🧉 La dignidá cebada 🧉

Llegó al puesto lejano, infinito, el hijo del patrón, arrogante, con la música ensordeciendo el silencio del campo que murmura existencia, montado en su camioneta 4×4 séxtuple tracción arando huella, salpicando barro contra las paredes del rancho construido con ladrillos amasados a mano y esperanza. Bajó el hijo del patrón, prepotente, arrojando el envoltorio de un chocolate importado en el precario jardín de Don Sebastián. Entró el hijo del patrón, sin permiso, altanero, a la rústica casita de adobe y madera vieja, tirando en el suelo un cajón con algunos paquetes de yerba, fideos baratos, vino berreta y harina para yugar un mes.

– Tómese un mate, m’hijo –

Dijo Don Sebastián, mientras un viejo mate galleta bebe el agua caliente de una pava abollada en todo su cuerpo por los golpes de viajes a la veranada, pintada color carbón en capas de inviernos aguantando bravías lenguas de fuego de leños camperos en la mitad de los montes donde pastorea la hacienda.

– No, gracias, está sucia esa pava, puede contener enfermedades al agua –

– Beba, hombre, beba uno solo, nomá, que de lo único que se puede contagiá es de dignidá –

Bebió el hijo del patrón, desconfiado, con un poco de cara de asco sin ocultar, pero a los pocos segundos en el segundo sorbo del mate sus ojos miraron los ojos de Don Sebastián y en esas pupilas se reflejó la pava negra y más atrás las siluetas de pobladores antiguos siendo golpeados, desalojados de una tapera parecida a la que se encontraban, en el fondo de los ojos de Don Sebastián, el puestero, también se veía gritos de niños separados de sus padres y se oían rojos sangre de golpes en las espaldas de paisanos y paisanas. Vió el hijo del patrón, la historia no silenciada en los libros de sus escuelas privadas ni en los manuales oficiales de las escuelas públicas.
En la olvidada patagonia, en la melancolía de un rancho puestero, una pava vieja y maquillada de hollín, no sólo cebó unos mates, además ofició de espejo de las historias, nuestras historias, que siguen queriendo barrer debajo de la alfombra de nuestras vergüenzas.

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