“Me lo contó un pajarito”

(Leyenda patagónica)
* Dedicado a la querida población de Gualjaina (Chubut)

Ayer, a orillas del río Gualjaina, una siesta fortachona me acostó de un knockout preciso al pecho de mi pereza.
Aun no se si fue desde el otro lado de la tranquera que divide la estancia onírica del campo de la realidad, o quizás fue un recuerdo lisergico que amamantó el inconsciente para que éste tomara coraje e intentara convencerme del posible dialogo del hombre y la naturaleza.
Comprendí desde ese extraño estado mental o espiritual, que la marcha sostenida del caudal inquieto del río estaba en complicidad absoluta con el viento que se colaba con astucia entre las grietas de los neneos, y de vez en cuando, se dejaba cortar por un cardo vigilante de la estepa.
Ambos, agua y aire en movimiento, emitían un sonido armónico (al menos yo lo percibía así), que desplegaba cual ejercicio coral de la vegetación, unas melodías que son las melodías del universo.
No me pareció tan extraño ver mi cuerpo descansar en la arena. Hacer un esfuerzo para levantarlo era una tarea vana. Yo ya no era yo, solamente.
Supe, casi como el suspiro de la lógica, que cada elemento, desde un grano de arena hasta el sol que parecía dirigir la batuta, eramos uno.
De repente, escuche una voz cerca. Muy cerca. Provenía desde la frontera del oído o tal vez desde el mismísimo interior, no lo supe al instante. Comprendía el mensaje, pero curiosamente éste no albergaba palabras, sino imágenes sensoriales claramente legibles.
Entonces, salté desde aquel paraje dominado por los sueños, hacia este lado. Me supe recostado en la arena a orillas del río Gualjaina, tal como me había dejado.
Abrí los ojos suavemente y la voz aquella que me murmuraba cerca, parecía ir alejándose al galope montada en el viento patagonico.
No advertí la presencia de persona alguna ni en la corta ni en la lejana distancia. Pero si, debo reconocer, el aleteo de un ave pequeña (creo que un colibrí), que surfeaba el aire en linea recta desde mi lugar hasta posarse en la rama más alta de un árbol seco que deseaba besar el río.
El pajarito se sacudió un poco como aireando sus plumas. Parecía distenderse luego de haber realizado un trabajo. Aunque parezca extraño o juzguen este relato como proveniente de directivas alucinatorias, estoy convencido que el pequeño pajarito fue quien me habló al oído mientras yo dormía.
Nuestros antepasados no nos explicaron bien el origen de la frase, “Me lo contó un pajarito”, pero yo creo saberlo, desde aquella siesta en el río Gualjaina.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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