“Las galletas del almacén de mi barrio”

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El almacén de la esquina de la cuadra de mi casa no difería demasiado de los almacenes barriales tal cual están almacenados en las góndolas de nuestros recuerdos.
Mientras esperaba mi turno para comprar un poco de fiambre y pan francés, un niño, demasiado serio para ser niño, ingresó al local. Caminó a paso lento, como inseguro al andar, pero seguro en su dirección. Al llegar al viejo mostrador de Doña Marta alzó la manito que apretaba como tenaza de cangrejo un rollito con billetes y dijo, mientras señalaba una antigua lata de galletas Terrabuzi vacía, que quería todo en esas galletitas. Sonreí ante la ingenuidad infantil o la falta de altura que dificultaba al nene mirar la carencia de galletas en el interior de la lata, pero la sonrisa regresó a su estado solemne al observar que Doña Marta tomó el rollo de billetes, lo guardó en el bolsillo grande delantero de su siempre impecable delantal de almacenera, se dio vuelta, estiró su brazo casi hasta quedar en puntas de pie y metió primero su mano, luego el brazo hasta el hombro, mientras sus pies tomaban distancia del suelo y siguió introduciendo su cabeza con algo de esfuerzo para dar paso a su espalda, su cadera, las piernas y, finalmente, los pies, salvo el detalle de la zapatilla Topper del pie izquierdo que se atoró con el borde de la la lata y cayó al suelo.
Quedé inmóvil, absorto, al tiempo que el niño aun serio tomó la zapatilla y dando media vuelta se retiró del almacén sin decir ni una sola palabra. Al llegar a la esquina y en un movimiento parecido al de los indios con las boleadoras, arrojó el calzado hacia los cables de electricidad que atravesaban la bocacalle con tal puntería que quedó enredada con sus cordones y colgando de los cables. De pronto, desde el interior de la Topper, una lluvia de galletitas comenzó a caer sobre la calle, sobre el techo de los autos sin que nadie se inmutara, solamente una señora con delantal de almacenera que juntó una por una las masitas dulces y las colocó en una vieja lata marca Terrabusi.
De repente volví en mi, estaba en el mismo lugar dentro del almacén. La almacenera entregaba una bolsita de galletitas dulces al niño quien lentamente salió del local. Usted que desea, preguntó la señora. Cien gramos de jamón crudo y lo mismo en queso feteado.

Calaverita Mateos (Esquel)
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