“A tranco viento de vos”


Cosquillas en las alas de tu mirada, te miro de reojo
y tiro techo a la manteca, arrojo mi mano con un poema y escondo la piedra de este sueño.
Las ojeras de este rengo poema, aunque besan la banquina en noches de Malbec, posan los oídos en las vías de tu andar.
Escucho pasos, a veces cercanos, otras. a leguas de mi tapera. Aunque me negara, te esperan mis mañas y caprichos de varón.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La mala de los bares”


Ella parece mala, pero no…
ella llora en los bares, sola
ella parece mala en los bares donde sufre

Ella quisiera
ahogar sus lagrimas en las islas Baleares,

Novios y amantes han gambeteado su tristeza
sin detenerse a leer
los signos que paren las penas.

Ella parece mala, pero no…
ella llora en los bares, sola
ella parece mala en los bares donde sufre.

Corazón de grosella, le dije al abrazarla
vamos a equilibrar nuestras almas

Ella parecía mala, pero no…
ella lloraba en los bares, sola
ella parecía mala en los bares donde sufría,

pero no.

sólo hacia malabares con su vida.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Los pecados se confiesan”


Quiso el azar que Romina, Profesora de Letras, y quien aquí escribe, revendedor de entradas al sueño de los sin sueño, que un trabajo catedrático nos juntara para documentar la fauna iconoclasta de la iglesia Sagrado Corazón de Jesús.
Mientras Romina tomaba apuntes yo plasmaba en fotografías la lúgubre representación de los seres providenciales dentro del edificio.
Debo confesarles que la Profe siempre había sido un blanco de las mordeduras de las fantasías que me habitan cuando salen a cabalgar polleras a calzón quitado, pero su formalidad excesiva, su educación católica, la distancia proverbial entre sus carnes y la de los hombres, más un detalle importante, su marido. Un señor de atormentadas actitudes doctrinarias y autoritarias, tanto para los fueros internos como para los externos. Estos últimos habían opacado la luz, belleza y sensualidad que, tal vez, su Dios le concedió a Ella a modo de celestial puerta a la verdad.
Mientras caminábamos los rincones de la iglesia, aprovechaba los descuidos de Romina para fotografiarla en su andar. Perfecto. En un momento determinado apoyó su libreta en el borde del confesionario y su culo, una obra que Miguel Angel olvidó pintar en el techo de la Sixtina, me revelaron las travesuras de la Divinidad, si es que ésta existe.
Romina supo que la miraba, dio un cuarto de vuelta su rostro y a medios parpados sonrió con la invitación escrita en el cabello que soltó suavemente. Ingresó al confesionario dejando la puerta abierta. Guardé la máquina fotográfica en la mochila y la escondí debajo del altar donde están todas las chucherias de uso ritual. Tres palomas volaron hacia afuera por un agujero en la ventana del techo. Ingresé al confesionario, también.
Adentro, levanté su cara sosteniendo el mentón hasta que sus ojos cruzaron por el camino de los míos. Sonrió tímida. Sonrió sensual. Se destaparon los champagnes del deseo y los candados del pudor huyeron despavoridos. En un beso tan brutal, los labios y lenguas perdían sus identidades originarias para dar lugar a un espasmo de nuevas formas, de nuevos jugos.
A medida que Romina desabrochaba mi pantalón y lo dejaba besar el suelo con el ruido de la evilla buchona del cinturón golpeando el suelo; yo desabrochaba su camisa celeste y le daba libertad a sus pechos campeones del mundo que calzaban a la perfección en la ensalada de mimos que cayeron sobre los mismos en alborotada desesperación.
Levanté su larga pollera hasta las caderas, sujeté sus muslos con la fuerza del Viejo pescador de Hemingway que no quiere dejar escapar a su presa. Ella hizo a un costado la parte delantera de su tanguita y sin abandonar el beso cósmico que nos cobijaba de las lluvias del desamor y la soledad, me recibió con la autoridad de una Reina e ingresaron mis deseos pidiendo pista y luz verde.
El golpe constante de mis piernas con su entrepierna eran la percusión de esa casilla (confesionario) de madera que parecía ceder a una próxima caída si ese péndulo de carnes, piel, sudor, leche y pecados no cesaba.
De repente, comenzó el principio que acaba en terminar los principios, y explotamos cual big bang universal, sosteniendo una teta con una de mis manos y el muslo con la otra, mientras tanto Ella me apretaba contra si para absorber toda la libertad que nuestros cuerpos se ofrendaron.
Nos vestimos y casi como un cuento, parecía que había más luz en la iglesia. Los Santos parecían sonreír y las llagas de Cristo estaban sanas, sólo le faltaba levantar el pulgar para aprobar lo sucedido.
Los ángeles sonrojados murmuraban felices detrás de la Virgen Maria que se había dejado abierto el escote.
Cuando egresábamos del edificio, la sombra de una cruz marcaba la vereda y el Sacerdote que entraba nos saluda amablemente y sonriendo nos dice:

