“De divanes y ventiladores”


En la vereda sin baldosas de mi conciencia, las vecinas moralistas con ruleros, baldes y escoba en mano, entre chisme y lenguas afiladas, baldean las hojas secas de la memoria, las tucas de amores mal apagados hasta dejarlas en el abismo de la ochava de mi vida.
Por las dudas, me cuelgo de la medianera del inconsciente y al trepar salpico escombros de recuerdos mal arreados.
Una vez en la azotea, intento posesión del timón y empiezo a surfear la cresta de la ola, con una pata con talco del lado de la lógica y otra pata con uñas largas rasguña la tierrita de la locura.
Eso le dije a mi Psicoanalista, mientras daba vueltas aferrado al ventilador de su consultorio, él, con los lentes “resfalando” la punta de la napia, me dijo: “El problema radica en el enchufe del ventilador, tiene usted que comprarse uno para su casa”, y lo desenchufó.
No regresé nunca más al profesional de la capocheta, según algunos amigos que se creen napoleones de sus barrios, me dijeron que lo vieron vendiendo enchufes y ventiladores en una modesta casa de electrodomésticos.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“La Biblioteca de Borges”


Si queres hacerme un regalito, no te la compliques, con “La Biblioteca de Borges” de Fernando Flores Maio de Editorial Paripé Books, te quiero de aquí hacia la eternidad.
Qué bueno poder chusmear y sumergirse en las lecturas que fueron la savia de la tinta del mejor de los mejores. Algún día lo tendré, qué tanto!

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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¿Tiene pan duro o tiene corazón duro?


La Señora se arregla el cabello, prepara un exquisito té en hebras importado, despliega las noticias en su nuevo Iphone con cubierta dorada y lee “Levantaron restricciones a la importación de autos importados y Champagne”. Al mismo tiempo, en un rancho que se sostiene por milagro, el Niño más chico de ocho hermanos se viste con la misma ropa que viene usando hace una semana y los zapatos con más agujeros que la noche oscura en el cielo.
La Señora sale de su casa, coloca la alarma, sube a su auto BMW, prende la calefacción, mientras hace marcha atrás de su garaje, enciende la radio y una voz que ingresa diariamente a los hogares del pueblo dice “Nuevamente se suspende la obra del aeropuerto”. El Niño que aún no ha desayunado, salta de charco en charco, embarrándose los zapatos, embarrándose la vida, bajando de la barriada popular hacia la ciudad”.
La Señora ingresa al banco privado al ritmo de los tacos aguja, sus lentes oscuros llegan a la caja; el cajero le sonríe como reza el capital, mejor a quien más tiene, y le dice “Buenas nuevas, Señora, subas en las Lebacs, Leliq y acciones Wall Street”. El Niño, haciendo malabares con la lengua para quitarse los mocos de frío que invaden los labios, para no sacarse las manos del bolsillo agujereado ya que el frío no perdona, camina por las calles que acceden al centro entre la gente tramite, entre la gente mercado, que no lo ve, o no lo quiere ver.
La Señora egresa del banco con una duda existencial, si la playa en la cual dejará descansar su cuerpo embardunado de crema cara será en el caribe o en Europa, y mira de reojo la portada del gran diario argentino “Argentina nuevamente se endeuda con organismos internacionales”. El Niño, siendo la media mañana, decide encarar hacia el barrio más paquete para ver si puede ligar algo de pan para yugar el día, para acompañar el guiso que su madre cocinará con las bandejas de deshechos de huesos de gallina que tan bondadosamente pone en oferta el supermercado que, por su historia, prefiere permanecer anónima.
La Señora ya está en su casa, bajando las compras en bolsas biodegradables, desenvuelve el aluminio que cubre el lomo al champignon que calentará en el microondas para esperar al Señor al mediodía que logró, sin embarrarse los zapatos, exportar sin restricciones, granos, ovejas, vacas e insensibilidad; y ve en la televisión a un señor funcionario que dice “Estamos invirtiendo en embellecer el centro”. El Niño, se asusta por la cantidad de perros de raza que le ladran detrás de la reja, toca el timbre de la puerta de la casa de tres pisos que ocupa casi toda la cuadra.
La Señora abre un poquito la puerta de su casa construida con madera importada de Suiza, y ve por la ranura al Niño con barro en sus zapatos, con la piel azotada por el frío y los ojos rojos de aguantar tanta lagrima adentro, tanto hambre, y conversan:

– Señora: ¿Qué necesitas? Estoy ocupada.
– Niño: ¿Quiere que le corte el pasto?
– Señora: No gracias, es césped sintético.
– Niño: ¿Tiene un poco de pan duro que le sobre?
– Señora: No, corazón, estamos a dieta en esta casa.

