“La Lechusueñera”

(Leyenda patagónica)

Las garras amargas del escepticismo tiene su frontera en un punto de nuestro Pueblo. Nadie ha dudado jamás de la existencia de La Lechusueñera. Los galeses se arrogan el mito. Los Mapuches dicen que sobrevuela su cosmovisión incluso antes de la llegada de los blancos a esta tierra.
Los ornitologos afirman que vive en la pared oriental de la buitrera. Los miembros del colegio de abogados de la ciudad ubican su nido en la araucaria más alta del cementerio. En cambio, el sindicato de canillitas jura tener fotos del nido que se encuentra en el tanque de agua en el techo de la fiambreria La Morocha. Eso si, todos coinciden en la importancia onírica de la exótica ave.
Todas las noches, La Lechusueñera, vuela por sobre los techos de Esquel olfateando las chimeneas ya que por estos orificios suelen evacuarse, por su propio peso especifico, los sueños de las mujeres cuyas historias hablan de los hombres que no pudieron conquistar por las miserables fronteras sociales o por la migración de aquellos a lejanos países.
También, por el orificio de las chimeneas, fluyen tristes sueños de los hombres que han enviudado sin haberles dicho en vida a sus esposas lo tanto que la amaban. En las noches heladas, pero principalmente las de luna llena, la Lechusueñera huele las chimeneas absorbiendo estos mapas oníricos de los corazones que salpican lagrimas. Luego, en vuelo silencioso, viaja hasta una vertiente que nace en lado bravo del cerro Nahuelpán.
Una vez en el lugar, el ave sacude sus plumas de nieve y escarcha, para que los sueños y las penas caigan en el frío manantial. Esta agua, al parecer, tiene la propiedad mística de articular las historias que otrora no se habían cruzado a pesar de la poca población de Esquel. Con su pico de granito y cuarzo, la Lechusueñera deja caer en la vertiente ramitas de retama y frutos de calafate.
Entonces, espera, mientras el movimiento de los sueños se acomodan en loco juego debajo del agua. Una vez que los casales oníricos han trabado lazos, la Lechusueñera bebe del manantial cristalino y emprende vuelo nuevamente. Desanda el vuelo emprendido en busca de aquellos sueños y, chimenea tras chimenea, va depositando gotitas de rocío por los agujeros según los designios del agua y el conglomerado de amor estructurado bajo las ordenes del Nahuelpan.
Acabo de escribir esto, pidiendo disculpas al lector ya que recién llego a casa, medio beodo, luego de una noche con amigos cansado de fatigar botellas, charlas de fútbol, polleras y revoluciones con cuchillos de plástico y pistolas con chasquibum. Y en la soledad de las esquelenses calles madrugadoras vi una señora mayor caminando en camisón de la mano de un hombre entrado en edad, vestido en pijama y pantuflas, que la miraba enamorado mientras la besaba bajo el neón de la Volta y Avear.
Al principio pensé en lo ridículo de la situación, pero al sentir en mi nuca el vuelo rasante de un ave que jamás había visto que volaba en dirección a la Buitrera. Entonces lo supe y sobrevino una ternura profunda.
La Lechusueñera regresaba a su nido luego de una jornada laboral de amor cumplida.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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