«Sarah Kay a la criolla”

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Recuerda como la caricia del rocío en la mejilla, cuando escribió la primera poesía de amor, rudimentaria, con rimas llenas de azúcar, decorada sobre el papel con corazones, soles y otros dibujitos de colores trazados con lápices en el orden de los arcoiris que brotaban de la cajita. Esperó antes de ingresar a la escuela y, con una timidez grande como el amor que ella despertaba en él, le entregó la cartita de amor mirándola a los ojos, pero no lo abrió, sino que sonrió levemente sorprendida, lo guardó en el bolsillo y siguió corriendo con su guardapolvo blanco hasta unirse en esa mancha blanca de niñas que entran alborotadas a la clase de lengua y literatura.
Sólo un par de veces se cruzaron en el pueblo, de vereda a vereda se saludaron, sin mediar palabra de la escuela, de las manchas blancas huyendo de su declaración de amor primeriza.
Tres décadas casi han pasado desde aquella carta que, al recordarla, sigue ocasionando la misma vergüencita en quien ahora está en una carpintería con sonido serrucho ambiente y aserrín como nubes de melancolía mermando el tiempo, mientras recuerda aquel texto a los 11 años.

“Lole sos lo más lindo que me pasó en mi vida y quiero ser tu novio y vos ¿querés jugar a ser mi novia de verdad?”

A 10 cuadras de aquella carpintería, en una oficina con montañas de papeles, enjambres de sellos y documentos Excel que reproducen números agitadamente, llora Lole frente a su monitor la discusión con su marido de la noche anterior, el desierto de abrazos y el ayuno de besos han sembrado de rutinas sus días grises, de pronto, como un silencioso llamado del pasado, se acuerda de algo, mete la mano en la cartera, en el bolsillito interno, ese al cual jamás le había dado la atención merecida, sacó un papelito amarillento, cortado por el tiempo en tres o cuatro partes, lo armó como un rompecabezas sobre el escritorio.
Lole lloró y río al mismo tiempo, su cara era la cara de la niña en la puerta de la escuela, suturó con cintex el papel y lo pegó en la parte superior de la pantalla de su computadora, frente a ella y lo leyó una y otra vez hasta el mediodía, cuando su trabajo llegaba al final de la jornada, ese papel que decía casi como una tos amarilla del ayer:

“Lole sos lo más lindo que me pasó en mi vida y quiero ser tu novio y vos ¿querés jugar a ser mi novia de verdad?”

A veces el amor es caprichoso y no nos regala el cartón de bingo ganador, pero talla su querer en la memoria y su labor de humanidad.
En una oficina casi sin ventanas, Lole lloró y río de amor; en una carpintería él volvió a imaginar su mano con las mano de ella.
Afuera llueve, la mayoría de los trabajadores toman taxis y colectivos o regresan a sus casas en sus autos, pero Lole y el carpintero, cada uno por su lado, eligieron caminar bajo la cascada de lagrimas del cielo.
Si el amor ya se curó de su capricho, hoy ambos se encontrarán en la misma vereda, bajo la lluvia, tal vez nunca se enteren que compartieron un día las mismas baldosas, la misma melancolía.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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