“El Árbol que resiste con Poesía”

(Leyenda patagónica)

El silencio entre los trabajadores del edificio de tribunales es proverbial. Ni los leguleyos ni el personal administrativo se atreven a encarar el tema del Árbol de la esquina, a lo sumo alguno arriesga, de reojo cuando nadie lo está viendo, una tímida explicación tal como “lo dejaron ahí por que quedaba bonito” o “se desafiló el hacha del podador y no le pagaron mas por terminar el trabajo”.
Lo cierto es que ese Árbol está ahí, erguido, como sosteniendo sobre sus espaldas el denso peso de la ley. Su marrón madera y verde abrazo contrasta con la manada de ladrillos y delirio de cemento y vidrio ordenados para ordenar a los desordenados.
Pero siempre hay una pulsión ética en los nervios de la memoria que puja por liberarse de la soledad interior para refregarse en el compartir social, es por eso que les contaré brevemente mi experiencia investigativa respecto al flaco alto de la esquina de Alvear y Darwin. Cierta noche a la salida del boliche, con algunas botellas de vino mordiéndonos la nuca, decidimos pasar por la casa de Eugenio Leguyán a buscar un par de palas, una soga, una linterna y dos sándwiches de mortadela y queso para amainar la travesía.
Al llegar a Tribunales, ns bastaron cinco minutos para convencer al sereno que nos dejara cavar un pozo al lado del Árbol ya que teníamos una firme hipótesis que debíamos corroborar. Pala y pala contra la tierra, cabeceando cada tanto cual mormón a algunos trasnochados que pasaban en auto, al llegar al metro y medio de profundidad, el suelo se abrió literalmente y caímos por un túnel rodando hasta dar en una galería natural desde a cual emergían diversas galerías en múltiples direcciones. Envalentonados y mugrientos decidimos encarar algunas de las galerías siguiendo las raíces del Árbol de la esquina que, curiosamente, iban desparramadas una por una por cada pasadizo subterráneo. Llegamos primero hasta el final de una de las galerías, luego a otra y así sucesivamente hasta completar unas veintitrés caminatas tras la ruta de las raíces.
Todos, absolutamente todos los túneles naturales con sus respectivas raíces de provenientes del Árbol de Tribunales se entrelazaban con algunos de los arboles de las plazoletas de nuestra ciudad; y por esos brazos arrugados de madera notamos que no sólo savia corría, sino que unas luminosidades acompañadas de vibraciones o pulsaciones apenas perceptibles iban y venían desde las plazoletas hasta la esquina donde habíamos cavado el hoyo de ingreso. Eugenio y yo acercamos el oído a las raíces y nos conmovimos. Se podía escuchar un susurro, un caudal de signos aparentemente auditivos que correspondían a un lenguaje jamás escuchado por nosotros (y tal vez por toda la humanidad), pero que entendíamos perfectamente.
Se trataba de un río de conversaciones entre los arboles de la plazoleta y el del edificio de la ley. Los de las plazoletas avisaban al de la esquina sobre los cuentos, poesías y leyendas místicas que los hombres van olvidando en la cotidianidad de la vida en ciudad, dejándolas caer y degradarse en el suelo. Los colosos de las plazoletas los absorben como al agua y los minerales, cuidan de esas historias y símbolos que construyen la diversa mirada del mundo, las alimentan y las llevan hasta los brazos subterráneos del Árbol solitario quien las bebe y en sus adentros las alimenta, engorda, nutre llevando esas poesías, leyendas y cuentos fantásticos hasta cada una de las pequeñas hojas que forman su follaje. Diez o veinte veces por día, algunas de esas hojas se desprenden del Árbol y van a caer en bolsillos, cabezas, techos de autos, de los vecinos de Esquel. Cada tanto alguno de ellos, toma esas hojitas y entre su verdor se atreve a detener el trajín de los trámites diarios para leer la memoria de los arboles que es la memoria del planeta que a su vez es la memoria nuestra; entonces la poesía sigue viva y la magia no nos abandona en el Pueblo.
Casi a las seis de la mañana regresamos antes que comiencen a ingresar los trajes, las fojas y las caras serias a Tribunales. Ascendimos por el túnel que caímos, nos estaba esperando el sereno con unos amargos mates para recuperar fuerza. Comenzamos a rellenar el hoyo de la esquina y cuando estábamos finalizando la tarea, el Juez Cristobal Cuervolón pasa con su panza prepotente y sonriendo antes de entrar a Tribunales nos dice:

– Eh, muchachos, ¿estuvieron comiendo tierra? Jajaja sigan así que son una poesía parados asi al lado de ese yuyo.

Nos miramos de reojo con Eugenio, sonreímos cheroncas, y casi al unisono le respondimos a la panza y al Juez:

– Eso mismo, Señor Juez, de eso se trata, de Poesía –

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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