“De polleras, fútbol y estrategias”


Anoche, mientras estaba en capilla antes de entrar a rendir Whisky III con el Profesor Jack Daniels, por la puerta del bar entró Ella con un grupo de amigos y amigas que se parecían más a un pelotón de patovicas del Teatro Colón. Supuse que estaban de paso por Esquel.
El partido estaba planteado así, broda. La Princesa se resguardaba el escote detrás de una defensa compuesta por gorilas torpes, bien empilchados y sin elegancia cubriendo la primera linea toda del área grande. Seguidamente, dos trancos atrás de ellos, una muralla china de princesas charlatanas con “dueños” made in Bosta City Aires.
No lo tenia al Loco Bielsa a mi lado esa noche. Mire el equipo que tenia a mano para jugar, mis jugadores discutían en el estaño sobre la movilidad social del mediados del siglo XX en la Argentina. El tema se presentaba solo. Así que tenia que sacar del ropero al Diego con telarañas que dormía desde las ultimas gambetas junto a Claudio Campos en el San Martín contra Belgrano.
Me acerqué al dueño del bar y le dije que largara el karaoke. Anzuelo infalible para enganchar y dispersar a gorilas medio pelotudos que, con dos Cristian Castro, un par de Shakiras y dos o tres Arjonas los dejas embobados desafinando arriba de las sillas del lugar.
La primera linea estaba desarticulada. Pero las Princesas ya se habían percatado de la jugada y afilaban los colmillos, sin ladrar, para morderme los tobillos si pretendía pisar el área chica. Ella ya estaba al tanto, pero como corresponde, me ignoraba. Pensé en mandar una botella de Champagne a la mesa, pero eso se asemeja mas a un contrato de compraventa que a un ejercicio de seducción.
Del bolsillo saqué los machetes arrugados de pillos Brad Pitts, pero las pelusas y algunas vueltas en lavarropas no dejaban leer las instrucciones. Me puse el cuchillo entre los dientes y salté del barco al medio de los tiburones hambrientos.
Me abrí paso entre las relojeadas chusmas de las damas falsamente enojadas, me arrimé a la Princesa hasta la distancia que sus muslos y mis botines tienen permitido patear los penales. Quise traer a Shakespeare, Neruda, Octavio Paz, para que me tiraran letra, pero los muy cagones arrugaron, así que quedé solo, again.
“Si llegué hasta aquí con todos los jugadores de mi equipo expulsados de la cancha y no me permitís aunque mas no sea cabecear este penal en el suelo, nunca sabrás si estás para enfrentar a todos los Barcelonas y Messis del planeta”, le dije casi como una voz que saltó a la pileta sin saber si estaba llena o vacía. Soltó una leve, pero tan bella risa, que las luces del bar mermaron su intensidad. Tarea cumplida.
Lo que vino después, directamente el tercer tiempo, justifica que salgamos de los partidos cascoteados, con moretones y alguna que otra fractura expuesta de corazón.
Kamasutras improvisados detrás de vidrios de auto empañados. Casa, hall de entrada y salto olímpico en la catrera pecadora. mordiscones draculescos en cuellos entregados, entrepiernas furiosas y gemidos de hinchadas que gozan con un gol de taquito de media cancha.
La llevé hasta el hotel donde los gorilas, en la puerta, se pegaban piñas en los hombros en señal de dudosa virilidad, mientras metían valijas en la camioneta. Princesas calentando celulares recriminando a sus “dueños” for export por mas mimos y menos billetera.
Me dio el beso más esperanzador del campeonato. Sus caderas, que eclipsaban el sol de la mañana, eran música clásica para los trabajadores que iban para sus trabajos. Regresé a casa a tomar unos mates y escuchar por la radio que Riquelme seguía un año mas en Boca.
A la media hora recibí un mensaje de texto con característica de Bosta City Aires:

“Paguemos una cometa al arbitro para que se borre y este partido sea eterno”

Me gusta jugar. A veces gano, muchas pierdo, pero me gusta jugar.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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