“Cultrumcheros, calamares anfibios de la Patagonia”

(Leyenda patagónica)

Sin especificar la calle ni altura de la misma ni el nombre de la calle, es evidente que las descripciones amateur que adelantaré arrojarán unas pistas convincentes del domicilio en Esquel donde aún se encuentran dos especímenes de cultrumcheros vivos.
La primera vez que supe de la existencia de estos animales patagónicos fue de niño, hace mucho tiempo, en 1985, andaba un mediodía en bicicleta por un tradicional barrio de la ciudad cuando dos turistas me paran en la calle para que les saque una foto con una antigua y típica casa de fondo. Al encuadrar a la pareja parada feliz en la vereda, dese el otro lado de la calle, por el ojo mecánico de la cámara fotográfica me pareció ver que uno de los dos arboles se inclinó sutilmente como mirando a los retratados por mi, me sobresalté y miré por fuera de la cámara y vi, casi imperceptiblemente, como el árbol en cuestión regresaba a su postura erguida anterior. No me salieron palabras, ni siquiera un de nada ante el agradecimiento de los turistas que ya iban a media cuadra de distancia cuando desde una ranura de la ventana de la casa de los arboles, entre cortina y cortina, me chista haciendo un ademán con la mano invitándome a pasar. Caminé con unos pasos tímidos y alertas entre los dos gigantes e ingresé a la casa donde una viejita, sonriendo tiernamente, me arrimó una silla para sentarme, me convidó un mate y me reveló un secreto milenario.
No se tratan de arboles, aunque para los biólogos, especialistas en flora los llaman a simple vista, coníferas u otros términos científicos. Se trata de los últimos Cultrumcheos vivos de los que se tienen noticia entre los originarios de la Patagonia. Los Cultrumcheos fueron una especie de calamares gigantes y anfibios que habitan el planeta, tanto en tierra como en el agua, desde hace millones de años, casi como naciendo con el agua misma. Estos seres poseen un tronco flaco y largo salpicado de muchos pequeños y cortitos tentáculos más una cabeza tupida cubierta de filamentos verdes con puntas en los cuales cada uno de ellos posee una gota compuesta por una sustancia natural que el mismo Cultrumchero elabora en su organismo. Dichas gotas al caer sobre la tierra provocan en la misma fertilidad por mil años, pero si cae en la piel de los mamíferos, inmediatamente ejerce una sensación de estado risueño, ternura y una conexión eterna con el entorno.
Cuentan tradiciones orales de los originarios nómadas que en cada cambio de estación estos pueblos realizaban fiestas en las montañas junto con los Cultrumcheros que sacudían sus cabezas festivas salpicando de gotas a todos los hombres y mujeres que bailaban a carcajadas limpias alrededor de una gran fogata, mientras entre risa y risa, besaban el suelo, bebían agua y agradecían al cosmos los frutos de la tierra, el agua de los ríos y la risa que purificaba los espíritus nobles de este rincón del mundo.
Lamentablemente, con la legada de los europeos, más la sangrienta conquista del desierto, no sólo diezmaron pueblos originarios en la Patagonia, sino que se dedicaron a extinguir, casi por completo, a los Cultrumcheros, ya que estos brutos adjudicaban a los calamares anfibios de la Patagonia propiedades diabólicas que sumergían a los seres humanos en la lujuria, el ocio, el pecado y los alejaba del progreso, según la mirada colonizadora.
Luego de la charla con la anciana sobrevino inmediatamente la imagen de los dos turistas a los cuales les saqué la foto y como mientras se iban, escuchaba sus carcajadas a la vez que tomados de la mano danzaban entre risa y risa alrededor de los arboles y plantas de esa cuadra como si se tratara de ritual de agradecimiento a la tierra, a la vida. Supe que el árbol, perdón, el Cultrumchero si se había inclinado sobre la pareja y seguramente alguna de sus gotas había regado sus cuerpos.
Ya en la vereda despidiéndome de la anciana, juramos un pacto secreto del cual varios esquelenses conocen y fortalecen. Una vez a la semana pasamos por esta casa de Esquel y, asegurándonos que nadie nos ve, danzamos junto los Cultrumcheros en clara señal de gratitud a la risa y a la tierra, rogando día a día que alguna vez tendremos descendencia de Cultrumcheros esparcidos por la ciudad, la región, hasta volver a poblar de estos míticos seres la Patagonia devolviéndole a esta esquina del universo una cósmica risa que fue desterrada violentamente por los conquistadores.
Y así fue, amigo mio, que aquel mediodía no fue un mediodía común y corriente, sino una apertura en el conocimiento y un nuevo compromiso vital con la historia y la cultura olvidada. Todo esto lo intentaba pensar razonablemente, pero una cascada de carcajadas y amor sobrevenían en mi repentinamente bajo la mirada seria y asustada de algunos transeúntes a quien no les podía contar que el guacho de uno de los Cultrumcheros acababa de salpicarme con una gota de su magia, una gota de savia mística de esos dos últimos calamares anfibios que habitan en Esquel.
Atrévase, vecino, arrímese a los Cultrumcheros junto a su familia y amigos con respeto y deje que una de esas lagrimas lo riegue de risas, de amor y dance sin temor ni prejuicio, la Mapu reirá con usted en mutuo agradecimiento.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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