«El legado de la casa de la enredadera»

(Dedicado a Doña Olwen Gwen Hughes y su bella familia)

Ayer caminaba por el centro, en la mañana, por la Avenida Fontana, cuando de repente una hoja de hiedra media flaca y cansada que venía surfeando una ola de brisa, se me posó en el hombro y me dijo, murmurando al oído en un galés antiguo, que doblara sin chistar por la 9 de Julio ya que tenía que contarme algo. Pues bien, como todos saben, jamás hay que negarle una sugerencia a una hoja de hiedra, menos si esta anda sola y volando lejos de su casa.
Caminé tranquilo, cabeceando cada tres pasos hacia mi hombro izquierdo, como esperando una señal de la hojita, mientras los transeúntes verediles no escatimaban miradas inquisidoras o con alguna duda arrojada sobre que sustancia le habría puesto yo al desayuno de esa mañana, pero no me gusta detenerme a explicar a los incrédulos los detalles de una conversación entre un hombre y un vegetal.
La discusión con la inquilina circunstancial de mi hombro había elevado su temperatura, cuando de pronto la hoja se montó en una ágil brisa para mirarme una vez más y desaparecer por los techos de las casas de la calle Sarmiento. Iba a retarla por haber cambiado mi rumbo para dejarme en pampa y la vía, pero algo me llamó poderosamente la atención, detrás de ella, se colgaban en un tren verde, cual cola de cometa, primero unas decenas, luego algunas centenares y luego miles de hojas de hiedra que se emancipaban de la pared que las había cobijado durante tantas décadas, y fue entonces cuando pude ver a la bella Olwen sentada como en una alfombra mágica, pero de hojas, sonriendo, con los ojos medio cerrados, deleitándose con el aire que de frente le acariciaba su vida, sus recuerdos y los últimos años que dejó tatuado en las paredes de aquella tradicional casa de nuestro pueblo.
Comprendí entonces, que en realidad las hojas de hiedra me habían llamado desde la casa de la enredadera para contarme que Doña Olwen había decidido partir de viaje, que la antigua planta que maquilla de verde la casa de la 9 de Julio era nada más ni nada menos que una biblioteca vegetal en donde cada hojita guardaba en su piel, momentos que Olwen había sonreído o hecho reír a alguien con alguna de sus graciosas ocurrencias.
La gente iba y venía por la calle, a pie, en bicicleta, en sus autos, comercializando su vida sin percatarse que la querida Olwen nos había dejado quizás uno de los tesoros más importantes que un pueblo pueda tener, la capacidad del humor, esa bella herramienta que nos permite abrir un surco en la noche de la rutina para que la luz de la sorpresa nos bañe de libertad; y una lagrima se descolgó del balcón de mis pestañas, la tristeza comenzó a abrazarme, no sabía como iba a lograr que Esquel despertara ante tan valioso legado, no todos los pueblos tienen una fuente de vitalidad y humor al alcance de la mano; y de zopetón, algo pequeño me golpea la cabeza, se trataba de una guinda bastante grande, bien roja, pero con pintas amarillas y celestes, miré para arriba y allí estaba, haciendo equilibrio en una bicicleta de una rueda sobre los cables de la luz la hija de Olwen, María Adelina Galíndez, quien me había arrojado la extraña cereza, andando por encima de los peatones y riendo me señala hacia el techo del Hotel Sol del Sur. Allá en el techo, con una bermuda hawaiana, una camisa verde con moño rojo y un bonete con flecos de colores varios al viento, estaba el querido René Galindez, arrojando esas cerezas extrañas a los hombres y mujeres con cara de culo pagatrámites que no le encuentran belleza a la vida. Lancé una carcajada, volví a sentirme con fuerza nuevamente y alguien me grita “Guarda, boló” y me agacho, sino me lleva puesto, era Julian Lucero, vestido con pijama y corbata montado en el lomo de una bandurria, volando sobre quienes estábamos en la vereda, rozando los techos de los autos, tirándose pedos que con gran destreza entraban por las ventanas de las oficinas de los abogados, contadores y por las ventanas de los móviles de la policía, produciendo la huida repentina de todos hacia afuera para verse las caras, contar la extraña pedorra circunstancia y reír sin miedo al ridículo. Amé a mi pueblo nuevamente, aunque mi rostro aun evidenciaba una cuota de tristeza, pero pum, un pincel me cachetea la cara y sin darme tiempo a pensar veo que es Catalina Galindez subida en un choike con un parche de pirata y sombrero de napoleón que, armada de elementos de estética, mientras me maquilla como a un payaso, me dice “dale viejo, tenés que estar presentable para despedir a mi Abue, a ella no le gustan los aburridos”. Obviamente, me sentí feliz, era lo que siempre soñé para esta ciudad, que nadie sienta ridículo a ser artífice de sus propias vidas, sin miedo al error, sin pánico al perder, sólo con el vital palpitar de la sorpresa intelectual, como diría Macedonio Fernández y gracias al regalo más importante que nos dejó la Olwen, se hizo carne en Esquel la sentencia libertaria de Don Jauretche “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. … Nada grande se puede hacer con la tristeza”.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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