“Niño de barro”


La lluvia opera bonitos milagros en la nariz de los niños.
En una casa pequeña, cerca del arroyo Esquel, las gotas explotan sobre el techo de chapa mientras la ciudad huye de si misma.
Un niño con mocos secos tiene su nariz pegada al vidrio de la ventana de la cocina. Su truchita, dibujada en los bordes con tinta de café con leche, infla fantasmas en el cristal.
En ese mismo momento, afuera, desde un charquito color merienda, un chiquito de barro emerge lentamente y a pasos de hipopótamo bebé camina hacia el niño en la ventana. Apoya su nariz chocolate sobre el vidrio a la misma altura que su par en el interior de la casa.
Se miran, pestañean y sonríen.
De repente, la lluvia se va con el viento. Con el viento el pequeño de barro que, suavemente, sin dejar de mirar al otro niño, se sumerge en su charco hogar.
De repente la madre llama al pequeño que mira la lluvia. Este se da vuelta y su mamá percibe que tiene manchada la nariz. Le sugiere que se lave la cara en el baño para sacarse el café con leche arriba de la boca.
El hijo contesta que no es café con leche, sino la nariz manchada por un beso de barro en la punta de la fabrica de mentiras de pinocho, que le regaló el chico que vive en el charco.
Se miran, pestañean y sonríen.
La lluvia opera bonitos milagros en la nariz de los niños.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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