“Don Estanislao Surcovich”

(Leyenda patagónica)
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Hijo de inmigrantes polacos que huyeron de la guerra. Estanislao Surcovich pasó toda su vida en Esquel y la región. No fue a la escuela, pero no me animo (animamos) a esbozar siquiera el termino analfabeto.
Trabajó como peón rural golondrina, carnicero, albañil y otros oficios que la memoria de los viejos alberga. Carece de documento alguno, hecho que dificulta el preciso establecimiento de su edad, aunque oscila entre los noventa y noventa y nueve años, aunque los ancianos de la ciudad no les tiembla el pulso de los labios para decir que sus años ya han pasado los ciento diez.
Callado, suave en sus movimientos, parte por su edad y también para no dañar la brisa patagonica. Estanislao Surcovich vive en un pequeño cuarto al fondo del galpón de acopio de lana. Los parroquianos, estancieros y vecinos le arriman alimentos y alguna botella de vino para que intente olvidar el olvido que no lo olvida a el.
Las señoras mas pacatas de Esquel ni se le arrimaban, por miedo, cierto asco, pero básicamente por la impresión que les causaba su rostro arado por el tiempo. Cierta vez, la presidenta de la Sociedad Rural, tal vez lavando culpas propias o tributando beneficencia a su dios, le ofreció al viejo pagarle una cirugía estética para borrar las marcadas arrugas de su rostro. Ese fue el día en que Don Estanislao contó el origen cartográfico que adornan su rostro.
Contó el Viejo que a fines del siglo XIX, cuando era un niño, en una estancia grande de la meseta profunda conoció a una jovencita inglesa, hija de unos terratenientes foráneos cuya característica principal de estos era su absoluto ayuno de amabilidad para con los trabajadores del campo, hecho que erosionaba notablemente la amistad entre aquella y Estanislao.
Dicha amistad corrió el velo a un enorme amor entre los dos niños. Una tarde de noviembre, sentados en una roca en una loma a los pies del Rio Chubut se juraron amor eterno con los neneos y un choike de testigo. El sello de aquel juramento fue rubricado con un beso suave como el agua del aljibe. Beso que los condenó ya que el padre de la niña que casualmente pasaba por allí observó el pecado, la ofensa a la estirpe.
La familia regresó a Londres o al menos eso le dijeron al pequeño Estanislao, quien le pidió a la cocinera de la estancia que iba a la escuela, le escribiera una carta a la niña donde le dijera que el iba a surcar todos los caminos del mundo, los continentes que lo habitan y las islas que respiran océanos hasta llegar a darle la mano nuevamente y vivir juntos el tiempo que les reste el reloj de los relojes.
La Señora, que escuchaba atentamente, lo supo cabalmente. Toda la historia de su vida que el inconsciente guardaba celosamente afloró en el reflejo de cada una de las arrugas de Don Estanislao. Vio ella en cada uno de los cauces del rostro viejo los caminos por Asia, las praderas de Norteamérica, los misteriosos montes africanos y las capitales de todo el mundo. No eran arrugas, eran los caminos del verdadero amor. Amor que quedó allí, en una loma y en un juramento de niños.
En un beso suave como el agua del aljibe, la Señora dejó deslizar una lagrima por su mejilla que desembocó en la ultima arruga de Estanislao. En el ultimo surco de amor. Se reconocieron. Un abrazo fue el ultimo suspiro de sus corazones.
La policía encontró los dos cuerpos juntos, abrazados, como cuidándose el uno al otro. El parte policial describe muertes a causa de paro cardíaco por vejez.
En Esquel sabemos que no existió muerte alguna, sino el comienzo del amor jurado.

* Del libro “Sur Realismo – almacén de mambos generales” de Mauro Calaverita Mateos

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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