“Las gradas del gimnasio municipal de Esquel”

– Leyenda patagónica –

Hace poco tiempo advertí, con sorpresa, que en el Gimnasio Municipal de Esquel han sucedido algunas transformaciones. Todas ellas han mejorado el lugar, arquitectonicamente hablando. Lamentablemente, no han consultado si podían o no arrebatar las historias que se parieron bajo las sombras de las Gradas.
El lugar es ahora un sitio amable para las prácticas deportivas, culturales y sociales, pero una ausencia material me dejó notablemente triste. Acérquese, colega, le voy a contar algunas cositas sobre este Gimnasio, sobre este corazón.
En los años mozos de secundaria el Gimnasio Municipal poseía una cancha, como la de ahora, pero un tanto más austera. Voy a obviar en esta oportunidad una detallada descripción edilicia para detenerme en la materia prima de este entripado que aquí desembucho, para detenerme en un sector particular.
Las Gradas. Mientras en la cancha se debatían intercolegiales furiosos de Volley, Baquet, Fútbol y otros deportes, las Gradas sostenían hinchadas jolgoriosas que victoriaban a sus respectivos colegios con cantos que van desde el afamado “Olé, olé olé, olé, olé olá…” o el tan repudiado por las autoridades del Colegio Salesiano “Normal, compadre la shell de tu madre…”. Pero todos los esquelenses guardamos un secreto y que venga alguien a desmentirlo.
Todos, pero todos, sabíamos que debajo de las Gradas de madera y metal, allí donde las fuertes luces del techo no penetraban sucedían hechos que no quedaron documentados en la historia oficial del Gimnasio Municipal. Allí pululaban aquellos que no se sentían atraídos por las destrezas deportivas ni las infulas de protagonismo, aunque también los que eramos deportistas solíamos asistir con cierta asiduidad a aquel distrito.
Algunos atorrantes que andaban por ahí abajo se dedicaban a churrasquear bolsos y pertenencias de los desprevenidos; bajaban los pantalones de joggins de distraídos muchachos que dejaban al descubierto sus partes frente a un público que no reparaba en señaladas y carcajadas. Obviamente, no faltaban las parejitas que encontraban allí un hueco donde las reglas y las garras de las autoridades académicas y familiares no llegaban.
He aquí lo importante, compadre.
Una noche de Intercolegial, luego de una goleada propinada contra la Politécnica en el primer tiempo, fuimos a estirar los músculos. De repente, entre tablón y tablón de las Gradas, apareció Ella. Era la chica más bella que jamás había visto en Esquel. Curiosamente, leía un libro de Lewis Carrol acomodada entre la maraña de fierros donde había colocado su mochila de escuela a modo de respaldo.
Dejé a los muchachos sin decir nada e ingresé al mundo debajo del Mundo. Me acerqué con timidez. Me vio. Sonrió suavemente. Me senté a su lado y conversamos. Los gritos de las hinchadas y las puteadas de los jugadores parecían haber quedado en stand by. Contó que estaba obligada por los padres y, obviamente por la escuela, a asistir a las clases de gimnasia y a los intercolegiales. odiaba el deporte y los gritos del lugar, pero había encontrado debajo de las Gradas un oasis para satisfacer sus deseos de soledad y fantasía. Me enamoré de inmediato. Pronunció su nombre. Lía. Era alumna del Salesiano, dijo.
De repente el silbato del arbitro y el grito del entrenador nos convocaron al regreso a la cancha. La besé en la mejilla diciéndole que me esperase unos minutos hasta el final del partido. Sonrió. Sonó la chicharra que indicaba el final de la partida. Normal 7 Politécnica 2.
Sin saludar a mis compañeros de equipo rajé hacia las profundidades de las Gradas, pero no la encontré. Pregunté a los mismos sabandijas de siempre que andaban por ahí, pero todos juraban jamás haber visto una chica en aquellos lares. Incluso, describí a los alumnos del Salesiano sobre Lía y la respuesta fue idéntica. No existía ninguna Lía en el Salesiano.
Todos por aquí aún recordamos decenas de historias sobre el mundo debajo de las Gradas del Gimnasio. Ladrones de alta alcurnia. Seres mitológicos que se alimentan con los papelitos con cuento de los chicles Bazooka, fantasmas de jugadores de intercolegiales antiguos que desean regresar a convertir el gol que no concretaron en vida, pero nadie, absolutamente nadie menciona a Lía.
Hay noches en las cuales sueño que aquel encuentro con Lía fue lo más real que me pasó en la vida y que esta vigilia es sólo un mundo sombra de otro mundo. Tal vez sea así.
Quizás nuestra vida esté por debajo de unas Gradas gigantes que pertenecen a un Gimnasio Municipal del Universo y su Intendente, Dios, sólo juega historias picarescas en los entretiempos.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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