– “Se los ve felices, se ve que Dios hoy los bendijo”.-

Nos miramos como dos niños enamorados y contestamos casi a coro:

– “Usted lo ha dicho, Padre, usted lo ha dicho” –

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Disculpame mi amor, he fracasado”

Gaby, traigo al presente un texto de los ayeres para confirmar que los hoyses nos eligen juntos, otra vez…

En primer lugar, aprovechando la ceguera de la noche y el ronquido de la ciudad, trepé hasta el cerro Nahuel Pan, esperé tranquilo hasta que pasó un cometa y de un salto pude enguacharle la cola. Me llevó a dar dos vueltas y media por la galaxia hasta que se cansó, dejó de corcovear y, una vez domado, logré que cabalgara las estrellas hasta llegar a la luna. La rodee con un cordón de plata y la bajamos al planeta Tierra, a Esquel, precisamente hasta la dirección donde dormía la mujer en cuestión. Otario yo, que no medí la circunferencia de la Luna, cuyo tamaño me fue imposible pasarlo por la puerta de entrada, ni que decir de la chimenea. Fui un fracaso para regalarle algo que la enamorara.
En medio de la helada, recordé que las noches de frío en los bosques de maitenes, cuando las lechuzas cantan tangos antiguos, suele aparecer un unicornio azul comiendo barbas de los arboles. Unicornio azul, supongo que cualquier princesa desearía tenerlo. Pues bien, luego de andar y andar por la cordillera encontré el bosque de maitenes, las lechuzas tangueando y allí, morfando esa barba que cuelga de los arboles viejos, estaba el unicornio azul, pero lamentablemente llegué tarde, un tal Silvio Rodriguez había llegado antes. Charlamos un rato, me di cuenta que Silvio se hacía el gil disimulando el fresquete que tenía, así que opté por invitarlo a el con su guitarra y al unicornio azul a tomar unos mates a casa, mientras esperábamos que se levanten todos. Lamentablemente, ni un unicornio azul le pude conseguir a la mujer más bella de la comarca.
Sabiendo la proximidad del amanecer, recordé lo que contaban los antiguos pobladores de Esquel que, si uno chusmea por su boca, podrá apreciar que todos los personajes de la literatura clásica habitan en un mundo fantástico allí dentro. Esta es la mía, me dije, comencé a los gritos a llamar a Romeo y Julieta, a Cenicienta, Alicia, para que se acerquen y me den una mano, un consejo sobre que regalarle a la mujer que amo. Se encogieron de hombros, la verdad muy poco creativos los personajes, pero al verlos tan aburridos y viendo que el sol asomaba el cogote por encima de las montañas, los invité a casa, ya desilusionado, a tomar unos mates que seguramente Silvio Rodriguez estaba preparando. Debo admitir que no contaba que se colaran tantos personajes detrás de los personajes, y ahí venía yo por la avenida con la Cenicienta en una calabaza gigante tirada por corceles, mientras hadas madrinas revoloteaban alrededor, en el asiento de atrás y sin perder tiempo, Romeo y Julieta se habían trenzado en un beso apasionado y Alicia, con el conejo en brazos, reía a carcajadas festejando los chistes de un gato que aparecía y desaparecía, sin dejar de sonreír. Si, ya se, no me digan nada, fracasé estrepitosamente.
En caravana y con algo de sol, llegamos a casa, el boludo de Silvio Rodriguez se puso a cantar algunas de sus canciones y había despertado a la Mujer de mi vida en su su cumpleaños. Me dio vergüenza saber que había fracasado en conseguirle un regalo digno de la Mujer más hermosa del mundo, así que junté valor y le pedí disculpas por no poder obsequiarle nada de lo que merecía, le prometí que durante la mañana iba a sacar la Luna que estaba posada en la chimenea que no había podido meter en la casa. Que no se enoje por tener un caballo azul con un cuerno en el jardín, al menos iba a comer el pasto alto y seguramente el loco de la guitarra, Silvio, una vez terminado su recital íntimo para nosotros se lo llevaría nuevamente al bosque de maitenes. Le pedí perdón por el bullicio en el patio, mientras los enanitos de Cenicienta buscaban un zapatito que le faltaba y Alicia preparaba una torta llamada “País de las maravillas”, con la ayuda de Romeo y Julieta que habían decidido no suicidarse y comprometerse eligiéndonos a nosotros como padrinos de la boda.
Disculpame, mi amor, sabés que todo lo más lindo que tengo en este barco llamado vida, te lo debo todo a vos y yo he fracasado al no poder ser original y conseguirte un obsequio único para vos, así que te prometo sacar todo este barullo del jardín, del patio, y a este pesado de Silvio que no para de cantar, para que no te enojes, sólo me queda este abrazo, este beso y decirte que te amo hasta la luna, perdón, está muy cerca ahora, mejor te quiero hasta las estrellas ida y vuelta, y en tus manos dejo este Te Amo con sabor a chocolates y helado de dulce de leche con frutos del bosque…

