“A desalambrar las fronteras entre los abrazos”

(Carta de un padre a les niñes del futuro cercano)

Esquel 7 de Mayo de 2020

A quien encuentre esta carta:
Buen día, mi nombre es Mauro Mateos, algunos me dicen Calaverita por un apodo que me puso un viejo tanguero cordobés, hoy como todas las mañanas, me levanté casi antes que el sol comience su jornada laboral y entre en negociación con la helada otoñal por el primer puesto. Estas palabras no contienen ningún grandes pensamientos, sólo una breve observación con deseos de ser compartida, nacida en el simple juego que ayer realizaban mis hijas con su vecina en un día más de cuarentena.
Claramente, las fronteras no nacieron para domar la libertad de la niñez, pues allí estaban ellas en la parte trasera del patio, en donde el alambrado divide las propiedades, amasando con agüita del aljibe de la imaginación y tierra del planeta de los sueños, un pan de libertad. Al verlas, mis lágrimas de sal y emoción sólo tuvieron el valor de rociar el césped bajo mis pies, casi como una devolución y agradecimiento a la mapu que nos parió.
Mientras los diucones, los gorriones, chingolos y otras aves aleteaban (tal vez aplaudían) alrededor de las tres niñas, una de un lado del alambrado, las otras dos de éste, sobre troncos viejos, medio enclenques, con cartones y botellas de plástico, edificaron una digna locación que, en el término de pocos minutos se había transformado en un próspero comercio de barrio. Entre muñecos, muñecas, monedas y billetes pintados con soles, personitas y números infinitos, sobre papeles con dibujos y valores que harían tambalear a bancos y finanzas internacionales. La perra pasa caminando y voltea una botella de agua y las chicas putean como sólo putean les niñes, es que no hay que desperdiciar el líquido vital que tanto han aprendido a querer, cuidar y proteger, por haber nacido en este pueblo.
No me animo a interrumpir, las transacciones comerciales están en plena acción, nada mas las observo como trabajan arduamente, así, desde un lugar circulan las suculentas tortitas de barro con pasto hacia el patio de la vecinita y, desde aquel lugar, unas sabrosas ensaladas de hojas secas de otoño con ramitas de ligustro son recibidas por las dos hermanitas.
No quiero interrumpir, pero veo que el sol se está desvistiendo del día para calzarse el pijama del atardecer con bostezos de noche cercana, las miro como las comerciantes se tomaron un tiempo para compartir a través del alambrado y ligustro, unos mates, té y cacao con galletitas (entiendo el hermoso despelote que minutos atrás encontré desparramado entre las alacenas, mesadas y piso de la cocina), y las niñas hablan de sus hijas e hijos que se portan mal y las retan por sacar sin permiso de la casa, saquitos de té, cacao, yerba, mates, tazas y cucharas (tengo un deja vú); mientras por un ratito las negociaciones se suspenden en un dialogo frondoso en donde no faltan duendes, hadas, unicornios, novios aburridos, novias cancheras que no le dan bolas a los novios, preparativos para las vacaciones, gambeteando los dictámenes del Servicio Metereológico Nacional, en la playa en un caluroso invierno bajo cero, al tanto que un gato las mira con la expresión de un científico a punto de descubrir la vacuna del coronavirus.
Ya es de noche, las bombitas de luz apenas salpican el fondo del patio y entonces me acerco al mundo de los negocios de las fantasías sin precio ni bozal en donde las ballenas con alas juegan con los caballitos de mar que comen estrellas junto a la vaca Lola, sin pedir permiso a la lógica y la razón; entonces, con voz achicharrada de autoridad, digo la frase más patética y pedorra que se pueda introducir en una reunión de aristócratas de la imaginación y la libertad:

“Chicas, a ordenar todo que hay que ir cenar y dormir, para hacer las tareas que mandan por mail de la escuela, mañana temprano”

Sintiéndome un pelotudo importante, mientras India y Noá pasan a mi lado con una cara de ojete providencial, levanto algunos juguetes que quedan en el piso, levanto la vista y en la oscuridad alcanzo a ver el alambrado que, junto al ligustro, dividen las propiedades. Comprendo que fui durante unos minutos un alumno, la sabiduría libertaria de las niñas me mostraron sin ordenes, tizas, ni reglas ni calculadoras, como se puede crear una cooperativa de amor, creando vínculos de amor en tiempos de cuarentena, y con la rebeldía de los soñadores y soñadoras, le dan envidia a Daniel Vigiletti que las mira desde algún lugar, mientras ellas lograron desalambrar las fronteras.

– Fin –

* Dedicado a mis hijas, mis Maestras en este lío.

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