“La canilla invisible del último mojón de Esquel”

(Leyenda patagónica)

No es de vecino racional otorgarle facultades extraordinarias a la arquitectura de una ciudad, menos aun si ésta sostiene aun rasgos coloridos de un pueblo, pero de vez en cuando es menester hacerns cargo que en cada centímetro de cemento, cada ladrillo de hogar y cada madera de cerco tiene tatuado en sus átomos la historia o historias de quienes han plasmado sus vidas en los huesos de esos objetos.
No deslindaremos culpas a los trabajadores del INTA Esquel ni a los vecinos de esa cuadra de la calle Chacabuco por su indiferencia hacia ese anciano y enano monumento, sabemos que la lógica y la racionalidad han erosionado el ejercicio de la superstición restándole lugar a la imaginación y la magia en pos de los edificios altos con ascensores, cámaras vigilantes.
Quiero invitar, como lo compartió René Galindez conmigo, a que se arrimen al mojón de la Chacabuco, en frente del edificio del INTA Esquel y, disimuladamente (si son vergonzosos) o simplemente acercarse hasta el mojón, agacharse o arrodillarse como lo hacíamos en los añorados años de la infancia luego de un picadito en el potrero del barrio o para calmar la sed luego de jugar a las escondidas o a la mancha. El resultado será sorprendente y emocionante.
Aunque la canilla visiblemente ya no asoma el cogote del viejo monolito, absténgase de ese detalle y coloque su oído al lado del sitio donde habitaba el antiguo grifo, cierre los ojos e inmediatamente comenzará a oír como el murmullo de un arroyo, sepa usted que estará en presencia del fluir del agua de los recuerdos, líquido elemental de nuestro Esquel que a pesar del avance de las inmobiliarias hambrientas y de las calles pavimentando la rusticidad de la vida de antaño, brota invisible cargada de anécdotas color sepia, chimentos de casamientos, engaños y desengaños.
Recuerdo que la primera vez que coloque mi oreja a la altura de la canilla que no está, envalentonado por mi escepticismo militante, mientras René me miraba con actitud canchera desde la esquina como quien tiene la varita mágica atada al botín sacachispa, empecé a escuchar primero el delicado fluir del agua fría de nuestras montañas, posteriormente la voz de mi Abuelo que llegaba a la casa de mis padres con una pila de revistas semanales nuevas, me parecía ver la Muy Interesante, una Paturuzú y una Condorito. Debo admitir que las piernas me flaquearon de la emocíon, pero René cabeceó sin hablar como incitándome a volver a cerrar los ojos y seguir bebiendo recuerdos de la canilla invisible del último mojón de Esquel y ahí fue cuando escuché su voz, bien de niña, sexto grado ella en aquel momento y yo en séptimo, poniendo un papel de alfajor en mi mano que en su corazón decía “me gustás ¿queres ser mi novio?” y por fin comprendí.
El ultimo mojón de Esquel en la calle Chacabuco de Esquel protege una invisible canilla de las restauraciones de la Cooperativa 16 de Octubre, es que quizás los directivos y empleados de la empresa no han reparado en el valor incalculable que circula desde las napas de los recuerdos que han sedimentado bajo la tierra recogiendo de cada hogar, de cada institución, baldío y esquina de nuestra ciudad uno o más momentos de la vida de sus habitantes para que el agua sabia de las montañas las cumule en su romántico cauce y las deposite en la canilla invisible así aquellos que aún creen en la esperanza y el amor, puedan beber del néctar de la memoria que nos rejuvenece.
A esta altura serán dos o tres a lo sumo los lectores que siguen este relato, espero eso sí, que hagan el mínimo esfuerzo de comprobar por si mismos de que maravillosa manera operan los milagros en esta esquina de mi pueblo. En algunos días y horarios me podrán encontrar a mi sentado en la vereda de enfrente, en uno de los bordes del INTA Esquel, esperando a la nena de sexto grado de la Escuela Normal, ahora con algunas décadas encima, arrodillándose al borde del mojón esperando aquella respuesta que no pude darle, por timidez, en los años de secundaria, y gritarle desde la otra esquina “Si, quiero ser tu novio”.

* Dedicado a René Galindez, que con su sensibilidad artística me llamó la atención sobre este verdadero mojón en Esquel, tal vez el más viejo y último en pie.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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