“La Universidad del Tricota”


Todos los martes eran sagrados en la universidad, finalizaba la hora de química y mi cuerpo se exiliaba de un salto antes que yo mismo del aula, mientras que al mismo tiempo y desde la sala donde enseñaba lengua inglesa clásica, ella, con cara de me cayó mal lo que comí, egresaba de su clase en la misma dirección que la mía.
Con prusiana puntualidad arribamos al baño de portería, allí donde el bullicio estudiantil se quedaba sin aliento, no cruzábamos palabras prácticamente, en parte por su timidez de señora pacata y tímida que está faltando al decoro y las buenas costumbres y por otro lado debido al poco tiempo que teníamos entre clase y clase para derretir los azulejos del húmedo y lejano baño olvidado en aquella universidad.
Sólo una búsqueda del tesoro desesperada de nuestros labios, mano derecha de la profesora sosteniendo la pared lateral, mientras la otra mano tomaba la cadena de la vetusta mochila de plástico del inodoro permitían que, sumado a su pierna izquierda , hija de una danzarina clásica, ofrecieran el banquete ideal para levantar su pollera la cual sostenía con su cabello al tiempo que deslizaba aquella delgada y mentirosa frontera de su bombacha hasta que lograba, casi como un engranaje de reloj, estar dentro de ella, y ahí sin dejar su pollera enredada con sus largos cabellos a la altura de su nuca, mi otra mano se ofrecía y a la vez era llevado por sus dedos casi con gesto obligatorio hasta sus tetas, dando comienzo al baile más desprolijamente prolijo de los cuerpos que parecen odiarse mientras se aman.
Nuestra clase sobre Coginson de todos los martes transcurría con la rapidez y el salvajismo semanal, sólo que algo sucedió aquella vez y que no estaba en el libreto de nuestro kamasutra académico. Seguramente impulsada por un rumor, abrió la puerta del baño de portería de golpe, pero suavemente, la alumna nueva que había llegado hace unos meses de Francia a quien no conocíamos nada más que por sus intrépidas intervenciones en las discusiones políticas. Por suerte, esa intrepidez no quedó fuera del cuarto de baño y se acercó, en silencio, y ahí estábamos la profesora y yo en un balurdo de ropa, manos y pies casi como una estatua en honor a las mejores portadas películas triple XXX. No nos movimos por vergüenza, temor o qué se yo,pero la francesa si, quien casi sin mirarme tomó la nuca de la profe sin despegarle la mirada y comenzó a besarla con carnet de besadora profesional, entonces pensé que me habían puesto tarjeta roja en este partido, pero el gesto siguiente me indicó que era un picadito de tricota, cuando la alumna se aferró fuertemente a mis nalgas y empujándome con convicción puso todo en su lugar, tal como lo había encontrado al llegar. Poco a poco aquello que era ya una tradición de los martes entre una profesora de biología y un ayudante de cátedra vino a modificar el libreto y agregarle un condimento preciso y para paladares exigentes.
No digo que alguno de los tres actuó, seguramente, un poco el orgasmo, pero debo confesarles que la explosión mi cuerpo en cascada de lava dentro de la profe fue en armonía con los gestos y sonidos de una obra de Mozart desafinadamente afinada para la ocasión. Papel higiénico barato limpiando las sobras de placer en el algunos bordes de pantalón y en las manos de la francesa que había decidido con sus mano acompañar la cabalgata encima del inodoro.
Salió primero la profesora al pasillo, gesto de preocupación doble, luego acto seguido la alumna francesa y posteriormente yo, todos con los rostros de haber obtenido el campeonato de la copa Cogederación del mundo, pero disimulándola para la tribuna cuyos hinchas ya caían por sus cauces a sus respectivas aulas. En el punto del pasillo de la universidad, ahí justo donde el paso de las seis piernas tomarían rumbos distintos solamente una voz se escuchó de los tres, una voz joven del viejo continente que dijo, sensualmente, mirándonos en medio del océano del alumnado:
“merci pour l’accueil et pour me laisser faire partie de cette honorable maison d’enseignement supérieur”.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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