“Celulópolis versus los Rústicos”

(La falacia del mercado y el progreso)
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Apareció como la innovación en las comunicaciones humanas permitiendo que las personas estén relativamente en contacto a distancia a través de llamadas telefónicas o mensajes de textos. Al principio, como toda novedad, este instrumento tecnológico sólo era usado para hablar o mensajear cuando realmente lo requería una necesidad, pero con el transcurso del tiempo, el mercado y las empresas de telefonía celular diseñaron y agregaron al aparato nuevas y cada vez más sofisticadas aplicaciones, Internet, cámaras, etc que permitían realizar acciones que eran privativas de otros elementos tecnológicos.
Poco a poco la humanidad, o mejor dicho gran parte de ella, fue encontrando en estos objetos una extensión de su cuerpo, de sus placeres y hasta de sus obligaciones, a saber pagaban las cuentas y realizaban trámites desde el mismo móvil, hacían reuniones y jugaban en familia o con amigos sin moverse desde sus casas, simplemente conectados por cámaras virtuales de alto nivel, incluso una amplia mayoría de trabajos se permitían ser realizados desde las mismas casas y las vacaciones virtuales eran destino de miles de millones de personas que podían, a través de la aplicación holograma, visitar cualquier rincón del mundo a un módico y aparente accesible precio, incluso se conocían casos de personas que se habían operado sus miembros superiores en sus extremidades para suplantar la mano por celulares.
El paso más revolucionario y a la vez más cuestionado por la sublevación de los “Rústicos” fue cuando se consiguió que los celulares trasladaran en su memoria, valga la redundancia, la memoria de sus propietarios junto a una aplicación que les facilitaba el desplazamiento por las calles sin la necesidad de estar en poder de las personas. De repente, las ciudades eran un desierto de tracción a sangre y en su lugar la más variada gama de celulares móviles ocupaban las relaciones interpersonales.
Pronto todo cambió drásticamente y sin que el hombre pudiera poner un freno al supuesto progreso que ya había fagocitado el desarrollo humano propiamente dicho, es decir, los hombres y mujeres habían perdido la capacidad y el ejercicio del pensamiento, la memoria, los sentimientos y eran sólo autómatas destinados a las fábricas de celulares y al cuidado y atención de estos objetos que eran quienes ahora tenían el control de las ciudades, salvo una pequeña célula revolucionaria que se mantenía en el underground prescindiendo de las nuevas tecnologías como el uso destinado por la masa y sólo para contrarrestar el apocalipsis digital que sembró de frialdad e inhumanidad el planeta.
El papel con su olor característico trabajado con el fino carbón o la lengua de una pluma con tinta empezaban en los suburbios a reinventar los signos, a establecer la mágica conexión entre el pensamiento, los sentimientos y los símbolos como mediación entre los planos existenciales entre los humanos. Resucitaron y florecieron las palabras y con ellas la posibilidad de nombrar las cosas y sus movimientos, desde la grieta del olvido los signos brotaron como manantial y desde ese caudal nació otra vez el amor y el amor dio aun más fuerzas a los “Rústicos” que sin prisa ni pausa empezaron a poblar los arrabales con nuevas escuelas donde la educación se convirtió en la herramienta de verdadera comunicación, entendiendo que la imperfección es la condición humana por excelencia, que el error no es fracaso, es paso hacia atrás para volver a comenzar y que la memoria y el amor son los dones naturales, por no decir mágicos que nunca mas deben ser dejados en manos del mercado ni el progreso.

Calaverita Mateos (Esquel)
www.calaveralma.com.ar

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