada de anécdotas color sepia, chimentos de casamientos, engaños y desengaños.
Recuerdo que la primera vez que coloque mi oreja a la altura de la canilla que no está, envalentonado por mi escepticismo militante, mientras René me miraba con actitud canchera desde la esquina como quien tiene la varita mágica atada al botín sacachispa, empecé a escuchar primero el delicado fluir del agua fría de nuestras montañas, posteriormente la voz de mi Abuelo que llegaba a la casa de mis padres con una pila de revistas semanales nuevas, me parecía ver la Muy Interesante, una Paturuzú y una Condorito. Debo admitir que las piernas me flaquearon de la emocíon, pero René cabeceó sin hablar como incitándome a volver a cerrar los ojos y seguir bebiendo recuerdos de la canilla invisible del último mojón de Esquel y ahí fue cuando escuché su voz, bien de niña, sexto grado ella en aquel momento y yo en séptimo, poniendo un papel de alfajor en mi mano que en su corazón decía “me gustás ¿queres ser mi novio?” y por fin comprendí.
El ultimo mojón de Esquel en la calle Chacabuco de Esquel protege una invisible canilla de las restauraciones de la Cooperativa 16 de Octubre, es que quizás los directivos y empleados de la empresa no han reparado en el valor incalculable que circula desde las napas de los recuerdos que han sedimentado bajo la tierra recogiendo de cada hogar, de cada institución, baldío y esquina de nuestra ciudad uno o más momentos de la vida de sus habitantes para que el agua sabia de las montañas las cumule en su romántico cauce y las deposite en la canilla invisible así aquellos que aún creen en la esperanza y el amor, puedan beber del néctar de la memoria que nos rejuvenece.
A esta altura serán dos o tres a lo sumo los lectores que siguen este relato, espero eso sí, que hagan el mínimo esfuerzo de comprobar por si mismos de que maravillosa manera operan los milagros en esta esquina de mi pueblo. En algunos días y horarios me podrán encontrar a mi sentado en la vereda de enfrente, en uno de los bordes del INTA Esquel, esperando a la nena de sexto grado de la Escuela Normal, ahora con algunas décadas encima, arrodillándose al borde del mojón esperando aquella respuesta que no pude darle, por timidez, en los años de secundaria, y gritarle desde la otra esquina “Si, quiero ser tu novio”.

* Dedicado a René Galindez, que con su sensibilidad artística me llamó la atención sobre este verdadero mojón en Esquel, tal vez el más viejo y último en pie.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El penal del Rengo Quintomán”

(Leyenda patagónica)

Si bien cada pueblo atesora sus propias historias, la que esboza Colan Conhué entre sus habitantes es, claramente, una de las que más ha influido en los ambientes del fútbol y de los claustros universitarios abocados a la física y demás ciencias duras.
Quien nos convoca en estas líneas es el Rengo Quintoman, nacido y criado en Colán Conhué, con tan sólo 26 años sustenta su vida con variopintos trabajos zonales tales como Alambrador, Domador, Puestero y Esquilador, pero no son estas las actividades que lo destacan, sino el fútbol.
La primera vez que oí su nombre fue hace dos diez años aproximadamente, cuando el Gordo Toledo, viajante vendedor de curitas y barritas de azufre. En un asado de fin de año, entre amigos, en la sobremesa y medio beodo contó:

“…Lo juro por mi vieja, boludo, yo entraba por la calle principal del pueblo como de costumbre y a cien metros veo, como casi en todos los lugares que recorro, unos tres o cuatro chicos jugando a la pelota en la calle. Uno atajaba entre dos maitenes y los otros dos probaban al arquero. De repente, ya cerca de los pichones, me dispongo a tocarles bocina anunciando mi proximidad con el vehículo cuando advierto que uno de los nenes estaba descalzo, de espalda al arquero y a unos metros de la pelota, entonces veo que da unos pasos rápidos hasta la redonda y le sacude un viandazo con efecto en dirección a la esquina. Si bien la pelota me pasa cerca de la camioneta y debido al efecto notable dobla en la ochava, esto no es lo destable, sino lo milagroso es que la pelota aparece por la otra esquina, como si hubiera dado la vuelta a la manzana, y llega a hasta donde estaban los pibes donde uno de ellos cabecea el misterioso centro y la manda contra uno de los maitenes y de éste hacia el interior del imaginario arco.
Detuve mi camioneta. Bajé. Miré a los chicos con algo de sorpresa y miedo y le pregunté al chico descalzo ¿qué fue eso? Y el dibujando firuletes en la tierra de la calle con el dedo gordo me contesta, un centro a la cabeza y gol de Tito…”

