“Eclipse de domingo”


Anoche, la encontré fusilando Don Juanes con el calibre de sus muslos, quizo la timba de sus ojos arrimarse a la distancia de tres codos y dos Martinis de mis labios.
Anoche, zarpamos sin bozal a gambetear cruces, prejuicios, tabúes y morales con bastón y bigote.
Anoche, ella, eclipsó las penas y la melancolía.
Anoche, ella, fue luna, carne y eclipse.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La medida de tus caprichos”


Tuerto de mimos, rengo de caricias, las hipotequé a todas a tu cuenta corriente y en las pestañas de este sueño que bosteza mañanas de noches desveladas a lomo de pañales que hacen pucheros, zappings entre Luis Buñuel y tetas de Moria,
salto a cabecear el corner de tus mañas.
Cero en trigonometría, me llevé a marzo tus besos, camino para atrás con las patas de rana de este amor midiendo a ojo de buen cíclope la distancia que existe entre tus casate conmigo que entran por la chimenea cual Papá Noel y los ni en pedo digas, si, acepto.
Sentado en la garita de los sapos que no seremos príncipes,
espero que el colectivo de tus caprichos de princesa pase de largo y me pase a buscar el ómnibus de caña colihue que dice dame la mano, cuidame un poquito, te necesito de verdad.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Casa de Esquel”

– Dedicado a Roberto Müller y su histórico local –

Te vas yendo, nomás, amarilla nostalgia, como se van las páginas de esos libros que nos observaban tímidos desde tus adentros, si hasta las heladas parecen más frías en esa céntrica vereda.
En un remolino de recuerdo e identidades se enredan los mates con los cueros, los lazos trenzados enlazan aromas de dulces y chocolates con sabor a patagonia, las lanas bravías cruzando la labor de artesanas que abrigaron a nuestros abuelos y cobijarán nuestros recuerdos, y los vidrios que siempre ejercieron el oficio de las pupilas culturales de un rincón del mundo tratando de contarle al de afuera y al de adentro esas cosas nuestras.
Te vas yendo, nomás, si me habré detenido miles de veces ante vos, como llamado por un silbido silencioso que me convidaba a ir y venir una y otra vez entre la vereda y la galería como aquel chiquilín de bachín que, hasta me animo a jurar que sus objetos a la venta (por así decirlo) se movían con vida propia cual Toy Story criollo cuando uno descuidaba la vista.
Aunque suene a tristeza, sólo será añoranza, en el futuro cuando les diga a mis nietos al pasar cerca de la esquina de 25 y Ameghino “No hay como negocio aquel, querida Casa de Esquel”.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Esperanzas que ni cortan ni pinchan”


Sus besos regresan todos los días con el cargador completo. Gasté dos containers de lapices de colores con poemas de cotillón en las paredes de su barrio y a pesar de regalarme dos noches de balcones con entrada libre y gratuita, sólo logré con ella reinventar el Kamasutra criollo en aquel sofá que maltratamos a mansalva.
Nos prometimos tomadas de mano, civil con arroz, cambios de pañales, amores eternos y berrinches de princesa por mi huracán de ropa volando por la casa al llegar del trabajo, pero aquí me ve, troesma, más solo que Nietzsche en la procesión a Luján.
A medida que crece la panza y se suicidan los pelos de la azotea, más la visitan mis calenturas que extrañan levantarle la pollera en la mesada de la cocina y mis ganas de atarla a la cama de mis bajos, medianos y altos instintos.
Me viste la bronca y el despecho cuando me doy cuenta que no está su bombachita colgada en la canilla del baño y deseo tirarte todas las culpas del guardarropa vacío de mi corazón, pero rápidamente me interpongo entre ellos y sus pechos.
Así, como un boludo champión olímpico, sigo rasguñando el frasco chico de mis esperanzas, para verte alguna mañana con la canilla libre de tus babas en casacada roncando en mi pecho que, a esta altura, guarda el ticket medio borroso y arrugado del estacionamiento medido con tu nombre en el parquímetro de mis desengaños

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La resaca de tus besos”


