“La dignidá cebada”

Llegó al puesto lejano, infinito, el hijo del patrón, arrogante, con la música ensordeciendo el silencio del campo que murmura existencia, montado en su camioneta 4×4 séxtuple tracción arando huella, salpicando barro contra las paredes del rancho construido con ladrillos amasados a mano y esperanza. Bajó el hijo del patrón, prepotente, arrojando el envoltorio de un chocolate importado en el precario jardín de Don Sebastián. Entró el hijo del patrón, sin permiso, altanero, a la rústica casita de adobe y madera vieja, tirando en el suelo un cajón con algunos paquetes de yerba, fideos baratos, vino berreta y harina para yugar un mes.

– Tómese un mate, m’hijo –

Dijo Don Sebastián al hijo del patrón, mientras un viejo mate galleta bebe el agua caliente de una pava abollada en todo su cuerpo por los golpes de viajes a la veranada, pintada color carbón en capas de inviernos aguantando bravías lenguas de fuego de leños camperos en la mitad de los montes donde pastorea la hacienda.

– No, gracias, está sucia esa pava, puede contener enfermedades al agua – Respondió el hijo del patrón como si sus palabras fuesen la ciencia ascética que olvidó a la humanidad hace tiempo.

– Beba, hombre, beba uno solo, nomá, que de lo único que se puede contagiá es de dignidá –

– Beba, hombre, beba uno solo, nomá, que de lo único que se puede contagiá es de dignidá –

Bebió el hijo del patrón, desconfiado, con un poco de cara de asco sin ocultar, pero a los pocos segundos en el segundo sorbo del mate sus ojos miraron los ojos de Don Sebastián y en esas pupilas se reflejó la pava negra y más atrás las siluetas de pobladores antiguos siendo golpeados, desalojados de una tapera parecida a la que se encontraban, en el fondo de los ojos de Don Sebastián, el puestero, también se veía gritos de niños separados de sus padres y se oían rojos sangre de golpes en las espaldas de paisanos y paisanas. Vió el hijo del patrón, la historia no silenciada en los libros de sus escuelas privadas ni en los manuales oficiales de las escuelas públicas.
Pasaron algunos años ya desde aquella cebadura en el rancho. Hoy, en un día nublado que lagrimea en los filos de las lomas lejanas, los ladrillos de barro, bosta y pasto seco ventilan verdades y memorias.
Don Sebastián ceba para su soledad un mate lavado en el mismo viejo mate galleta, pero con una pava casi nueva, mientras mira por la ventana con vidrios chicatos de eternidad, al mismo tiempo, pero a muchas leguas, el hijo del patrón está solo, sentado bajo un toldo de lona estirado entre una lenga añeja y una roca fortachona, lo acompaña un perro flaco faldero, unos viejos libros marxistas y un fueguito que calienta aquella vieja pava cubierta de hollín que Don Sebastián le regaló esa tarde de sabiduría ancestral.
El hijo del patrón no volvió más a la civilización, anda desalambrando campos de los patrones que obtuvieron tierras despojando viejos pobladores.
Un puestero, un niño hijo del derroche y la explotación, una anciana pava de mate y los ojos de la dignidá tatuaron la tierra agrietada de injusticias de la Patagonia en los huesos del futuro de un joven guerrero.

  • Fin –
  • Texto publicado el 9 de Octubre de 2019



«Sarah Kay a la patagónica”

(Una historia olvidada en el viento)

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Recuerda como la caricia del rocío en la mejilla, cuando escribió la primera poesía de amor, rudimentaria, con rimas llenas de azúcar, decorada sobre el papel con corazones, soles y otros dibujitos de colores trazados con lápices en el orden de los arcoíris que brotaban de la cajita. Esperó antes de ingresar a la escuela y, con una timidez grande como el amor que ella despertaba en él, le entregó la cartita de amor mirándola a los ojos, pero no lo abrió, sino que sonrió levemente sorprendida, lo guardó en el bolsillo y siguió corriendo con su guardapolvo blanco hasta unirse en esa mancha blanca de niñas que entran alborotadas a la clase de lengua y literatura.
Sólo un par de veces se cruzaron en el pueblo, de vereda a vereda se saludaron, sin mediar palabra de la escuela, de las manchas blancas huyendo de su declaración de amor primeriza.
Tres décadas casi han pasado desde aquella carta que, al recordarla, sigue ocasionando la misma vergüencita en quien ahora está en una carpintería con sonido serrucho ambiente y aserrín como nubes de melancolía mermando el tiempo, mientras recuerda aquel texto a los 11 años.

“Lole sos lo más lindo que me pasó en mi vida y quiero ser tu novio y vos ¿querés jugar a ser mi novia?”

A 10 cuadras de aquella carpintería, en una oficina con montañas de papeles, enjambres de sellos y documentos Excel que reproducen números agitadamente, llora Lole frente a su monitor la discusión con su marido de la noche anterior, el desierto de abrazos y el ayuno de besos han sembrado de rutinas sus días grises, de pronto, como un silencioso llamado del pasado, se acuerda de algo, mete la mano en la cartera, en el bolsillito interno, ese al cual jamás le había dado la atención merecida, sacó un papelito amarillento, cortado por el tiempo en tres o cuatro partes, lo armó como un rompecabezas sobre el escritorio.
Lole lloró y río al mismo tiempo, su cara era la cara de la niña en la puerta de la escuela, suturó con cintex el papel y lo pegó en la parte superior de la pantalla de su computadora, frente a ella y lo leyó una y otra vez hasta el mediodía, cuando su trabajo llegaba al final de la jornada, ese papel que decía casi como una tos amarilla del ayer:

“Lole sos lo más lindo que me pasó en mi vida y quiero ser tu novio y vos ¿querés jugar a ser mi novia?”

