“Cajón de madera peronista” (Historias que la historia no contó)

El niño, con una pelota de cuero media gastada y deshojada por potreros y calles de barrio, se acerca a su abuelo y le pregunta ¿Qué es el peronismo, abue?
Con una patada certera, como un karateca campeón, Don Ambrosio Ramirez quiebra el cajón de madera de frutas que sacó de la esquina de la verdulería del barrio y de repente, comienza a llorar. Es que Don Ambrosio Ramirez, cincuenta años como Obrero de la construcción, jubilado, pero que ha tenido que salir a laburar nuevamente para poder pagarse los remedios que ya, ni la obra social le da.
Medio pucho en la boca y mate recién lavado en una de las manos, se deja envolver en el misterio del vapor y el humo, como una sutil niebla del tiempo que le arrimó al presente, hace más de medio siglo cuando su padre, el domingo temprano, lo llevaba hasta el mercado del barrio de los trabajadores, donde hacían cola, mientras muchas familias compraban abundante carne para el asado y algunas verduras para la ensalada, lo cargaban en cajones de madera que traían filas de camiones que descargaban otros trabajadores incesantemente en el mercadito, local que tenía no sólo a la familia trabajando, sino dando empleo a ocho padres de la barriada. Los clásicos cajones de madera llegaban inflados de productos y se desinflaban rápidamente y unas manos, inmediatamente, lo llevaban a la vereda en donde ahí nomas era llevado con destino a la génesis de algún asado familiar de domingo.
Se seca las lágrimas que limpian las arrugas de su rostro con un pañuelo arrugado que saca del bolsillo trasero, de ese pantalón Pampero obrero, se ceba otro mate, arroja unas maderitas sobre las paginas arrugadas de un diario de antes de ayer, prende con un fósforo ese pequeño fueguito que irá creciendo para abrazar, luego, la leña y devolver brazas para abrazar las chuletas de capón. Antes de hablarle al nietito, recuerda que hace unos cuatro años podía hacer asados todos los domingos, asados abundantes para sus tres hijos (Hoy dos de ellos desocupados) y sus respectivas familias, pero ahora, a duras penas, llega a cubrir media parrilla en el esquinero del viejo patio de la casa.
El abuelo, Don Ambrosio Ramirez, levanta en brazos a su nieto, le señala con su boca el fuego y lo que queda del cajón de madera que alimentó el ritual del asado y le dice al pequeño:

“El abuelito no tiene muchos libros en la capocha, como para explicarte como la seño de la escuela, pero te cuento que hace mucho tiempo, cuando el abuelo era chiquito como vos, vivíamos en una habitación con mis padres, el viejo changueaba, no teníamos para comer todos los días, hasta que una vez por la radio comenzaron a hablar de un señor que comenzaba a ser el presidente de Argentina y, al poco tiempo, al barrio comenzaron a llegar empresarios, capataces nuevos que habían creado pequeñas y medianas empresas de la construcción, buscaban desempleados para contratarlos como Obreros. De repente, en el barrio, nuestras vidas se ordenaban, nuestros padres tenían que salir temprano a laburar, nuestras madres nos llevaban a la escuela, papá se compró un autito y también se juntó con otros compañeros de la construcción y luego de comprar en conjunto unos terrenos en las afueras del pueblo, accedieron a cerditos y de ese modo las casitas brotaron de las calles de tierra y con ellas los quioscos, las mercerías, una librería, un par de talleres mecánicos, alguna gomería, pequeñas tiendas de ropa, panaderías y pequeños mercados que se abrían y se llenaba de vecinos comprando, entre proveedores de carne, frutas y verduras, que bajaban una y otra vez cajones de maderas llenos de productos; las hijas e hijos por vez primera ingresaban a las universidades, el barrio sonreía, ordenadamente, distraído por el piberío feliz que jugaba al fútbol y la bolita en la plaza”

De repente, las nubes parecen desvestirse y dejar desnudo el cielo y desnudo el sol que ilumina el viejo patio de Don Ambrosio, las maderas crujen al fuego, la grasa del capón chilla cuando besa las brazas, el abuelo entrecierra los ojos para ver el sol que saca pecho y, tras un suspiro macho que contiene lagrimas de trabajador, mira a su nieto, sonríe y le dice:

“Los mejores días fueron, son y serán peronistas”

El nieto de Don Braulio no tuvo que ir a la escuela ni a los libros ni a los doctores para entender, en su cabecita fresca y lúdica se ha sembrado la esperanza y de dignidad, el pequeño sin saber que ya sabe, podrá caminar con un conocimiento mas, un saber que los libros de la historia oficial han decidido esconder, ocultar. El nieto de Don Ambrosio comienza a saber qué es el peronismo.

