“Los surcos sembrados”

Como todas las mañanas, Doña Porota, la abuela polaca que amansa 103 años en sus pies curtidos, mitad por los campos en Polonia, mitad por los arduos trabajos en la meseta patagónica, camina tanteando los muebles, tanteando las paredes, mientras el amanecer rasguña el alba y la ceguera que hace dos décadas le nubla las complejas simplezas de la vida. 
Con precisión matemática llega Porota hasta la cocina antigua a leña, ésta se traga los trocitos de madera de lenga seca, blasfema sus primeros fueguitos y arriba en su lomo de hierro se posa la pava de aluminio que emparda la edad de la abuela. Afuera las bandurrias y los teros festejan, se pelean, hay cortejo y disputa de territorio, mientras en dos jarritos de lata, con un solo saquito de té, prepara el desayuno con las rodajas del último pan csero que estas tierras olerán, y unta la manteca deliciosa, la cubre de dulce de grosellas cosechados en el último verano, allá, arriba, en el faldeo de los choikes. Doña Porota se sienta, por última vez se sienta en su longeva silla de madera gastada por las horas que parieron pulloveres y medias de lana cruda para el invierno y como una guapeada al amanecer, sus parpados sin sin uso caen lentamente, como cae su respiración, suspirando su última gota de existencia, dejándose ir, para siempre.
Con los pelos alborotados por los sueños de castillos y gigantes, Alvarito ingresa en la cocina, lo llamó el aroma de té con pan, manteca y dulce caseros, pero antes de desayunar se arrima a la silla de madera donde duerme, eternamente, su abuela, extiende su manito hasta la mejilla de Doña Porota y acaricia los surcos de las mejillas, la frente, y las manos trabajadoras, los surcos que esas manitos sembraron todas las mañanas durante ocho años, y esos surcos le devuelven a su nieto la sabiduría que no han logrado codificar las extensas bibliotecas ni las laboriosas academias. 
Alvarito desayuna, con algo de tristeza, pero entendiendo la vida, en su comienzo que es fin y comienzo al mismo tiempo. Sale hasta el tronco cortado en el jardín, se sienta, las aves entonan el preludio de la opera fila de esta obra que los teatros del mundo se perdieron. Alvarito mira el horizonte de la meseta mística patagónica, escucha rumores de la Polonia antigua que jamás conoció, el murmullo de las olas golpeando el cuerpo de un barco que nada hacia Sudamérica, los trabajos en la tierra, el primer rancho, su padre, cuando niño, robándole unas galletitas a Doña Porota para salir a pescar al arroyo con sus amigos, sus padres llorando de felicidad por la llegada al mundo del nieto de Doña Porota y Doña Porota durmiento a su nieto en brazos, contra el pecho, hamacándose en esa silla de madera vieja que parirá pulloveres y medias de lana para el invierno.
Alvarito suspira, los surcos del rostro de Porota lo hicieron hombre a temprana edad, en algunos minutos más llegarán su padre y su madre, tendrá que contarles que la abuela se acostó a descansar para siempre, pero no se olvidó de prepararle antes el mejor desayuno del mundo.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel) 
www.calaveralma.com.ar

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