“La migración del amor”


Luego de la muerte de su esposo, Don Carlos Armando Gonzalez y después de cincuenta años de yugar la vida juntos, Maria Elena había descendido las escaleras de las penas y las sombras hasta el sótano donde la tristeza es señora y patrona.
Un proyecto en común, hogar, trabajos, viajes, hijos, nietos.
La construcción de un mundo pequeño e inmerso en un universo de mundos particulares, de repente se había escurrido entre los dedos arrugados por el viento del tiempo.
Pero un día, precisamente en su cumpleaños noventa, Maria Elena invitó a toda su familia a comer. Sus cinco hijos y un caudal amplio y generoso de nietos revolucionaron el lugar con alegría y barullo.
En la sobremesa, como era costumbre en los tiempos de casados, pero en esta ocasión sola, Maria salió caminando lento, en silencio, hasta el borde del jardín, se sentó en el banquito al lado de la aljaba y lloró a escondidas.
De pronto, alguien le tomó la mano, era su nieto Felipe, uno de los más chicos y atorrantes que tan bien se llevaba con Carlos Armando.

– ¿por que lloras, abuela?
– Mi amor, extraño a tu abuelito.
– Abu ¿te gustaría saber donde está el Abuelo? – dijo el niño con naturalidad.
– Sólo quisiera haber visto una sonrisa en su rostro antes de su partida. Saber que mi vida junto a la suya lo hizo feliz.
– Abu, te acordas que el siempre hablaba que no iba a morir, sino que iba a convertirse en una bandada de pájaros para viajar eternamente.
– Si, mi chiquito – dijo la Abuela, mientras dejó en libertad un llanto emotivo.
– No llores, Abu, Abue me dijo que si alguna vez yo estaba triste, buscara su sonrisa en el vuelo de las aves.

El niño tomó las mejillas de su Abuela y suavemente levantó el rostro surcado por los años en dirección al cielo, invitándola a buscar en el plano celeste algún guiño cómplice.
Maria Elena no cabía en su cuerpo por la emoción que le generó lo que vio en lo alto. Tres bandurrias enormes, montadas en la brisa fría del invierno, volaban hacia el horizonte cumpliendo el ciclo de la migración.
En la formación de las aves estaba la respuesta y el mimo de su amado esposo, la sonrisa de agradecimiento por la vida que le había regalado.
Esa tarde, Maria Elena cocinó la torta más grande y rica del mundo para sus nietos.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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