👳‍♂️Alfombras Voladoras de Esquel👳‍♂️

(Denuncia pública al municipio de Esquel)

🌠El Sindicato de Conductores de Alfombras Voladoras de Esquel (S.C.A.V.E.), en la voz del Síndico presidente Calaverita Colifa Mateos, denuncia a la Municipalidad de Esquel por discriminar a quienes nos movilizamos en alfombras mágicas voladoras, por no crear estacionamientos especiales para nuestros vehículos🌠

Atentamente: S.C.A.V.E.

“Tewá acagá palmazo”

(Clases de idioma esquelense para hablar más mejor)

La Universidad Esquelense Conch Supico, a través de su Doctor en Lenguas, Sergio Clitor Isabio, realizó una investigación de los orígenes del idioma de los pobladores de Esquel con el animo de no dejar caer en las fauces de la uniformante globalización términos identitarios de Esquel. En esta entrega nos abocaremos a la siguiente expresión:

“Tewá acagá palmazo”

Si bien, la acción de posar la palma de la mano sobre la mejilla ajena de manera sorpresiva y a gran velocidad tiene en cada región su propia denominación, todas ellas carecen de un sustento fonético que acompañe la fuerza e impacto real del correctivo en cuestión.
El “Palmazo” en nuestro Pueblo no alude a la violencia gratuita, sino que es la alternativa última que se posee como herramienta de defensa o despabilador natural para aquellas personas que necesitan una sacudida para volver a centrar su eje existencial.
Ejemplo:

– Tewá: Indica la dirección y trayectoria univoca entre el emisor de la mano extendida y la mejilla receptora de la palma de la mencionada mano.
– Acagá: Expresión que manifiesta una posible futura seguidilla de la acción en caso de no acatar la advertencia.
– Palmazo: Instante en el cual la palma de la mano abierta, luego de una rápida trayectoria desde el emisor se posa sobre la mejilla del receptor.

Ejemplo de dicha expresión usada en Esquel:

– Barrick Gold: Venimos a llevarnos el oro por migajas.
– Esquel: No, gracias, estamos bien así, nomá.
– Barrick Gold: Y si nos llevamos el oro ¿que vas a hacer?
– Esquel: Tewá acagá palmazo.

🥰Feliz día del Arde🥰

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Arden sus ojitos
arden mis ojos
arden sus mañas
arden las mías, también
arde tu sonrisa
arde mi lágrima de emoción
arde la nariz con tu olor a caquita
arden las manos de cambiar pañales
arden las noches de desvelo
arden los abrazos broches con fiaca
arden tus primeros pasos
arden tus primeras palabras
arden tus primeras puteadas
arde tu toscazo en el charco
arde tu encuentro con el mundo
arden tus aventuras
arden tus tristezas
arden tus carcajadas
arden tus travesuras
arde tu libertad
arde tu anarquía
arde mi felicidad al ver tu felicidad
arde la vida al saber que arde tu vida
Hoy arde el amanecer
arde Noá
arde India
arde Fran
arde Gaby
arden esos fueguitos
que me hicieron un boceto de padre
arde mi amor de garabato de padre
arden las ganas de ser padre.

“Mi Cielo”

(Una loca historia de amor en mi pueblo)

Primero, estuve todo un día en la cima del cerro la Cruz, mirando hacia arriba, gritando como un loco:

“Te amo mi Cielo, te amo mi Cielo!”

Pero fui blanco de burlas por parte de lugareños y turistas que llegaban a sacar fotos a la ciudad, allí abajo.
Segundo día, seguí mirando hacia arriba gritando:

“Te amo mi Cielo, te amo mi Cielo!”

Fui objeto de curiosidad y señalado desde abajo como una excentricidad, por no decir un clásico otario.
Tercer día, continué gritando aun con más fuerza hacia las alturas:

“Te amo mi Cielo, te amo mi Cielo!”

Pero las autoridades sanitarias, psicólogos y la fuerza publica fueron a buscarme, encerrándome en un hospicio psiquiátrico.
Cuarto día: Por una ventanita pequeña en mi habitación blanca, como las mismísimas nubes, seguí mirando el firmamento mientras gritaba:

“¡Te amo mi Cielo, te amo mi Cielo!”

Sin encontrar la solución al problema, decidieron preguntarme qué me había trastornado tanto para no dejar de ver el cielo. Contesté:

“Es, simplemente, el Amor, es mi Cielo”

Mientras le señalé un punto en la cúpula celeste. Entonces, los médicos, psicólogos, psiquiatras, curas y demás pobladores lo comprendieron, perfectamente. Ahí estaba ella, camuflada entre las nubes y el celeste profundo.
En la actualidad los vecinos suben al cerro la Cruz, me llevan de comer, de beber, me acompañan y conversan conmigo, algunos se emocionan hasta las lagrimas cuando aun, en estos días de ayunas mitologías, me ven señalar hacia arriba gritando:

“¡Te amo mi Cielo, te amo mi Cielo!”