Poesía Rutina Rutini

Cada muerte de obispo, quebradura de sacerdote e indigestión de cura, dos neuronas de la azotea se encuentran en la esquina Sinapsis y al bolsillo descosido del cerebro pelau de ideas se le cae una inquietud al suelo y la junto con los tickets del supermercado, ultimo chicle Beldent y una tuca corajuda que resiste a la ensalada billetera
Entonces, tomo la inquietud, la miro y me señala en la noche templada del barrio, dos bicicletas que se van despacio, a tranco lento, hasta la bici senda y de ahí hacia el pueblo cosechando manzanas de neón orillando el río de asfalto que viene del Valle 16 de Octubre.
Me quedo en la mitad de la calle y le pongo marcha atrás a mi DeLorean segunda mano y sin nafta del pensamiento, ejercitando un hilo cercano de recuerdo.
Hace algunos minutos atriqui, Facundo comparaba los megabytes de las cervezas en lata con las de botella, Oriola nos llevaba de paseo por su Atlas que anida en la puerta de su lengua, Hernán Varela debatía junto a Vicente y Silvina la importancia central e histórica de las identidades repulgueriles que visten las diversas empanadas, mientras Morgana condimentaba dos truchas y entre roquefort y crema, cual alquimista, pelaba de la galera un champagne de sauco y un guindado guacho pulenta sin pedirle permiso a Freud ni Lacán.
De pronto el descorche de un Rutini nos saca a Vicente y Armas de la primera fila de un recital en donde curiosamente Pink Floyd y los Sex Pistols se amigan por un rato, nomás.
Envido, real envido, falta envido y truco, quiero re truco, quiero vale cuatro indican que llegamos a los treinta palitos en forma de cuadraditos con franja transversal cada uno. Como siempre, sin que lo invitemos formalmente, se montan en nuestras charlas don Domingo el General, la Evita que no evita, los dilemas del liberalismo y el cuiqui de Alberto que llena las bolas de andar pidiendo permiso a los que históricamente jamás pidieron permiso.
Arriando pollos, dijo un cordobés amigo, llegamos a casa y cheroncas los pisteros Silvi y Armas se montan en dos Harley Davison a pedal para evitar la pipeta buchona caza choborras y zarpan hacia el trocen.
Noche templada del barrio, dos bicicletas que se van despacio, a tranco lento, hasta la bici senda y de ahí hacia el pueblo cosechando manzanas de neón orillando el río de asfalto que viene del Valle 16 de Octubre.
Me quedo en la mitad de la calle con mi DeLorean perdiendo aceite, pero ganando tinta regada por la luna que sigue haciéndose la cursi para tirar letra a los giles, en tanto los viejitos neones de la calle de ripio alumbran las dos bicicletas que se achican a la distancia y se agrandan detrás de mi pupila.
Hay ciertas rutinas Rutini que en nuestro pueblo la cuidamos más que nuestras ayunas cuentas bancarias

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