El asado siguió su rumbo normal, pero esa historia quedó revoloteando en mi azotea.
Tal es así que, algunos años más tarde en virtud de un viaje para filmar una road movie documental sobre poblaciones de la Patagonia profunda, la historia, aquel centro tirado a la cabeza alrededor de la manzana del pueblo volvió a mi como un silbato de referí sonando en el oído a las cuatro de la mañana.
Decidí destinar una tarde de mi trabajo a buscar al niño descalzo para ver si realmente existía y de paso sumarlo a mi documental.
Tenía sólo tres horas destinadas a Colán Conhué dentro del tiempo destinado al documental, así que aproveché cada segundo. Casi como una búsqueda del tesoro decidí averiguar y preguntar en cada uno de los puntos clave. Municipalidad, parroquia, Almacenes y vecinos conocidos del lugar. Fue el Sacerdote de la pequeña iglesia frente a la plaza quien me dijo:

“…apúrese, vaya a la cancha del club Las Bandurrias, el club del pueblo, están jugando ya la final entre Colan Conhué contra Gan Gan y ahí va a poder ver al mejor jugador del mundo, el Rengo Quintoman, un milagro deportivo de la meseta patagónica. Acérquese rápido a la cancha, que dios lo acompañe, que dios lo acompañe, adiós…”.

Mientras el curita terminaba de hablar, arranqué el auto y salí rajando para Las Bandurrias.
Quedaba la cancha ubicada en las afueras del pueblo. Con mucha tierra salpicada por manchones de pasto como islas que resisten al viento seco de esos lugares, la cancha estaba rodeada de álamos grandes que miraban hacia el rectángulo, al igual que los doscientos o trescientos asistentes al partido más importante de la zona. La final entre Gan Gan y Colán Conhué.
Logré ubicar el auto cerca del alambrado, entre unas enfervorizadas damas, seguramente madre de algunos jugadores, que recitaban un rosario de herejías y blasfemias dedicada a las partes intimas de las madres, abuelas de los árbitros. Ellas me dijeron que estaban empatando 2 a 2 y que faltaban dos minutos para finalizar el emotivo encuentro
Cuando acomodo mi cámara, se escucha el silbato y una mano que indica el punto a pasos del arco.
Penal para Colán Conhué.
Entonces, como un coro góspel un tanto precario, entonado por la mayor parte del público el lugar se inunda de la más maravillosa música que jamás había escuchado:

“Olé olé olé olé olá, soy de Quintomán, es un sentimiento, no puedo parar, olé olé…”

Y de repente, como una película épica, desde el medio de la cancha emprende heroico camino quien no merecía presentación. Ante la mirada de alivio de sus compañeros y la de resignación de sus adversarios, el Rengo Quintomán.
Descalzo.
Si, tal como la había descrito en el asado el Gordo Toledo, Quintomán estaba jugando descalzo. De unos 23 años aproximadamente, piel color greda fresca y un cabello negro como la pupila de las liebres y una modesta contextura, sus pasos firmes y calculados llegaron hasta la pelota, mientras el arquero de Colán Conhué disimulaba una lágrima de miedo que bajó por su mejilla hasta escabullirse entre la comisura del labio inferior mordido por el maxilar superior.
El Rengo acomoda la pelota en el punto penal. Silencio estampa en la cancha. Silencio estampa en la meseta. Retrocede seis pasos. Mira al arbitro y éste pita el silbato sabiendo que es la última jugada del encuentro. Quintomán hace unos pasitos cortos en el mismo lugar como calentando motores y sale disparado en esos seis pasos como un choike en celo hasta llegar a la pelota y es ahí cuando a tres dedos le mete un zapataso al balón que el cuero casi se descose.
Pero algo me produce una sensación de frustración ajena. La pelota pasa a unos tres metros del palo derecho y se pierde en vuelo al viento por detrás de unos álamos. Esto no fue lo más sorprendente, sino que en el estadio nadie dejó de mirar hacia el área de Gan Gan, incluso los jugadores seguían atento la mirada del arquero que miraba, como un loco que ve abejas en el aire hacia todos lados y a Quintomán fija su vista en los tres palos. Ante esa parálisis del tiempo y espacio quiero preguntarle a las señoras a mi lado qué sucedía y me instan amablemente a callarme recordándome también a mi madre, mi abuela y las mismas zonas geográficas del cuerpo de las progenitoras del arbitro.
Justo ahí, suena mi celular. Mi jefe que me grita mandándome de manera urgente a trasladarme a la cordillera ya que había un gran accidente que cubrir y debía hacerlo sin chistar ni perder tiempo ya que tenía, des allí, unas tres horas de viaje. Me subí al auto y me alejé de la cancha mirando por el espejo retrovisor y cabeceando hacia atrás tratando de entender ese cuadro misterioso, inerte, que seguía sin inmutarse luego de la pateada de aquel penal por el Rengo Quintomán.

