“Guiso de dignidad”

(La música del hambre y la memoria)

Como viejos soldaditos de plomo viejos, que parecen canosos, así se visten los pastos con el poncho de las heladas en las mañanas de cristales que juegan a los caleidoscopios en los parabrisas del auto que camina por la calle con el olor a nafta ya que no sabe si llega al próximo surtidor vampiro.
Abre un culito la ventanilla de su viejo R12 como para que el tabaco se haga macho allá arafue, pero siente el Obrero, mientras maneja hacia la obra del patrón que no sabe si hoy lo despedirá, lo siente, lo huele, es el mismo olor que olió cuando era chico en una calle, rodeado de iguales, que rasguñaban una olla al son de los bombos y las puteadas al trompa gobernante.
Trata de hacer memoria, sin que el frío deje de agrietarle la mano trabajada por el trabajo que sujeta el volante despelichado, cuando de pronto un niño sentado en la esquina de las dos avenidas pide un par de monedas, con los mocos superstar pintándole medio labio, mientras la otra mitad es levantada en pala con la lengua pa dentro del garguero.
Entonces, el Obrero recuerda, y una lagrima tan caliente que ni la escarcha brava la doma, sale indomable a cantarle la justa. Es el olor del guiso pobre que comió en una olla popular hace un poco más de una década en una calle junto a miles de familias.
El Obrero piensa en sus hijos, en su mujer, aprieta el volante, acelera suave, pero firme, sabe que ha vuelto a oler el guiso de la dignidad que viene destapando ollas de hambre, puteadas al trompa gobernante y el canto popular que anda revolviendo el guiso de la dignidad que el Obrero no dejará que se la choreen nuevamente los mismos sin alma de siempre.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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