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La maldita memoria del semen”


Maldita costumbre la mía, que por las mañanas me odio con los dientes mordiendo el talón de mis vanidades y luego, a la tarde, comienzo a lustrar el parche en el ojo, sacarle las astillas a la pata de palo y acariciarle las plumas al loro que me silba al oído canciones de un Sabina maltrecho.
No me culpes de cobarde si vas a invitarme otra vez a cascotear colchones, no me gusta andar latigándome el lomo en el vía crucis de los arrepentidos, si ambos sabemos que los poemas de amor quedaron en el cajón de la mesita de luz de los amantes mudos, mientras firmamos en el aire un contrato ante escribano púbico para gambetear iglesias y registros civiles.
No le echemos la culpa al embotellamiento de las copas de tinto ni a los fantasmas revoltosos hijos de las más ricas flores de marihuana, no hace falta ser torpes después de la guerra de deseos que ambos sostuvimos con hidalguía en el campo de batalla de nuestros cuerpos, más bien levantemos en alto la noche que amasijamos juntos las sabanas que se avergonzaron del sudor de nuestras elegantes desvergüenzas en un mano a mano en el póker de las carnes.
En la memoria del semen que fue crema en las olas de tus pechos y en el recuerdo de tu licor de entrepierna enseñándome a catar las bondades de dos décadas recién cumplidas, prefiero pensarnos hasta pasado mañana, y si me fui sin decir te amo no es por falta de tinta en el corazón, es que no me gusta andar tirando cheques en blanco a sabiendas de mi insolvencia de compromisos en la billetera de mis musas.
No llores mi espalda al cerrar la puerta, para que vamos a llorar los dos una despedida que puede tener segundo capítulo, tal vez en esas noches de mar de neón bravío, ese pirata de cotillón me vuelva a morder el pescuezo para convertirme y vos, tan bonita como las princesas de los cuentos, te animes a olvidar nuevamente las normas de la moral y las buenas costumbres para regresar sin permisos ni tranqueras a hacer temblar las patas de un somier con sed de besos sin documentos ni culpas.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Vestida de desnudez”


Se sacó la camisa de sus inseguridades
quitó las medias de sus tristezas
exilió la remera de sus desengaños
desprendió el corpiño de sus vergüenzas
bajó la pollera de sus frustraciones
corrió la bombacha de sus miedos
y oreando al sol las prendas que ciegan la piel
así, vestida de desnudez
desvestimos la carne de nuestros deseos
En la gala desbocada de besos de seda

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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«Las miradas de mis ayeres»


No me miren, ayeres…permitanme que el mañana gire su huidiza mirada sólo una vez hacia mi, que tus calles sean mis calles, que tu amanecer sea mi amanecer, que los ojos que simulan no verme para no verse se animen a ser reflejo carne en el espejo de los perjuicios trizados.

(Basado en una imagen de Senovia, tomada por la Fotógrafa Veronica Moyano)

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El Poeta descansará”


Por su voz, me levanto antes que las aves canten al sol
y no me ve; por sus palabras, tallo dolor y sonrisas en las letras peregrinas y no me ve; por su ganas de madre, presenté mi renuncia al club de los con parche en el ojo
y no me ve; por su boca, soy capaz de enjaular los besos de saldo y no me ve; por su cuello, busco perlas en los vastos océanos y no me ve; por sus ojos, curé la ceguera de Jorge Luis y no me ve; por su piel, conseguí la miel de los jardines colgantes de Babilonia y no me ve; por su fragancia en mi cama, siembro corazones en el cielo y no los ve.
Sin embargo, aunque los años galopen pampas y almanaques sin que me vea, palpita en este espíritu de roble y arrayán un sueño con aroma a horizonte, donde ella pueda descolgar los corazones ya en flor, recostando su rostro en mi pecho y murmurando suave en las orillas de mis oidos, descanse, poeta mio, aquí estoy.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Mi vida cambió de puro culo”


