“La Misa del domingo”


Domingo, aun no amanece, las gotas de lluvia, como flechas con hambre, se abren camino en descenso vertiginoso, desde el oscuro cosmos, hacia el pueblo, algunas se clavan en el follaje de los árboles del barrio, otras se zambullen y fabrican charcos de café con leche en las calles de tierra, otras, las más osadas y celosas de la carne, se estrellan contra las chapas del techo de la cabaña.Al trasluz de la habitación casi ciega, escucho su respiración suave, metódica y veo su contorno dibujado en negro y grises, ella de espalda a mí, acostada, de costado, desnuda, mi brazo la rodea, mientras sus manos lo sujetan contra sus tetas. Mi otro brazo pasa por debajo de su cuello y mi mano que imita a una cobra baja a hacerle mimos en su frente. Mi pierna izquierda ha sido abrochada por sus dos piernas y casi ajeno a nosotros, la suavidad de la piel de su culo comienza a hablar el lenguaje del misterio con mi pija, que amanece, al compás de una melodía clásica, al son de los sutiles movimientos que los cuerpos comienzan a expresar.La memoria de la habitación despierta la carne de la mañana, afuera llueve, adentro el ritual religioso da inicio nuevamente. Gente en el pueblo entra a la iglesia a arrodillarse ante los santos y las cruces, nosotros pecamos, nosotros cogemos, nosotros somos feligreses a nuestra manera.


– Fin –


Calaverita Mateos (Esquel)

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