“El árbol que todos conocemos sin conocer”


En las noches de mucho sol, cuando el día es muy lunático, sin pedirles permiso a las estrellas incautas suelo calzarme mi traje de astronauta, ese que me lo vendió un murciélago jubilado antes de irse de travesía a dar ochenta vueltas alrededor del farol de la esquina del barrio de los cuentos con final triste.
Entonces, voy hasta la plaza Patasparriba y me trepo al árbol de cerezas con crema y subiendo mucho, mucho, hasta llegar bien abajo, allí donde la luz no alcanza a chusmear las travesuras de la soledad y donde la oscuridad teje las trenzas de los misterios de la vida, y ahí me siento en la rama de chocolate, tranquilo, respiro profundo, mientras espero que la muerte pase montada en su cometa de ayeres y al pasar le agradezco un suspiro más, una noche soleada llenas de hadas y un día comiendo sandías con los pies en los charcos de un cielo de agua de deshielo de las lágrimas congeladas en las montañas de los que ya no están.
Me gusta agradecer las sombras de los días y la claridad de la noche, me hacen sentir tan vivo como la muerte misma.

* Ilustración de Severi.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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