“El Soldado heroico de alambrecito de sidra”


Cuando todos se fueron a dormir luego de una cascada de bebidas y un alud de manjares salados y postres, recuerdos repetidos una y otra vez en cada fin de año y ese círculo vicioso de saludos cargados de una hipocresía que les permiten soportar la realidad con un poco más de liviandad; la mesa simulaba una intervención de Marta Minujin sobre el caos en el universo.
De repente, uno de los morriones descartados en la mesa, de la nada comenzó a moverse, contorsionarse, como si una mano invisible lo trabara, así fue tomando forma hasta convertirse en una silueta humana flaca, pero firme, cual soldado con armadura de los cuentos de castillos y dragones.
El Soldado de alambre recorrió caminando la mesa entre cascaras de manís, pedazos de turrón masticados a media y servilletas engrudo de guiso de todas los alimentos que tuvo que limpiar en la jeta de los comensales. Llegó hasta otro morrión de Champagne que habían dejado con forma de choique y lo montó, comenzando a recorrer toda la mesa en busca de más alambrecitos e incitándolos a cobrar forma. De ese modo, la superficie de la tabla, entre platos y copas se llenó de Soldados, choiques, dragones de alambres que se congregaron en el centro bajo la batuta del primer Soldado quien emitió un discurso improvisado a los animales y guerreros de metal:

“Es nuestro deber mantener la mística de este ritual pagano en donde los humanos despiden un tiempo pasado, deseando un porvenir próspero, sólo nosotros conocemos los hilos secretos del tiempo y la vida, es por eso que les pido que, aunque la ceguera de magia e ignorancia de los humanos sobre nuestra existencia no los humille ni frustre, sino todo lo contrario, cada año a fin de año, volveremos a armarnos ante cada sueño de resaca a ellos los mantenga hipnotizado ya que nuestro deber es proteger y promover la magia del metal y la uva que beben los mortales y los dioses”

Al mediodía la primera mujer que se despertó, con dolor de cabeza y mucha sed, barrió un poco el piso, juntó las sillas desparramadas y observó la mesa llena, en su centro, de soldados, animales y seres místicos hechos de metal, con el alambrecito (morrión) de las sidras y los champagnes, sonrió tratando de imaginar quienes lo habían creado entre borracheras y morfis en la madrugada, pero optó por juntarlos con el repasador y arrojarlos a la basura para proseguir la limpieza mundana y la mística, también.
Otro año más que ignoramos la magia y nos gana el exceso de razón.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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