Resumiré la historia para no cansarlos. Cubrí, cumpliendo con mi deber, con la cobertura del accidente encargado por mi jefe desde su mugrosa oficina olor a pucho barato.
Llegué a mi casa un día después y al levantarme temprano, aunque no había podido dormir por esa duda que me seguía desde Colán Conhué, antes de lavarme la cara y desayunar, fui a la cocina, tomé la guía busqué el número de teléfono de la iglesia de Colán Conhué y marqué con notable ansiedad. Luego de la cuarta campana, se escucha la voz que recordaba con claridad. Era el curita del pueblo:

– Iglesia de Colán Conhué, ¿con quien tengo el gusto de hablar?
– Buen día Padre, disculpe que lo moleste tan temprano, soy aquel fotógrafo que estuvo hace unos días en su pueblo en busca del Rengo Quintomán.
– Ah, hijo, claro que me acuerdo, ¿cómo anda usted?
– Bien, aunque quedé con una intriga que me carcome el sueño y la vigilia, Padre
– Digame.
– Quisiera saber cómo terminó la final entre Colán Conhué y Gan Gan

Fue así que el sacerdote describió lo sucedido. Magia diría yo. Misterio, según otros.
Luego del vuelo de la pelota por el costado del palo derecho y detrás de los álamos, al no tocar el piso la esférica, se considera aun en juego, todos esperaron con nervios la aparición del balón y al cabo de unos veinte segundos, por detrás de otra fila de álamos apareció el balón girando frenéticamente cual ovni, con un efecto endemoniado, ingresando por los aires al territorio de la cancha dirigiéndose hacia el arco enemigo incrustándose en el angulo superior izquierdo.
Golazo del Rengo Quintomán, dijo el curita, Colán Conhué campeón de la zona y ascenso al provincial que tanto ansiaba el Pueblo de Colán Conhué.
Juro que no vi en persona el gol aquel. Juro que no soy creyente ni lo seré. Sólo se que conocí, por escasos minutos al Rengo Quintomán y, aunque los medios de comunicación se han olvidado de la mística del juego de la pelota en los lugares alejados de las fauces de los negocios y no registre ya los goles milagrosos que antaño eran moneda corriente, solamente una certeza tengo en mi haber.
Ahora comprendo a qué se refiere mi América Latina cuando piensa en mundo en una pelota y grita desde las gradas de un estadio universal y mágico un canto que reza, “El fútbol es el juego sagrado”.

Dedicado a Claudio Campos, compañero de fútbol en las inferiores del Club San Martín de Esquel y autor del libro “Pelota al Piso” por apostar al fútbol y el arte, como fenómenos populares y complementarios.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Scon sagrado de Trevelin”

(Leyenda patagónica)

