“Rossilandia, el mundo Giorgia”

(Dedicado a Rossana Giorgia, nuestra amada compañera de trabajo en Radio Nacional Esquel, que día a día hacía de nuestro lugar de trabajo un lugar más amorosamente loco para vivir)

Buenas tardes, hoy les vengo a compartir dos caras de una misma moneda, el lado triste y el lado feliz de la Vida, tal cual nos intentan escribir en el cuaderno de comunicaciones de nuestras existencias, las Almas que crearon munditos dentro de los mundos de este mundo. Triste, en tanto que la presencia física, en algún momento se empaca y emprende viaje eterno y feliz, ya que esas presencias nos legan una herencia, una misteriosa huella que salpica las paredes, los pisos, los muebles de los espacios en donde diariamente transitamos y nos forman y transforman para siempre. 
Esta mañana, cuando llegaba caminando a las 6:45 de la mañana a Radio Nacional Esquel, los arboles de la vereda de Alvear al 1180 habían desenterrado sus patas raíces de las veredas y bailaban en el medio de la avenida una danza mística y sensible, mientras las cachañas, paradas en fila sobre los cables de la luz, junto a zorzales maquillados, gorriones con galeras, chingolos tenores y algunos chucaos sopranos, entonaban melodías desconocidas, bellas, como la luz que emanaba de una tenue y tímida de una moneda blanca, llena, directora de coros, llamada Luna Llena, mientras que de las nieves plateadas del cordón Esquel parían también blancos papelitos en forma de alas que volaban en loco descenso por los techos del Melipal y del Correo, era una bandada de Mensajes al Poblador escritos con la letra de Rossana, con tinta cristalina del Río Percey, que transcribían los saludos de afecto, amor, de los sentires de los millares de pobladores y pobladoras que, en algún momento de sus vidas, habían expresado su palabras para que Rossi los convirtiera en la literatura que los Locutores amasaban para darle libertad como Mensajes al Poblador, como tradicionalmente los conocemos. 
También, debo confesar, que me pareció muy divertido observar, ya casi en la puerta de ingreso de la radio, a los discos de vinilos yendo y viniendo de un lugar a otro, locos, juguetones, volando por los cielos, tan cancheros que querían imitar a los platos voladores de las lunas de Saturno; pero cuando fui a meter la llave en la cerradura para ser el primero en entrar, mágicamente se abrió sola, una alfombra roja, cual lengua larga se desenrolló desde el interior de la emisora para dar paso a una mujer de rojos cabellos, sonrisa desde Esquel hasta Cuchamen, con una corona real ornamentada y hecha de flores de mutisias y amancais, un vestido tejido con los filamentos de los alerces milenarios y unos zapatos con los colores de los bosques y el café con leche de los arrayanes, era “La Rossi”, mezcla rara de Reina de reinas y comediante con infinita biblioteca histórica de chistes, pasando a mi lado, actuando como una majestad esquelense, mirándome de reojo, mientras me dice al pasar “Permiso, querido, me esperan alasca, a las catorce, en la vía láctea, para ir a leer los mensajes al poblador que envían los planetas de esta galaxia al astro rey, no me extrañen y pórtense bien”; y la antena alta de la radio que está en el patio, comenzó a doblarse hasta convertirse en un caballo de hierro gigante, con alas hechas de dos antenas circulares, también de la emisora y ella, La Rossi, de un elegante salto montando el equino de metal que emprende suave, pero firme vuelo, hacia el infinito cosmos, con una carcajada de niña, de la niña grande que siempre compartía en las horas de trabajo, cada vez que, al cruzarnos, se nos daba por inventar chistes, recordar travesuras, crear nuevas palabras y divertirnos actuando entre la gente que venía a preguntar o dejar algo en nuestro trabajo. 
Así, mientras el caballo real de hierro se perdía en la noche con el amanecer en la punta de la nariz, de espalda a mi, saludando con su mano extendida, y una larga cola de mensajes al poblador formando una especie de cola de cometa imaginario hasta perderse en el último suspiro de la luz de la luna.
No sentí tristeza, ella seguramente prefería verme entrando cantando alguna de esas canciones raras que yo tarareaba, sonriendo, pensando alguna nueva locura para crear y desencajar la rutina laboral diaria. Prendí las luces, encendí las computadoras, preparé el mate para esperar a Lito Lito Rogelio CalfunaoAndrés Campos y Raul Carello, ordené los mensajes y la información educativa y, al mirar el reloj, extrañamente se había detenido a las catorce, o tal vez, como decía ella, “alasca”, ganándome uno a cero antes de partir, con el ultimo remate chiste para que su viaje no sea una perdida para quienes trabajamos en la radio, sino la enseñanza que en la vida debemos continuar, honrando a nuestros seres queridos, que nos dejaron su marca de amor y linda locura en esta tierra, que algunos llaman radio Nacional Esquel, pero muchos ya bautizamos como “Rossilandia”.

– Fin –

(Recordando, entre tantas locuras, la foto junto a Rossana Giorgia, con la cual decíamos que teníamos una empresa de publicidad «De boca en boca»)

Calaverita Mateos (Esquel) 
www.calaveralma.com.ar

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