La Señora saluda al Niño, cierra la puerta y se asoma por la larga y pesada cortina de uno de los livings para ver que el niño no le robe ni le rompa nada de su jardín. El Niño emprende su camino hacia casas mas prometedoras y observa que el niño levanta una flor media caída de uno de los canteros y la deja bien acomodada, hace unos pasos y mira en el tacho de basura, extrae un pedazo de hamburguesa de la noche anterior y la envuelve en un papel de diario que dice “Estamos mal, pero este es el camino”.
Seguramente, las academias universitarias, en un futuro no muy lejano, hablarán de un tiempo extraño en donde en la Argentina había menos pan duro, pero mucho corazón duro.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Despertarse con caprichos en las pestañas”


Damas y caballeros, discúlpenme si hoy no los saludo al entrar a este nuevo día. Mientras me limpio el yute de las alpargatas de esta fiaca en el felpudo del amanecer, confieso que aun me anda mordiendo los talones de la lógica un sueño con fecha vencida.
Envidio al sol que nos interpela desde el horizonte y al árbol de la vecina que no se enoja con los pájaritos que le cagan sus ramas.
A veces pienso que no nos cepillamos los dientes por razones higiénicas, sino que la cerda del cepillo remueve los escombros oníricos que se acurrucan en los dientes y las muelas para ligar de rebote las sobras de los deseos no cumplidos.
Ya se, claro, no hace falta que me digan que este texto no tiene mucho sentido y carece de belleza estética, pero mientras me rasco un huevo, les aseguro que las pequeñas líneas con olor a tierra mojada que se doblan hasta ser líneas, que se retuercen hasta ser letras, que se aparean hasta parir palabras, no hacen mas que confirmar su previa existencia a la razón chabacana e ignorante que se falopea con la lógica, dirigiendo mis torpes dedos en el teclado que escribe esta inutilidad de la literatura que, de vez en cuando, a vos que lees hasta aquí, te sirve de espejo que escupe tus virtudes y miserias en tu jeta sin pedirte permiso.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“Planeta dolor”

(Contractura artística)

Anoche, mi amor me dijo que le dolía la espalda, le quité la blusa para hacerle unos masajes y me di cuenta que no se trataba de una contractura común y corriente.
Mi vida, son los músculos de la memoria, los ligamentos de viejos amores, los huesos de aquellos que no están.
Mimé su espalda, suavamente, besé su cuello, la abarqué con mis brazos y le dije que le diera libertad a estos lastres y los usara como materia prima en su trabajo artístico, pero que en la vida construya espacios más vibrantes y vitales que generen más momentos de dicha y felicidad. Sonrió con los parpados casi cerrados, se recostó en mi pecho y durmió plácidamente.
Hoy, ella, está ahí afuera en el patio pintando un cuadro bello, profundo y está descalza en contacto con la tierra, hay aves en el árbol a su lado que parecen oficiar de hinchada futbolera de la artista, el perro va y viene por el patio correteando su propia sombra, mi amor se da vuelta, sonríe y vuelve a su tela. Yo tomo un ultimo mate lavado y me voy al almacén a comprar verduras varias, tengo deseos de cocinar para ella.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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“El jarrito que olvidó pintar Picasso”


En un pueblo sumergido en el misterio olvidado de la Patagonia, un ranchito de barro y piedra orillando el hilo de deshielo que serpentea el valle, mientras la chimenea enclenque tose a duras penas humos de memorias de bosque.
Una mesa de madera vieja, una silla, un niño con la cara dibujada por la tierra, con un jarrito enlozado cubierto de mate cosido en una mano y una rodaja prepotente de pan casero con manteca en la otra.
En el mundo existen muchas historias, se libran batallas que los libros no cuentan, como Pablo Picasso olvidó en el Guernica al niño con el jarrito enlozado en la Patagonia, proyectando esperanzas de justicia e igualdad.

– Fin –

Calaverita Mateos (Esquel)
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