Anoche, tras tres tropiezos tremendos con un Jack Daniels certero, su cabello medusiano me enlazó desde la esquina muda del bar.
Sus caderas hablaban más que su boca, pero los labios no eran menos anzuelos que esos ojos encendidos en la bengala de un tigre.
Nos quejamos de la música, alabamos el whisky, mencionamos las aventuras Aureliano Buendia, la ultima película de Woody Allen y a la media hora empañábamos los vidrios del auto en la calle del bar.
Luego, en el cuarto de su casa de madre aún no madre, con un tornado invisible desparramamos la ropa por todo el lugar y domamos la sabana montados en juego de fieras en celo.
Somier fatigado, piel, sudor, carne y miel.
Sol despertando, resaca de copiloto sentada a mi lado mientras manejo hacia mi rancho. Imagino sus muslos campeones del mundo en la ducha, su camino al trabajo y el enredo de números, facturas y contratos en la oficina de su trabajo.
Anoche, tres tropiezos tremendos con un Jack Daniels certero, un oasis al costado de la vida y mi Don Juan cascoteado por amores tuertos se pregunta si sus ojos volverán a lanzar el anzuelo con labios de carnada desde la esquina de un bar, esperando yo ser el primer pez que llegue a picar.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“De polleras, fútbol y estrategias”


Anoche, mientras estaba en capilla antes de entrar a rendir Whisky III con el Profesor Jack Daniels, por la puerta del bar entró Ella con un grupo de amigos y amigas que se parecían más a un pelotón de patovicas del Teatro Colón. Supuse que estaban de paso por Esquel.
El partido estaba planteado así, broda. La Princesa se resguardaba el escote detrás de una defensa compuesta por gorilas torpes, bien empilchados y sin elegancia cubriendo la primera linea toda del área grande. Seguidamente, dos trancos atrás de ellos, una muralla china de princesas charlatanas con “dueños” made in Bosta City Aires.
No lo tenia al Loco Bielsa a mi lado esa noche. Mire el equipo que tenia a mano para jugar, mis jugadores discutían en el estaño sobre la movilidad social del mediados del siglo XX en la Argentina. El tema se presentaba solo. Así que tenia que sacar del ropero al Diego con telarañas que dormía desde las ultimas gambetas junto a Claudio Campos en el San Martín contra Belgrano.
Me acerqué al dueño del bar y le dije que largara el karaoke. Anzuelo infalible para enganchar y dispersar a gorilas medio pelotudos que, con dos Cristian Castro, un par de Shakiras y dos o tres Arjonas los dejas embobados desafinando arriba de las sillas del lugar.
La primera linea estaba desarticulada. Pero las Princesas ya se habían percatado de la jugada y afilaban los colmillos, sin ladrar, para morderme los tobillos si pretendía pisar el área chica. Ella ya estaba al tanto, pero como corresponde, me ignoraba. Pensé en mandar una botella de Champagne a la mesa, pero eso se asemeja mas a un contrato de compraventa que a un ejercicio de seducción.
Del bolsillo saqué los machetes arrugados de pillos Brad Pitts, pero las pelusas y algunas vueltas en lavarropas no dejaban leer las instrucciones. Me puse el cuchillo entre los dientes y salté del barco al medio de los tiburones hambrientos.
Me abrí paso entre las relojeadas chusmas de las damas falsamente enojadas, me arrimé a la Princesa hasta la distancia que sus muslos y mis botines tienen permitido patear los penales. Quise traer a Shakespeare, Neruda, Octavio Paz, para que me tiraran letra, pero los muy cagones arrugaron, así que quedé solo, again.
“Si llegué hasta aquí con todos los jugadores de mi equipo expulsados de la cancha y no me permitís aunque mas no sea cabecear este penal en el suelo, nunca sabrás si estás para enfrentar a todos los Barcelonas y Messis del planeta”, le dije casi como una voz que saltó a la pileta sin saber si estaba llena o vacía. Soltó una leve, pero tan bella risa, que las luces del bar mermaron su intensidad. Tarea cumplida.
Lo que vino después, directamente el tercer tiempo, justifica que salgamos de los partidos cascoteados, con moretones y alguna que otra fractura expuesta de corazón.
Kamasutras improvisados detrás de vidrios de auto empañados. Casa, hall de entrada y salto olímpico en la catrera pecadora. mordiscones draculescos en cuellos entregados, entrepiernas furiosas y gemidos de hinchadas que gozan con un gol de taquito de media cancha.
La llevé hasta el hotel donde los gorilas, en la puerta, se pegaban piñas en los hombros en señal de dudosa virilidad, mientras metían valijas en la camioneta. Princesas calentando celulares recriminando a sus “dueños” for export por mas mimos y menos billetera.
Me dio el beso más esperanzador del campeonato. Sus caderas, que eclipsaban el sol de la mañana, eran música clásica para los trabajadores que iban para sus trabajos. Regresé a casa a tomar unos mates y escuchar por la radio que Riquelme seguía un año mas en Boca.
A la media hora recibí un mensaje de texto con característica de Bosta City Aires:

“Paguemos una cometa al arbitro para que se borre y este partido sea eterno”

Me gusta jugar. A veces gano, muchas pierdo, pero me gusta jugar.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Devolver la luna”


Te pido disculpas, Princesa de escote en orsai; esta mañana cuando cacareaba Mozarts afónicos un gallo con la cresta a media asta, llegué cansado de andar galaxiando el oscuro cosmos hasta enguachar la Luna para bajarla en señal de amor, pero al descender a la orilla del mar me di cuenta que sin Luna las olas habían dejado de respirar y sus besos y despedidas a las arenas eran un recuerdo en el rumor de los caracoles tristes.
Seguramente me olvidaras ante el incumplimiento de tu deseo, es que he dejado rengo a los besos y poemas de los amantes que firmaban promesas de eternos abrazos bajo el amparo de la Luna como testigo.
Por hoy, la Luna comparte mi almohada y mi sábana. Por hoy, la Luna compartirá el pan y mi vino. Por hoy, le rascaré la espalda oscura a la Luna para que duerma en paz y hoy, cuando el sol se vaya a apolillar, cargaré en mis brazos a la Luna y montado en un diablito de ventisca y arena, ascenderé al toldo del planeta y dejaré en merecida libertad a la elegante Luna para que las olas vuelvan a hamacarse y los labios y manos de los amantes se entreveren nuevamente ante su pálida custodia.
Te pido disculpas, Princesa de escote en orsai, no quiero ser el verdugo de la poesía.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Tet a tet”


Tetasaban como la imposible del barrio
tetacleé las caderas con abrazos infinitos
tetardaste en clavar bandera en mi colchón
tetambaleaste al beber la última copa de mis labios de ron
tetaladré los oídos con los mil y un te deseo
tetanguié una triste melodía cuando me dejaste
tetaba pensando al escribir estos versos de leche
tetaría mintiendo si no te dijera
textraño mucho menos, pero añoro derramar y beber licor de tetas.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La Universidad del Tricota”


