“Los Reyes Magos del barrio olvidado”


La semana fue difícil para la familia Currumil, tal vez la más complicada en años, los esfuerzos para ganarle la pulseada de fin de año al 2018 los dejó con los bolsillos agujereados, sin una moneda para afrontar los reyes magos. Hicieron changas aquí y allá, pero solo alcanzó para pagar las cuentas del almacén que aún le fía los productos básicos para dibujar el desayuno y engañar el guiso del mediodía, pero no quedó un peso para comprar el juguete para.
Durante la noche, los padres tomaban mate lavado, sin poder conciliar el sueño, mientras miraban el par de zapatitos gastados, con las puntas como insinuando hambre y sed, cerca de una lata de leche nido vieja con agua y unos yuyos del baldío oficiando de alimento para los jorobados. Con angustia, ambos sujetaron las lágrimas para no demostrarle al mundo sordo y ciego, que no bajarían los brazos hasta el último segundo en pos de una simple sonrisa de su hijo el Cholo.
Amaneció el 6 de febrero, con un bullicio de niñas y niños en la barriada pobre, los padres se despertaron, Cholito no estaba en su cama, se vistieron rápido, fueron hasta la cocina donde tampoco estaba, cuando de repente se abre la puerta del rancho que da a la calle, Cholito entra medio cuerpo y una sonrisa de oreja a oreja, mientras les grita a sus padres, agitado, feliz, vengan, vengan. Vamos mami, papi, vinieron los Reyes Magos a visitarnos. Entre legañas y contractura de noche sin sueños, los padres se montan en sus alpargatas y egresan de la humilde casa encontrándose con una calle de tierra y piedra llena de niñas y niños, la mayoría descalzos, corriendo, gritando, riendo detrás de una improvisada caravana con tres animales grandes, medio deformes en su lomo, como con jorobas, llenos de trapos de colores y arriba de cada uno de ellos unos señores, también llenos de trapos de colores viejos, pero que simulaban atuendos de reyes, desde arriba saludaban al piberío de la ranchada, al tanto que obsequiaban a cada uno pelotas de futbol recauchutadas, soldaditos de lata y madera, muñecas de lana y ropa vieja, pero todas y cada una de las criaturas abrazadas a sus regalitos, como abrazados a la vida, como abrazaditos a la esperanza.
Mientras la fiesta en el rancherío se hacía más hermosa y grande, todos los padres miraban la escena, sin poder contener el llanto, esa felicidad de los desposeídos cuando los derechos parecen, al menos por un ratito, acordarse de ellos, pero también las lágrimas eran hijas del darse cuenta quienes eran los Reyes Magos.
Hace casi dos meses los tres linyeras, borrachines del barrio pobre, el “Pelado” Evans, el “Colo” González y el “Panza” Catrileo, quien sabe porque motivo, que ni la lógica ni la razón alcanzarían a comprender, decidieron, al menos intentar, dejar de tomar los cartones de vinos que eran desayuno, almuerzo, merienda y cena, para hacer tal vez el último esfuerzo de sus vidas; en ese amanecer de sobriedad, recordaron sus viejos oficios de un pueblo que antes era próspero, carpintero, herrero y arreglador de ropas rotas. Día y noche el Panza, el Pelado y el Colo, en silencio y en secreto, recolectaron de los barrios céntricos trozos de despojos de las casas pudientes, para transformarlos en el interior de su galpón de chapa y palo en juguetes hermosos, fuertes y didácticos. Evans, quien supo formar una Cooperativa de trabajo que realizaba indumentaria a bajo costo se encargó de crear las vestimentas de los Reyes Magos y la ornamenta de los caballos flacuchos y viejos que, con un dos bultos de bolsas arpilleras tapados con unas colchas, sobre el lomo, simulaban los camellos del lejano continente; el Colo, ex trabajador en la herrería municipal junto al Panza construyeron los juguetes, sin descanso.
Es el mediodía, el mundo del comercio y el dinero, como todos los años, como siempre, perdió el boleto de llegada a este barrio en el ómnibus injusticia, pero por primera vez en la historia del barrio popular, la magia se hizo carne, la esperanza se fortaleció y la solidaridad se llenó de contenido.
En las vidrieras de mi pueblo, con alarmas y vidrios blindados, esta mañana siguen esos Reyes Magos envueltos en ropa de la realeza siguen duros, inertes, alejados de los niños y niñas; pero en las riberas de mi pueblo, los verdaderos Reyes Magos han trabajado para que la magia siempre una sonrisa como techo de la esperanza de la barriada olvidada.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

Deja un comentario