Lamento ser ayuno en letras e insolvente en los ejercicios escribas, sólo puedo decir, en cambio, que sólo tengo el recuerdo de su culo prepotente tallado en la memoria de mis labios de tinta y estas pobres palabras que honran a la morocha culona de mi barrio.
Así de brava era la morocha, patrona y señora de la lleca del rioba, mezquinaba talles al calce de sus jeans, pero abusaba del bamboleo caderil para alegría de la popular; sin embargo no hay datos ni registros que certifiquen fehacientemente de novios, maridos ni touchandgouers de ocasión que hayan sido parte de las sábanas de la Culona del barrio. Sólo hay un párrafo en un trozo de página media amarillenta y vieja en la biblioteca popular que según los vecinos fue escrito por el agrimensor Eugenio Ortímedes quien mediante teodolitos y otros instrumentos de precisión intentó medir la circunferencia de comprendida entre el vientre y el nacimiento de las narpies de la Morocha en la investigación volcada en su libro “Ortodoxa”:

“…y calculando el perímetro exacto de su benemérita asentadera, llegué a la conclusión que en caso de flatulencias, el barrio debería hacerse responsable de daños y perjuicios en los inmuebles cercanos…”

Pasaron varios años, ya estoy algo viejo y ha llegado el momento de confesarlo, aunque me valga la envidia y posterior enemistad con los muchachos del club. Yo besé ese culo.
Tal vez por un capricho o un desperfecto jurídico de las normativas celestiales, cierta noche de luna llena volvía caminando del boliche y desde la grieta entre dos cortinas de aquella despintada casa de mi cuadra, sus ojos me enguacharon y el ademán de su mano me convidó a ingresar. Quise decir permiso, pero con el dedo índice tapó mi boca para decirme:

“A cambio de tu silencio te ofrezco ver el pasado, el presente y futuro de todo el universo”

hecho que no me pareció tan importante hasta que me di cuenta, tras una palmada de su mano en su prepotente nalga izquierda, señalaba al mismísimo universo comprendido en el territorio de su culo. Me dijo que su Culo era el el mismísimo dios o diosa, dependiendo las cultura o religión que lo interpretase y que sólo los privilegiados seríamos los únicos mortales que podríamos tocarlo antes que ella se trasladase a China donde rebelaría el secreto místico de universo a dos orientales.
Se quitó la camisa evidenciando dos pechos que hoy cotizarían en la bolsa de valores de Wall Street, pero al bajarse los pantalones y quitarse la bombacha, emergió la verdad rebelada que todo alquimista y científico del mundo desearía conocer. Posó sus dos majestuosas nalgas sujetando mis mejillas para dejarle un ápice de aire a la punta de mi nariz para que pudiera respirar y a los ojos petrificados al ras de esas dos morenas y lisas montañas de piel, tu podrás besarlo, me dijo la morocha. Por supuesto fue la orden menos resistida de la que recuerde en mi vida. Cuando mis labios hicieron contacto sucedió aquello.
Vi todas las cosas del mundo, inertes y las animadas, los pensamientos, el tiempo presente, pasado y futuro de cada uno de los átomos que el infinito poseía, me vi a mi besando el orto y a dos chinos muertos tras la misma acción, vi un viejto formal y medio ciego con su mano en la nalga derecha de la morocha y una leve erección que no pudo disimular mientras lo veía, también, escribiendo sobre ese trasero proverbial. Pude comprobar, entonces, que existía Dios y me desmayé.
Desperté en la cama de mi tía que me había encontrado en la vereda dormido, sonriendo, con la boca tirando un piquito al aire.
Lamento ser ayuno en letras e insolvente en los ejercicios escribas, sólo puedo decir, en cambio, que sólo tengo el recuerdo de su culo prepotente tallado en la memoria de mis labios de tinta y estas pobres palabras que honran a la morocha culona de mi barrio.

Calaverita Mateos (Esquel)
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«Rafantiago Maldonahuel»


– Rafael: Prestame uno de tus dreadlocks para enguachar una estrella fugaz.
– Santiago: Si y vos tu gorra para cargar leche de la vía láctea para este largo viaje.
– Rafael: Cuánto tiempo y cuántas cosas tuvieron que ocurrir para que el fuegüito de nuestras almas se conocieran.
– Santiago: El tiempo tiene sus tiempos y los espíritus libres, también.
– Rafael: Ahora tenemos mucho más trabajo por delante, tallando el cosmos con la gubia del amor y la libertad.
– Santiago: Y que ese tallado se refleje en el mar de la memoria colectiva de los justos.
– Rafael: ¿Emprendemos el vuelo?
– Santiago: ¡Dale, vamos compañero!

– Rafantiago Maldonahuel: Nos fuimos sin irnos y estamos sin estar, somos y seremos el abrazo fraterno de los que aún creen que se puede montar una estrella fugaz, beber sabiduría de la tierra, del agua, de los ancestros, soñando un mañana en donde los oprimidos sean, finalmente, los soberanos custodios del amor, la paz y la igualdad, ya que, aunque nos quisieron echar hacia el valle del olvido, estamos entrenándonos en la Cruz del Sur mística para volver encarnados en la liberación de los pueblos de la Patagonia.

Calaverita Mateos (Esquel)
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