Todos los martes eran sagrados en la universidad, finalizaba la hora de química y mi cuerpo se exiliaba de un salto antes que yo mismo del aula, mientras que al mismo tiempo y desde la sala donde enseñaba lengua inglesa clásica, ella, con cara de me cayó mal lo que comí, egresaba de su clase en la misma dirección que la mía.
Con prusiana puntualidad arribamos al baño de portería, allí donde el bullicio estudiantil se quedaba sin aliento, no cruzábamos palabras prácticamente, en parte por su timidez de señora pacata y tímida que está faltando al decoro y las buenas costumbres y por otro lado debido al poco tiempo que teníamos entre clase y clase para derretir los azulejos del húmedo y lejano baño olvidado en aquella universidad.
Sólo una búsqueda del tesoro desesperada de nuestros labios, mano derecha de la profesora sosteniendo la pared lateral, mientras la otra mano tomaba la cadena de la vetusta mochila de plástico del inodoro permitían que, sumado a su pierna izquierda , hija de una danzarina clásica, ofrecieran el banquete ideal para levantar su pollera la cual sostenía con su cabello al tiempo que deslizaba aquella delgada y mentirosa frontera de su bombacha hasta que lograba, casi como un engranaje de reloj, estar dentro de ella, y ahí sin dejar su pollera enredada con sus largos cabellos a la altura de su nuca, mi otra mano se ofrecía y a la vez era llevado por sus dedos casi con gesto obligatorio hasta sus tetas, dando comienzo al baile más desprolijamente prolijo de los cuerpos que parecen odiarse mientras se aman.
Nuestra clase sobre Coginson de todos los martes transcurría con la rapidez y el salvajismo semanal, sólo que algo sucedió aquella vez y que no estaba en el libreto de nuestro kamasutra académico. Seguramente impulsada por un rumor, abrió la puerta del baño de portería de golpe, pero suavemente, la alumna nueva que había llegado hace unos meses de Francia a quien no conocíamos nada más que por sus intrépidas intervenciones en las discusiones políticas. Por suerte, esa intrepidez no quedó fuera del cuarto de baño y se acercó, en silencio, y ahí estábamos la profesora y yo en un balurdo de ropa, manos y pies casi como una estatua en honor a las mejores portadas películas triple XXX. No nos movimos por vergüenza, temor o qué se yo,pero la francesa si, quien casi sin mirarme tomó la nuca de la profe sin despegarle la mirada y comenzó a besarla con carnet de besadora profesional, entonces pensé que me habían puesto tarjeta roja en este partido, pero el gesto siguiente me indicó que era un picadito de tricota, cuando la alumna se aferró fuertemente a mis nalgas y empujándome con convicción puso todo en su lugar, tal como lo había encontrado al llegar. Poco a poco aquello que era ya una tradición de los martes entre una profesora de biología y un ayudante de cátedra vino a modificar el libreto y agregarle un condimento preciso y para paladares exigentes.
No digo que alguno de los tres actuó, seguramente, un poco el orgasmo, pero debo confesarles que la explosión mi cuerpo en cascada de lava dentro de la profe fue en armonía con los gestos y sonidos de una obra de Mozart desafinadamente afinada para la ocasión. Papel higiénico barato limpiando las sobras de placer en el algunos bordes de pantalón y en las manos de la francesa que había decidido con sus mano acompañar la cabalgata encima del inodoro.
Salió primero la profesora al pasillo, gesto de preocupación doble, luego acto seguido la alumna francesa y posteriormente yo, todos con los rostros de haber obtenido el campeonato de la copa Cogederación del mundo, pero disimulándola para la tribuna cuyos hinchas ya caían por sus cauces a sus respectivas aulas. En el punto del pasillo de la universidad, ahí justo donde el paso de las seis piernas tomarían rumbos distintos solamente una voz se escuchó de los tres, una voz joven del viejo continente que dijo, sensualmente, mirándonos en medio del océano del alumnado:
“merci pour l’accueil et pour me laisser faire partie de cette honorable maison d’enseignement supérieur”.

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Santa Cachucha”


Santa Cachucha, mares de vos, riega a nosotros pecadores, ahora y desde la boca de tu vientre. Arden.
No le pidan sutilezas a estos charcos de tinta a las cuatro menos cuarto de esta borrachera sin anteojos que ya tiene tarjeta roja desde el fondo blanco de un Whisky la Alazana, primera selección, y a este podio de los loosers superstars sólo llegamos con los ojos vendados por ñocorpis memorables, pero con la mesita de luz sequeira de fotos familiares que nos rescaten de la solitaria soledad que nos llueve desde el porvenir.
No recuerdo tu nombre, creo que no me lo quisiste dar para protegerme de la renguera de amores, sólo me dijiste que no iba a hacer falta sacar documentos para cachetear la memoria de una noche tenedor libre de orgasmos y canilla gratis de fantasías, pero me murmuraste al oído que luego de esta biaba le iba a levantar altares y ofrecer rosarios de rezos a Santa Cachucha.
Ahora, en estas noches de cuartos de pensiones baratas y princesas de tetas con andamio, no le puedo sacar viruta a los poemas y los dibujos que antes apilaba como cachetada de locos. Entre masturbación y masturbación, suelo abrir la ventana de los cuartuchos cuando la luna anda sacando pecho y allá donde había un puente, cruza el borde de tu tanga afilada. Donde volaba una solitaria ave migratoria, tintilea el ombligo en la piel de tu pancita noche y que hablar de ese árbol de otoño, tan solo como yo, que en el horizonte parece abrirse de labio en labio citándome poemas soeces y picarescos para cumplir con tu promesa que nunca te olvidaría luego de aquella pailza.
Santa Cachucha, mares de vos, riega a nosotros pecadores, ahora y desde la boca de tu vientre. Arden.

Calaverita Mateos (Esquel)
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