“Jaque mate en blanco y negro a la moral”


En un bar de poca monta y muchas montadas se plantó el tablero en una mesa de putas, ladrones de bancos y poetas. El elegante hábitat natural de los calaveras.
Sin levantar la mirada, pero con la frente alta, la Reina Morocha abrió la partida. Movió el muslo moreno por debajo de la mesa hasta rozar mi pierna entre la fila de los peones. Disimulé ante los demás, pero la Reina pálida advirtió la primeriada de la adversaria.
Adelanté mi caballo cansado hasta el centro del tablero como para dominar territorio, entonces la Morocha se abrió paso entre las dos torres de mis piernas y su pie izquierdo descalzo se posó sobre mi erguido alfil en casillero caliente.
La Blanca Reina no dejó de mirarme y arriesgó una jugada de pizarrón para dejarme a la intemperie de los demás. Se levantó para ir al baño y dejó caer una servilleta doblada sobre mi falda al pasar. Al desplegarla, una frase escrita con lápiz labial color rojo labio vagina al estilo agresivo de Kasparov rezaba:

“Dos cuadras del bar a mi departamento y 64 casilleros para intercambiar 64 combinaciones en una noche”.

Estaba en jaque. Pedí enroque inmediatamente para quedar al lado de la gringa y lejos del ataque de la Negra.Todo en vano.
La Morocha no desperdició estrategia y comiendo al paso sacó del tablero al borracho al mi lado y copó el flanco derecho. La partida se complicaba ante el avance de las negras y las blancas, entonces decidí mover mis últimas fichas, mandando los peones vivos al frente, un caballo tuerto a patear la mesa llena de esqueletos de botellas, una torre gorda hizo de muralla entre la los compañeros de la mesa y nosotros tres, uno de los alfiles amenazó a los parroquianos si alguno se atrevía a seguirnos, el otro se aprestó entre las piernas a seguir jugando al ajedrez.
Saltamos de la taberna al departamento de la Reina Blanca junto a la Reina Negra.
Dos casilleros después de cerrar la puerta detrás de nuestras espaldas, tropezamos con una añeja botella de whisky y un par de porros con fragancia a sala de espera en la clínica del kamasutra.
La cama de plaza y media no era un continente, pero al menos una linda isla para darle libertad a las perversiones en blanco y negro.
El reloj de arena ya estaba corriendo y la Reina Negra pateó el tablero, sin perder tiempo pero si ropa, de un solo movimiento se comió el alfil. La Reina Blanca ya dibujaba tácticas y estrategias con sus tetas sobre mi rostro.
El buchón amanecer nos mimó la resaca y en un guiso de seis piernas y seis brazos se burlaba del sushi sin carne de los moralistas.
Muerto el Rey, vivan las Reinas y entre las sabanas arrugadas que envuelven el recuerdo de aquella noche asoma una sola moraleja a calzón quitado:
A veces, ser víctima de un jaque mate con sabor a pecado es más delicioso que una victoria con olor a rancia moral.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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