Mientras tomo mate acompañado por un par de scons, quiero convidarles esta historia patagónica, sentado en mi casa de Esquel.
Cabe destacar, antes de continuar, que no existe documentación alguna sobre la existencia concreta del sujeto culinario en cuestión, sólo algunas tradiciones orales que aun pueden ser escuchadas entre los conocidos y amigos de ciertos Maestros panaderos.
En Trevelin, sus vecinos suelen contar entre dientes sobre algún cuñado, un amigo cierta ex novia que alguna vez mordieron el Scon sagrado; al parecer se trata de un scon particular, que aparece cada tanto como uno más de los clásicos productos gastronómicos de la región de amplio consumo entre los Galeses y descendientes de los mismos, pero que contiene propiedades ancestrales mágicas. No hay opiniones unánimes acerca de la materia prima de la cual está hecho el mencionado Scon ni que hechos motivan su repentina aparición en platos de casas de té, bolsas de pan de casas familiares y ciertos canastos de mimbres en las panaderías.
Quien muerde el Scon sagrado, inmediatamente sufre una transmutación mental (hay quienes aseguran que también física), por la cual pasa a ser inmediatamente un ciudadano de otro pueblo o ciudad de la región, como el ejemplo que escribió Enrique Evans en su libro de crónicas patagónicas “Abrojo en los cordones”, en el capítulo último llamado “El scon de mandinga”, donde en uno de los pasajes reza:

“…y de repente, mi suegra mordió el scon con la fuerza de un hipopótamo, entonces sin mediar tiempo mas, me miró a los ojos y me dijo – Muy rico, me llevo una bolsa para la familia en Gualjaina – siendo que mi suegra era nacida, criada en Trevelin y jamás había conocido Gualjaina y no poesía parentela alguna en dicha población de la meseta patagónica…”

A partir de ese bocado, la suegra de Enrique se fue a vivir a Gualjaina donde, según afirman ciertos parroquianos, lleva una digna vida como Docente; aunque otros aseguran que ese capítulo del libro, en realidad, es un lava culpas de Enrique por haber mandado engañada a su suegra a Gualjaina sin pasaje de regreso y ocultando durante décadas ese dato a los trevelinenses.
Lo extraño de los prodigios operados por este Scon sagrado es que las modificaciones demográficas entre parajes, ciudades y pueblos, aparentemente no produce ningún desbarajuste en los documentos de los respectivos registros civiles, salvo en un caso conocido como el testimonio “Payalef”, donde se recuerda a Nahuel Payalef sentado con su familia tomando un café con leche en Trevelin, cuando de repente dejó deslizar sin motivo aparente la frase “Ah no hay nada más rico que un buen café con leche en mi querido Colán Conhué”. También se sabe de muchos piratas y fiesteros casados que, de vuelta a sus hogares con la camisa desprendida, rush en el cuello y perfume de mujer en la ropa, gritan ante su mujer el horror de haber ingerido el misterioso Scon.
No ingresaré en los laberintos de los dogmas científicos para negar esta leyenda patagónica del Scon sagrado de Trevelin, sólo advertir sobre la cercana posibilidad por la cual pueden rozar los paladares trevelinenses en caso de cruzarse, mordiscón mediante, con el mencionado bocado típico de la localidad de Trevelin. Tal vez la modernidad y las nuevas tecnologías imprudentemente ocasionan trastornos de identidad en los pobladores que pierden su contacto real con su tierra por andar mucho tiempo interneteando por las redes, pero sinceramente esta ultima aseveración no convence a alguien tan racional como yo.
Gracias por prestar atención a estas palabras, es hora de publicarlo, cambiar el agua del mate y comer otro scon más desde aquí, de mi querido pueblo de Fofocahuel.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Don Ulises Barbosa”

(Leyenda patagonica)

En la ruta que va de Trevelin hacia Aldea Escolar, a mitad de camino existe un desvío. Es una huella humilde secundada por pastos bajos y retamas elegantes.
Enseguida, uno se topa con una tranquera petisa, hecha de esperanzas de grillos y anhelos de bichos bolita. Cuando uno la abre, las liebres danzan una clásica zamba, mientras señalan el camino que desemboca en la casa Don Ulises Barbosa.
Al llegar al lugar, hay que sacarse los zapatos y sentarse a tomar un té de rosa mosqueta en una silla de juncos jubilados, junto a Don Ulises.
Según cuentan las viejas crónicas de los exploradores patagonicos, Barbosa podía sentarse en la tierra y respirar entre las nubes.
Yo mismo llegué hasta ese lugar, no puedo asegurar que vi a Don Ulises Barbosa tan grande como las leyendas lo describen. No vi ningún gigante en aquel paraje. Pero si puedo asegurar una cosa, en su barba posaba un cóndor que dormitaba y esa barba condensaba un rocío que sólo las nubes saben esbozar.
En la ruta que va de Trevelin hacia Aldea Escolar, a mitad de camino existe un desvío. Es una huella humilde secundada por pastos bajos y retamas elegantes.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Malambo que se fue de mambo” F.A.L.O.

