“Mi vida cambió de puro culo”


Lamento ser ayuno en letras e insolvente en los ejercicios escribas, sólo puedo decir, en cambio, que sólo tengo el recuerdo de su culo prepotente tallado en la memoria de mis labios de tinta y estas pobres palabras que honran a la morocha culona de mi barrio.
Así de brava era la morocha, patrona y señora de la lleca del rioba, mezquinaba talles al calce de sus jeans, pero abusaba del bamboleo caderil para alegría de la popular; sin embargo no hay datos ni registros que certifiquen fehacientemente de novios, maridos ni touchandgouers de ocasión que hayan sido parte de las sábanas de la Culona del barrio. Sólo hay un párrafo en un trozo de página media amarillenta y vieja en la biblioteca popular que según los vecinos fue escrito por el agrimensor Eugenio Ortímedes quien mediante teodolitos y otros instrumentos de precisión intentó medir la circunferencia de comprendida entre el vientre y el nacimiento de las narpies de la Morocha en la investigación volcada en su libro “Ortodoxa”:

“…y calculando el perímetro exacto de su benemérita asentadera, llegué a la conclusión que en caso de flatulencias, el barrio debería hacerse responsable de daños y perjuicios en los inmuebles cercanos…”

Pasaron varios años, ya estoy algo viejo y ha llegado el momento de confesarlo, aunque me valga la envidia y posterior enemistad con los muchachos del club. Yo besé ese culo.
Tal vez por un capricho o un desperfecto jurídico de las normativas celestiales, cierta noche de luna llena volvía caminando del boliche y desde la grieta entre dos cortinas de aquella despintada casa de mi cuadra, sus ojos me enguacharon y el ademán de su mano me convidó a ingresar. Quise decir permiso, pero con el dedo índice tapó mi boca para decirme:

“A cambio de tu silencio te ofrezco ver el pasado, el presente y futuro de todo el universo”

hecho que no me pareció tan importante hasta que me di cuenta, tras una palmada de su mano en su prepotente nalga izquierda, señalaba al mismísimo universo comprendido en el territorio de su culo. Me dijo que su Culo era el el mismísimo dios o diosa, dependiendo las cultura o religión que lo interpretase y que sólo los privilegiados seríamos los únicos mortales que podríamos tocarlo antes que ella se trasladase a China donde rebelaría el secreto místico de universo a dos orientales.
Se quitó la camisa evidenciando dos pechos que hoy cotizarían en la bolsa de valores de Wall Street, pero al bajarse los pantalones y quitarse la bombacha, emergió la verdad rebelada que todo alquimista y científico del mundo desearía conocer. Posó sus dos majestuosas nalgas sujetando mis mejillas para dejarle un ápice de aire a la punta de mi nariz para que pudiera respirar y a los ojos petrificados al ras de esas dos morenas y lisas montañas de piel, tu podrás besarlo, me dijo la morocha. Por supuesto fue la orden menos resistida de la que recuerde en mi vida. Cuando mis labios hicieron contacto sucedió aquello.
Vi todas las cosas del mundo, inertes y las animadas, los pensamientos, el tiempo presente, pasado y futuro de cada uno de los átomos que el infinito poseía, me vi a mi besando el orto y a dos chinos muertos tras la misma acción, vi un viejto formal y medio ciego con su mano en la nalga derecha de la morocha y una leve erección que no pudo disimular mientras lo veía, también, escribiendo sobre ese trasero proverbial. Pude comprobar, entonces, que existía Dios y me desmayé.
Desperté en la cama de mi tía que me había encontrado en la vereda dormido, sonriendo, con la boca tirando un piquito al aire.
Lamento ser ayuno en letras e insolvente en los ejercicios escribas, sólo puedo decir, en cambio, que sólo tengo el recuerdo de su culo prepotente tallado en la memoria de mis labios de tinta y estas pobres palabras que honran a la morocha culona de mi barrio.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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