A veces el amor es caprichoso y no nos regala el cartón de bingo ganador, pero talla su querer en la memoria y su labor de humanidad.
En una oficina casi sin ventanas, Lole lloró y río de amor; en una carpintería él volvió a imaginar su mano con las mano de ella.
Afuera llueve, la mayoría de los trabajadores toman taxis y colectivos o regresan a sus casas en sus autos, pero Lole y el carpintero, cada uno por su lado, eligieron caminar bajo la cascada de lagrimas del cielo.
Si el amor ya se curó de su capricho, hoy ambos se encontrarán en la misma vereda, bajo la lluvia, tal vez nunca se enteren que compartieron un día las mismas baldosas, la misma melancolía.

✌🏿Lealtad, el Triciclo del 17 de Octubre✌🏿

Lo trajo mi padre de regalo a casa justo aquel glorioso 17 de Octubre, lo bautizó Lealtad, era la moto de los asalariados de la barriada obrera. Tiene los huesos herrumbrados y los manubrios como los cuernos toreando al tiempo que no le da tregua, pero mientras sus patas traseras se confunden entre los yuyos y el barro, la delantera que aun aferra su goma al piso, sostiene con delgados músculos de hierro los pedales que dejaron de ser la pequeña vuelta al mundo que ayudaba a avanzar.
Entre cajas vacías, maderas que serán fuego de algún asado, descansa ciego, con reuma de anhelos, sin que nadie se atreva a dejarlo en la vereda para que el camión de la basura se lo lleve.
Los padres sueñan con su resurrección, que si vuelve a andar por el patio con sus hijos montados en su lomo, los vientos de una niñez que hace mucho tiempo dobló la esquina para siempre, regrese con la verdad de ayeres de barrio con arboledas, veredas de guardapolvos llenos de polvo, felices, libres y las tardes de chocolatada con pan y manteca para todo el piberío bullanguero del barrio obrero.
El viento mueve apenas los engranajes oxidados del antiguo regalo de aquel 17 de Octubre, y el sonido recuerda el lenguaje de las máquinas que salia por las ventanas de las fábricas en aquellos tiempos prósperos.
Tal vez el triciclo, su sonido, su Lealtad de fierro, sea una artística revelación, una justa rebelión, el llamado a una nueva movilidad social, que fluye de la Fuente inagotable de bienaventuranza, donde nuestros pies descalzos se refrescan con la esperanza descamizada de los pechos orgullosos, mientras Lealtad chilla sus oxidados engranajes que comienzan a echar sus primeras nuevas pedaleadas soberanas✌🏿

🎙🎧Reporteando Felicidad🎧🎙

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Felicidad total, gracias María Isabel Criado por este inmenso obsequio, un grabador con micrófono Philips que perteneció a Américo Criado, junto a un cassette original de Carlos Gardel

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y gracias Andres Lapenna por confiar en que será cuidado y mimado este regalo en mi humilde «museito» personal de radios, tocadiscos, vinilos, libros y objetos antiguos, retro, vintage

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💧Gótico💧 .

Tristelandia es un país ubicado en la región de Melancolía a orillas del río Lagrimal, sus habitantes, los Góticos, son diminutos, tan pequeños que son casi imperceptibles para el resto de la humanidad.
Los Góticos no conocen el dinero y su economía se basa, principalmente, en la recolección de lágrimas hijas de las penas de la humanidad. Cuando encuentran lágrimas solitarias, las atan cual paracaídas y se trasladan con ellas hasta sus tierras en donde las liberan para que caigan al río Lagrimal, donde forman un caudal de tristeza que se vierte luego en algún rincón de alguno de los océanos de nuestro planeta.
Nadie ha podido regresar de Tristelandia, para contar, efectivamente, más detalles de su precisa ubicación y las costumbres de sus habitantes, sólo nos cobija la leyenda que le atribuye a los Góticos, la custodia, siembra, regadío y cosecha de los llantos de la vasta historia de los pueblos del mundo💧

📸 Totalmente flasheado 📸

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Gracias Diego Nicolas Williams por otro inmenso regalo, esta increíble cámara fotográfica Nikon que seguramente guarda en su corazón tantos retratos de las luchas de un Pueblo, como así también, sus personajes y paisajes que acariciaba con su arte y su magia, la querida Artista y Luchadora Silvana Fattori.

Ahora está cámara está cuidada y abrazada en mi humilde «museito» de radios, tocadiscos, vinilos, libros y objetos antiguos, retro, vintage

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Gracias Dieguito del soul

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“Almohada de mis no soy”

En el extremo de la sábana negra con pecas de estrellas del universo, allí donde no alcanza a mojar con sus penas las olas de los cumpleaños sin velita ni piñata, tengo una almohada hija de la alquimia de las noches y el silencio, una almohada hecha con la tela de las dudas y las plumas de las certezas.
Cuando estoy cansado de ser y sentir sentido común sentido, poso la mejilla del lado de las verdades mentirosas y me sumerjo en el sueño de los no somos, para dejar de ser un soy y vestirme con el pijama de los siendo somos. Me gusta, a veces, no ser un soy y si ser un somos sin soy.

🌬El viento patagónico🌬

Como una tos universal, esa patota de aires prepotentes me pasó a llevar silbando heavy metals con el filo de las hojas de los arboles de mi barrio, y en mi descuido somnoliento me arrebató dos recuerdos de desengaños con canas, un viejo amor del que no recuerdo sus besos y un no quiero ser tu novia en la vereda del cine Coliseo.
Pero la misma brisa musculosa, sin pedir permiso, dejó enredado en el maitén de mi jardín, un par de historias de amor con final feliz que le devuelven al viento patagónico su caprichosa razón de ser.