“Gol del zurdo”


Rosario, tres de la tarde. Faltaban apenas un par de horas para la disertación, como parte y conferencista en un congreso de historia cuya convocatoria conceptual los agrupaba bajo el título “Mitos y leyendas de las grandes historias de amor argentinas”. Si bien la exposición demandaba una concentración acorde a los datos que debería verter frente al público, el Historiador, parado a centímetros de la ventana del hotel, frente al monumento de la bandera en Rosario, fue enguachado por la dinámica de la imagen de unos niños jugando a la pelota en la parte plana del monumento, sobrevino una brisa de memoria que le recorrió la piel, aceleró el corazón y esbozó una sonrisa leve, tierna. Se vio, casi de manera calcada, una tarde en su Rosario natal, cuando era pendejo, en la misma situación que aquellos.
Tarde de frío invierno, las camperas las mochilas y los guardapolvos de la escuela oficiaban de postes de un arco imaginario, mientras se debatían a duelo en un feroz picadito callejero contra los alumnos del legendario colegio rival, el futuro Historiador con la destreza de un armador tradicional, gambeteó a cuatro jugadores, tres flacos rápidos y un retacón pierna de guadaña, al tiempo que iba a pasar al arquero, también, cuando por el rabillo del ojo la vio, era ella, la chica de sus sueños, la alumna del colegio salesiano de Rosario a quien todos los días veía pasar caminando y de la cual estaba absolutamente obnubilado, tal vez enamorado. Lamentablemente el arquero le quitó la pelota por la distracción y el equipo rival acertó un gol con el cual su equipo perdió, sus compañeros lo putearon y se quedó sin el beso soñado de la chica aquella, sólo una mirada, la mirada de siempre, cercana, lejana, cómplice como diciendo estoy aquí, lo sé, sabelo.
Pasaron los años de primaria, se escurrieron los tiempos de secundaria con un desfile de noviecitas en Rosario, pero el espacio vacío, místico, que provee el amor con su misterio, en este hueco que jamás pudo llenarse ni con palabras, ni con abrazos, ni besos, sólo miradas que todo lo decían. El tiempo los empujó a elegir distintos puntos geográficos. Ella ancló en Rosario, el Historiador voló a la Patagonia.
De repente, volvió en si, al acordarse de algunos tramos de la conferencia que debía dar en una hora aproximadamente, pero se entusiasmó con la idea de hacer carne el recuerdo y bajó con los papeles y bártulos para ir hasta la Universidad donde disertaba, no sin antes pegarse un par de pases con los niños en la explanada del monumento a la bandera. Cruzó desde el hotel hasta el lugar donde daban los últimos toques al picadito y les pidió permiso para esbozar algunos tímidos pases junto a ellos, de paso hacia la universidad, cosa que los pibitos aceptaron gustosos. Con algunos años encima, una panza con glamour, lentes y barba de Historiador lanzó un par de pases certeros que fueron devueltos en una formidable pared por parte de uno de los niños y comenzó a avanzar hasta el arco de mochilas y guardapolvos evadiendo a un par hasta quedar frente al arquero cuando le acertó un zapatazo con chanfle tres dedos que, en lugar de ir hacia el arco, dio en la espalda de un policía cara de culo que se dio vuelta con la mirada de viejo choto aburrido y envidioso como diciendo, no le parece que está grande para estas cosas.
En el momento que iba a pedirle disculpas al oficial, sintió que alguien lo miraba de atrás, esas sensaciones que siempre teorizamos y a veces se concretan, viró la cabeza y a escasos dos metros, una mujer bellísima lo miraba, sonriendo suavemente, como la niña de la época de la primaria y más allá. Si, era ella, no hacía falta hacer memoria, la misma niña de sus sueños.
Se acercaron lentamente, como en un sigiloso pan y queso hasta estar frente a frente. Sin palabras, se tomaron de las manos, segundos que parecían horas, hasta que aparecieron las primeras y únicas palabras en años, siempre supe que volvería a verte, dijo el. Siempre te esperé, le contestó ella. Se besaron como se besan los niños en su primera vez, pero con la fragancia de los deseos de los adultos, volvieron a separarse y dejar que sus manos volvieran a sus costados, cuando de repente se escuchó una voz viril, mandona, seca y poco cariñosa, dale, vamos que tenés que hacer la comida, le gritó un señor con cara de ojete que iba entrando a una camioneta 4×4, que por suerte no había alcanzado a ver el beso y las manos tomadas.
La mujer se dio vuelta como si nada hubiera ocurrido, caminó hasta la camioneta, ingresó y se desvaneció en la larga lengua de cemento ciudadano. Los chicos le gritaron al intelectual que volviera al juego. Se disculpó, se le hacía tarde para el congreso, pero agradeció el convite fulbolero.
Cinco y media de la tarde, sentado en la silla, la mesa con sus apuntes, un vaso de agua, mucho público presente para escuchar su exposición “Mitos y leyendas de las grandes historias de amor argentinas”. Conmovido aún, desorientado, con la concentración un tanto quisquillosa, el Historiador abrió su turno en el Congreso de la siguiente manera:
“Señoras, señores presentes, como en el fútbol hay partidos memorables que no han tenido la prensa de las grandes cadenas de televisión y sin embargo han sido más épicos que aquellos que si son fagocitados por el mercado de la comunicación, la historia también es manejada por esos titiriteros invisibles. Pues bien, quiero comenzar diciendo que hay historias de amor más grandiosas y fuertes que muchas de las que la historia oficial nos ha dejado conocer y tal vez los personajes de esas líneas no tan conocidas se merezcan alguna vez un titulo, una copa, una mención en algún libro, en algún congreso y es por esto que aprovecho este encuentro, este preciso momento, para confesarles que debemos estar más atentos a los hilos del destino que se maneja en las orillas de lo que nos venden y de esa manera lograremos subvertir algunas estructuras conservadoras y lineales nuestra historia lejana, pero también cercana. Quiero dedicar esta charla a aquellos y aquellas que han creído, han sentido, estar al borde de descifrar el significado del amor, pero como en el fútbol, la lógica a veces nos tira un caño y nos deja pagando en el río de la incertidumbre, quedándonos solamente con la memoria que nos salva, nos proyecta, nos permite encontrarnos en el juego de la vida apostando al todo o la nada, la historia tiene ganadores y perdedores, pero también los que saboreamos la gloria, pero nos quedó la sensación que nos mandaron al banco de suplentes antes de meter el gol del desempate. Sólo el amor, el verdadero amor queda tatuado en las historias secretas de la historia con mayúsculas. De esta manera, damos comienzo a la charla…”

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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