“Rancho místico de adobe en Cajón de Ginebra Chico”

(Leyenda patagónica)

Tosió el motor de la camioneta Ford F100 su última lagrima de nafta justo al costado del cartel que convidaba el nombre Cajón de Ginebra Chico.
En 1930, la ruta era un largo río de ripio que tendía entre la nariz y la espalda del horizonte.
La sed ya era quien conducía la angustia y el hambre una soga al cuello, obligando al Doctor Armando Klimberg a buscar algo para comer y tomar en un esqueleto de rancho levantado a unos doscientos metros del camino. Una protuberancia perfecta y armónica que brotaba de la tierra en paja, bosta y barro, seguramente construida por nómadas comunidades originarias.
La proverbial ausencia de comida y agua, sumada a la debilidad física del Doctor, sumada a un corazón fatigado por insolentes operaciones realizadas en la urbe que, para ese momento, sólo era sombra de palomares de concreto. Los días de sol rasgaron la garganta y la piel, mientras la noche patagónica fagocitó hasta el último escalón de la esperanza de sobrevivir.
Finalmente, en el cuarto día, cuando el pensamiento y los corrales que estructuraban las décadas de ciencia habían dejado de manotazos de razón y lógica en un océano de nada y todo, las alucinaciones entraron a tallar firmes en las pupilas del Doctor Armando.
Sentado en suelo, con la espalda sobre la pared más heroica del rancho, entre el toldo de los parpados que eran vencidos por el peso de un cielo cercano, logró observar en el filo de una tímida lomada una simétrica formación de guanacos observándolo, mientras unos diez, tal vez quince o veinte choiques danzaban en circulo a unos pasos de sus pasos ya sin pasos. De entre el polvo levantado emergió una silueta de sombra y misterio que acercándose al Doctor, recobraba el ser de un anciano Mapuche con un rostro agrietado por el viento y la sabiduría.
El viejito, mientras los guanacos observaban y los choiques danzaban entre el sol y la cabeza de los neneos, se acercó hasta el Doctor Armando Klimberg, extendiendo su mano de barro sosteniendo un trozo de seca greda con una precaria forma de un ladrillo. Sin mover los labios, le dijo en perfecto silencio que colocara el pedazo de tierra y agua donde el su alma lograría equilibrar el ser que fue con aquella entidad que regresaba del futuro para serlo siendo en el presente desplegado hacia el infinito.
Entonces, su corazón abandonó el galopar y su respiración se confundió con el sonido mudo de la meseta, y justo al colocar el ladrillo de adobe en el espacio vacío de la pared gris greda por donde el horizonte se colaba junto al sol, pudo soportar la muerte o, mejor aún, el universo en sus manifestaciones pasado y futuro jugó a acomodar sus piezas como en un gigante rompecabezas sin referencias cardinales posibles o deseables.
Ser de seres parió sabiduría.

Calaverita Mateos (Esquel)
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