” Diente de León ” – (Leyenda Patagónica)

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Tiempos ancestrales. En las margenes del lago Villarino vivió Noel Ed Etneid, custodio de las cosas simples y bellas de la vida.
A su hogar, una precaria cueva cubierta de cañas del bosque, llegaban los hijos de las tribus cercanas, que habían sido colonizados por Garcas. Estos, eran espíritus sin energía que sostenían su longevidad como parásitos que se adherían a la nuca de los niños y niñas para absorberles la sabia de la imaginación.
La tarea de Noel Ed Etneid era vital para el sostén de la Vida.
Mediante una disciplina diaria, durante trece días y trece noches, el niño que llegaba hasta sus manos era convidado en las artes de la visualización de la “Osrevinu”.
La Osrevinu era la comprensión intuitiva de la matriz cósmica. Palpar la Osrevinu, volcaba al niño a ligar en sus fibras espirituales y físicas el lazo místico que une a las montañas al charco, la abeja al siervo, la flor a la luna, y de todos entre si.
Una vez concluida la tarea del maestro y el alumno, este último recibía una semillita de la flor del Diente de León lista para ser arrastrada por el viento y colgada de la misma, el niño regresaba a su aldea volando para reafirmar su espíritu en relación con la Vida. Y al llegar con los suyos, comenzaba su tarea como discípulo del custodio de Villarino.
Hace algunos años, regresaba a mi casa caminando, un tanto beodo, a la hora en la cual el anochecer afloja sus riendas y el sol trepa el horizonte para salir a la cancha. En el cordón de una vereda cercana a la Avenida Alvear, por Perito Moreno, había un nene sentado, en silencio.
Me senté a su lado y le pregunté si estaba perdido o si quería que lo acompañara a su casa.
Sin mirarme, el pequeño tomó una flor de la planta de achicoria cuando ya está llena de panaderos (semillas de dichas plantas), al borde del poste de luz. La sopló suavemente y cada una de las semillas, cual paracaídas, salieron volando graciosamente mientras surfeaban los ríos de brisa.
Aun sin mirarme, me dijo el niño:

“Aprovecho la hora en que la vigilia y el sueño se dan la mano, para ayudar a los espíritus de los niños que no quieren perder la magia a volar hasta sus casas, besar la tierra en espera de ser salpicados por el llanto del cielo y crecer como los discípulos de Noel Ed Etneid”.

Y continuó:

“Si prestas atención, verás que las semillitas son algunos de los niños que conoces, tal vez”.

Entonces lo vi, definitivamente lo vi y lo escuché.
Eran minúsculos cuerpecitos de chicos que jugaban, se saludaban y se hacían chistes, mientras, asidos a ese paracaídas de la naturaleza, se perdían en la esquina de Alvear en rumbo, seguramente, a sus casas antes de que ellos mismos despertasen.
La borrachera se me había pasado y cuando quise agradecerle al niño sentado a mi lado en el cordón de la vereda, ya no estaba.
De repente, el sol me pegó en la frente y un bocinazo de un amigo que pasaba por ahí me sobresaltó. Desde la ventanilla del auto, al pasar, mi amigo me grita:

“¿ Qué haces vieja sentado entre las achicorias, estás esperando que te digan algo?”

Mientras se reía a carcajadas. No me dio tiempo a contestarle, pero la repuesta era:
SI.

Calaverita Mateos (Esquel)
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