“Cuéntame un cuento gorrión”

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Aún tengo atragantado en el pescuezo de mis bostezos el sabor del ring ring verdugo del despertador; ese mal parido artefacto del diablo que, sin moral, ni ética, volvió a sacarme sin permiso las sábanas de las pestañas de un solo manotazo.
Mientras tomo el ante último verdolaga, me espera el jardín de casa con una helada pulenta que me mira y se para de guantes, como preguntando prepotente:
“Che, otario, cómo andás de la cadera pa gambetear dos o tres resfalones pulenta pulenta?”
No hay trueque con la modorra, las pantuflas se escondieron debajo del sillón y el sofá me da dos palmadas en la espalda.
Si, señor. Basta de mariconadas, hay que salir al mundo a ponerle el pecho a las obligaciones ciudadanas.
Ya me duelen en las caries los trámites, se me retoban los callos plantales de sólo pensar en las colas bancarias y ese mormón actor que guardo en el bolsillo callejero, ya empezó a asomar sus manos y anda el sinvergüenza desparramando saludos falsos por el filo de los cordones de las calles.
Pasa a mi lado ese empresario ayuno de escrúpulos, con un hilo de sangre en esa comisura que parece sonreírle al señor que le sonríe desde la ventana verde desierto del billete de dólar, y no tengo a mano las gafas de Luca que nos defienden de los que asco nos dan.
Qué lo parió, chaval, qué duro está el cemento esta mañana, ni un culo a lo Fellini se atrevió a rodar por las veredas de mi ciudad para regalarme un suspiro de esperanza.
De repente, desde arriba, como un proyectil vestido de plumas un gorrión corajudo se precipita delante de mi. Me obliga a detener la marcha, y de un saltimbanqui caza con el pico un pedacito de galletita que estaba en el suelo. Sube agitando sus alas entre la apatía ciudadana, hasta el filo de un techo, entre la chapa y la madera. Asoman tres piquitos de pichones, luego unos ojitos que aun no despertaron, se empujan, pian, pian y su madre les da de comer migajas a cada uno, equitativamente.
Un señor que habla con un celular caminando me choca y enojado me dice que avance, y qué carajo hacía parado en el medio de la vereda del centro de la ciudad mirando para arriba.
Todavía sigo pensando si fui yo o el gorrión a través de mi voz que le contestó:

“Volviendo a aprender a leer la Vida”

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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