(Leyenda Patagónica)

Según rezan las viejas historias esgrimidas por los Urólogos Comunistas de Chubut, la leyenda indica que dos paisanos oriundos de la zona cordillerana de la provincia, se cree que del pueblo de Esquel, conocidos como Marcos Alejo​ y Calaverita Mateos habían fundado el grupo de danzas folclóricas Folclore Argentino Ligeramente Originario (F.A.L.O.), nombre complejo a la hora de generar convocatoria para quienes desearan aprender a bailar danzas típicas de nuestra tradición, sobre todo por el eslogan con el cual promovían sus actividades:

“Confía en el F.A.L.O. siempre firme y apoyando”

Luego de ser rechazados por institutos de danzas privados, escuelas públicas de tradición folclórica e incluso del mismo pueblo que los vio crecer, Calaverita y Marcos decidieron vengarse y se reclutaron durante cinco años, día y noche, en el Bar el 99 donde diseñaron una danza basada en el zapateo hijo del malambo, estilo zigzagueante siguiendo una imaginaria cinta de Moebius a la vez que se revolea en modo de hélice de helicóptero por sobre la cabeza, un pañuelo tejido con bigotes de piche tuerto.
Aprovechando uno de los cumpleaños de Esquel, precisamente en el desfile de las colectividades sobre la avenida principal, ambos danzarines del malambo vanguardista del F.A.L.O. decidieron irrumpir ante la tropa militar que desfilaba en el frente y comenzaron a zapatear misteriosamente ante los ojos sorprendidos de funcionarios y público en general, a la vez que comenzaron a revolear sus pañuelos, con la mala suerte que justo un chiflete de viento que bajó desde la Buitrera y se coló por la avenida, envalentonó a los pañuelos que comenzaron a girar a una velocidad más rápida que lo previsto por los malambeadores del F.A.L.O. que en lugar de aflojar a la danza, continuaron la coreografía basada en Moebius, mientras los asistentes comenzaron a observar que los pies de Marcos y Calaverita comenzaban a despegarse del suelo primero, para empezar a sobrevolar la cabeza de los militares y familias que no podían creer lo que observaban. El viento vigoroso no mermó su soplido sobre los pañuelos, mientras los integrantes del F.A.L.O. se iban haciendo cada vez más chiquitos en dirección al cerro hasta desaparecer por detrás del Cerro 21 para no volver a verlos nunca mas por estos pagos.
Si bien no hay filmaciones de aquella extraña danza y misteriosa desaparición, se conserva una vieja foto blanco y negro donde se puede ver a los fundadores de la danza del malambo que se fue de mambo. Precisamente, en ese mismo emplazamiento, autoridades municipales descubrieron una placa con el nombre de Marcos Alejo y Calaverita Mateos que los recuerda como:

“Siempre te recordamos F.A.L.O. firme junto al pueblo”

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El misterioso barrio de Esquel”

(Leyenda patagónica)

Hay momentos en la vida donde uno debe ser valiente, poniendo sobre la mesa lo que se ha silenciado por miedo, cobardía o complicidad y este es el momento, al menos de mi parte. Debemos exigir saber quien estuvo detrás del diseño urbanístico de nuestra ciudad, sobre todo y específicamente, el sector ubicado entre las calles Perito Moreno/Hipolito yirigoyen y Avenida Alvear/ Avenida Ameghino.
La urbanización de una ciudad constituye uno de los rasgos primordiales para moldear la identidad de los habitantes que la componen, siendo su diseño una cuestión seria que no debe o no debería ser dejada en manos de improvisados.
Es aquí donde me detengo, amigo lector, para contarles una cosita muy extraña que sucede en Esquel, hecho comentado porla mayoría de sus conciudadanos en bares, pasillos de claustros escolares y universitarios, como asi también en charlas de mesas familiares, pero obviada sistemáticamente por los medios de comunicación y representantes políticos de todo el arco político. Preste atención.
Quienes son nacidos y criados (nyc) o aquellos que han decidido plantar sus alpargatas en esta localidad conocen el misterio. Para simplificar y no distraerme por las peatonales de efímeros simbolismos, seré breve, directo y conciso. El espacio urbano mencionado anteriormente está en constante mutación o movimiento.
Seamos sinceros, bien es sabido que las calles Darwin, Antártida Argentina, Molinari, Owen Jones, Pateur, comprendidas entre las avenidas antedichas constituyen un fenómeno paranormal hecho y derecho, sino remitámonos al libro del Agrimensor Carlos Oliver Evans que, en su libro “Calles de Esquel”, en la página 40287 Capítulo 278, escribe lo siguiente:

“…Cuando llegué a mi casa, al revisar los planos realizados horas antes, no coincidían con los datos trabajados la semana anterior, ergo, esta calles están embrujadas…”

Es harto conocido que cada vez que debemos atravesar aquel barrio tradicional de nuestra ciudad y sobre todo si debemos ir a una dirección determinada ubicada en aquella región geográfica, una gota de nerviosismo, un leve temor nos invade ya que no estamos seguro si llegaremos a buen puerto, pues la mecánica urbanística en aquel barrio produce movimientos de las calzadas, trueque entre las ubicaciones de las calles, cambios de nombre y numeración e incluso, como aseveran algunos turistas que han incursionado en esta zona, los carteles con los nombres de las calles en las esquinas suelen trasladarse e intercambiar posiciones.
Muchos afirman que se trata de una ilusión óptica de algunos debido a la ingesta desmedida de torta fritas amasadas con harina en mal estado, otros lo atribuyen a la magia negra y la Liga de Arquitectos Japoneses de Esquel firmaron un documento donde sentencian y, según ellos, establecen las pruebas fehacientes que todo es producto del establecimiento del barrio sobre el lomo de un volcán cuyos movimientos ubterraneos modifica el posicionamiento urbanístico de la zona.
Sin mas, creo que no tenemos que achicarnos ni sentirnos mal cada vez que debemos trasladarnos al interior de aquel rectángulo ciudadano de Esquel, sospechando que las direcciones, las numeraciones y hasta algunas casas, cambian de lugar o modifican sus nomenclaturas; es mas, me animo a decir que si somos inteligentes, dicho misterio de la arquitectura mística de Esquel puede ser aprovechada en pos de todos los vecinos desarrollando turísticamente el lugar en cuestión y dotar de valor agregado a este barrio e’ Mandinga.
Esto lo escribo sentado en mi auto, estacionado en la calle Owen Jones al 700, no, mejor dicho Pasteur a la misma dirección, perdón ahora veo que es Molinari; maldición, efectivamente estoy en el lugar embrujado.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El tiempo en Fofo Cahuel”

(Leyenda patagonica)

Sucedió en Fofocahuel, provincia de Chubut, hace unos años atrás, precisamente en la vieja tapera de Doña Edelmira Cañulef.
En la cocina de su casa, arriba de un viejo mueble que tiene varices en sus patas de madera, había un reloj heredado de su bisabuelo. Una noche fría de invierno y silencio, la aguja más grande del reloj de repente se detuvo, esperó a las otras, correspondientes a los segundos y a los minutos y les anunció que a partir de ese día emprenderían el camino inverso a su circular y rutinario recorrido.
Se cuenta que a partir de ese día, el reloj de Doña Cañulef, se dedicó a desandar la historia minuciosamente.
Desde la rebelión de las agujas, en Fofocahuel, el tiempo ya no es más tiempo. En Fofocahuel el tiempo es remanso, ayer y distancia.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La calle de los besos perdidos”


