“Esperanzas que ni cortan ni pinchan”


Sus besos regresan todos los días con el cargador completo. Gasté dos containers de lapices de colores con poemas de cotillón en las paredes de su barrio y a pesar de regalarme dos noches de balcones con entrada libre y gratuita, sólo logré con ella reinventar el Kamasutra criollo en aquel sofá que maltratamos a mansalva.
Nos prometimos tomadas de mano, civil con arroz, cambios de pañales, amores eternos y berrinches de princesa por mi huracán de ropa volando por la casa al llegar del trabajo, pero aquí me ve, troesma, más solo que Nietzsche en la procesión a Luján.
A medida que crece la panza y se suicidan los pelos de la azotea, más la visitan mis calenturas que extrañan levantarle la pollera en la mesada de la cocina y mis ganas de atarla a la cama de mis bajos, medianos y altos instintos.
Me viste la bronca y el despecho cuando me doy cuenta que no está su bombachita colgada en la canilla del baño y deseo tirarte todas las culpas del guardarropa vacío de mi corazón, pero rápidamente me interpongo entre ellos y sus pechos.
Así, como un boludo champión olímpico, sigo rasguñando el frasco chico de mis esperanzas, para verte alguna mañana con la canilla libre de tus babas en casacada roncando en mi pecho que, a esta altura, guarda el ticket medio borroso y arrugado del estacionamiento medido con tu nombre en el parquímetro de mis desengaños

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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