“La sabiduría del Choique”

(Leyenda patagónica)

En una esquina del tiempo me encontré mirando mi propia nuca. Recorridos del ser que se despliegan en varias direcciones, en varios planos, hoy me tope con la espalda que antes estaba detrás de mi, imaginé un teje y maneje propias de las normativas del Sutra del Loto, pero no lo acepté, juzgo inadmisible una rueda de karmas que ya cumplieron los giros del destino. No es posible, murmuré, aun quedan muchos arcos por vencer, libros que esperan ser galopados, melancolías que llegaran rigurosamente, sonrisas que derribaran el tedio de las lejanas siestas norteñas.
Quedan muchas ellas por desvestir y beber, ¡Todavía no!… grité, parado sobre el lomo de un choique que corría velozmente por la agitada serenidad de la meseta patagonica.
Era, según la intuición que talla en la percepción ligera de esa corrida, un animal mitológico que suele rescatar de las penumbras, de los charcos sin afluentes de la vida de los poetas que han perdido la brújula de sus musas.
Llegamos hasta la orilla de un río de palabras, de sensaciones y de recuerdos, el choike se agachó a beber, yo también, el reflejo de mi rostro cansado en la superficie de las aguas de la memoria y el porvenir se vio brevemente interrumpida. Una bella cara, una mujer, ella, precisamente.
El Sutra del Loto se desató y los karmas se disolvieron junto a las estructuras leguleyas del destino. El choike ya corría feliz esquivando neneos tras su labor, pensando en ella, las palabras brotaron como el manantial en las arenas ancestrales.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Puchereando las migajas de este cuore”


Asoma el flequillo sus rayos en el horizonte y apenas nos rasca la persiana el as de oro, salen a desperezarse nuestras mañas y se liman los colmillos los caprichos con resaca.
Hay que pasarle la escoba mojada con pasta dental al comedor, salpicarse al escracho con tres chapuzones y le pedimos pista a las ojeras del que habita el espejo del baño que tanto se parece a nosotros para salir a pataparrear alpargatas por el Mundo que, ansioso, nos espera en la vereda de la city para pararnos de pechito y patearnos de taquito hasta la zurda del destino que jugará a las gambetas con el azar en ese picadito loco en el potrero cósmico.
Rumbeamos penas y sonrisas camino al trabajo donde nuestros trompas se calzan la máscara del Señor Burns, pero todo pasa si la secretaria tetona nos muestras las piernas desde el escritorio contiguo a mis perversiones.
Aunque la bragueta no se queja de hambre ni sed, por estos días andamos a dieta de amores y a pesar de haber lanzado carnada al río de las minifaldas sin candado, ni las polleras largas como el suspiro de Romeo pisan el palito. Así, sin ton ni son, bajo el techo de la tarde regresamos al rancho, previa ronda de tragos con amigos que escriben novelas semejantes a esta, pero que el editorialista celestial no se anima a publicar por miedo a no vender ni medio ejemplar.
Ya en casa, dos chuletas de soledad con ensalada de melancolía son acompañadas luego por un whisky fiel que masajea la espalda de esta espera silenciosa. Mejilla en la almohada, parpados que se entregan al sueño sin chistar y Dolina, allá al fondo de la amplitud modulada que dice

“El mundo es una inmensa perversidad hecha de ausencia, uno no está en casi ningún lado, sin embargo en medio de infinitas desolaciones existe una buena noticia: el Amor”.

Y así pucherea esta esperanza, hermano, con la sonrisa suave que se duerme soñando que mañana ella no lo gambeteará más y se recostará sobre su pecho sururrando un bonito…te quiero.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Las calles de la vida”


Las calles de la vida y la muerte, de vez en cuando, toman café en la misma esquina.
Quiso la ironía de Cronos adelantar el nacimiento de Luana.
Las horas en la sala de terapia intensiva, en el Hospital, transcurrían con la parsimonia de la luna en su rodeo al planeta. Afuera, el tiempo derramaba eternidad impúdicamente, la blanca sala ofrecía una metafórica calma, aliviando los quince años en coma de Ezequiel Montero, obrero jujeño que sufriera un accidente de trabajo en una reconocida multinacional médica que, causalmente, lo abandonó en el acompañamiento de su salud.
A las seis de la tarde, su hija Carolina, paría la nieta que jamás vio irrumpiría al mundo en vital llanto. A la misma hora, exactamente en el instante del nacimiento, Ezequiel abría por primera vez los ojos luego de quince años de silencio externo, incógnita interior. Sólo una enfermera fue testigo.
La sala blanca parecía más iluminada que de costumbre.
Ezequiel esbozó una tierna sonrisa acompañada por la caída suave, para siempre, de sus parpados. Su primera nieta, a treinta kilómetros de aquel hospital, mermaba su llanto al mundo, para salpicar a Luana, su madre, con la primera sonrisa.
Las calles de la vida y la muerte, de vez en cuando, toman café en la misma esquina.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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