Lamentablemente, o no, quienes vivimos en Esquel no estamos autorizados a develar el nombre de la calle por razones de protección del patrimonio mágico de nuestro pueblo.
Se trata de una cuadra, sólo una cuadra entre las treinta que componen la calle citada que es de las más antiguas de por aquí. En ese tramo suceden los acontecimientos.
Quienes caminan esos cien metros por la vereda en sentido ascendente respecto de la numeración y aprovechan a besar ahí a sus novias, sellan para siempre su amor. En cambio, quienes bajan por la vereda e compañía de sus prometidas son abofeteados y abandonados sin explicación.
Loa enamorados que transitan por las veredas, uno por cada una, arrojándose besos paloma en señal de ternura, mantienen una relación estable, pero sin tanto compromiso, incluso algunos de ellos ocupan posiciones jerárquicas en el club swinger de la ciudad.
Algunos osados, tal vez valientes o quizás descuidados, cruzan esta cuadra por la mitad de la misma, es así que no sólo gambetean autos, sino que están destinados a andar siempre de trampas y en riesgo de ser abandonados por sus esposas.
Cabe destacar que los milagros operados en esta sección de las calles de Esquel suelen modificar e incluso invertir sus propiedades mágicas cuando la región se ve sacuduida por temblores hijos de fallas de las capas tectónicas, por ende no hay un registro formal que permita identificar fehacientemente en que dirección hay que transitar para obtener resultados amatorios deseados.
Antes de ayer, el investigador científico Dimitrio Eggman (El galenso como se lo conoce), osó desafiar la leyenda de la Calle de los besos perdidos y munido de su escepticismo prepotente se dedicó a ir y venir, atravesar la calle una y otra vez por mitad de cuadra e incluso caminar ambas veredas hacia atrás durante toda un día para desmontar el mito pueblerino.
El galenso Dimitrio está internado en el hospital a salvo, con lesiones graves producto de una golpiza propinada por una horda de mujeres de diversas edades reclamando su amor en algunos casos y enmendándole infidelidades varias en otros.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El amor de los ladrillos desteñidos”

(Leyenda patagónica)

* Dedicado a Hector Soae, quien a través de su mirada poética me convidó con una imagen suya a traer de tiempo atrás un texto sobre esta vieja casa de Esquel.

Aunque los turistas y adalides de la oferta y la demanda nos acusen de ciudadanos dejados o quedados, sabemos muy bien que es de buen vecino no molestar ni alterar la tranquilidad de la Casa.
El año pasado, grupo de Psicólogos Marxistas chilenos en conjunto con la Asociación de Oculistas Radicales de Venado Tuerto, establecieron, a través de un documento oficial, que la mayoría de los ciudadanos de Esquel poseen una desviación en la retina de los ojos ligada a la concavidad ocular que es afectada, principal y únicamente, al atravesar la calle Mitre, entre San Martín y Ameghino.
Esta malformación hace que al transitar por este tramo de la ciudad, la mirada de los esquelnses se torne oblicua y concurra en la dirección inversamente proporcional a la locación de una vieja casa de ladrillo que aun, a duras penas, sigue en pie al lado del supermercado la Torinesa.
Estos investigadores progresistas establecieron en esa falla de la morfología de los cordilleranos, es la que obstaculiza el avance de los prodigios de las modernas empresas inmobiliarias.
Pero ojo al piojo, estimados lectores. Aquel es sólo una cara de la moneda. Permitame ofrecerles un documento que contradice al anterior mencionado, perpetrado por la Agrupación de Vecinos en Defensa de la Torta Frita Esquelense:

“Repudiamos enérgicamente el documento de y las declaraciones viles vertidas en el por los supuestos eruditos chilenos y de Venado Tuerto.
Adiestrados éstos en la erudición occidental positivistas, han olvidado, tal vez adrede, que los sujetos y los objetos no necesariamente coexisten en planos separados.
Un ejemplo de lo expresado es, en este caso, esta Casa de ladrillo y su relación con nosotros.
Permitanme explicarles (quizás confesarles), que ese supuesto desvío en nuestra mirada que surge al pasar al lado de la mencionada locación, es, en si, un voluntarioso acto de libertad y afecto para con ella.
Sepan ustedes, que las historias de todos nuestros amores perdidos, todos nuestros amores correspondidos, pero caídos en el ocaso del tiempo, sumado a los recuerdos de los besos que alguna vez nuestros mayores amores nos dejaron en los labios, son dejados en cada uno de los ladrillos de este tradicional sitio de Esquel.
Si usted se fija bien, hay tantos ladrillos como amores se han concretado, destruido o vueltos a remendar en nuestra ciudad. Los secos arboles lo disimulan bien.
Nuestra torcida mirada, entonces, corresponde mas bien a un tácito pacto ciudadano por el cual establecemos hacernos los otarios al pasar por aquella calle, en frente de la plaza San Martín, pero no por despreciar aquel monumento tradicional de la arquitectura; sino un heroico modo de disimular su existencia frente a los mercaderes e inmobiliarias que, si sospechan de un interés sobre ella, pronto caerán con sus topadoras irreverentes para borrarla de nuestra identidad y darle lugar a nuevas construcciones insulsas.
Por ende, declaramos la casa de los Ladrillos Desteñidos, patrimonio histórico de nuestra ciudad, en donde los besos de nuestros Bisabuelos, Abuelas, Padre y los desplegados por nosotros mismos, tienen su nido, su lugar, su cobijo donde descansar de la lluvia del olvido, ese aguacero que pretende borrar el Amor de los rincones de cada ladrillo de las ciudades que viven, que laten, que nos viven, que nos permiten palpitar en sus muros”.

