“Charcolandia”

– Dedicado a Noá e India, mis hijas, que en un charco de una plaza de Esquel me enseñaron a leer la vida –

Caminaba seriamente por las arterias internas de la plaza el Ingeniero Philips de la constructora “Concretamente Concreto S.A.”, como calculando los litros de cemento que el camión debía vomitar sobre la hectárea oasis de la ciudad.
Un 70% de gris sobre un 30% de verde y tierra traería más seguridad a los niños que no se acostumbraban a utilizar los caminos prefijados por unos planos fríos, trazados en una oficina fría con olor a café, cigarrillo y ausencia de rodillas raspadas de jugar a la bolita en el barrio. Ni los vuelos rasantes de un matrimonio de teros guardianes, ni el bullicio de zorzales enojados y cachivacheros, ni el chllido de la hamaca con los huesos de hierro sin kinesiólogo que iba y venía con su lomo montado con la sombra del fantasma de un niño que ya no estaba en la plaza.
La decisión de Philips había sido tomada por el directorio de “Concretamente Concreto S.A.” y efectivamente, debía ejecutar la decisión de manera concreta.
En el centro del pedazo de tierra y arboles que amamanta de juegos y sonrisas la rutina rutinaria de la ciudad, el Ingeniero de espaldas a la arboleda y de frente al culo del camión que marchaba lentamente marcha atrás con el cemento fresco y chirloso con hambre de fagocitar yuyitos, insectos y olor a recuero de tierrita mojada por la melancólica lluvia lejana; levantó sus brazos y sus manos en clara señal al chófer del mionca dibujado en el espejo retrovisor para que levante la caja y comience el derrame de río gris sobre la pampa verde, pero justo en ese momento, una niña y una bebé pasaron corriendo a carcajada limpias por un charco heroico que resistía en poética proeza de reflejo del cielo en el suelo. Sin percatarse del señor pacato, las pequeñas salpicaron de agua y barro el pantalón blanco impoluto del Ingeniero que, entre sorprendido y asustado, bajó su mirada hacia los zapatos y pantalón con pecas marrones hijas del charco y el zapateo salvaje de las chiquitas.
El ingeniero no se enojó, más bien sonrió al verse como un dálmata humano, y también volvió a sentir el olor de la tierra mojada, percibió el barro tal vez y su moldeable cuerpo escurridizo, escuchó como no lo hacía hace décadas, a las aves en las copas de los arboles, siguió con su mirada el camino laborioso de las hormigas con sus trozos de hojitas como veleros terrestres en fila india a sus hogares y, mágicamente, dejó que la música de las carcajadas de las peques lo bañaran de vida.
Inmediatamente, el Ingeniero hizo señas al chófer del camión para detener la caída de cemento al suelo y ese mismo mediodía canceló ante el directorio el proyecto de relleno de concreto en espacios públicos, presentó su renuncia < “Concretamente Concreto S.A.” y, en la actualidad, se dedica a diseñar, crear y ejecutar proyectos de plazas modernas, verdes y amplias donde los charcos pueden ser charcos, los niños pueden ser niños y los adultos pueden ser niños, también. Calaverita Mateos (Esquel) www.calaveralma.com.ar

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