Dejo a su opinión, querido e inteligente lector, a quien quiera usted creerle. Hasta pronto, nos vemos, estoy un poco triste, mi novia me dejó y quiero ir a llorar al muro de los lamentos de la casa de Ladrillos Desteñidos de mi ciudad, pues no quiero olvidarla.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Diente de León”

(Leyenda patagónica)

Tiempos ancestrales. En las márgenes del lago Villarino vivió Noel Ed Etneid, custodio de las cosas simples y bellas de la vida.
A su hogar, una precaria cueva cubierta de cañas del bosque, llegaban los hijos de las tribus cercanas, que habían sido colonizados por Garcas, estos, eran espíritus sin energía que sostenían su longevidad como parásitos que se adherían a la nuca de los niños y niñas para absorberles la sabia de la imaginación.
La tarea de Noel Ed Etneid era vital para el sostén de la Vida. Mediante una disciplina diaria, durante trece días y trece noches, el niño que llegaba hasta sus manos era convidado en las artes de la visualización de la “Osrevinu”.
La Osrevinu era la comprensión intuitiva de la matriz cósmica. Palpar la Osrevinu, volcaba al niño a ligar en sus fibras espirituales y físicas el lazo místico que une a las montañas al charco, la abeja al ciervo, la flor a la luna, y de todos entre sí.
Una vez concluida la tarea del maestro y el alumno, este último recibía una semillita de la flor del Diente de León lista para ser arrastrada por el viento y colgada de la misma, el niño regresaba a su aldea volando para reafirmar su espíritu en relación con la Vida. Y al llegar con los suyos, comenzaba su tarea como discípulo del custodio del Villarino.
Hace algunos años, regresaba a mi casa caminando, un tanto beodo, a la hora en la cual el anochecer afloja sus riendas y el sol trepa el horizonte para salir a la cancha. En el cordón de una vereda cercana a la Avenida Alvear, por Perito Moreno, había un nene sentado, en silencio. Me senté a su lado y le pregunté si estaba perdido o si quería que lo acompañara a su casa.
Sin mirarme, tomó una flor de la planta de achicoria cuando ya está llena de panaderos (semillas de dichas plantas), al borde del poste de luz. La sopló suavemente y cada una de las semillitas cual paracaídas salieron volando graciosamente mientras surfeaban los ríos de brisa.
Aun sin mirarme, me dijo el niño:

“…Aprovecho la hora en que la vigilia y el sueño se dan la mano para ayudar a los espíritus de los niños que no quieren perder la magia a volar hasta sus casas, besar la tierra en espera de ser salpicados por el llanto del cielo y crecer como los discípulos de Noel Ed Etneid…”

Y continuó:

“…Si prestas atención, verás que las semillitas son algunos de los niños que conoces, tal vez…”

Entonces lo vi, definitivamente lo vi y lo escuché. Eran minúsculos cuerpitos de chicos que jugaban, se saludaban y se hacían chistes, mientras asidos a ese paracaídas de la naturaleza se perdían en la esquina de Alvear en rumbo, seguramente, a sus casas antes de que ellos mismos despertasen.
La borrachera se me había pasado y cuando quise agradecerle al niño sentado a mi lado en el cordón de la vereda, ya no estaba. De repente el sol me pegó en la frente y un bocinazo de un amigo que pasaba por ahí me sobresaltó. Desde la ventanilla del auto, al pasar, mi amigo me grita:

“…¿Qué hacés vieja sentado entre las achicorias, estás esperando que te digan algo?…”…mientras se reía a carcajadas.

No me dio tiempo a contestarle, pero la repuesta era, si.

Calaverita Mateos (Esquel)
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